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Garbanzo Ivanovich

La cocina de la Montse

Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Al despertar Garbanzo Ivanovich una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse, de pronto, dentro de una bolsa de plástico, apretujado e incómodo, compartiendo su espacio con otros muchos garbanzos.

– ¿Qué hago yo aquí? –se preguntó.

¡Garbanzo Ivanovich no era un garbanzo cualquiera! ¡Él provenía de una larga estirpe garbancera! Sus orígenes se remontaban a la noche de los tiempos.

El primer antepasado que había llevado el nombre de Garbanzo en la familia, había sido Garbanzo Ikshvâku, del que se hablaba en las “Crónicas Leguminosas”. Había nacido en una hermosa planta de flores blancas aunque, en el libro, no se aclaraba si había sido en Grecia, en Turquía o en Siria, pero lo que sí decía es que había vivido en la lejana India, donde acabó sus días al ser elegido, entre otros muchos candidatos, como regalo de boda de la hija pequeña del Marajá de Kanchipuram. Le habían dado un baño de oro y, después, lo habían engarzado en una sortija; junto a una esmeralda y dos brillantes. ¡Glorioso fin para un garbanzo convertirse en joya!

Ahí empezó la larga lista de nombres ilustres que habían pertenecido a su familia.

Los descendientes de Garbanzo Ikshvâku, se desperdigaron y fundaron cultivos en las ciudades costeras más importantes del Mediterráneo.

Garbantonio conquistó amplios territorios y llegó hasta las pirámides de Egipto, donde conoció a Garbanpantra, con la que tuvo una numerosa prole.

Uno de sus tataranietos, Garbanzo Agas, se trasladó a Ghana para explorar el bosque Atiwa y allí fundó, también, una gran familia. Su historia pasó a las Crónicas porque murió trágicamente en Abisinia, mientras luchaba valerosamente para no ser engullido por un fiero león negro.

Una de sus hijas, Garbanzo América, abrumada por la pena de tal desgracia, decidió embarcarse en el barco de un tal Cristóbal Colón para ver mundo. Descubrió nuevos territorios, y en el valle de Anáhuac entabló relaciones con Tomatoatl, que le enseñó a hablar náhuatl con fluidez. Junto a él, vivió muy feliz ejerciendo de intérprete y guía turística por todo el territorio americano. Pasó a las “Crónicas Leguminosas” porque le dio su nombre al continente que había descubierto.

En América, dejaron su huella numerosos garbanzos. Por ejemplo, Garbanzo Eastwood, uno de los garbanzos más duros de los que se tiene noticia, nacido en las tierras yesosas de Fort Dodge y Garbanzo Monroe, que fue aplastada accidentalmente por un pie en Hollywood Boulevard y todavía sigue allí, porque se quedó enganchada, con el cuerpo plano como el de una estrella de mar, en el cemento recién puesto de la acera. Después, muchos la imitaron y ahora es difícil dar con ella porque la avenida está llena de estrellas.

Las “Crónicas Leguminosas” hablan de otros americanos famosos: Garbanzo Guevara, Garbanzita Perón, Garbanzo Borges, Garbanzo Kennedy… nombrarlos a todos sería arduo.

Y ahora, él, Garbanzo Ivanovich, que siempre había soñado con correr aventuras, estaba allí, en una bolsa roja y transparente, viendo el mundo a través de una diminuta ventanita y preguntándose adónde habían ido a parar todos sus anhelos. ¡¡¡Así era imposible pasar a la historia!!!

Hubiera querido inscribir su nombre en las “Crónicas Leguminosas” como gran científico. Ser como Garbanzo Pasteur, que había conseguido alargar la vida de los garbanzos con sus experimentos de pasteurización, o como Garbanzo Curie, la primera que había conseguido, tras infinidad de mezclas fallidas, combinarse en el justo punto con una salsa de tomate y hierbas provenzales.

¡Qué pena la suya! ¡Terminar sus días encerrado en una vulgar bolsa amontonado con vulgares garbanzos!

Estaba Garbanzo Ivanovich desesperándose con tan nefastos pensamientos, cuando una mano tomó el paquete, lo abrió y echo todos los garbanzos al agua.

En una cazuela, remojado e incómodo, pasó una noche entera y se arrugó, claro está, como un garbanzo.

Después, la misma mano lo puso a hervir, junto con un bacalao muy resalado que contó a todos sus aventuras marinas en el Cantábrico; con una cebolla que no paraba de llorar; y con algunos ingredientes más y, todos juntos, estuvieron haciendo chup-chup un buen rato en la cocina de la Montse, una afamada cocinera, que lo enalteció gracias a una de sus suculentas recetas.

Porque, amigos, lo que nunca supo Garbanzo Ivanovich es que, al fin y al cabo, su nombre sí quedó inscrito para siempre en las “Crónicas Leguminosas” y se hizo famosísimo gracias a la Montse, que se encargó de inmortalizarlo, dejando constancia del proceso completo que había seguido el ilustre garbanzo para convertirse en una nutritiva delicia.

Y para mayor gloria de Garbanzo Ivanovich,

aquí tenéis la prueba.

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FIN

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Comments

  1. ¡Caray, vaya estirpe garbancera! No quiero pensar como serán los antepasados de un buen jamón pata negra. jajaja……me encanta!!!!

    • 🙂 Nosotros también habíamos pensado adoptarlo, pero no habría tenido un fin tan glorioso y sus sueños no se habrían cumplido. ¡Ahora su nombre pasará a la posteridad!
      Un abrazo bien grande, Toni.

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