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La princesa Monina y el príncipe Desir

Imagen 2

Ilustración: Fabulandia

Había una vez un rey que quería casarse con la princesa más hermosa del mundo, pero era como si la princesa no lo viera porque, por mucho que lo intentaba, nunca le hacía ni el más mínimo caso.

Desesperado, fue a consultar a una bruja que vivía en una gruta en medio de un espeso bosque. Después de reflexionar un rato, la bruja le dijo al joven monarca:

—La princesa a la que amas está bajo un terrible encantamiento, por eso no te hace caso. Para liberarla y poder casarte con ella, debes pisarle la cola a su gato Miñón.

El joven, agradecido por el consejo, se dispuso a hacer lo que la bruja le había indicado y cada día se paseaba ante el palacio de la princesa para poder encontrar al gato, que era muy escurridizo. Un día lo sorprendió dormido en el umbral de la puerta principal y, después de acercarse con mucho sigilo, logró pisarle la cola.

En aquel mismo instante, el gatito se convirtió en un terrible gigante que gritó furioso:

—¡Has destruido mi encantamiento! Ahora podrás casarte con tu princesa, pero me vengaré. Vuestro primer hijo tendrá una nariz enorme y no lo advertirá. Solo conseguirá ser feliz cuando se dé cuenta de su defecto.

Poco tiempo después, el rey se casó con su amada princesa y al cabo de un año les nació el primer hijo, que hubiera sido muy guapo de no ser por su nariz, que parecía el espolón de un navío.

El niño, al que llamaron Desir, era sano y fuerte. Enseguida demostró tener una gran inteligencia y un corazón noble. A medida que crecía, todas sus cualidades se acrecentaban y, con ellas, crecía también su nariz.

Los que rodeaban al joven príncipe afirmaban que todos los grandes hombres de la historia habían destacado por sus descomunales apéndices nasales y que, por tanto, era una señal muy positiva que el joven príncipe lo tuviera también.

Para acompañar al heredero de la corte, se eligieron personas de nariz muy grande, aunque ninguna lo era tanto como la del príncipe, así que el joven heredero fue creciendo orgulloso de tener tan gran narizota.

Al cumplir veinte años y tener que elegir una esposa, sus padres le mostraron los retratos de las princesas casaderas de las cortes cercanas. De entre todas ellas, Desir se enamoró perdidamente de Monina, una joven con extraordinarias cualidades y de belleza inigualable, pero con una naricita tan diminuta, que casi no se le veía de lo pequeñísima que era. Por ese motivo, el príncipe dudó de que Monina pudiera enamorarse de él, ya que sus narices eran muy diferentes.

Todos los que rodeaban al príncipe se apresuraron a afirmar que las narices grandes quedaban muy bien a los hombres, pero que a las mujeres les convenían las narices pequeñas. Desir, de nuevo convencido por lo que le decían los que estaban a su alrededor, mandó a sus embajadores al reino vecino para pedir la mano de la princesa Monina, la cual aceptó encantada el matrimonio, puesto que había oído hablar muy bien de Desir.

Se fijó el día de la boda y el futuro novio partió, montado en su caballo y con una gran escolta, hacia el palacio de su novia. Esta lo recibió muy contenta en el jardín donde, pocas horas después, debía celebrarse el matrimonio. Pero cuando Desir se estaba acercando a ella, un gigante la raptó y en un instante desaparecieron ambos sin dejar ni el más mínimo rastro.

Desesperado, el príncipe decidió recorrer todas las tierras conocidas y desconocidas en busca de su amada. Despidió a toda su corte y montado en su blanco corcel empezó a recorrer todos los caminos del mundo. Preguntaba a todo aquel que se encontraba, pero nadie sabía darle noticias, ni del gigante, ni de la princesa.

Una noche, Desir se extravió en un espeso bosque. Avanzaba a tientas, entre las negras tinieblas, por tortuosos senderos. Llevaba horas perdido hasta que, a eso de la medianoche, divisó a lo lejos una lucecita. Dirigió hacia allí su caballo y al poco rato se encontró delante de una cueva. Penetró en su interior y observó que estaba ricamente amueblada.

En el centro de la caverna había un trono y sobre él estaba sentada una vieja que, por lo menos, debía de tener ciento veinte años. Su naricilla era tan diminuta que sobre ella no se sostenían los anteojos y tuvo que sujetarlos con ambas manos para poder distinguir bien a Desir que, en ese justo instante, también la descubrió a ella. Al verse, los dos exclamaron a la vez:

—¡Menuda nariz!

Desir rompió el incómodo silencio:

—Tú eres una mujer y una nariz pequeña es adecuada para ti, aunque la tuya es realmente minúscula. Pero no alcanzo a comprender el motivo de tu extrañeza al ver una nariz grande en el rostro de un hombre.

—¿Y a ti quién te ha dicho eso? Cierto es que las narices grandes, para hombre o para mujer, confieren personalidad al rostro, pero es que la tuya no es grande, ¡la tuya es descomunal!

Desir, que estaba convencido de la belleza de sus napias, pensó que la anciana desvariaba a causa de su avanzada edad, y que por ese motivo hablaba con tan poco respeto de su regia persona. Muy ofendido por aquellas críticas, se marchó para seguir buscando a su amada, sin hacer caso a lo que la vieja bruja intentó decirle después.

Tras tres interminables años vagando por los más recónditos rincones y escuchando los más variados comentarios acerca de su nariz, se encontró un día ante un palacio de cristal.

A través de los gruesos muros transparentes, descubrió a su adorada princesa que, al verlo y reconocerlo, corrió a su encuentro.

Monina acercó su rostro al muro y Desir quiso hacer lo propio para darle un beso, aunque fuera a través del frío vidrio. Pero por mucho que lo intentó, sus esfuerzos fueron vanos: su gran nariz se lo impedía.

Contrariado por aquel contratiempo, exclamó:

—¡Qué nariz tan grande que tengo! Realmente, mi nariz es fea y descomunal.

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando el cristal que lo separaba de su amada se hizo trizas.

Apareció entonces la bruja del bosque y le dijo:

—Aquí tienes a tu futura esposa. Podías haberla encontrado muchísimo antes, pero era necesario que advirtieras que tu nariz es imperfecta. Los elogios que te prodigaron inmerecidamente durante toda tu vida te impidieron, hasta este momento, darte cuenta de la realidad. Ahora que ya sabes que no eres perfecto, podrás casarte, por fin, con Monina.

FIN

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Comments

  1. Buenos amigos son aquellos que te dicen la verdad (pero con cariño y desde un buen propósito) Mucha gente usa la espada de la verdad para hacerle daño a otros y de esa manera sentirse más importantes o poderosos. Es bruja es, sin duda, una buena amiga.

    • Es cierto; la mentira y la verdad agresiva pueden hacer el mismo daño. Hay que saber encontrar el justo equilibrio para decir las cosas como tú las ves (eso no siempre coincide con la “verdad”) para que la otra persona tenga otro punto de vista 😉
      Cuando hablo de la “verdad”, siempre me viene a la mente esta historieta:

      “El diablo y un amigo caminaban por una calle y vieron frente a ellos cómo un hombre se detenía y recogía algo del suelo, lo miró y lo guardó en su bolsillo. El amigo le preguntó al diablo: «¿Qué ha recogido ese hombre?». «Ha recogido un trozo de la Verdad», le contestó el diablo. «Pues entonces, eso es un mal negocio para ti», dijo su amigo. «Oh, no, en absoluto», replicó el diablo, «dejaré que la organice»” 😉

  2. Muy interesante el cuento 🙂
    Me gusta el hecho de que sea un cuento infantil pero a la misma vez todos (adultos y niños) podamos sacar algo del mismo.
    También, en el caso de un niño, creo que es muy educativo y necesario, y ojalá que todos los niños fuesen educados así. Habría muchos menos problemas de salud emocional.
    Un saludo.

    • Nos encanta tu reflexión, Shylos 🙂 ¡Tienes razón! Leer cuentos no tiene edad, siempre hay algo que aprender.
      Y estamos completamente de acuerdo contigo en que la lectura es una dulce “medicina” para curar las almas.
      ¡¡Muchas gracias por tu visita y muchísimas gracias por tu aportación!!

  3. Hoy llego tarde para los comentarios… Estaba a la caza de las trufas!
    Bonito cuento y bella ilustración.
    Un saludo a todos los lectores y lógicamente a Martes 🙂

  4. Encontrar ese justo equilibrio y aceptar que no somos perfectos, aunque nos lo digan las personas que nos rodean.
    Me encanta la moraleja!
    Y otro martes más en vuestra compañía. Qué bien!
    Varios abrazos para sumar a ese frasquito que tenéis guardado.

    • ¡Gracias María! Uno de tus abrazos de hoy nos lo llevamos puesto, los otros, los guardamos a buen recaudo, que uno nunca sabe cuando va a necesitar un buen abrazo y es conveniente tener de repuesto, que ya sabes lo que dice el refrán: “por mucho abrazo, nunca es mal año” 🙂

  5. Ay!!! Que bonito y que buena lección. Hay que ser humilde y aprender cuales son nuestros defectos, que seguramente son muchos. 😉

  6. Supongo que el camino de la felicidad (o al menos un tramo extenso) está formado por la aceptación de defectos y virtudes. ¿Se nota demasiado que estoy (casi) convencida que la calma conduce a la felicidad aunque no es su único condimento?
    Siempre me haces sonreír con un poco de niñez. Un beso.

    • Gracias por tus palabras, Isabel 🙂
      Estamos contentos de que nuestros cuentos sirvan, ni que sea por un rato, para hacer volver a alguien a ese espacio que debería ser un recuerdo hermoso para todos, aunque ya sabemos que, en ocasiones, por desgracias, no es así. 🙁

  7. Aunque ni enorme ni torcida ni nada de eso, mi nariz es un poco grande…. pero buaaaaaaaaaaaa… no he encontrado mi príncipe!

    • No desesperes, que si aún no ha llegado será porque anda despistado por ahí por culpa de algún ogro y lo único que tienes que hacer es pisar la cola de su gato 🙂
      ¡¡Un abrazo Rosa!!

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