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El baño del cuento del martes

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Ilustración: Emma Pumarola

 

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

genérico

Desde que el mundo es mundo se han contado cuentos. Pero a diferencia de ahora, en que la gente cree que los cuentos son solo cosa de niños, hubo una época remota en la que fueron muy importantes, y desde los reyes a los campesinos, desde los más grandes a los más chicos y de norte a sur de la tierra, las historias eran escuchadas alrededor del fuego por cualquiera que tuviera orejas. Y aquellas historias, si se escuchaban con atención, acababan por hacerse realidad.

Fue, precisamente, en aquellos lejanos tiempos cuando nuestra historia comienza.

Ocurrió en una ciudad de la baja Mesopotamia; una fértil tierra llena de agua situada entre dos ríos: el Tigris y el Éufrates y en la remota época en la que Sumu-abum reinaba.

En aquel tiempo, vivía allí un viejo sabio que había pasado toda su vida observando las estrellas y que, por ese motivo, era conocido por todo el mundo como El Observante.

Una noche, en la que haciendo honor a su nombre El Observante observaba las estrellas desde lo alto de un zigurat cercano a su casa, se dio cuenta, de pronto, de que podía ordenar el tiempo, y decidió repartir las horas en sesenta minutos y las semanas en siete días, tal y como todavía seguimos haciendo hoy.

La cosa no hubiera tenido más consecuencias si no hubiera sido porque, poco después, se puso tan de moda el invento de El Observante, que la gente empezó a organizarlo absolutamente todo alrededor del tiempo:

—¡Uy!, ¡las siete y diecisiete! ¡Debo pasar por la palmera a buscar dátiles antes de volver a casa!

—¡Por Enki! ¿¡Tan tarde se ha hecho ya!? ¡Tengo seis minutos para coger el último camello!

—¡Corre, corre! ¡Te veo mañana a las cuatro y ocho!

—¡¡¿A las cuatro y ocho?!! ¡Imposible! Deja que consulte mi tablilla temporal… Lo siento, pero a esa hora tengo astrólogo y luego voy a la pelu a pintarme la raya de kohl en los ojos. ¿Qué tal antes?, ¿a las doce y tres?

—Creo que puedo, pero te lo confirmo luego. Te mandaré un mensaje con mi paloma nueva; ¡es de la última generación y va que vuela!

De tal manera se obsesionaron con medir todo lo que hacían, que empezaron a depender de los minutos, las horas y los días y se olvidaron, por completo, del verdadero valor temporal. Ya no daban importancia a aquellas cosas para las que no es necesario controlar los minutos; como mirar las estrellas, hablar con los amigos, tomar el sol y contar cuentos.

Pero como todas estas cosas es imprescindible hacerlas, no tuvieron más remedio que encerrarlas en el tiempo para poder llevarlas a cabo. Así, que decidieron que mirarían las estrellas cuando hubiera un eclipse; tomarían el sol en verano; hablarían con los amigos los fines de semana, y contarían cuentos…  ¡Gran problema! ¿Qué harían con los cuentos?

Como a los cuentos es muy difícil poder encerrarlos en el tiempo, el asunto llegó a las más altas instancias del reino y después de debatirlo durante días enteros, el Consejo de Ministros del Rey Sumu-abum anunció a todos los habitantes de Mesopotamia que los cuentos se contarían por la noche, antes de ir a dormir y que no podrían ser más largos de catorce minutos.

A partir de entonces, los cuentos empezaron a ser cada vez más cortos y menos importantes y, poco a poco, fueron quedando relegados. Ya no se relataban alrededor de los grandes fuegos sino que, a toda prisa, se contaban después de la cena, justo antes de que la gente se acostara.

Los cuentos de todos los días de la semana se tomaron las nuevas normas con resignación y ninguno de ellos duraba más de los catorce minutos reglamentarios, pero el cuento del martes se negó en redondo a ser encapsulado en tan corto espacio de tiempo, ¡él tenía muchas cosas que contar! Por lo que después de dar vueltas y más vueltas a tan delicado asunto, pensó que la mejor manera de zafarse de las normas y alargar sus historias sería que la gente estuviera tan interesada en su cuento que se olvidara por completo del tiempo. Y empezó a pensar en qué cuento podría inventar.

Primero le dio vueltas a un relato sobre un diluvio, en el que la tierra quedaba completamente cubierta por el agua… Pero supuso que la gente se asustaría, así que lo soltó en el aire.

Imaginó después la historia de un hombre fuera del tiempo llamado Utnapishtim, que guardaba el secreto de la inmortalidad… Pero tampoco le convenció, así que también la dejó volar.

Inventó otros muchos relatos, pero ninguno acababa de gustarle y los iba dejando libres.

Ya empezaba a desesperarse cuando, de pronto, tuvo una brillante idea:  ¡No inventaría un cuento, inventaría un lugar! Un lugar lleno de agua en el que la gente se olvidaría del tiempo. Un lugar en el que se estaría tan bien, que nadie querría salir de allí y entonces él aprovecharía para contar largas historias. ¡Eso haría! “El baño del cuento del martes”, así lo llamaría. Un rincón lleno de magia en el que el agua lavaría de la mente el tiempo y remojaría todas las preocupaciones. ¡Allí la gente sería tan feliz que los cuentos podrían cobrar vida!

Rápidamente, se puso manos a la obra y viajando en una ráfaga de viento susurró su idea al primer humano que se cruzó en su camino, que no fue otro que Alí Ibn Abbas Abu Muhammad Ibn Amir Taymullah Zuhayr Ibn Ubayy, un comerciante árabe cargado de especias que, procedente de la India, regresaba a su casa.

Durante el camino de vuelta, Abu, entusiasmado, fue imaginando todo lo que haría para hacer realidad  aquel sueño y al llegar a su país edificó un magnífico palacio lleno de aguas mágicas al que llamó “Aire. Baños árabes”. “Aire” porque el viento le había susurrado la idea y “árabe” porque él lo era.

Allí, durante mil y una noches, entre baño y baño, el cuento del martes inventó historias fantásticas que fascinaron a todo aquel que las escuchaba.

La voz corrió rápidamente y las gentes de los más recónditos rincones del planeta copiaron esta costumbre. Se construyeron lujosos baños en los se contaban interminables cuentos, se tomaba té y se olvidaban, por un rato, todas las penas. No había ni una sola ciudad importante de la tierra que no tuviera un lujoso baño público, y la gente acudía allí antes de tomar cualquier decisión.

Aunque desde entonces han pasado muchos siglos, todavía hoy existen estos lugares mágicos en los que los relojes dejan de funcionar, el tiempo se detiene  y cualquier cuento puede hacerse realidad…

 …y nosotros sabemos dónde están…

Almería

Barcelona

Sevilla

 FIN

Reader Interactions

Comments

  1. Bellisimo cuento, muy hermoso en todo los sentidos. Me has dejado sin palabras. Simplemente no se que decir. Perdi espontaneidad de repente.

    Majestuoso y magico lugar el de los baños de relax, sal, uva. Me refiero al sitio web Aire en sus diferentes branches.

    Precioso lugar para transmutar en todos los sentidos.

    Te sobra talento y creatividad, los encauzas con maestría propia de un GENIO.

    Muchas gracias por dejar los diferentes enlaces.

    Un abrazo cálido y agradecido

    Pat

    • A mí si me dejas sin palabras, Pat. Me alegro infinito de que te guste lo que comparto, pero estoy lejos de ser un genio, solo una persona que se esfuerza mucho para que las cosas salgan un poco bien, pero imperfecta y con mucho que aprender aún. No obstante, agradezco que aprecies lo que hago, Pat. Un abrazo de kilómetros. Un abrazo hasta Argentina 😉

  2. Sí!!! Eso es lo que pretendo con mis talleres; que se detenga el tiempo, que no exista el espacio…sólo cuentos, emociones….Desde que nos hemos empeñado en cuantificar todo, cada vez son más necesarios los espacios atemporales.
    Un abrazo enorme!

    • 🙂 Cómo me gusta saber que somos muchas las personas, más de las que pensamos, que creemos que las cosas son posibles de otro modo. Un mundo nuevo en la Tierra, como diría nuestra amiga Pat 😉

  3. Me encantan tus “Martes de cuento”
    Es como revivir esos momentos tan mágicos de nuestra infancia, en los que sólo existía la inocencia.
    Un abrazo y muchísimas gracias…

    • Gracias a ti, María, por “mirarnos”, desde tu blog. Y gracias por leernos y por comentar. Nos alegramos muchísimo de poder mantener encendida esa chispita infantil que hay en todos nosotros, porque estamos seguros de que los cuentos que llaman “para niños” deberían ser leídos por todos; para recordarnos que hay cosas que vale la pena mantener a lo largo de toda nuestra vida. ¡Un abrazo!

  4. El Observante ordenó el tiempo y a nosotros nos toca desordenarlo a ratitos para disfrutar de los lugares llenos de fantasía e ilusión como los cuentos del martes.
    ¡Preciosa historia! Como siempre.

    • Gracias, Juani. Nos alegramos de que el cuento te haya gustado. Al mirar, las estrellas, como hace El Observante en la ilustración, podemos volar muy lejos, aunque solo sea por un ratito. ¡Un abrazo bien grande! 🙂

    • Gracias por descubrirnos y quedarte un rato. Eres muy bienvenida 🙂
      😀 😀 Nosotros hemos ido a visitarte a ti a tu blog y nos hemos reído un buen rato con las frases del buscador y con tus comentarios.
      ¡Día de descubrimiento mutuo! ¡Un abrazo!

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