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David y los cangrejos

En aquella excursión, lo que menos se imaginaba el pequeño David es que conocería a unos amigos muy especiales que, a partir de entonces, nunca más se separarían de él.

-¡Hola! ¿Puedes sacarnos de aquí?

David dejó la red de tela y caña azul, que su padre acababa de comprarle, en la arena para acercarse a mirar entre las rocas.

-¡Eh, niño! ¡Aquí abajo!

-¿Quién eres?-preguntó el niño extrañado al no ver a nadie.

-¡Nosotros dos! ¡Aquí!

-¡No seas así, Félix! Perdona a mi hermano, niño, es que está muy nervioso -suspiró una de las los dos voces que le pedían ayuda.

David daba vueltas alrededor de ellos intentando no parecer un loco ante el resto de los bañistas de la playa y, sobre todo, ante las personas que se agolpaban no muy lejos de él para pescar peces de roca, mejillones o cangrejos.

-¡No os veo! ¿Dónde estáis?

– Estamos bajo la roca de la derecha.

– ¡No Lando!, tu derecha no, la derecha de él. ¿O tal vez es mi izquierda?

El niño examinó la piedra con detalle y cuando vio que podía moverla lo hizo aprisa. Un poco más… ¡Por fin! La piedra se movió y David se llevó una grata sorpresa.

-¡Cangrejos!

-¡Shhhhhhhhh! ¡Baja la voz! ¿No ves qué podrían comernos?

-¡Oh!, ¡De acuerdo! ¡Lo siento!- Les contestó el niño echándose hacia atrás extrañado.

¡Era la primera vez que veía algo parecido! ¡No se lo creería nadie cuando lo contase! ¡Cangrejos que hablaban! Seguro que a sus amigos les encantaría saberlo.

-¡No lo riñas, Félix! ¿No te das cuenta de qué se ha asustado?

-Bueno, asustado, asustado… No del todo…-les contestó David mientras conseguía sacarlos de las rocas- ¡Ya estáis, libres!

Los dos pares de pequeños ojos se acercaron a los pies del niño. ¿Cómo podían ser tan pequeños?, se preguntó David.

– ¡Gracias, niño! ¡Ya era hora! ¡Vamos Lando! ¡Larguémonos!

El cangrejo llamado Félix se había dado ya la vuelta, dispuesto a marcharse rápidamente, cuando su hermano elevó la voz diciendo:

-¿¡Pero adónde vas!? ¿Es que no piensas agradecerle el gesto?

-¡Ya lo he hecho, Lando! ¿No me has oído? Es mejor que pongamos arena de por medio antes de que llegue alguien que nos pesque y nos eche a la cazuela.

David observaba, completamente atónito, a la extraña pareja de hermanos.

-Por cierto, ¿y tú cómo te llamas?-preguntó Lando al niño, como si las personas estuvieran acostumbradas a encontrarse con cangrejos parlantes todos los días- Solamente faltas tú por decir tu nombre.

-Yo, yo… Yo me llamo David, y no quiero ser grosero, pero nunca he visto a nadie como vosotros. ¡Sois dos hermanos muy singulares!

-Hombre, pues para singular diría yo que es tu careto, colega. ¿Pero te has fijado Lando en la expresión de bobo que pone? ¿Es qué nunca antes habías visto cangrejos, David? ¡Menudo careto! -repitió Félix.

Mientras, la cara del pequeño David parecía decir “¿Eh? ¿Entonces el raro soy yo? ¡Pues vaya!”

-Me parece a mí, Félix, que el niño tiene razón. Los humanos no están demasiado acostumbrados a esto. ¿Cuántos años crees que puede tener?

-Mmmmmm, ¡Seguro que no más de siete! -Repuso su hermano cruzándose de patas, en lugar de brazos, porque los cangrejos tienen unas patitas que terminan en unas gruesas y atrapantes pinzas.

-¡Ocho! ¡Tengo ocho años cumplidos!

Félix se desplazaba de un lado a otro mirando con descaro hacia todos los lados; aunque más que descarado Félix debía de ser un cangrejo bastante nervioso y miedoso; porque todos habríamos sentido miedo de que pudieran pescarnos, ¿no?

– Será mejor que nos vayamos, Lando. ¡Hala, arreando! -Y Félix caminó unos pasos diciendo adiós al niño tras haberse dado la vuelta con energía y rapidez.

-¡Eh, esperad! ¡Seguro que puedo ayudaros! ¡Se nos ocurrirá una solución para que nadie os pesque!

-¡Félix, vuelve! ¡Escuchemos a David al menos unos segundos! Quizá su proposición esté bien ¿no crees?

-¿¡Bien!?-Exclamó Félix a lo lejos.- ¿Y si resulta que solamente pretende engañarnos y luego avisa a un adulto o dos y nos pillan. ¡Ni pensarlo! ¡Adiós, amigo! ¡Yo me abro! ¡Tú haz lo que quieras!

Un atónito David se decidió a hablar para calmar a aquel cangrejo por el que, en el fondo, sentía simpatía por muy pedante que fuera:

– ¿¡No crees qué si mi intención hubiera sido comerte no te habría ayudado!?

Félix y Lando se miraron:

– ¡Pues eso es verdad, colega!

– ¡A lo mejor resulta que su idea es realmente buena! ¡Escuchemos lo que quiere decirnos!

Ha pasado el tiempo y Lando y Félix, los dos hermanos cangrejo, viven muy felices y aunque Félix sigue siendo tan gruñón y no para de quejarse, como de costumbre, en realidad tiene un gran corazón.

David los llevo consigo aquel día y les construyó una preciosa pecera para que vivieran tranquilos.

Siempre ha guardado el secreto de que Lando y Félix pueden hablar. Solamente él conoce su extraordinaria cualidad.

FIN

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