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El árbol que daba pena

01_árbol

Ilustración: Alessandra Fusi

El huerto de la señora Nicolasa era la envidia de todo el pueblo. Sus lechugas alineadas semejaban soldaditos a punto para desfilar. Las calabazas eran como naves espaciales de color naranja, ¡tan grandes se hacían! Las tomateras bien ordenadas, con sus orondos frutos rojos colgando. Pepinos y pimientos de un verde brillante… E igual de hermosas y relucientes eran todas las demás hortalizas, que hasta daba lástima tener que comérselas.

Pero el orgullo de la señora Nicolasa eran sus árboles frutales. En primavera, cuando florecían, parecía que una lluvia de algodón dulce hubiera caído sobre ellos de tan bonitos como lucían. Y cuando llegaba el verano, la señora Nicolasa recogía sus frutos riquísimos y los repartía entre los niños del pueblo, que acostumbraban a pasar por allí al salir de la escuela.

Pero, ¡ay!, la señora Nicolasa estaba triste porque el árbol más frondoso de su huerto hacía dos primaveras que no florecía y sus hojitas eran escasas y pequeñas.

El árbol, grandote como un gigante bueno y generoso, había dado siempre frutos y sombra. Aquel era su árbol preferido desde que era niña; a sus pies acostumbraba a merendar las tardes de verano y, después, se encaramaba por su tronco, imaginando ser un pirata en el mástil de su barco o una exploradora en medio de la selva.

La señora Nicolasa ya no sabía qué hacer para que el árbol floreciera de nuevo, porque su marido, que era un poquito gruñón y marimandón, le repetía cada día la misma cantinela:

-Tenemos que quitar de ahí ese árbol inútil ¡No quiero en el huerto un árbol que en vez de dar fruta, da pena! Si esta primavera no florece, haremos leña de él.

La señora Nicolasa pensaba que no era justo librarse de las cosas porque se hubieran hecho viejecitas y ya no pudieran servir como antes. ¡Bien que se habían refugiado a su sombra y habían comido su fruta durante muchos años! Así, que reunió a los niños y niñas del pueblo y les pidió ayuda.

-Hay que pensar en alguna solución o no quedará otro remedio que talar el árbol.

Todos se sentaron pensativos alrededor del gran tronco para intentar dar con la respuesta cuando, ¡zas!, la ayuda les llegó del cielo. Sí, sí, ¡del cielo!

Lo que ocurrió, fue que en un árbol cercano había posada una bandada de pajaritos que se estaba dando un banquete de cerezas cuando, de pronto, un ruido los asustó y salieron todos volando. En aquél instante, a algunos pajaritos se les cayeron del pico las cerezas, que fueron a quedar colgadas de las ramas del árbol que daba pena.

Uno de los niños, al darse cuenta, empezó a gritar:

– ¡Señora Nicolasa! ¡Señora Nicolasa! ¡Mire! ¡Mire! ¡El árbol sí que tiene frutos! ¡Tiene frutos!

– ¡Caramba! -exclamó la señora Nicolasa- ¡Ya tenemos la solución!

En su cabeza se encendió la bombillita de las ideas y les explicó a los niños su plan para salvar al árbol:

-Cada mañana, bien tempranito, colgaremos de las ramas de nuestro árbol frutas de los otros árboles. Lo haremos con cuidado, para que parezca que son suyas.

Y así lo hicieron. Todos colaboraban, muy contentos.

De este modo, el marido de la señora Nicolasa ya no podía decir que el árbol daba pena y no daba frutos y aunque los miraba de reojo y sospechaba lo que pasaba, nunca vio cómo la señora Nicolasa y los niños colgaban los frutos del árbol, así que no podía decir nada.

El viejo árbol ya no daba pena. Ahora estaba precioso, con distintas frutas colgando de sus ramas parecía una gran macedonia de muchos colores. Además, era un árbol de lo más original: en verano, daba cerezas, nísperos, ciruelas y albaricoques; en otoño, membrillos y granadas; y en invierno, dulces naranjas, mandarinas y manzanas.

Pero lo mejor era, que al llegar la Navidad, cuando ningún árbol tenía hojas, la señora Nicolasa y los niños se esmeraban en adornarlo con bolas de colores, estrellitas plateadas y guirnaldas brillantes.

Entonces sí que lucía deslumbrante ¡No había en el pueblo otro igual! Todos los vecinos pasaban por allí para admirar la decoración.

La señora Nicolasa estaba aún más orgullosa de su huerto, porque su árbol seguía allí y los niños se columpiaban en él, jugaban a su alrededor al pilla-pilla, al escondite y, cuando estaban cansados, se sentaban a su alrededor a contar bonitas historias y cuentos con final feliz.

¡Anda! ¡Como este!

FIN

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Comments

  1. Hola!
    El árbol era muy viejo, ya no tenía capacidad de dar frutos, pero ofrecería un perfume durante todo el año con los frutos de los otros árboles y daria una gran sombra, excelente para tener una buena conversación o para hacer una buena siesta después de un día agotador.

    Un gran abrazo y una feliz semana!

    • Hola, Joma, veo que ya has leído el cuento y has pensado en él 🙂 ¡Eres un lector excelente! Eso de conversar o hacer la siesta bajo él es un plan perfecto.
      Un abrazo muy grande y pasa una semana excelente.

  2. Coincidencias de la vida, acabo de escribir un cuento que también trata de un árbol -un día de estos lo cuelgo- pero no tan agradable como este.
    Salu2.

    • Estas cosas pasan a menudo. Tienes una idea y, de pronto, parece que todo el mundo ha tenido la misma 🙂 O te compras algo que parecía una novedad y, al poco tiempo, te hartas de verlo… ¡Es típico!
      Ante esto, lo mejor que puedes pensar es: “Los grandes talentos coinciden” Nos gustará leerlo. Cuando lo cuelgues, ya nos darás el link 🙂
      Un saludo 🙂

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