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La máquina del tiempo

2015-03-03 08 16 41

Ilustración: Emma Pumarola

  Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Aunque hasta ahora había sido uno de los secretos mejor guardados del mundo, lo que estaban a punto de descubrir Marieta y Luigi iba a cambiar por completo el curso de la historia.

Aquella tarde, Tobías, su papá, los había llevado al hospital porque Anita, la madre de los niños, estaba ingresada. La habían operado y aún tardaría un tiempo en regresar a casa. Le regalaron una caja de galletas para la merienda, un libro y un cactus.

Después de merendar, Anita les dio permiso para salir al jardín que rodeaba el hospital.

—Pero no os alejéis mucho. Que os podamos ver desde la ventana— les advirtió.

Lo más divertido de ir al hospital era que los dejaban pasear solos por el enorme jardín vallado.

—Luigi, hoy imaginaremos que… -De pronto, Marieta se quedó muda.

Acababa de ver como unos niños entraban sigilosamente en uno de los pabellones de la derecha y quiso saber qué tramaban.

—Ven Luigi, quizá nos dejen jugar con ellos. A lo mejor están celebrando una fiesta…

Se dirigieron hacia el pabellón y vieron, a través de una de las ventanas, que aquellos niños vestían pijamas.

—¡Qué raro! —se extrañó Luigi—, si es la hora de la merienda… Como no sea una fiesta de disfraces…

—Puede ser… —añadió Marieta—.  Mira a esa niña del pañuelo en la cabeza: es una pirata. Y aquel de allí, el que lleva esos tubos que le salen de la nariz… ¡ese es un buzo! Y ese otro, el que arrastra ese palo con una botella arriba, pues va disfrazado de robot, y el de las gafas…, mmmm, ¡ese no sé!

-¡Pues ese es un sabio!

Sin atreverse a entrar, siguieron observando a través de la ventana.

Dentro del pabellón, el grupo de niños amontonaba los más diversos objetos sobre una mesa: pulseras, lápices, bolsos, un par de bufandas, monedas y billetes, llaveros… Hablaban entre ellos, y aunque Luigi y Marieta no podían oír lo que decían, señalaban las cosas que había en la mesa y parecía, por sus gestos, que guardaban un gran secreto.

De repente, como si notara que alguien los estaba espiando, la niña que llevaba el pañuelo en la cabeza, miró hacia la ventana y sorprendió a Marieta y a Luigi, que se quedaron petrificados donde estaban, sin saber qué hacer.

La puerta del pabellón se abrió y el niño de las gafas los invitó a pasar:

—¡Adelante!, que no os vamos a morder…

—¿Por qué vais en pijama?, ¿estáis celebrando una fiesta de disfraces?

—No, no es una fiesta. Estamos en el hospital porque estamos enfermos; por eso llevamos pijama. Y vosotros, ¿qué hacéis aquí?

—Hemos venido a darle la merienda a mamá. La han operado. ¿Y a vosotros qué os pasa? ¿Qué enfermedad tenéis? —preguntó curiosa Marieta

—Tenemos cáncer.

—Yo he tenido muchas veces anginas o dolor de barriga, pero nunca he tenido cáncer. ¿Duele? —interrogó Luigi.

—A veces.

—¿Y a qué jugáis? —quiso saber Marieta.

—No jugamos, estamos construyendo una máquina del tiempo. Nuestros padres, los médicos y los enfermeros nos dicen siempre que en el futuro el cáncer se curará tan rápido como un resfriado, pero nosotros no queremos esperar tanto. Queremos viajar en el tiempo para poder curarnos ya. Si esperamos mucho, el cole habrá terminado y no podremos pasar de curso con nuestro amigos.

—¡Una máquina del tiempo! ¡Suena divertido! ¿Nos dejáis construirla con vosotros?

—¡Claro! Para construirla, necesitamos pulseras, bolsos, lápices, dinero para comprar cosas… ¡todo lo que se os ocurra! Cada día venimos aquí, pero siempre falta alguna pieza, así que no hay forma de ponerla en marcha. Cuando vengáis, podéis traernos algo. Aunque sea pequeño. En una máquina tan complicada como esta, nunca se sabe qué funcionará. ¡Hasta el tornillito más pequeño es importante!

—Marietaaaaaaaaaaaaaa, Luigiiiiiiiiiiiiiiii —las voces de Anita y Tobías llegaron desde el jardín.

—¡Son mamá y papá! ¡Nos tenemos que marchar! Volveremos luego con cosas para construir la máquina. ¡¡Adiós!!

En el jardín, los padres de los dos niños buscaban a sus hijos con cara de preocupación. Al verlos, Anita los riñó aliviada:

—¿¡No os hemos dicho millones de veces que no os alejéis!? ¡Estábamos muy preocupados! ¡Pensábamos que os habíamos perdido para siempre! ¿Dónde os habíais metido?

—Allí —dijeron al unísono señalando el pabellón—. Estamos construyendo una máquina del tiempo y necesitamos…

—Muy bien —los interrumpió Tobías—, pero ahora ¡a casa!, que todavía tenéis que hacer los deberes o no pasaréis de curso. Ya construiréis esa máquina mañana…

 …pero mañana es AHORA y el tornillito más pequeño cuenta.

Construir la máquina del tiempo solo será posible con TU AYUDA. Colabora un poco, POR FAVOR…

…mira todo lo que puedes hacer. ES IMPORTANTE…

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FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La máquina del tiempo” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

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Comments

  1. Qué precioso homenaje a los pequeños héroes que luchan contra el cáncer!!! Felicidades!!! Y ahora a trabajar todos para construir esa máquina del tiempo. Podríamos llamar al profesor Franz de Cophenague y al Profesor Bacterio (los amigos del TBO me entenderán), para que su ingenio nos ayude a terminarla prontito. Un abrazo a los papás y los niños luchadores!!

  2. Siempre me gustan “vuestros martes”, pero en esta ocasión me habéis emocionado más todavía, si cabe.
    ¡Lo que daríamos todos por poder construir esa máquina del tiempo!
    Niños valientes, que afrontan la enfermedad con un valor que tan inocente y tan seguro…
    Un beso grande, más que solidario…

    • Es muy triste, pero como tú dices muy real. Por eso queremos dar difusión y poner nuestro granito de arena. Cualquier ayuda, por pequeña que sea es bienvenida.
      ¡Un abrazo, Toni! 🙂

    • Gracias por comentar, Maribel. Hay cosas que aunque se intenten embellecer siguen siendo lo que son y estamos de acuerdo contigo en que es mejor afrontarlas abiertamente. ¡Un beso! 🙂

  3. Camila, una joven amiguita de 10 años padece cáncer con forma de tumor cerebral. Sus ocurrencias, sus ganas, su mirada traviesa me recuerdan a los protagonistas de este cuento. ¡Quién fuera niño!
    Un abrazo de martes. 🙂

    • Verónica, dale a Camila un abrazo kilométrico y muchos ánimos. Dile que seguiremos intentando construir esa máquina del tiempo para ella y para todo aquel que la necesite en cualquier rincón del mundo.
      Gracias por tu aportación.
      ¡Besos! 🙂

  4. Hace cuatro años, por esa “maquina” hubiese dado todo lo que tengo. Muy emotivo y por desgracia muy real-

    • Sí, Rosa, nosotros también hubiéramos dado todo en dos ocasiones por tener una máquina de estas y es por eso que queremos ayudar de algún modo a los que todavía están a tiempo. queremos ayudar a construirla difundiendo, aportando y animando a otras personas a que también hagan lo mismo. La suma de muchos poquitos quizá haga algo grande.
      ¡Un abrazo!

  5. Qué difícil es convertir en un cuento en un asunto como el que se trata. Y a la vez qué fácil es si se mira, siente y se cuenta desde la perspectiva de la infancia.

    Tengo impreso en mi cerebro las imágenes reales de estos niños enfermos. Y de sus padres. Y de la labor de quienes los tratan.

    Siempre os agradezco estos martes de cuento porque los disfruto muchísimo. Hoy, mi agradecimiento es doble.
    Un fuerte abrazo. Y mil besos para esos niños que construyen “máquinas del tiempo!.

    • Gracias por leer y comentar.
      Especialmente hoy, muchísimas gracias por tus palabras y por ser solidaria con las personas que cada día tienen que vivir esta terrible problemática en primera persona.
      ¡Un abrazo grande, Isabel! 🙂

    • Desgraciadamente, Soraya, a casi todos nos ha tocado. Es una situación muy triste y no sabes lo mucho que te entendemos 🙁
      Si colaborar en lo que se pueda sirve para que otras personas no pasen por lo mismo, es una de las mejores inversiones que podemos hacer en la vida. ¡Un abrazo! 🙂

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