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El cuello postizo

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Ulustración: Margarita Nava

Érase una vez un caballero muy distinguido cuyas únicas posesiones eran un calzador y un peine y tenía, además, el más fantástico cuello postizo del mundo. Es, precisamente, sobre este último que tratará nuestra historia.

Ya había alcanzado el cuello postizo aquella edad en la que uno piensa en casarse, cuando quiso la casualidad que coincidiera en la colada con una liga.

—¡Caramba! —dijo el cuello al verla—. Es usted lo más delicado, suave y gracioso que he visto en toda mi vida. ¿Puedo preguntarle su nombre?

—¡No se lo pienso decir! —le contestó la liga.

—¿Dónde vive usted? —insistió el cuello.

Pero la liga, que era muy pudorosa, encontró la pregunta un tanto extraña y permaneció muda.

—¡Ah! Ya veo. ¡Es usted una de esas cinturillas interiores! ¡Así, que además de ser un adorno es usted también muy útil, estimada señora!

—¡Por favor, no me hable! —contestó la liga— ¡No creo haberle dado pie en lo más mínimo!

—Se equivoca. Ser tan maravillosa como usted —dijo el cuello—, ¡ya es pie más que suficiente!

—¡Para mí ese no es ningún motivo, así que no se arrime tanto! —exclamó la liga.

—¡Soy todo un señor! —dijo el cuello—. ¡Poseo un caballero distinguido, un calzador y un peine!

Lo que no era del todo cierto, pues no eran de él, aunque de todos modos, presumía de ello.

—¡Le repito que no se me arrime! —dijo la liga—. ¡No me gustan estas cosas!

—¡Mojigata! —contestó el cuello.

En ese momento, los sacaron del agua, los almidonaron y los colgaron de una silla al sol. Cuando estuvieron secos, los colocaron sobre una tabla de planchar, y allí esperaron hasta que llegó la plancha caliente.

Al ver a la plancha, el cuello exclamó:

—¡Señora! ¡Por usted me quemo! ¡Ya no soy el mismo! ¡Usted no se anda con paños calientes! ¡Me enciende por completo! ¡Quiero su mano!

—¡Andrajo! —respondió la plancha.

Y se paseó orgullosamente por encima del cuello, pues se creía que era una caldera de vapor a punto de partir de la estación, arrastrando tras de sí todos los vagones sobre la vía.

—¡Andrajo! —volvió a decir.

Con el planchado, el cuello se deshilachó un poco por los bordes, así que la tijera llegó para recortarle los hilos.

—¡Oh! —exclamó el cuello—. ¡Usted debe de ser primera bailarina! ¡Cómo estira las piernas! ¡Es lo más encantador que he visto jamás! ¡No hay en el mundo nadie que pueda imitarla!

—Lo sé -contestó la tijera.

—¡Merecería ser condesa! —dijo el cuello—. Yo no soy conde, pero le entrego todo lo que poseo: un caballero distinguido, un calzador y un peine.

—¿Se me está usted declarando? —preguntó la tijera.

Y muy indignada, le propinó un tijeretazo que lo dejó inútil.

—¡Vaya corte! En fin, —suspiró el cuello—, tendré que declararme al peine! —y le dijo dirigiéndose a él —¡Es curioso que conserve usted todos los dientes! ¿Nunca ha pensado en comprometerse?

—De hecho —contestó el peine—, ¡estoy comprometido con el calzador!

—¿¡Comprometido!? —exclamó el cuello.

Como ya no le quedaban más manos por pedir, apartó esa idea de su cabeza.

—Al fin y al cabo, ¡se vive mejor solo!

Pasó mucho tiempo y el cuello acabó dentro de una caja, en un molino donde se fabricaba papel. En aquel cajón había una gran concurrencia de trapos: finos, bastos, de colores, blancos… Todos ellos con muchas historias que contar, pero el cuello más que nadie, pues era todo un conquistador.

—¡La de novias que habré tenido yo! —refería el cuello—. ¡No me dejaban en paz! Y es que yo he sido siempre todo un señor, ¡tan blanco y almidonado! Poseía un caballero, un calzador y un peine que nunca usaba. ¡Tenían que haberme conocido entonces! En esa época todas se derretían por mí. Jamás olvidaré a mi primera novia, una cinturilla, tan fina, tan suave y tan graciosa… ¡La pobre se arrojó a un lavadero por mí! Después conocí a una plancha ardiente, pero cuando la dejé plantada, ¡se puso negra! Y también tuve relaciones con una primera bailarina. Precisamente, fue ella la que, loca de celos, me hizo este desgarrón. ¡Era tan feroz! He de añadir, que mi propio peine estaba enamorado de mí. Perdió hasta el último diente a causa del mal de amores. ¡Sí, no puedo negarlo, he vivido muchas experiencias amorosas! Pero por la que más lo siento es por la cinturilla, la que se arrojó al lavadero por mí. Tengo un gran cargo de conciencia y para hacerme perdonar, ¡necesito convertirme en blanco papel!

Y así fue. Todos los trapos se convirtieron en papel y el cuello se transformó en la hoja sobre la que alguien escribió esta historia, en la que tanto presumía de lo que nunca había sucedido.

Debemos pensar en ello y no comportarnos como él, porque quién sabe si, alguna vez, iremos a parar al cajón de los trapos, nos convertirán en papel y sobre nosotros se imprimirá nuestra verdadera historia, incluso la más secreta, y todo el mundo conocerá la realidad, como se conoció la del cuello postizo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El cuello postizo” con la voz de Angie Bello Albelda

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Reader Interactions

Comments

  1. He saltado desde el blog de María con la confianza de encontrarme algo bueno; qué bien guía María.
    Vaya un cuello fanfarrón, pero, justicia poética, sirvió para que se escribiera sobre él esta magnífica historia.
    Saludos.

    • ¡Qué honor tu visita, MadameBovary! Uno de los personajes más fascinantes que habitan la Isla Imaginada 🙂 Si has llegado hasta aquí por María, nos falta tiempo para visitarte en tu blog, porque los amigos de María son amigos nuestros 🙂 ¡¡bienvenida!!

  2. Que original!!!!!! Vaya cuello duro, postizo como muchas personas que se creen algo en el mundo.
    Tu blog me lo ha recomendado María, una buena amiga mía.

    • ¡Gracias por tu visita, Rosa! Siendo amiga de María, eres bienvenida por partida doble 🙂
      Bonito y original el nombre que has elegido 🙂
      El ave que resurge siempre de sus cenizas. ¡Te dedicaremos la próxima entrada de nuestra Imaginopedia! 🙂
      Así que, tu visita ha valido por tres 😀 😀 ¡Un abrazo!

  3. A mí me ha encantado. Me ha parecido fresco y original. Sinceramente, quitaría la parte final, la de “la moraleja”; esa se sobreentiende y no hay de dar tantas facilidades al lector. Que trabaje un poco, jolines!!!

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