Matilde, la pluma sin vergüenza

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Ilustración: Iraville

Si algo tenía más que nada en el mundo Sofía era vergüenza. La tenía a montones y se le escapaba por las orejas y por las mejillas.

Y es que Sofía se sonrojaba por cualquier cosa. Si alguien le decía «¡Hola!» se ponía como la grana. Si alguien le decía «¡Adiós!» su cara y sus orejas se encendían como un semáforo. Era como si las palabras que le dirigían los demás causaran en ella un extraño efecto, que hacía que sus mejillas estuvieran casi siempre rojas y sus orejas más calientes que una estufa.

En el colegio, si la profesora le preguntaba, aunque se sabía muy bien la lección, era incapaz de responder y aunque sus compañeros de clase la animaban para que contestara, el efecto era, justamente, el contrario. Lo que ocurría, era que al oír las voces de ánimo, aún se ponía más colorada y aún le costaba más que las palabras salieran de su cabeza, porque la vergüenza no la dejaba hablar.

Su única amiga, era una ovejita blanca de peluche. Con ella sí que hablaba. Se encerraba en su habitación, la abrazaba y le susurraba sus penas al oído, porque sabía que la escucharía sin interrumpirla y sin impacientarse:

—Olivia —le decía en voz baja mientras acariciaba el suave lomo blanco—, no sé qué hacer. Si al menos pudiera contestar a la maestra. ¡Así sabrían que he estudiado y que me sé la lección! ¡Así sabrían que lo que me ocurre es que me cuesta hablar! —Y Olivia, sin abrir la boca, la miraba con sus redondos ojos de cordera.

Una tarde, en la que como de costumbre hacía confidencias a su amiga de peluche, de súbito,  resonó una voz a espaldas de Sofía:

—¡Hola, niña!

Sofía, que pensaba que estaba sola, no se movió. Como siempre, se puso roja como un pimiento y bajó la mirada sin decir nada.

—Oye, niña, que te he dicho hola. ¿Es que no me has oído?

Sofía se puso aún más roja y siguió mirando al suelo, sin atreverse a girarse para ver quién le hablaba.

—¡Vale!, pues no me contestes, pero no vas a tener más remedio que hablarme alguna vez, porque vamos a estar juntas mucho tiempo. Soy tu pluma nueva. Tus padres me han comprado de regalo para ti y ya empiezo a estar hartita de estar en esta caja tan estrecha. Así que, por favor, no me hables, pero al menos sácame del estuche.

Sofía, sin dar crédito a lo que estaba oyendo, se giró y vio que, efectivamente, sobre su escritorio, había un paquete envuelto en papel verde. Se acercó y leyó la tarjeta: “Sorpresa especial para Sofía de mamá y papá”. Desenvolvió el regalo, abrió el estuche y, en su interior, encontró una preciosa pluma azul que reposaba sobre un forro de seda amarilla.

—¡Gracias, niña! ¡Qué alivio! Pensaba que me ahogaba ahí dentro. Me llamo Matilde y me encanta conocer gente, hablar con todo el mundo y que todos me cuenten sus cosas. Y tú, ¿cómo te llamas?

Sofía, alucinada de oír hablar a una pluma, se olvidó, por un momento, de su timidez y susurró:

—Sofía.

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FIN

Reader Interactions

Comments

    • ¡Cuánta razón tienes! Deberíamos poner más en práctica aquella farse que dice «Ponga su cerebro en funcionamiento antes de poner su lengua en movimiento» 😀 😀 😀 😀
      ¡Ah! y muy bienvenido a los cuentos del martes.

    • ¡Muchas gracias, Gi! Es un honor recibir de ti este premio. Nos ponemos enseguida a preparar la entrada para darte las gracias tal y como mereces. En cuanto lo tengamos hecho, te avisamos enseguida. ¡Un abrazo!

  1. ¡Hola!

    Me ha gustado muchísimo el cuento de este martes, quizá sea porque mi yo de pequeña era un poco parecida a Sofía. Hubiese sido estupendo haber tenido una pluma como Maltilde:p

    ¡Un besito!

    • Quizá no tuviste una pluma, pero tienes un teclado de ordenador que te sirve para escribir fantásticas entradas en tu blog, así que tu «Matilde» se llama «Tecla», que también es un precioso nombre. 🙂 ¡Besos y gracias por la visita y el comentario!

      • jajaja, no lo decía para meteros prisa. Quizá es que he madrugado y las palabras, como dices, a veces no salen de ninguna manera. Me parece un cuento super bonito, y creo que los que escribimos nos sentimos identificados. Hay veces que lo que se quiere decir sale mejor por los dedos que por la boca. Y a vosotros siempre os queda muy bien 🙂

        • Esa frase tuya “hay veces que lo que se quiere decir sale mejor por los dedos que por la boca” me encanta, Pindusina, me imagino una reunión de deditos, todos hablando al mismo tiempo ¡Qué monos! 😀 😀 😀 😀

  2. Este cuento me hizo recordar a una niña muy tímida de mi clase, se llamaba Araceli, era muy inteligente, como Sofia, y se ponía colorada como un tomate cuando daba la lección. Creo que también encontró una pluma.
    Bonita historia.
    Feliz día Martes de cuento!!

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