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El tesoro del bosque

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Ilustración: Dianne Dengel

Érase que una vez, en la última casa de una aldea muy pequeña, junto a un espeso bosque de hayas y robles, vivía plácidamente un matrimonio de ancianos. Su jardín lindaba con el de unos vecinos que, sin ser malas personas, tenían el grave defecto de fisgar continuamente lo que hacían y decían los demás. Para colmo de males, como no sabían sujetar la lengua, contaban todo lo que veían y escuchaban al primero con el que se cruzaban, así que en aquel pueblo todo el mundo sabía lo que sucedía en las casas ajenas. Pero es que además, no satisfechos con esto, exageraban de tal modo las cosas, que muchas veces acababan contando sucesos que no eran ciertos.

Un día, mientras los dos ancianos daban su paseo vespertino por el bosque, notaron que sus pies se hundían en el camino y extrañados, decidieron remover la tierra para ver qué era lo que había allí debajo.

Hurgaron durante un rato y hallaron un gran caldero lleno hasta arriba de monedas de oro y plata.

—¡Qué suerte la nuestra! Pero, ¿qué haremos con esto? No podemos llevarlo a casa, porque todo el mundo se enterará, gracias a nuestros vecinos, de que tenemos un tesoro y, al final, nos arrepentiremos hasta de haberlo visto.

Tras largas reflexiones tomaron una determinación. Volvieron a enterrar el tesoro, echaron encima unas cuantas ramas y regresaron al pueblo. Corrieron hacia el mercado y compraron una liebre y un besugo y, acto seguido, se dirigieron de nuevo al bosque y colgaron el besugo en lo más alto de un árbol y colocaron la liebre en una nasa que echaron al río.

Inmediatamente, la mujer se apresuró a regresar sola a la cabaña y esperó a que llegara su marido, el cual apareció al poco rato gritando tan fuerte como pudo:

—¡Esposa mía! ¡Esposa mía! ¡Sal a la puerta! ¡Escucha lo que te contaré! ¡Acabo de tener una suerte loca! ¡Somos ricos!

—¿Qué ha pasado? ¡Cuenta, cuenta! —exclamó la mujer con toda la fuerza de su voz, para asegurarse de que sus vecinos no se resistirían a escuchar la conversación—. ¿Cómo es eso de que ahora somos ricos?

—¡He encontrado en el bosque un caldero lleno de monedas de oro y plata! ¡Ven!, te mostraré dónde está. ¡Vamos!

Y ambos se dirigieron al bosque, no sin antes asegurarse de que sus vecinos los seguían subrepticiamente.

El hombre, entonces, empezó a hablar casi a gritos:

—Pues si es raro hallar un tesoro en medio del bosque, más extraño es todavía lo que me contaron el otro día. Por lo que me dijeron, parece que ahora es habitual que en los árboles crezcan peces.

—¿Pero qué estás diciendo? Seguramente oíste mal o te mintieron. ¡Mira que la gente hoy día no hace más que mentir!

—Pues fíjate, mira allá arriba ¿A eso le llamas tú mentir? ¡Convéncete tú misma de que lo que me dijeron es cierto!

Y señaló al árbol del que colgaba el besugo.

—¡Extraordinario! ¡Inaudito! —exclamó la mujer—. ¿Cómo habrá podido trepar ahí ese besugo? ¿Será verdad lo que afirma la gente?

El anciano, parado y con los brazos en jarras, no dejaba de mirar hacia donde estaba el besugo, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo.

—¡No te quedes ahí parado! Ya que estamos, podemos coger el besugo y asarlo para cenar —dijo la mujer.

Y así lo hicieron. Guardaron el besugo en su bolsa y siguieron andando.

Al poco, llegaron al río, el hombre se detuvo y su esposa le preguntó:

—¿Por qué te paras? ¿Qué ocurre? ¿Qué estás mirando?

—Veo que algo se mueve dentro de la nasa. ¡Quizá haya caído un pez! Voy a ver.

Miró dentro de la cesta y llamó muy excitado a su mujer:

—¡Ven y mira! ¡He pescado una liebre!

—¡Asombroso! ¡Inusitado! ¡Te dijeron la verdad! Sácala enseguida, mañana haremos un buen estofado con ella.

El marido cogió la liebre y puso rumbo al lugar donde estaba el tesoro; lo desenterraron, cargaron con él y con grandes muestras de entusiasmo, regresaron a su casa.

Los dos ancianos, ricos desde aquel día, vivieron alegremente y sin preocuparse por nada durante algún tiempo. Sin embargo, un buen día, sus vecinos, envidiosos de la suerte ajena, acudieron a los tribunales para denunciar el hallazgo.

—Venimos a ponernos en manos de la justicia y a presentar demanda contra nuestros vecinos. Encontraron un tesoro en el bosque que hay detrás de nuestra casa, y en lugar de repartirlo con nosotros, se lo quedaron entero para ellos solos.

El juez envió a su secretario para comprobar la denuncia y al llegar este a casa de los ancianos ordenó:

—En nombre de la Ley, entregadme ahora mismo el tesoro. Queda confiscado hasta que se aclaren los hechos.

Los ancianos se encogieron de hombros con extrañeza y preguntaron:

—¿Qué tesoro?

—Sus vecinos acaban de denunciar ante el juez que ustedes han encontrado un tesoro.

—¿Nosotros?, tal vez nuestros vecinos lo hayan soñado.

—¡No hemos soñado nada! Vimos el caldero lleno de plata y oro con nuestros propios ojos.

—Por favor, señor secretario, ¿puede interrogarlos con detalles? Si puede probar lo que dicen contra nosotros, responderemos con todos nuestros bienes.

—¡Pero que se han pensado! ¡Claro que podemos probarlo! Señor secretario, le diremos cómo sucedió todo. Lo recordamos a la perfección. Los seguimos hasta el bosque y primero paramos porque de un árbol colgaba un besugo…

—¿Un besugo? —interrumpió el secretario—. ¿Se burlan de mí?

—No, señor, decimos la verdad.

—Pero, por favor —dijo el anciano—, ¿quién puede dar crédito a tamaño desatino?

—¡No son desatinos! ¡Es la verdad! Y usted lo sabe muy bien. Y también sabe muy bien que después pescó una liebre con su nasa…

El secretario se alisó la barba e intentó aguantar la risa sin conseguirlo. La anciana, dirigiéndose a sus vecinos, les aconsejó:

—Será mejor que no sigan, ¿o es que acaso no ven como se está riendo de ustedes el señor secretario? Y usted, señor secretario, ¿aún no se ha convencido de que todo lo que están contando no son más que disparates?

—Realmente, aunque en los juzgados se oyen toda clase de historias raras, en la vida nos llegó noticia de que en los árboles crecieran besugos, ni de que en los ríos se pescaran liebres. Así que, como este asunto me parece una insensatez, doy por terminada esta investigación.

Esa vez, fueron los dos ancianos y el secretario los que extendieron la noticia por el pueblo. Todo el mundo se rió tanto de los dos fisgones, que estos optaron por cerrar la boca durante algún tiempo.

Los dos ancianos se trasladaron a una gran mansión de la ciudad y allí siguen, viviendo a cuerpo de rey, disfrutando felices y contentos del tesoro del bosque.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El tesoro del bosque” con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

    • Además de ponerles cara, se les pueden poner gestos y actitudes: la mirada de reojo, la sonrisa falsa, las preguntas como el que no quiere la cosa… Son una categoría de gente a la que se la ve venir. Cualquier día, vemos en más de una escalera de vecinos un besugo colgado 😀 😀 😀 😀

  1. Sólo les ocurren cosas buenas a las personas que verdaderamente lo son!!
    No hay nada más feo que rajar, creo que es típico de los que no tienen nada mejor que hacer, lo tienen como afición.

    • 😀 😀 ¡Tienes razón! Eso de rajar es de lo peor. Cuando encuentras a una persona que solo sabe hablarte mal de los demás, debes sospechar que en el momento en que se aleje, no perderá la ocasión de hablar también mal de ti. La sinceridad es necesaria para mantener una buena relación humana 😉

    • Pues si tus males se espantan con cuentos, solo dímelo y convertiremos lunes, miércoles, jueves o cualquier día de la semana en martes de cuento.
      ¡Un abrazo especial lleno de energía, querida Natalia! 😉

  2. Me gusta esa inteligencia de los dos ancianitos y que ridiculizaran a los fisgones (soy mala, lo sé 😉 )
    Y como todos los martes una delicia de cuento y una ilustración preciosa.
    Besetes de martes…

    • Y cuando ese cotilleo, además, daña psicológicamente a las personas aún es muchísimo peor, porque hay quien depende mucho de la opinión ajena y escuchar las habladurías, sobre todo a ciertas edades tempranas, puede ser motivo de graves problemas. Hay casos muy graves en las escuelas 🙁

  3. Pues a mí no me dan pena, ¡por cotillas! Cosa más fea andar fisgoneando en las vidas ajenas. Total, solo les tomaron por locos una temporadita, tampoco es tan grave.

    • Di que sí, Eva, que ni tan solo les buscaron plaza en el frenopático del pueblo 😀 😀 😀
      Cotillear de los demás es de lo peor. Una persona que hace eso deja de ser fiable en el mismo instante en el que abre la boca para hablar de lo que ocurre en la casa ajena.

  4. 😀 😀 😀 Si es que tienes un corazón de oro, Sensi. No te preocupes por ellos, si se consigue olvidar el comportamiento de las clases dirigentes y vuelven a salir elegidos los mismos, seguro que los del pueblo olvidaron pronto este suceso y ellos volvieron a fisgar y a parlotear.
    Lo bueno de los cuentos es que al tener finales abiertos uno puede seguirlos como quiere 😉

  5. No conocía el cuento. Los ancianos fueron muy inteligentes y dieron buena lección a sus curiosos vecinos. Seguro que a algunos les gustaría encontrar la manera de hacer lo mismo con los suyos!!! Yo creo que nuestros vecinos del lunes y del miércoles rabian de envidia al ver lo impacientes que esperamos los martes. Saludos a todos los martistas cuenteros!!

    • Cierto, Juani, hay vecinos que dejan mucho que desear, por eso es bueno recordar a los más pequeños que deben ocuparse de sus asuntos y no andar chismorreando de los demás 😉
      ¡Nos gusta mucho eso de “martistas cuenteros! 😀 😀 😀 😀

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