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Tres tristes tortugas

Tortuga__by_faboarts

Por si no lo sabías, las tortugas viven doscientos años y aunque parezca una eternidad, eso no es vivir para siempre, porque un día mueren.

Todos los seres de la tierra que respiramos llega un día en el que gastamos toda la vida que trajimos al nacer y entonces desaparecemos.

Es como si en nuestro interior, una pila repleta de energía, como la que les ponemos a los muñecos para que funcionen, se terminara. Cuando ocurre eso, tanto los muñecos como nosotros nos quedamos inmóviles. La diferencia es que a los muñecos les podemos cambiar la pila para que sigan funcionando, pero a los seres vivos no, porque no existe pila de recambio. Así que cuando la pila se agota, desaparecemos.

Sí, incluso las tortugas. Sí, incluso nosotros. Yo, que te cuento este cuento desapareceré. Y tú, que me estás escuchando, también. Todos. Absolutamente todos, sin excepción, morimos.

Morir es una palabra que a mucha gente no le gusta y por eso evita pronunciarla. Aunque en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué significa.

Morirse no es como ir a la Luna o a la selva, que aunque están muy lejos hay quien ha vuelto para contar lo que allí ha visto. No, los que se mueren no regresan, así que nadie sabe adónde van. Y es aquí donde empieza este gran misterio sin solución que tres tristes tortugas intentaron una vez resolver.

Estas tres tortugas eran miembros de una misma familia: padre, madre e hija. Vivían felices y contentas en la ladera de una montaña que siempre estaba verde y sus días trascurrían en apacible armonía. Se levantaban muy temprano y salían juntas en busca de las hojas más jugosas para desayunar, que tiernas y apetitosas, todavía húmedas de rocío, encontraban en los pastizales.

Cada martes, sin excepción, después de tomar su desayuno, cruzaban en fila india el pequeño arroyo que había detrás de su casa. Atravesaban la corriente por un camino hecho con piedras que conducía a la otra orilla, y desde allí se dirigían hacia un bosquecillo cercano en el que vivían los abuelos tortuga.

Las tres tortugas pasaban el día contando a los abuelos todo lo que habían hecho durante la semana, tomaban el sol y mascaban las amapolas que la abuela había preparado, con esmero, especialmente para ellos.

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, emprendían el camino de regreso para no atravesar el río de noche. El abuelo siempre les decía que era muy peligroso y cada martes les repetía la misma historia, la de aquella tortuga temeraria que fue arrastrada por las aguas.

Transcurrió mucho tiempo sin que nada alterara la plácida vida de las tortugas, hasta que un martes, al llegar a casa de los abuelos, las amapolas de la abuela no los estaban esperando y tampoco oyeron los consejos del abuelo.

El más absoluto silencio reinaba en aquel trocito de bosque y abandonados y vacíos, en medio del prado, solo vieron los caparazones de los abuelos tortuga.

Por más que registraron la casa y sus alrededores, por más que los llamaron a gritos, no hubo forma de dar con ellos y las tres tortugas se pusieron muy tristes.

¿Qué había pasado? ¿Adónde habían ido? ¿Volverían a verlos alguna vez?

Lloraban sin parar y se lamentaban, mientras acariciaban los oscuros caparazones vacíos.

Muy cerca de donde estaban, sobre la rama de un arce, un cuervo negro las observaba. Al verlas tan tristes las llamó:

—¡Pst! ¡Tortugas! No estéis tan tristes. Yo he visto cómo esta noche una brillante luz que bajaba del cielo se las ha llevado. Si miráis hacia allí cuando oscurezca, veréis que se han convertido en estrellas y que desde el cielo os miran y velan por vosotros.

Al pie del árbol dormitaba un lince, que al oír las palabras del cuervo protestó airado:

—¡¿Pero qué tonterías estás diciendo?! ¡No has podido en modo alguno ver eso que afirmas! Porque yo mismo he sido testigo de lo que ha pasado.

Y dirigiéndose a las tortugas añadió:

—No hagáis caso al cuervo. Estaba muy oscuro, pero yo he visto con mis propios ojos cómo abandonaban sus caparazones para entrar en el majestuoso cuerpo de aquellas águilas —Y al mismo tiempo que señalaba a las aves con el dedo preguntó—. ¿Acaso no estáis viendo cómo vuelan en círculo sobre vuestras cabezas y os llaman con sus gritos?

Cuervo y lince empezaron a reñir acaloradamente y el alboroto atrajo a otros animales, que se sumaron a la discusión:

—Ni estrellas ni águilas. ¡Se han ido al cielo de los animales! Allí es donde vamos todos. En ese lugar tenemos todo lo que aquí hemos deseado y no se pasa ni hambre ni frío. Lo sé de buena tinta —sentenció un topo asomando la nariz por un agujero.

—¡De eso ni hablar! ¿Cómo vamos a fiarnos de ti?, ¡pero si no ves más allá de tus propias narices! —replicó una mariposa que revoloteaba cerca—. Renacerán. Eso es lo que pasará. Nosotras, las mariposas, sabemos mucho de esto. Puede parecer que desaparecemos dentro de nuestra crisálida, pero renacemos trasformadas en algo mejor. Todos empezamos siendo seres feos que se arrastran, luego parece que desaparecemos, pero acabamos convertidos en hermoso seres alados.

Las tres tristes tortugas ya no sabían qué pensar, a quién escuchar, ni qué creer. Todos y cada uno de los animales del bosque parecían saber, perfectamente, qué había ocurrido con los abuelos tortuga y todos les decían qué debían hacer:

—Os vigilan desde el cielo. No os preocupéis.

—Son águilas que vuelan libres. No lloréis.

—Están felices en el paraíso. Alegraos.

—Se han transformado en seres alados. No sufráis.

—Bla, bla, bla, bla.

Una vieja lechuza, vecina de los abuelos tortuga, que miraba mucho pero hablaba poco, se acercó y les dijo a las tres tristes tortugas:

—Lo que ha ocurrido es que los abuelos tortuga se han muerto. Yo no sé qué quiere decir morirse, ni tampoco sé adónde han ido, ni si algún día los volveremos a ver. Lo que sí sé, es que su marcha duele mucho y también sé que esta pena atrancada en la garganta solo podemos sacarla llorando. Así que lloremos. Lloremos mucho, para que nuestras lágrimas arrastren hacia fuera toda la tristeza y los recuerdos hermosos puedan salir. Porque aunque nos siga doliendo mucho su ausencia, y nos duela no ver sus caras; ni recibir sus abrazos y sus besos; porque aunque ya no volvamos a oír su voz pronunciando nuestro nombre, en nuestra mente los seguiremos viendo, escuchando, sintiendo y recordando y todo lo que nos dieron y nos enseñaron seguirá vivo en nosotros y así la muerte no podrá llevárselos del todo, porque la muerte solo se lleva del todo aquello que olvidamos.

Las tres tristes tortugas y la vieja lechuza acariciaron los viejos caparazones de los abuelos tortuga y, despidiéndose de ellos por última vez, los enterraron bajo un frondoso lentisco.

Caía el sol y el resto de animales seguía picoteándose, arañándose, mordiéndose y queriendo imponer su razón.

Las tres tristes tortugas, con lágrimas en los ojos, les dieron la espalda y recordando los consejos del abuelo, se encaminaron hacia el río para cruzar antes de que anocheciera. Sobre sus caparazones, llevaban las amapolas frescas para la cena que habían encontrado en la despensa de la abuela.

FIN

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Comments

  1. Es un cuento precioso, Martes, no, no lo había leído. Es triste, pero real y tan cierto como que todos hemos de morir. Es importante, creo, hablar de la muerte y tú lo sabes hacer. Me ha encantado la forma y el fondo. Te felicito. Gracias por traérmelo al correo. Sé todo lo que me falta por leer de vuestro magnífico blog. Poco a poco…Te mando mi abrazo.

    • Es un tema muy difícil de tratar, sobre todo cuando pretendes enfocarlo a los pequeños. Creo que, en general, se evita hablar de él, pero deberíamos hacerlo porque, nos guste o no, forma parte de nuestra existencia, igual que nacer. Una vez leí algo así que la existencia era una chispa de luz en medio de dos profundas oscuridades y si es así, deberíamos hablar del conjunto. Creo que de las pocas culturas que miran de frente a la muerte e incluso le dedican fiestas son los mexicanos y tú conoces muy bien esa cultura 😉 ¡Un abrazo, querida amiga, y no tengas prisa en leer, que tenemos pocas horas al día y muchas cosas que hacer. No sabes lo mucho que agradecemos que nos regales ese don tan valioso que es tu tiempo.

  2. Muy bonito y muy triste a la vez, pero tan real como la vida misma. Al final, la gente que queremos nunca se va del todo mientras esté en nuestra mente y nuestro corazón. Besitos, martes.

  3. ¡Hola!

    El cuento de este martes me ha parecido muy bonito al mismo tiempo que triste. La muerte es un tema peliagudo y difícil de explicar a los niños, pero creo que en este cuento se ha abordado muy bien, con mucha delicadeza y ternura. Sin duda es un cuento que hay que compartir con los peques y que puede ser de gran utilidad para hablarles sobre un tema tan complicado.

    ¡Feliz martes de cuento!

    Un beso:)

    • Gracias por leer el cuento, Cuentos para peques, y muchas gracias por vuestro comentario.
      Teniendo en cuenta la cantidad de literatura infantil que leéis y analizáis en vuestro blog, no podemos menos que sentirnos muy, pero que muy halagados de que os haya gustado nuestro cuento.
      ¡Muchos besos, amigos! 🙂

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