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La Bella Durmiente

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Ilustración: Fabulandia

Este cuento nos lo pidió Amparo y a ella se lo dedicamos.

Había una vez un rey y una reina que estaban muy tristes porque no tenían hijos. Por fin, después de mucho tiempo, la reina dio a luz a una niña.

Como era costumbre en tan lejana época, para celebrar el nacimiento de la heredera, fueron invitadas todas las hadas del reino para que pudieran otorgar sus dones a la pequeña princesa, pero se olvidaron de invitar a una de ellas; un hada malvada de la que no se tenían noticias desde hacía muchísimo tiempo, porque vivía encerrada en su lejano castillo.

No se sabe de qué modo, la noticia del nacimiento de la princesa llegó a oídos de la malvada hada, pero el caso es que acudió a la fiesta sin haber sido invitada.

Al terminar la comida, una a una, las hadas pasaron ante la cuna de la recién nacida y, tocando su frente con sus varitas mágicas, le fueron otorgando sus dones:

—Serás la más inteligente.

—Serás la más alegre.

—Serás la más hermosa.

—Serás la más constante.

—Serás la más paciente.

— …

Al llegar su turno, el hada malvada se situó frente a la cuna de la pequeña y, al mismo tiempo que apoyaba su varita mágica en la frente de la princesita, pronunció con rabia su espantoso conjuro:

—¡El día que cumplas dieciséis años, te pincharás con un huso y morirás!

El hada más joven, al oír tan terrible maleficio, realizó un encantamiento para mitigar el funesto destino de la pequeña:

—El día de tu decimosexto cumpleaños, te pincharás con un huso, pero no morirás, sino que permanecerás dormida durante cien años, hasta que un beso de amor te despierte de tu profundo sueño.

Inmediatamente, los reyes enviaron mensajeros por todo lo largo y ancho del reino con la orden de quemar todos los husos que hubiera en él para evitar que el maleficio pudiera cumplirse.

Fueron pasando los años y en la princesita iban aumentando los dones que le habían otorgado las hadas el día de su nacimiento. Y, por fin, llegó el día en el que cumplía dieciséis años.

Mientras se paseaba por el inmenso palacio pensando en la fiesta que debía celebrarse en su honor aquella noche, la princesa se desorientó y, sin darse cuenta, fue a parar a una zona del castillo que todos creían que estaba deshabitada.

Al entrar en una de las estancias, encontró a una vieja sirvienta que desconocía la prohibición del rey y estaba hilando. La princesa, que no había visto jamás un huso, sintió curiosidad y le preguntó a la anciana mujer:

—¿Qué haces buena mujer?

—Estoy hilando.

—¿Me dejarías probar?

—No es fácil hilar, hija mía, -respondió la sirvienta – pero, si quieres, puedo enseñarte.

La princesa, muy contenta, aceptó el ofrecimiento sin sospechar que, al hacerlo, la maldición del hada malvada estaba a punto de cumplirse.

Justo al tomar el huso entre sus manos, se pinchó en el dedo índice y antes de que la diminuta gota de sangre que brotó de su dedo llegara al suelo, la princesita se desvaneció y allí se quedó, como si estuviera muerta.

Los mejores médicos, las más afamadas brujas y los más competentes magos y hechiceras fueron llamados a consulta. Lo probaron absolutamente todo, sin embargo, nadie fue capaz de vencer el terrible maleficio. El hada más joven, al enterarse de lo ocurrido, corrió también hacia palacio y al encontrarse a toda la corte llorando, rodeando la cama en la que yacía inmóvil la princesa, les dijo:

—No lloréis, que cien años dormirá, pero luego despertará.

Pero los reyes no tenían consuelo posible y se lamentaban diciendo:

—¡Ay! ¡Qué triste día! Todos deberíamos dormir cien años. No queremos seguir despiertos si la princesita duerme.

El hada, al oír la queja de los reyes, quiso cumplir su deseo y decidió que mediante un encantamiento dejaría dormida a toda la corte, para que al cabo de cien años, al despertar, la princesa lo encontrara todo tal y como estaba aquel día. Movió su varita mágica y en ese mismo instante, todos los habitantes del castillo cerraron los ojos. Y, para que nadie pudiera alterar su sueño, hizo crecer una espesa hiedra por las paredes del castillo hasta dejarlo completamente oculto de la vista de todos.

—Dormid tranquilos. Dentro de cien años regresaré.

En el castillo todo dormía. Los relojes no hacían tic tac; los soldados roncaban sobre sus lanzas; el fuego estaba petrificado en las chimeneas; en la cocina, el agua detuvo su hervor y los cocineros, que preparaban la fiesta de cumpleaños de la princesa, dejaron de pelar patatas y de batir huevos para los pasteles; los perros enmudecieron su ladrido. Todo quedó inmóvil. El tiempo se detuvo en palacio.

En el exterior se sucedían los años y alrededor del castillo crecía un frondoso bosque que formaba una verde barrera, cada vez más impenetrable, que impedía el paso. Los habitantes del reino se fueron olvidando del castillo dormido y de su historia.

Pasado un siglo, un príncipe que paseaba cerca del bosque vio a lo lejos, entre los árboles, un extraño destello, que no era otra cosa que el sol de la mañana reflejado en el vidrio de una de las ventanas del palacio. Para descubrir qué era y de dónde procedía aquel fulgor, se abrió paso con su espada por entre la espesura de plantas que rodeaba el castillo.

Paso a paso, fue avanzando. Estaba ya a punto de desistir y dar la vuelta, cuando descubrió, al cortar unas altas ramas, el puente levadizo de un enorme palacio. Con mucha precaución, entró en el castillo y cuál no sería su asombro al descubrir que todos los habitantes de aquel lugar estaban durmiendo, tendidos cuan largos eran, en las escaleras, en los pasillos y en el patio.

—¡Hola! ¿Hay alguien despierto? – gritó el príncipe sin obtener respuesta.

Fue vagando de estancia en estancia, cada vez más extrañado, y no tardó en llegar a la habitación donde yacía la princesa dormida.

Al verla, su corazón dio un vuelco dentro de su pecho y se quedó contemplando largo rato y en arrobado silencio aquel rostro dormido, sereno y bello; mientras sentía cómo nacía el amor que tanto había esperado. Emocionado, se acercó a la princesa dormida y besó, delicadamente, su mejilla.

Al contacto del beso, la princesa despertó de su largo sueño, abrió los ojos, miró al príncipe y le dijo sonriendo:

—Te he esperado mucho tiempo ¡Por fin has llegado!

El encantamiento se había roto.

Justo en aquel instante todo el castillo despertó. La corte entera abrió los ojos y, mirándose muy sorprendidos los unos a otros, se preguntaban qué había sucedido.

El hada joven, que presenciaba la escena, les contó lo que había pasado y les dijo que habían dormido durante cien años.

Locos de alegría, siguieron haciendo lo que estaban haciendo justo antes de quedarse dormidos y aquella misma noche celebraron la gran fiesta de cumpleaños de la princesa.

Poco tiempo después, el castillo, hasta entonces dormido e inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas para celebrar la boda del príncipe y la princesa.

FIN

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