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Kitete, el hijo de Shindo

Kitete def2

Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?”, pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?” —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Kitete, el hijo de Shindo” con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

    • Normal que te dé pena, Sra. Jumbo, a nadie con sensibilidad le gusta ver cómo se maltrata a alguien indefenso, pero si nos paramos a pensar, seguro que alguna vez, a causa de los nervios, la impaciencia, un mal momento o una situación estresante, todos nos hemos comportado un poco como Shindo. No precisamente con un niño, sino con un anciano, con una persona más lenta de reacciones, un animal de compañía… Cuando perdemos la paciencia, podemos decir cosas hirientes de las que luego nos tenemos que arrepentir.

  1. Esta Shindo promete; vamos, que como tantos a quienes bendice la fortuna (porque no me digas que volver a casa y encontrar que los hijos te han hecho la faena no es un bendición de Dios) tiene muy mala memoria; y suerte, porque los calabacitos se compadecen de ella y le dan una lección de amor incondicional. Me encantan los cuentos en los que todo se enmienda para que la vida nos sea benevolente.

    Buenos días.

    • Si que es verdad que tendemos a olvidar lo bueno y a quejarnos siempre, aun cuando estemos bien. Alguien muy sabio me dijo una vez que “estar bien también cansa” 😉 La memoria del ser humano es muy débil, sobre todo cuando tenemos que agradecer lo dado. Gracias por venir, Madame, y gracias por comentar 🙂

  2. Todos somos necesarios, todos somos importantes, todos somos valiosos. Y dedicado especialmente a padres y educadores:

    Las palabras que decimos a los niños tienen consecuencias que se manifestarán a lo largo de toda su vida, así que, cuidado con lo que decimos.

    Un abrazo

    • Que cierto, Monica, que las palabras tienen una fuerza de la que no somos del todo conscientes. Hay cosas que decimos sin pensar, pero la persona que escucha puede verse afectada por ello. A veces deberíamos recordar aquella frase que dice “Ponga su cerebro en funcionamiento, antes de poner la lengua en movimiento” 🙂 ¡Gracias por tu valiosa aportación!

  3. Hola!
    Yo, lo que me llevo del cuento es que hemos de tratar a todo el mundo por igual, e incluso a los que estén en una situación de vulnerabilidad, mejor, con más amor y respeto si cabe.
    Un abrazo y gracias por compartirlo, 😉

  4. Muy sutil forma de abordar el tema de la diversidad y la lección que aprendió Shindo. Lo único que no me convence de este cuento es la idea de que la mujer sola y desgraciada alcanza la felicidad teniendo hijitos. Saludos!

    • Al leer los cuentos no podemos perder de vista el origen de los mismo, Zenaida. Tú que has viajado muchísimo ya sabes que cada cultura tiene sus peculiaridades. En este caso, el cuento tiene su origen en un relato popular de Tanzania y es, en ese entorno, que debemos comprender la situación. De hecho, el cuento funcionaría igual si en lugar de una mujer fuera un hombre, así que el problema de fondo que se trata en él no es del todo el hecho de tener o no hijos 😉

      • Por supuesto, lo entiendo y disculpa que olvidé señalarlo, esta claro que se trata de una cuestión cultural. En Tanzania como en tantos países el formato ha sido siempre el mismo. En este caso la moral del cuento esta centrada en el amor y aceptación de las diferencias y la condición de la mujer aquí no es relevante. Saludos! 🙂

  5. Te cuento que estaba tan deprimido por una cantidad de cosas que me habían sucedido. Hasta que, de pronto, me acordé que era martes y vine corriendo a leer el cuento de esta semana 😀 … La historia me ha gustado mucho, yo también quiero una montaña de calabazas mágicas que me ayuden, pero necesito como 20 o 30 jajajajaja.

    • 🙂 ¡Contentos y felices de que el cuento te haya gustado! Y aún más contentos de haber podido hacerte sentir emoción con él. Nuestros martes son especiales gracias a los amantes de los cuentos que, como tú, dan vida a nuestras letras. ¡Un abrazo!

  6. Una bonita historia. Preciosa manera de abordar que a nuestro alrededor hay personas con diferentes capacidades, no por ello menos valiosas. Esperemos que la señora aprendiera la lección y de paso nos diga dónde podemos encontrar unas cuantas calabazas, a ver si tenemos la suerte de que se conviertan en ayudantes domésticos. Saludos cuenteros!!

    • 😀 😀 😀 Juani, a ti lo que más te ha gustado es esa ayuda doméstica extra, ¿eh?
      Solo tienes que viajar a Tanzania y pedirle cada mañana, durante varios meses, al espíritu del Kilimanjaro unas cuantas semillas. Pero quizá, con lo que te ahorras en el viaje y en la estancia, tienes para contratar a alguien 😉

  7. Qué maravilla de cuento! Es precioso Martes. Tiene todos los ingredientes que me gustan: mundo indígena, primitivo; magia; esperanza; mundo infantil; y lección necesaria.
    Me ha puesto un poco triste que tratara así a Kitete, que además es protagonista, el único de los niños con nombre. Pero como hay gran moraleja, ya me quedo tranquila.
    Besitos!!

    • Es que, en ocasiones, cuando perdemos la calma, decimos cosas de las que luego nos arrepentimos. Eso es lo que le pasó a Shindo. Pero el cuento acaba bien. Cierto es que Kitete no cambia por arte de magia, pero sí hay magia en los demás cuando lo aceptan y lo aman tal y como es. ¡Un abrazo, Natalia! 🙂

  8. Cada hijo es distinto, unos hacen cosas que se ven y otros cosas que no se ven. En cualquier caso es necesario quererlos a todos por igual porque ninguno es más que otro. Bonito cuento. Besitos martes

  9. Claro que me ha gustado el cuento, y la ilustración, no digamos. Todo precioso. Felicitaciones repartidas por mi parte. Y ahí va, mi pequeño premio – con estrambote,- para ilustración y cuento. Sois geniales. Besos y abrazos.

    Yo me siento Kitete
    débil calabacita
    no soy la más bonita
    ni la que más promete

    Tampoco soy juguete
    y si alguien me limita
    o no me necesita
    me duele su cachete.

    Dolor de ser distinto
    es sentirte pequeño
    e inválido en la brega

    Me maneja el instinto
    Ser débil no es un sueño
    conmigo no se juega.

    ____

    Lo que me hace valioso
    es La Palabra
    pero no la macabra.

    Julie Sopetrán
    ———–

    • Si el cuento te ha parecido bueno, tu comentario nos parece a nosotros requetebueno.
      ¡Cómo envidiamos ese arte tuyo de hacer brotar la poesía de cualquier cosa, de cualquier lugar! 🙂
      Un abrazo inmenso, Julie, porque en esta ocasión, has hecho posible unir dibujo y palabra para formar un martes de cuento muy especial.

    • 🙂 ¡Claro, Amalaidea! No podríamos estar más de acuerdo contigo. Hemos de querer a las personas tal y como son, entenderlas y no pretender cambiarlas para que se parezcan a otros. Cada uno de nosotros aporta alguna cosa valiosa a los que tiene cerca, ¡seguro!

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