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Gritón

Gritón

Gritón siempre estaba enfadado. No servía de nada que sus padres se lo consintieran todo, que le dieran todos los caprichos y que le dejaran hacer todo lo que le daba la gana; él seguía enfadado.

Si alguien a su alrededor le llevaba la contraria, se enfadaba. Si no le daban la razón cuando hablaba, se enfadaba. Si no se salía siempre con la suya, se enfadaba…

Y cuando se enfadaba no había quien lo soportara. Sus gritos, y lloros podían dejar sordo a un sordo y acabar con la paciencia del más paciente.

Una mañana, al despertarse, enfadado como siempre, comenzó a gritar:

—¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!! ¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!

Al abrir los ojos, había recordado que aquel día la profesora preguntaría la lección y, como no se la sabía, no quería ir al colegio, algo que le ocurría muy a menudo.

Cuando se despertaba gritando porque quería quedarse en casa, su padre o su madre corrían a su habitación e intentaban convencerlo de que tenía que ir a la escuela, pero él gritaba aún más fuerte y pataleaba, hasta que conseguía que sus padres llamaran a la abuela para que lo cuidara y él, entonces, en lugar de aprender cosas nuevas se pasaba todo el día sin hacer nada.

Pero aquella mañana algo extraño estaba ocurriendo, cada vez gritaba con más ganas y cada vez lloraba con más fuerza, pero nadie iba a consolarlo. Después de estar un buen rato berreando y en vista de que nadie le hacía caso, decidió descubrir qué es lo que estaba pasando y abrió la puerta de su habitación.

No bien había abierto, se quedó pasmado: detrás de la puerta no había nada. Pero lo que se dice nada de nada. Absolutamente nada.

Su casa había desaparecido. Enfrente, arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda, por todos lados, hasta donde la vista alcanzaba todo era blanco. Completamente blanco y vacío. Parecía que en el mundo solo quedaran él y su habitación. No había nadie que pudiera escuchar sus gritos.

Como no tenía ni la menor idea de lo que ocurría y como tampoco sabía qué hacer, cerró la puerta de golpe y, muy asustado, se sentó a pensar.

Quizá, se dijo, si grito más fuerte acabará apareciendo alguien. Y así lo hizo.

Comenzó a chillar y en el mismo momento en el que salió de su boca el primer grito, la mesita de noche se esfumó:

—¡Plop!

Se asustó tanto, que gritó aún más fuerte:

—¡Ahhhhhhhhhhh!

—¡Plop!

Ahora fue la lámpara la que se desvaneció.

Empezaba a estar muy, muy asustado y, por primera vez en su vida, sorprendido de que sus gritos y lamentos no sirvieran de nada. Al contrario, para lo único que servían era para hacer desaparecer las cosas.

Empezó a berrear y a chillar como un loco:

—¡Buaaaaaaaaa!, ¡¿qué haré ahora?!, ¡Buaaaaaaaaaaaaaaaa!

Y, con cada nuevo grito,

—¡Plop!, ¡plop!, ¡plop!

Sus juguetes, la cama y la alfombra se evaporaron.

—¡Mamáaaaaaaaaaaaaa, papáaaaaaaaaaaaaaaaaaa!,  ¿qué está pasando?

—¡Plop!, ¡plop!, ¡plop!

Adiós al armario, las cortinas y los libros del colegio.

Gritón estaba loco de miedo y con un último grito, el más fuerte de toda su vida, empezó a caer, a caer, a caer en el blanco vacío, hacia abajo, solo…

Se despertó al oír que su padre le decía:

—¡Gritón! ¡Despierta! ¡No grites, es solo una pesadilla!

Al ver que ya no estaba solo y que la habitación seguía estando tal y como siempre había estado, sintió un gran alivio y exclamó:

—¡¡Fantástico, hoy tengo examen!! ¡¡Llevadme rápido al colegio!!

Sus padres se miraron asombrados y después de ponerle el termómetro, llamaron a la abuela para que lo cuidara.

Al fin y al cabo, aquel día, Gritón se libró de ir a la escuela.

FIN

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