Skip links

Main navigation

La montaña de oro

mont

Ilustración: Pencil-guy

Hace mucho tiempo, vivía en un aldea un muchacho labrador. Era tan pobre, que casi ni podía comer, así que no tuvo más remedio que buscar trabajo como jornalero y se dirigió a la ciudad.

Cuando llegó allí, esperó en la plaza del mercado, junto a otros, a que alguien lo contratara y he aquí que un terrateniente único entre setecientos, porque era setecientas veces más rico que los demás terratenientes de aquella tierra, acertó a pasar por allí en su coche de oro.

Apenas los jornaleros lo vieron, corrieron en todas direcciones a esconderse y solo quedó, en medio de la plaza, el joven labrador.

—¡Chico!, ¿quieres trabajar? —preguntó el terrateniente único entre setecientos.

—¡Claro! Por eso estoy aquí.

—¿Qué sueldo pides?

—Cien monedas de oro al día.

—¡Eso es demasiado!

—Pues si te parece demasiado, busca a otro que cobre menos. Aunque me parece a mí que te será difícil, porque en cuanto has llegado, todos han desaparecido.

—De acuerdo, te daré cien monedas. Mañana al alba te espero en el puerto. ¡Sé puntual!

A la mañana siguiente, el joven se dirigió al puerto, donde ya lo estaba esperando el terrateniente único entre setecientos. Embarcaron en un velero de oro y navega que navegarás, llegaron a una isla solitaria en medio del océano. Era una isla de altísimas montañas, y en la costa algo resplandecía como el fuego.

—¿Qué es ese fuego? —preguntó el labrador.

—No es fuego; es mi castillo de oro.

Arribaron a la isla y amarraron el barco. Las puertas del castillo se abrieron y la mujer y la hija del terrateniente único entre setecientos salieron a recibirlos y, todos juntos, entraron al castillo, se sentaron a la mesa y empezaron a comer, a beber y a divertirse.

—Regocijémonos hoy —dijo el dueño del palacio—, que mañana ya trabajaremos.

Durante la cena, el joven labrador y la hija del terrateniente no hacían más que mirarse y al retirarse a sus habitaciones a dormir, la muchacha visitó al joven en secreto y le entregó un pedernal y un eslabón:

—Toma, no me preguntes, pero utiliza esto cuando estés desesperado.

Al día siguiente, el terrateniente único entre setecientos cogió un azadón, montó un borrico y se dirigió con el labrador a la montaña de oro que había en el centro de la isla. Sube que subirás, trepa que treparás, no llegaban nunca a la cumbre.

—Bueno —dijo el terrateniente—, ya es hora de que echemos un trago.

El terrateniente le ofreció una bebida mezclada con un narcótico y después de comprobar que su jornalero se había quedado completamente dormido, sacó su cuchillo, mató al burro que iba con ellos, le arrancó las entrañas, puso en el vientre al joven con el azadón, y después de coser la herida, fue a esconderse entre las malezas.

Inmediatamente bajó volando una bandada de cuervos de acerados picos, que cogió el cadáver del animal y se lo llevó a la cumbre para cebarse con él. Allí las aves empezaron a mondarlo, hartándose de carne, hasta que hundieron los picos en el muchacho, que al sentir los picotazos se despertó, ahuyentó a los negros pájaros, miró a su alrededor y preguntó:

—¿Dónde estoy?

—En la montaña de oro —le contestó el amo gritando desde abajo—.  ¡Ea! ¡Coge tu azada y cava oro!

El chico se puso a cavar y a tirar oro montaña abajo. El terrateniente lo cogía y lo cargaba en los carros. Por la tarde había llenado nueve enteros.

—Ya me bastará —gritó el terrateniente único entre setecientos—. Gracias por tu trabajo. ¡Adiós!

—¿Y yo qué hago?

—Arréglate como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. ¡Contigo serán cien! —Y dicho esto, se alejó.

—No sé qué hacer —pensó el muchacho—. Bajar de esta montaña es imposible. Seguramente moriré de hambre.

No podía bajar de la montaña y sobre su cabeza se cernía la bandada de cuervos de acerados picos, oliendo su presa. Reflexionando estaba en su desventura, cuando recordó que la hermosa muchacha le había dado, en secreto, un eslabón y un pedernal, aconsejándole que los utilizase cuando estuviese desesperado. «Tal vez no me lo dijo en vano. —pensó— Probaré». Sacó el eslabón y el pedernal y al primer golpe que dio se le aparecieron dos mancebos.

—¿Qué deseas? —le preguntaron.

—Que me saquéis de esta montaña y me llevéis de regreso a la ciudad.

No había terminado de hablar, cuando lo tomaron uno por cada brazo y cumplieron su deseo.

Tiempo después, el chico se dirigió nuevamente al mercado a ver si alguien lo contrataba y, de nuevo, volvió a pasar el terrateniente único entre setecientos en su coche de oro. Apenas lo vieron los jornaleros, corrieron en todas direcciones a esconderse y solo quedó en la plaza el muchacho.

—¿Quieres trabajar para mí? —le preguntó el rico terrateniente sin reconocerlo.

—Con mucho gusto, si me das doscientas monedas de oro al día.

—¿No es demasiado?

—Si lo encuentras caro, busca a otro jornalero más barato. Pero ya has visto cómo echan a correr al verte.

—Bueno, no se hable más. Mañana al alba te espero en el puerto.

Al día siguiente se encontraron en el puerto, subieron a la embarcación y se hicieron a la mar. Pasaron aquel día comiendo y bebiendo y al día siguiente se dirigieron a la montaña de oro. Al llegar allí, el rico terrateniente sacó una botella y dijo:

—Ya es hora de que bebamos.

—Espera —advirtió el criado—, deja que te obsequie con mi vino, porque quiero celebrar que tengo trabajo.

Y el joven, que había tenido la precaución de desleír un potente narcótico en la bebida, llenó un vaso y se lo ofreció al terrateniente único entre setecientos. Este, sin sospechar nada, se lo bebió de un trago y se quedó dormido. El muchacho mató el caballo más viejo, lo destripó, metió a su amo dentro con la azada, cosió la herida y se ocultó entre la maleza. Inmediatamente bajaron los cuervos de acerado pico, cogieron el cadáver, se lo llevaron a lo alto de la montaña y empezaron a comer. El terrateniente que era único entre setecientos, despertó y miró a todas partes.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—En la montaña de oro —gritó el chico—. Coge la azada y cava oro; si arrancas mucho, te diré cómo bajar.

El terrateniente único entre setecientos, cogió la azada y se puso a cavar y a cavar hasta que se llenaron de oro veinte carros.

—Descansa, ya tengo bastante —gritó el muchacho—. ¡Gracias por tu trabajo y adiós!

—Y yo, ¿cómo bajo? Me dijiste que me dirías cómo hacerlo.

—Es fácil, baja como bajaron noventa y nueve antes que tú.

Y dicho esto, el chico se dirigió al castillo con los veinte carros de oro, se casó con la hija del terrateniente único entre setecientos, y ambos se quedaron como dueños de todas las riquezas que el avaro había acumulado a lo largo de toda su vida. Eran tantas, que nunca jamás necesitaron volver a cavar oro.

FIN

Reader Interactions

Comments

  1. Maravilloso cuento!!!. He aprendido una nueva palabra, “desleír”, así que, como cuando era niño, me pasaré usando esta palabra todo el día y en toda ocasión para que se me quede. Conjugarla va a ser todo un reto!

    • 🙂 Pero si resulta que no vemos ese despertar, al menos, con nuestra pequeña aportación, estaremos contribuyendo un poco, ¿no crees, Natalia? Así que, ¡adelante! que septiembre está a la vuelta de la esquina y tú estás llena de nuevas ideas para hacer que muchos chicos y chicas despierten 😉 ¡Un abrazo!

  2. La acumulación de riqueza no creo que traiga demasiadas cosas buenas, más que nada porque la auténtica riqueza pienso que reside en otro lugar que no es el castillo de oro.
    Besetes a Martes, desde un miércoles caluroso.

  3. Hay que conformarse con lo que tenemos, por supuesto es lógico desear más, pero todos esos que por avaricia nos han robado y viven impunemente… son más felices que nosotros…no lo creo… un poco tarde… buen miércoles…

    • ¡Feliz día, Rosa! Nunca es tarde para los cuentos, ya sabes 🙂
      En cuanto a tu reflexión, no sé si son más felices, si pueden dormir en paz y si pueden mirar a los ojos de las personas cuando hablan todos esos que roban impunemente pero, por si acaso, no lo comprobaremos, porque la vuelta atrás sería imposible y estamos bien como estamos. ¡Un abrazo de miércoles!

  4. 😀 😀 Tenía que haberte contratado a ti, que en eso de inspeccionar terrenos eres especialista.
    En cuanto a la hija… ya sabes lo que dicen “cría cuervos…” se me ocurre que era tan malo malísimo ese hombre, que los cuervos que salen planeando sobre la montaña fueron en otros tiempos hijos suyos que lo desobedecieron… ¡por imaginar! 😀 😀
    Pero los cuentos, cuentos son y, como tú muy acertadamente dices, los cuentos deforman la realidad para enviarnos mensajes muy reales. ¡Gracias por hacer un intermedio en tus vacaciones y pasar a visitarnos, Sensi!

  5. Llevo mucho tiempo desaparecido (y lo seguiré estando, salvo un par de excepciones que me tienen entusiasmado), pero quería compartirte una triada de cuentos que hice recién hoy y que creo que podrían pasar por mis primeros cuentos “infantiles”, o al menos, los más amenos e inocentes. Yo me comprometí a algún día compartir contigo algún cuento, y te comparto tres, en caso de que alguno sea bien recibido en este tu espacio.

    Un saludo grande 😀

    • Pues sí, y nos transforma, generalmente, para mal ;( Pero dice el cuento que con los veinte carros y con las riquezas del viejo avaro, los dos enamorados ya no necesitaron cavar oro nunca más así que, al menos en este caso, parece que no hicieron daño a nadie más. ¡Nos lo creeremos! 😉

    • Cuando al fin nos demos cuenta de que la verdadera riqueza nada tiene que ver con el poseer, quizá los humanos logremos avanzar siglos de golpe 🙂
      Esperamos que el cuento servido haya sido de su agrado, Pequeña Emperatriz. No olvide que cada martes, tenemos menú nuevo 😉
      ¡¡Varios kilómetros de abrazos, Verónica!!

  6. La eterna lección de que la avaricia no trae nada bueno. Me han encantado esas fórmulas tradicionales en los cuentos, como “navega que navegarás” o que el terrateniente siempre sea “uno entre setecientos” . Hacen de esta historia, un verdadero cuento.

    • 🙂 Es cierto, Aurora, hay ciertas fórmulas lingüísticas que conducen directamente nuestra imaginación a otro espacio; al espacio mágico de los cuentos y aunque la avaricia, por desgracia, seguirá reinando en la Tierra, al menos, en ocasiones, con los cuentos reflexionamos sobre su mala influencia. ¡Un abrazo!

Nos encanta que nos cuentes

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.