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El Paraíso de los gatos

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Ilustración: Sal Meijer

Una tía mía me legó un gato de angora que sin duda es el animal más estúpido que conozco. Esto es lo que me contó mi gato una tarde de invierno, al amor de las brasas.

 

Tenía yo dos años por entonces, y era el gato más gordo e ingenuo que se viera. A esa tierna edad aún mostraba la presunción de un animal que desdeña las comodidades del hogar. Y sin embargo, ¡cuánto tenía que agradecer a la Providencia que me hubiera acomodado en casa de su tía! La buena mujer me adoraba. En el fondo de un armario yo tenía un verdadero dormitorio, con tres colchas y un cojín de pluma. La comida no le iba a la zaga. Nada de pan ni sopa; solo carne, carne roja de la buena.

Pues bien, en medio de aquellos placeres yo no tenía más que un deseo, un sueño: deslizarme por la ventana entreabierta y escapar por los tejados. Las caricias me parecían insulsas, la blandura de mi cama me producía náuseas, y estaba tan orondo que me asqueaba a mí mismo. Y me aburría el día entero de ser tan feliz.

Debo decirle que, alargando el cuello, había visto desde la ventana el tejado de enfrente. Cuatro gatos se peleaban allí aquel día, con la piel erizada y la cola en alto, rodando sobre la azulada pizarra, calentándose al sol y lanzando juramentos de alegría. Nunca había contemplado un espectáculo tan extraordinario. Entonces me convencí de que la verdadera felicidad se hallaba en aquel tejado, detrás de la ventana que cerraban con tanto cuidado. Me lo demostraba el hecho de que cerraran así las puertas de los armarios tras los cuales escondían la carne.

Concebí el proyecto de huir. En la vida debía haber algo más que carne roja. Algo ideal, desconocido. Y un día que olvidaron cerrar la ventana de la cocina, salté a un tejadillo que había debajo.

¡Qué bonitos eran los tejados! Los bordeaban largos canalones que exhalaban deliciosos aromas. Seguí voluptuosamente aquellos canalones, hundiendo las patas en un fino barro de una tibieza y suavidad infinitas. Me parecía estar caminando sobre terciopelo, y hacía calorcito al sol, un sol que derretía mi grasa.

No le negaré que temblaba como un flan. El miedo se mezclaba con la alegría. Me acuerdo sobre todo de una terrible impresión que a punto estuvo de hacerme caer sobre el asfalto. Tres gatos bajaron de la techumbre de una casa y se acercaron a mí, maullando espantosamente. Y como yo desfallecía, me llamaron gordinflón y me dijeron que lo hacían para divertirse. Me puse a maullar con ellos. Era delicioso. Aquellos fulanos no estaban tan estúpidamente gordos como yo, y se burlaron de mí cuando resbalé como una bola sobre las placas de cinc recalentadas por el sol de mediodía. Un viejo gato de aquella banda me tomó especial aprecio y se ofreció a educarme, lo que acepté agradecido.

¡Ay, cuán lejos estaban las comodidades de su tía! Yo bebía de los canalones, y ninguna leche azucarada me había sabido tan dulce. Todo me parecía bueno y hermoso. Una gata deslumbrante pasó a mi lado, una gata que me colmó de una emoción desconocida. Hasta entonces solo en sueños había visto esas deliciosas criaturas cuyo espinazo parece tan adorablemente flexible. Mis tres compañeros y yo nos precipitamos al encuentro de la recién llegada. Me adelanté al resto y, cuando me disponía a cortejar a la encantadora gata, uno de mis camaradas me mordió salvajemente en el cuello. Lancé un grito de dolor.

—¡Bah! —me dijo el viejo gato, apartándome—, ya habrá otras.

Al cabo de una hora de paseo sentí un hambre feroz.

—¿Qué se come en los tejados? —le pregunté a mi amigo.

—Lo que se encuentra —me respondió él, sabiamente.

Su respuesta me desconcertó, pues por mucho que buscaba, no encontraba nada. Por fin, en una buhardilla vi a una joven obrera que se estaba preparando la comida. Sobre la mesa, debajo de la ventana, se veía una hermosa chuleta de un rojo apetitoso.

«Esta es la mía», pensé con toda ingenuidad.

Y salté sobre la mesa para coger la chuleta. Pero la obrera, al verme, me atizó un terrible escobazo en el lomo. Solté la carne y hui, lanzando un terrible juramento.

—¿Es que acabas de llegar del pueblo? —me dijo el gato—. La carne que está sobre las mesas es para desearla de lejos. Donde hay que buscar es en los canalones.

Nunca pude entender que la carne de las cocinas no perteneciese a los gatos. Mis tripas comenzaban a quejarse seriamente. El gato me remató diciendo que había que esperar a la noche. Entonces bajaríamos a la calle y escarbaríamos en los cubos de basura. ¡Esperar a la noche! Y lo decía tan tranquilo, como un filósofo curtido. Yo me sentí desfallecer ante la sola idea de aquel ayuno prolongado

La noche llegó lentamente, una noche brumosa y helada. Empezó a caer una lluvia fina y penetrante, azotada por bruscas ráfagas de viento. Bajamos por el ventanal de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Había desaparecido el calorcillo gustoso, el sol resplandeciente, los tejados blancos de luz en los que revolcarse a placer. Mis patas resbalaban sobre el pavimento, y recordé con amargura mis tres colchas y mi cojín de pluma.

Tan pronto estuvimos en la calle, mi amigo empezó a temblar. Se encogió hasta hacerse pequeño y corrió furtivamente delante de las casas, diciéndome que lo siguiera lo más rápidamente posible. Cuando encontró una puerta cochera, se refugió presto en ella, dejando escapar un ronroneo de satisfacción. Al preguntarle por esa huida, me dijo:

—¿Viste a ese hombre que llevaba un capacho y un garfio?

—Sí.

—Pues si nos hubiera visto, nos habría matado y comido asados.

—¡Asados! —exclamé—. ¿Pero entonces la calle no es nuestra? ¡En vez de comer, nos comen!

Entretanto habían arrojado las basuras delante de las puertas. Escarbé en los montones con desesperación y encontré dos o tres huesos mondos que habían tirado a las cenizas. Entonces comprendí cuán suculenta es la comida de su tía. Mi amigo hurgaba con destreza entre las sobras. Me tuvo corriendo hasta el amanecer, examinando cada adoquín, sin apresurarse. Tras casi diez horas bajo la lluvia, yo tiritaba de frío. ¡Maldita calle, maldita libertad! ¡Cómo añoraba mi cárcel!

Por la mañana, el gato, viéndome flaquear, me preguntó con aire extraño:

—¿Has tenido bastante?

—Ya lo creo —respondí.

—¿Quieres volver a casa?

—Claro, pero ¿cómo encontrarla?

—Ven. Al verte salir esta mañana, comprendí que un gato rollizo como tú no está hecho para las ásperas alegrías de la libertad. Sé dónde vives. Te dejaré en la puerta.

Aquel digno gato dijo esto con toda sencillez. Cuando llegamos me dijo sin mostrar ninguna emoción:

—Adiós.

—¡No —exclamé—, no nos despediremos así! Ven conmigo, compartiremos la misma cama y la misma comida. Mi ama es una buena mujer…

No me dejó acabar.

—Calla —dijo bruscamente—, eres tonto. Yo me moriría en la calidez de tu hogar. Tu vida regalada es buena para gatos bastardos, pero los gatos libres nunca pagarán con la prisión tus manjares y tu cojín de plumas. Adiós.

Y trepó de nuevo a los tejados. Vi su gran silueta delgada estremecerse de placer al sentir los rayos del sol naciente.

Cuando entré en casa, su tía cogió el zurriago y me administró un correctivo que recibí con profunda alegría. Saboreé a fondo el placer de sentir calor y ser castigado. Mientras ella me zurraba, yo me relamía pensando en la comida que me daría después.

—¿Lo ve? —concluyó mi gato, estirándose frente a las brasas—. La verdadera felicidad, el paraíso, mi querido amo, consiste en ser encerrado y golpeado en una habitación donde haya carne.

Hablo de los gatos, claro.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El Paraíso de los gatos” con la voz de Frederick Engel y Angie Bello Albelda

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Reader Interactions

Comments

  1. ..todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Jajaja.
    Yo tuve uno. En realidad los odio, ese se fue por la ventana y nunca mas lo vi. No lo tiré eh, se lanzó solito.

  2. Precioso cuento, y con moraleja para todos los gustos. Cuando viví o vivo en el campo me gusta tener gatos, pero los tengo “a jornal”, es decir, a su aire, enteros y expuestos a los avatares de la vida: saben dónde está su plato de comida y mis piernas, que acarician elevando el tono de su ronroneo. Ellos son felices, creo. Y yo también. Ah, en una ocasión regalé un gato precioso y joven a una señora inglesa. Al poco tiempo me dijo que Pancho se portaba mal, Y por qué, le pregunté, Porque ha cazado un pájaro, me contestó.

    Muchas gracias por este precioso relato.

    Abrazos fuertes.

    • 😀 😀 😀 Pobre señora inglesa. Me imagino la escena y, sobre todo, imagino la cara que debiste poner tú.
      Por lo que explicas, creo que tus gatos deben ser muy felices, son de los que lo tienen todo: espacio para sentirse libres, un lugar en el que refugiarse, comida abundante y unas piernas en las que poder frotarse cuando les apetece. ¡Eso sí es el Paraíso de los gatos! 😀 😀 😀

  3. Pues es triste comprobar lo que nos acostumbramos a la rutina.
    Ahora entiendo cuando dicen que es de valientes arriesgar.

    • Pues sí, Mireia, tienes mucha razón es muy triste convertirse en una especie de zombi y hacer las cosas sin encontrar sentido a nada ;( Por eso debemos buscar algo que nos apasione y luchar por ello siempre y si es preciso, arriesgarse, equivocarse y volver a empezar. ¡Un abrazo! 🙂

  4. Lo admito sin ruborizarme: me parezco a mi gata gordinflona. Es que esos seres son una encarnación de lecciones si rebosan kilos y de otras si son enjutos pero… ¡siempre aprendes!
    Firma: Vero, enamorada de los gatos.

    • Los gatos son fascinantes 🙂 Ya dicen bien que nunca eres dueño de un gato sino que es el gato el que te posee a ti. Aprendes de ellos, como tú dices, mucho y, además, una de las cosas más relajantes que hay en el mundo es tener un gato ronroneando en el regazo y acariciarlo mientras vas viendo como va cerrando y abriendo los ojos con cada caricia. 😀 😀 😀 ¡¡Debería ser una terapia obligatoria para calmar los nervios!! 😀 😀 😀

  5. Asomarnos al exterior es lo que nos da experiencia pero también nos ayuda a valorar lo que tenemos al alcance de la mano.
    Un precioso cuento con una moraleja que te hace pensar que, muchas veces, añoramos aquello que desconocemos sin darnos cuenta que la felicidad la tenemos a nuestro alrededor.
    Delicioso, como siempre.
    Un gran abrazo de martes caluroso…

    • ¡Y tanto, María! Siempre pensamos que la felicidad está más allá. Más allá de la ventana; más allá del hoy; más allá de lo que tengo… y, sin embargo, la felicidad es una actitud ante la vida y ante las cosas. Nunca seremos felices si no aprendemos a mirar a nuestro alrededor y a apreciar las pequeñas cosas que nos rodean. ¡Un abrazo y gracias por venir! 🙂

    • Y una historia muy triste que se repite, por cierto ;( Por eso hay que intentar cambiar un poco el mundo y construir nuevas personas pensantes y “sintientes” y desde este rincón estamos convencidos que una de las mejores formas de hacerlo es hacer llegar la lectura a todo el mundo. ¡Por eso nos encanta compartir cultura! 🙂 ¡Un abrazo, ratón!

  6. Estamos deseando salir fuera de casa, viajar, conocer mundo y cuando por fin lo hacemos, solo pensamos en nuestra querida cama, en nuestro sofá y en nuestras cuatro paredes. Y cuando vuelves dices eso de: “como en casa en ningún sitio”.
    Claro que a los dos días ya estás deseando marcharte. Si es que no estamos contentos con nada.
    Seguro que el gato es mucho más feliz que antes, ahora que valora exactamente lo que tiene.
    Un cuento muy educativo y entretenido también.
    Bss.

    • 😀 😀 😀 😀 Quizá es que el ser humano es el eterno insatisfecho y es esa insatisfacción la que nos ha permitido evolucionar, cambiar, descubrir… Tú, sin ir más lejos, ¡siempre experimentas y nunca paras! 😉

      • Es cierto que el ser humano es un insatisfecho, pero yo no me quiero definir así, prefiero ser una persona inquieta o curiosa, me suena mejor. Es que la palabra insatisfecho me recuerda a un señor feo y desganado, y no quiero ser ese señor, jajaja.
        Y además, cuando termino de comer estoy más que satisfecha.
        Si te acomodas en lo que conoces, no aprendes más.
        Bss.

        • 😀 😀 😀 ¡¡Lo que hacen las palabras y su especialización!! Pues así de definiremos: inquieta, curiosa o, como dicen en mi pueblo: “un culo de mal asiento” 😀 😀 😀 ¡Un abrazo, Sensi!

    • 🙂 Es un cuento que a nosotros nos gusta mucho. Además nos invita a reflexionar, algo que creemos que es lo que deben hacer los buenos cuentos. ¡Gracias por venir y comentar, Toni! Un abrazo.

    • Pues ya te adelanto desde ahora que no, porque el próximo martes es una historia muy tontita, escrita por mí, que habla de una bruja. Una de cal y una de arena. Pero es que me gusta tanto que mis cuentos aparezcan junto a los de Zola… Y es que si no lo hago así corro el riesgo de que no los lee nadie 😀 😀 😀 😀
      ¡Un abrazo y feliz cumpleaños! 😉

        • No, si solo me refiero a los cuentos que escribo yo 😀 😀 😀
          Tú que escribes, seguro que sabes muy bien que lo que uno hace siempre le parece que podría ser mucho mejor, siempre, antes de darle a la tecla de compartir uno piensa: “¿para qué compartes esto que has escrito si no llega a la altura de lo que lees?, ¿para qué escribir cosas propias si ya hay tantas de buenas escritas?” Y uno siempre se queda con la duda de si vale la pena escribir o si es mejor solo leer y compartir cosas buenas, como el cuento de Émile Zola de hoy 🙂

          • como lo sabes!! jajajaja me pasa lo mismo cuando le doy al botón de publicar siempre pienso, vaya porquería que he escrito…. ya sabes el dicho “mal de muchos consuelo de tontos”
            lo haces genial, venga a publicar.. que el martes llega enseguida y tienes a un montón de gente pendiente de ti.
            Un abrazo

          • ¡Claro que sí! Tanto tú como yo seguiremos buscando y escribiendo y publicando y leyendo. Y como es esencia del que escribe, seguiremos, sobre todo, dudando unos segundos antes de darle al enter 😀 😀 😀 😀 ¡Un abrazo!

  7. Cuando a mis niños les digo que nunca somos demasiado mayores para leer cuentos, a esto me refiero. Negarnos los cuentos es negarnos el acceso miles de herramientas de expresión.
    No sé quien dijo que los cuentos sean sólo historias que se cuentan hasta más o menos los seis años, y antes de dormir.
    Para los que piensen así, aquí están estos maravillosos gatos que nos hablan del miedo a la libertad, del perspectivismo…pura filosofía callejera!
    ¡Uf, qué bien, martes…martes de cuento!! Gracias!!!

    • «El profesor ideal para este nuevo siglo tendrá que ser capaz de enseñar la aritmética del corazón y la gramática de las relaciones sociales. Si la escuela y la administración asumen este reto, la convivencia en este milenio puede ser más fácil para todos y nuestro corazón no sufrirá más de lo necesario».

      Natalio Extremera y Pablo Fernández-Berrocal

      «Hemos llegado a creer que una persona “es inteligente” si tiene títulos académicos o una gran capacidad en alguna disciplina escolástica (matemáticas, ciencias, vocabulario). Pero los hospitales psiquiátricos están atiborrados de pacientes con esas credenciales. El verdadero barómetro de la inteligencia es una vida feliz y efectiva, vivida cada día, y cada momento de cada día».

      Wayne W. Dyer , 1976.

      La investigación científica ha demostrado que la autoconciencia, la confianza en uno mismo, la empatía y la gestión más adecuada de las emociones e impulsos perturbadores no sólo mejoran la conducta del niño, sino que también inciden muy positivamente en su rendimiento académico.

      Daniel Goleman

      Muchas gracias por haber hecho estas citas en tu precioso blog. Las comparto aqui con todos.

      Bellisimo blog has creado, muy hermoso

      Pat

      • Mil gracias! Estoy convencida de que el mundo debe dar un giro y que en la educación están las raíces de ese cambio. Gracias por reproducir las citas porque a todos nos debería remover un “poquito”.

  8. Muchisimas Gracias por este nuevo cuento. Muy hermosa ilustración lo acompaña. Precioso cuento en si mismo, por los personajes protagónicos.

    Comparto esta pintura tambien titulada “El paraíso de los gatos”.

    Asimismo, dejo un link de un cuento que escribí hace un tiempo, motivada e inspirada en hacer magia blanca mediante sus letras.

    No soy escritora profesional. No obstante, lo escribí con un noble propósito, un deseo bello y puro nacido de mi propio mi corazón.

    Asimismo, en la dedicatoria de este mismo cuento, procuré dejar plasmado en letras, el profundo amor que me inspiran estas hermosas criaturas mágicas llamadas gatos.

    Espero que aquel que lo lea, siga al pie de la letra las instrucciones de cómo debe ser leído este cuento.

    El cuento no es mágico en si mismo. No. Solo aquel lector atento, que manifieste aun dentro de si, la pureza de un corazón propio de un niño, podrá exitosamente activar la verdadera dimensión mágica que atesoran sus letras.

    No es metáfora. Es vibración.

    Un abrazo mágico y blanco en esencia, te envío

    Pat

    LINK

    http://mundonuevoenlatierra.blogspot.com.ar/2014/06/hagamos-magia-juntos-texto-para-ninos-y.html

    • Muchísimas gracias, Pat, por compartirnos tu escrito 🙂 Las sabias palabras del maestro son una gran enseñanza.
      Siempre dices que no eres escritora profesional… Piensa que la mayoría de nosotros tampoco lo somos y también somos imperfectos en nuestras letras.
      A escribir se aprende escribiendo y, sobre todo, leyendo mucho a grandes escritores. De este modo, de vas empapando de y acabas encontrando tu propio estilo. ¡Un abrazo bien grande! 🙂

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