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Cenicienta

cenicienta (2)

Érase una vez un caballero que tenía una hija buena, gentil y agraciada. Se había quedado viudo y decidió casarse, en segundas nupcias, con una dama, también viuda, que tenía dos hijas que se parecían a ella en todo, pero especialmente en el carácter: presumidas y egoístas.

Al poco de casarse, el hombre murió y la mujer empezó a mirar con malos ojos a su hijastra, porque la gracia y hermosura de esta hacían parecer más feas y antipáticas a sus dos hijas. En la distribución de las tareas de la casa le destinó los quehaceres más pesados: lavar los platos, limpiar la cocina, barrer las escaleras, sacudir las alfombras, y otras muchas más que sería largo enumerar.

La pobre chica dormía en la buhardilla, sobre un duro lecho de paja vieja, mientras las hermanastras dormían en blandos colchones de plumas, en cuartos luminosos, llenos de espejos y cortinas de tul, como en el mejor palacio de la tierra.

La niña soportaba todo esto sin decir nada, pero sufría mucho, sobre todo por la falta de cariño que había en la casa.

Cuando terminaba sus tareas, se acurrucaba junto a la chimenea para leer y allí permanecía horas y horas, hasta que las cenizas del hogar le cubrían los vestidos y el pelo. Por eso, todos empezaron a llamarla Cenicienta.

Un día, el hijo del rey decidió organizar un baile al que fueron invitados todos los jóvenes de la comarca. Como el príncipe estaba en edad de casarse, la noticia causó un gran revuelo en todas las familias. No había hogar en el que hubiera una joven que no soñara con que la niña llegara a ser reina algún día.

Todas las muchachas comenzaron a preparar los mejores vestidos con las más preciosas telas. Una buscaba joyas valiosísimas en los antiguos cofres de la familia; otra se hacía pruebas de complicadísimos peinados; otra se maquillaba los ojos y las uñas para encontrar el color que más la favoreciera… En fin, de norte a sur, por todo el reino, no se hablaba de otra cosa que no fuera el baile del príncipe.

Las dos hermanastras de Cenicienta no comían ni dormían, tanta era su preocupación por la fiesta de palacio. No paraban de ir y venir de tienda en tienda en busca de telas y cintas, encajes y puntillas, joyas y otros adornos.

Llegado el día del baile, las dos hermanas se bañaron, se perfumaron, se vistieron con trajes de seda y, finalmente, pidieron a Cenicienta que las peinara. Mientras terminaban de acicalarse, una de ellas preguntó:

– Dime, Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile con nosotras para poder admirar desde un rincón los trajes de las damas más distinguidas de la región?

– Iría con gusto –respondió la niña- pero comprendo que el palacio real no es mi lugar. Yo debo haber nacido para barrer, fregar, cocinar, y lavar y no para asistir a los bailes del rey.

– Tienes razón. ¡Imagina la risa de los invitados si te vieran entrar en palacio! Así que mejor ponte a limpiar porque, la verdad, todo esto lo tienes muy sucio. ¡A trabajar mientras nosotras nos divertimos!

La mayor llevaba un vestido de terciopelo rojo cuajado de estrellitas de oro, y la menor uno de terciopelo azul bordado con hilos de plata. Las dos subieron a una carroza y se dirigieron al palacio real.

Cenicienta las despidió en el jardín y les deseo buena suerte. Parecía contenta, pero al quedarse sola se le llenaron los ojos de lágrimas. Fue a sentarse junto al fuego y allí, mirando el baile de las llamas, suspiraba y suspiraba.

De repente, junto a ella, apareció una hermosa dama. Ante el gesto de sorpresa de la joven, le habló con dulzura:

– No temas, Cenicienta, soy tu hada madrina. ¿Por qué estás tan triste? Dime qué puedo hacer por ti.

– Quisiera… Quisiera… -Pero los sollozos interrumpieron sus palabras.

– Quisieras asistir al baile, ¿no es cierto?

Cenicienta asintió con la cabeza.

– No llores, querida. Irás al baile. Vamos al jardín. En el fondo hay una planta de calabazas. Buscaremos la más grande.

La chica no entendía para qué necesitaban una calabaza; pero el hada, después de vaciarla, la tocó con su varita mágica y la dura corteza abierta se transformó en una espléndida carroza.

Seis ratoncitos, que acudieron desde el granero, al ser tocados por la varita mágica se convirtieron en briosos caballos.

Un ratón de la cocina se asomó, curioso, y la varita del hada lo transformó en un cochero vestido con elegante librea.

De las piedras del muro del jardín asomaron la cabeza seis lagartijas verdes que, por voluntad del hada, se transformaron en lacayos.

– He aquí la carroza y los servidores que te llevarán a palacio. ¿Estás contenta?

Cenicienta no sabía qué contestar. Bajó los ojos, miró su vestido y sus zapatos y murmuró:

– ¿Al palacio? Pero es que voy con harapos y zuecos…

El rostro del hada se iluminó con una sonrisa. La varita mágica tocó las ropas de la joven y su ropa vieja se convirtió en un vestido blanco entretejido con hilos de plata.

– Y ahora el calzado. Para tus pequeños pies he traído un par de zapatitos de cristal. Sube a la carroza, te conducirá al baile. No digas a nadie tu nombre, ni siquiera al príncipe. Todos supondrán que eres una princesa recién llegada de un lejano país. Te advierto que el hechizo solo durará hasta la medianoche; a esa hora, tu carroza se convertirá en calabaza, tus servidores volverán a ser animales y tus trajes humildes ropas. ¡No lo olvides! Debes regresar a casa antes de que suenen las doce campanadas.

Cenicienta escuchó con atención, prometió no olvidar los consejos del hada y subió a la espléndida carroza. Cuando entró en el gran salón de baile todos quedaron maravillados. Su porte, su distinción y sus ricos vestidos dejaron a todos con la boca abierta. El hijo del rey solo tenía ojos para ella y aunque bailaron varias veces no consiguió saber el nombre de su pareja de baile.

Entretanto, las hermanastras de Cenicienta no salían de su asombro:

– ¡Sí es ella! ¡Te digo que es ella!

– Pero, ¿quién la trajo hasta aquí? ¿De dónde sacó ese vestido?

– ¡No lo sé! ¡Parece imposible!…

– ¿No será una princesa extranjera que se parece a Cenicienta?

– Acerquémonos a ella, a ver si nos reconoce.

Las dos hermanas recorrieron las salas en busca de Cenicienta, pero esta no aparecía por ninguna parte. Cenicienta había abandonado el palacio un poco antes de medianoche. En cuanto la carroza llegó a casa, volvió a ser una calabaza, y ratoncitos y lagartijas, de nuevo en su verdadera forma, corrieron a refugiarse, cada uno en su escondrijo. La joven, con sus harapos, iba ya a subir a la buhardilla, cuando oyó que golpeaban la puerta. Fingiendo estar medio dormida, preguntó entre bostezos a sus hermanastras:

– ¿Qué tal en palacio? ¿Os habéis divertido? ¿Habéis bailado con el príncipe?

– La verdad es que nada interesante. Una dama desconocida atrajo la atención del príncipe y de todos los asistentes al baile. Tenía un aire a ti, pero ella era muchísimo más interesante. Debía ser una princesa extranjera.

– ¿No se hizo anunciar? ¿Nadie le preguntó cómo se llamaba?

– Nadie consiguió averiguar quién era. Desapareció antes de la medianoche y el príncipe quedó muy contrariado, porque parece que se ha enamorado de ella. Espera que vaya al baile de mañana.

– Hermana –dijo Cenicienta a la mayor- ¿me prestarías tu viejo vestido amarillo para ir al baile de mañana y ver a la misteriosa princesa?

– ¿Estás loca? ¿Prestarte mi vestido? ¿Ir nosotras con una sirvienta al baile? ¡Ni soñarlo!

Estas palabras hirientes no pudieron ofender a Cenicienta; por dentro, estaba loca de alegría al recordar las atenciones del hijo del rey. Se sentía inmensamente feliz.

Al día siguiente, las dos hermanas se emperifollaron todavía más para asistir al baile. Cuando se quedó sola, Cenicienta recibió, de nuevo, la visita del hada madrina. La varita mágica repitió los prodigios de la noche anterior y, esta vez, la joven llegó a palacio con un vestido de tul blanco y púrpura.

El príncipe esperaba ansioso. Bailó con ella toda la noche, pero a pesar de su insistencia, no obtuvo respuesta sobre el nombre y el domicilio de la bella desconocida. Esta, perdida la noción del tiempo, que pasaba veloz en medio de la alegría de la fiesta, se dio cuenta, de pronto, de que ya estaban a punto de sonar las campanadas de medianoche. Hizo una rápida reverencia al hijo del rey y corrió escaleras abajo.

– ¡Detente! ¡Espera un momento, por favor!

Pero ella siguió corriendo y, en su precipitación, perdió uno de los zapatitos de cristal. En ese momento empezaron a sonar las campanadas del reloj de palacio, y los soldados vieron salir corriendo a una niña andrajosa. El príncipe, que se había detenido a recoger el zapatito de cristal, preguntó cuál era la carroza de la princesa que acababa de salir. El jefe de guardia lo miró asombrado:

– Alteza, no ha salido ninguna princesa de palacio. Hace un momento pasó corriendo una joven mendiga. Nada más.

El joven se quedó pensativo. Aquella misteriosa dama le interesaba cada vez más. Guardó el zapatito en uno de los bolsillos y subió lentamente la escalinata de mármol pensando en cómo descubrir la identidad de la desconocida valiéndose de aquel zapato.

Cenicienta llegó a casa sola, mal vestida y agotada por la carrera y se sentó junto a la chimenea a esperar el regreso de sus hermanastras. Estas llegaron muy tarde y le contaron la extraña fuga de la desconocida.

A la mañana siguiente, un bando real anunciaba que un cortesano llevaría un zapato de cristal de casa en casa para que todas las muchachas se lo probaran, la que consiguiera calzarlo, se casaría con el príncipe.

El cortesano, con el zapato de cristal sobre un cojín de raso azul, llegó a casa de Cenicienta. Ninguna de las dos hermanas pudo ponerse el zapato. El funcionario real estaba desesperado:

– Esta es la última casa del reino y no hemos conseguido dar con la joven propietaria de este zapatito de cristal.

Cenicienta, entonces, se adelantó y preguntó:

– ¿Puedo probármelo yo también?

A pesar del fastidio de las dos hermanastras, el cortesano accedió y ¡oh!, sorpresa.

– ¡No puede ser! –exclamaron todos a la vez- ¡La propietaria del zapato no puede ser esta harapienta!

En ese momento, apareció el hada madrina, que entregó el otro zapatito a Cenicienta y le pidió que lo calzara. Tocó con su varita mágica las ropas de la niña y estas se convirtieron en un elegante vestido.

La madrastra y las hermanastras no salían de su asombro:

– ¡Cenicienta se casará con el príncipe!

– ¡Pobres de nosotras! Ahora se vengará por todos los malos momentos que le hemos hecho pasar.

Así se lamentaban las tres, pero Cenicienta no había cambiado y aunque ahora era una princesa, su corazón seguía siendo bueno y generoso, como cuando era una humilde sirvienta. Ni odio ni rencor cabían en él y cuando celebró sus bodas con el príncipe, invitó a palacio a sus hermanastras y a su madrastra.

El zapatito que Cenicienta había perdido se conservó en una vitrina de palacio como la joya más preciada del tesoro real y uno de los ratoncitos que había vivido en la buhardilla con la muchacha fue el encargado de custodiarlo y

con un látigo en la mano,

aquel ratón, muy ufano,

cuida todavía hoy,

en el palacio real,

el zapato de cristal.

 

FIN

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