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El bizcocho mágico de nana Cándida

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Ilustración: Marloser

Hace algunos años, cuando yo era niña, se instaló en el edificio en el que vivíamos una nueva vecina: Cándida, una viejecita de cara dulce y vivarachos ojitos azules. Su cabello, completamente blanco, parecía de algodón de azúcar. Pero lo mejor de ella era su sonrisa, siempre resplandeciente en su cara, tan redonda como un pan de pueblo.

No sabíamos nada de ella pero, poco a poco, se introdujo en nuestras vidas y se nos hizo imprescindible.

Aunque vivía sola, su casa no tardó en convertirse en refugio para todos los niños del vecindario.

Nos ayudaba con los deberes y se encargaba de cuidar a nuestros hermanitos pequeños cuando las mamás estaban atareadas. Hasta se hizo amiga de los señores Vázquez, los ancianitos del primero, que no tenían familia y que así, rodeados de toda la chiquillada, pasaban acompañados las largas tardes de invierno.

Los mayores decían que era un ángel que había caído entre nosotros.

Los martes eran especiales. Todos los niños, ¡y hasta los no tan niños!, los esperábamos con impaciencia.

A la salida de la escuela era obligatoria la visita a casa de nana Cándida, que así era como la llamábamos. ¡Allí nos esperaba el bizcocho más rico que nunca se hubiera horneado en el mundo!

Muy de mañana, el edificio entero se llenaba de un goloso aroma a canela y limón, ¡mmmmmmmmmmm!, que nos hacía esperar la hora de la merienda con ansiedad.

—Nana Cándida ya está haciendo el bizcocho.

—¡¡¡Sííí!!! ¡¡Qué ricooooo!!

Esta era, semana tras semana, la conversación de los niños de la escalera.

Nana Cándida elaboraba su bizcocho con una receta secreta que jamás quiso desvelar; la repartía sobre tres grandes bandejas de horno y, cuando ya estaba lista, la cortaba en pedacitos para que hubiera para todos.

Cuando llegaba, por fin, la hora de degustarlo, la sensación era maravillosa: el azúcar y la canela se fundían en la boca y la masa esponjosa dejaba un delicioso regusto de limón en el paladar.

Eran tardes muy felices para los niños de la comunidad. Desde la llegada de nana Cándida ya no había rencillas, discusiones ni riñas entre nosotros. Parecía como si toda su alegría y paz interior, la que se reflejaba en su rostro, se nos hubiera contagiado a todos.

El tiempo pasaba y nuevos vecinos llegaron con niños pequeños, los cuales también se unieron a la tradición del bizcocho del martes.

Durante aquellos años, nana Cándida jamás se quejó de mal alguno; pero un día, los más mayorcitos advertimos que el color sonrosado de sus mejillas se estaba apagando y que en sus vivos ojitos ya no lucía aquella luz de antaño:

—Nana Cándida, ¿te encuentras bien? ¿Te ocurre algo? —le preguntamos.

Ella sonrió dulcemente:

—Nada, nada, ¡¿pues qué me va a pasar?! Es solo que ya tengo muchos años y estoy un poquito cansada. No os preocupéis.

Y todos seguimos con nuestras rutinas hasta aquel fatídico martes en el que, al abrir la puerta por la mañana, nos dimos cuenta de que el ansiado aroma a bizcocho no llenaba el portal.

Nos extrañó mucho, pero pensamos que nana Cándida tal vez se había quedado un ratito más en la cama y que muy pronto se pondría a preparar su dulce maravilloso.

No fue así. Llegó el mediodía y algunos vecinos, preocupados, llamaron a su puerta, pero ella no respondió.

Alarmados, decidieron llamar al señor Cortés, el cerrajero del barrio. Abrieron la puerta y entraron despacio, sin hacer ruido, como si no quisieran molestar, pero en el fondo de sus corazones nuestros papás intuían lo que habían de encontrar.

Hallaron a nana Cándida en su cama, dormidita para siempre. En su cara se dibujaba toda la ternura y toda la paz del mundo.

Los pequeños la lloramos muchos días, se había ganado nuestros corazones y la echábamos mucho de menos. Solo nos consolaba lo que el señor Anselmo, el vecino del ático que era muy aficionado a la astronomía, nos contó.

Nos dijo que el día que se fue nana Cándida, justo encima de nuestra calle, al caer la noche, había observado con su telescopio cómo se encendía una nueva estrella en el firmamento y que nos fijáramos en que en las noches claras iluminaba directamente nuestras ventanas. Ahí era donde se había mudado el espíritu de nana Cándida y desde allí nos acompañaría ya para siempre.

Y eso hacíamos; mirábamos las estrellas desde la ventana y buscábamos la más brillante.

—¡Esa es!

—¡No, esa de allí!

—¡Sí, sí aquella!

Días después, mi mamá y algunas vecinas decidieron ordenar las cosas de nana Cándida y en su cocina, en un cajón, dieron con un librito antiguo que rezaba en su tapa:

Imagen 1

Era tan antiguo, que la mayoría de páginas estaban borradas por el uso y el tiempo. La única receta que se podía leer entera decía así:a

►♦◄ Bizcocho de canela y limón ►♦◄

  • 175 gr. de harina
  • 6 gr. de levadura
  • 130 gr. de azúcar
  • 100 gr. de mantequilla
  • 2 huevos
  • 50 cl. de leche
  • 1 limón
  • 1 cucharadita pequeña, colmada, de canela en polvo
  • Extracto de vainilla
  • Una pizca de ralladura de bondad
  1. Batir la mantequilla con el azúcar hasta obtener una masa cremosa. Añadir la leche, la piel del limón, el extracto de vainilla y la canela.
  2. Incorporar los huevos montados y, después, ir tamizando lentamente la harina y la levadura.
  3. ¡No olvidar la ralladura de bondad!, que deberá mezclarse bien con la preparación anterior para que todo el que coma un pedazo de bizcocho sienta sus efectos.
  4. Verter la masa en un molde untado con mantequilla e introducirlo en el horno, previamente precalentado, a 180º C durante treinta minutos. Comprobar que esté bien hecho con un palillo, y ¡a disfrutar!
  5. Podéis ver cómo queda el bizcocho de nana Cándida en el blog de Maribel.
a

Mi madre me contó más tarde que todas se quedaron asombradas:

—¡¿Ralladura de bondad?!

—¡¿Pero eso qué es?!

—¡¡Parece un ingrediente de hadas!!

—¡Esta receta es igualita a la que yo hago! ¡Pero no puede ser!, ¡a mí no me sale tan rico!

Pero más se asombraron cuando en uno de los armarios encontraron un pequeño frasco con una etiqueta que decía:

Imagen 5

Lo abrieron con cuidado; no querían que se derramara ni un solo gramo de un bien tan preciado, y hallaron un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados que ninguna se atrevía a probar.

—Yo creo que es simplemente azúcar.

—Pues yo creo que además lleva canela.

—No, no, es alguna especia de oriente que aquí desconocemos.

Al fin, decidieron elaborar entre todas el bizcocho exactamente como ponía la receta y añadirle la ralladura de bondad.

Estaban ansiosas por probarlo, pero se llevaron una gran desilusión. A pesar de seguir al pie de la letra la receta, el bizcocho no salió como el de nana Cándida.

Lo intentaron más de una vez en hornos diferentes, con harinas distintas, con varios moldes… Pero nada. El original era siempre mucho mejor.

Cuando quisieron darse cuenta, habían acabado con el frasquito de ralladura de bondad, así que decidieron darlo por imposible y seguir haciendo los bizcochos como antes, que aunque siendo muy buenos no nos hicieron olvidar el maravilloso de nana Cándida.

Nadie supo nunca qué era en realidad aquel polvo blanco y brillante, con reflejos dorados. Las vecinas aún andan discutiendo: que si azúcar, que si azúcar y canela, que si una especia desconocida en occidente…

Hoy en día, a pesar de que han pasado más de veinte años, durante las noches claras sigo mirando las estrellas. Busco la que más brilla y juraría que a veces he visto caer sobre el alfeizar de mi ventana un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El bizcocho mágico de nana Cándida” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

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Comments

  1. Un cuento muy bonito!!!me da recuerdos de mi abuela…y también tenía un armario lleno de botecitos con canela,vainilla…hecho mucho de menos a mi abuela y sus bizcochos y panes…lloré al leerlo de nana Cándida…Gracias por dárnoslo a conocer…beso.Elena.

  2. Reitero las gracias a todos los lectores del Martes, vuestras palabras me animan a seguir trabajando para imaginar historias que emocionen. Abrazos cuenteros!!!

    • 🙂 Sí que es triste, pero si nos dejan buenos recuerdos en el alma, nunca desaparecen del todo.
      No obstante, lo que tenemos que tener bien presente es que, antes de que se vayan para siempre les debemos decir lo mucho que las queremos y lo mucho que significan para nosotros, no vaya a ser que nos quedemos con eso dentro y nos demos cuenta de que teníamos que haberlo sacado antes 😉

  3. Una ternura de cuento! Me habeís hecho llorar. Qué pena cuando alguien que queremos y además bondadoso se va! Yo también pienso que cuando las personas nos dejan, se convierten en estrellas que nos iluminan. Igual es un cuento que yo imagino, pero…
    Gracias otra vez por estos martes deliciosos.
    Besetes, ya de miércoles.

    • 🙂 Gracias, María. Sigue imaginando cuentos bonitos, que eso es lo que nos ayuda a todos a ser un poco más felices en la vida. ¿Quién nos convenció de que embellecer las cosas no es adecuado a personas adultas y serias? Mientras tú quieras creerlo sin obligar a nadie más a que lo crea, cada estrella del cielo es aquello que tú deseas que sea. ¡Un abrazo! Gracias por venir 🙂

  4. Lejos de casa, algo nostálgica. Encontré tu precioso blog, leí este cuento y mi corazón dio un vuelco. Cómo se recuerda a las abuelas! Creo que el aroma dulce de la ralladura de bondad, me acompañará todo el día y cómo me cae bien este martes! Un beso y gracias por construir este blog, te sigo.

    • Muy bienvenida, Gissele 🙂 Esperamos que en este rinconcito te sientas un poco como en casa y que cada martes, con un nuevo cuento, encuentres aquí un aroma familiar que te haga compañía y te dé calorcito. ¡Al menos durante un rato! 🙂 ¡Gracias por venir y gracias por comentar!

  5. Me he puesto a llorar sin disimulo, has tocado mi corazon , bella
    No tuve abuelos, mi esposo tampoco y tuvimos una amiga titiritera y adorada que se nos fue en el 2010
    Dios te bendiga!

    • 🙂 Edda, ¡qué bonito lo que dices! Es hermoso recordar a las personas que significaron mucho en nuestra vida, como tu amiga titiritera. Seguro que era alguien muy, muy especial ¡no cualquiera puede tener esa profesión! Se ha de tener un alma muy grande para dar un poco de ella a través de las cuerdas a cada uno de los muñecos. ¡Un abrazo grande!

  6. ¡Pero que cuento más bonito!, me he emocionado cuando ha muerto nana Cándida, qué pena más grande. Es ley de vida pero da una pena horrorosa. Ya me gustaría a mi hacer unos bizcochos como esos, llenos de amor y bondad. Por lo pronto no se hacer ni los normales, con que los otros…menos todavía.
    Me ha encantado, uffff estoy muy sensiblona, ultimamente las historias que tienen que ver con ancianos me llegan al corazón.

    • Bueno Sensi, es que si además de tu profesión, de hacer cursos de lo más variado, cantar bien, bailar, coser, montar muebles, arreglar desagües, ser agente secreto, llevar un blog, pasear a Pincher… y cien mil cosas más supieras hacer bizcochos mágicos… ¡mujer, deja un poco para el resto! 😀 😀
      Y por cierto, ser sensible es una gran cualidad, y es imprescindible para leer cuentos 😉

      • Dicho todo así seguido parece que se hacer muchas cosas, jajajaja.
        Tengo sensibilidad para según qué cosas. Con las historias de niños y ancianos me derrito pero con otros asuntos soy más fría que una piedra.
        No es difícil emocionarse con los cuentos que nos traes cada martes, todos muy bien escogidos.

        • 😀 😀 😀 ¿Pero es así o no? Todo eso lo sabes hacer 😉
          Seguro que en esa lista también están los perritos… ¡Al menos Pincher! 😀 😀 😀
          En cuanto a los cuentos, aunque de vez en cuando cuelo uno de los míos sin que se note mucho, todos los que traigo son porque a mí me han parecido buenos y he disfrutado al leerlos 🙂 Me gusta que me digas que a ti también te han gustado.
          La intención de este blog no es otra que la de disfrutar de la literatura, pero para transmitir eso primero hay que disfrutar uno mismo con ella 😉
          ¡Abrazos, SuperSensi!

  7. ¿Qué le pones a lo que haces?, Pétalos de rosa y amor, contesta Tita. Así más o menos es el diálogo. Y las comidas de Tita tienen el mismo efecto que el toque del fauno en “El desayuno sobre la hierba” de Jean Renoir. Esa “ralladura de bondad” opera el milagro; de otro modo no se comprenderían texturas y sabores que parecen venidos de las estrellas, de esas que brillan cada vez que un alma cándida (dicho en el mejor sentido de la palabra) cambia de estado. Qué suerte la de esos niños de haber conocido a Cándida, porque el sabor de su bondad se les grabó en ese rincón de la memoria en la que permanecen los mejores recuerdos y en ese rincón del corazón que alberga los buenos sentimientos.

    Gracias por tus martes.

    Un abrazo.

    • 🙂 Sin duda alguna, los sentimientos, buenos y malos, se traspasan a nuestras obras, grandes o pequeñas, cotidianas o extraordinarias… Es ese algo que no sabemos explicar y que hace que algo nos atraiga o nos repela, los sentimientos ocultos en las cosas 😉

  8. Muchísimasssssss gracias a todos por tantas bonitas palabras, las voy guardando en una cajita para cuando me visite un día “tontorrón” sacarlas a respirar y saber que las cosas hechas con amor son de ida y vuelta, yo os doy pequeñas historias y vosotros me dais grandes dosis de cariño.
    Estoy de acuerdo con Natalia, necesitamos toneladas de ralladura de bondad para repartir ¡Que falta hace!. Me encanta la figura de ralladura de estrella que nos brinda Isabel, es muy bonito. Y que decir de la poesía de Julie…..miles de gracias.
    Y a todos los amantes de los cuentos ¡Un abrazo cuentero!

  9. La verdad es que tus cuentos me pierden… Y después de leer el cuento me puse manos a la obra. Hice la receta del bizcocho con canela y limón, y le puse ralladuras de todo tipo, para encontrar la de la bondad, a ver que tal… y bueno mira lo que me salió, deseo te guste… Creo que le falta o le sobra algo, pero lo intentaremos la próxima vez. ¿Te parece? Un beso y un fuerte abrazo.

    NANA CÁNDIDA

    Yo me encontré una estrella el otro día
    que tan sólo me hablaba de cocina;
    ahora sé que ella era la vecina
    que me enseñaba la repostería.
    De canela y limón ¡quien lo diría!
    bizcocho que el olfato determina;
    azúcar, levadura y con harina:
    ¿Raspadura de Amor es la ambrosía?
    Cándida me sonríe cual Princesa
    porque intento crear un buen bizcocho
    que por leer el cuento te regale
    Y quería ofrecerte una sorpresa
    pero por más que rallo y me derrocho
    no encuentro ralladura que me avale.

    Julie Sopetrán

    • No sobra ni falta nada, Julie, como siempre, en su justo punto de cariño, bondad y simpatía 🙂 ¡¡Gracias por no faltar a la cita y traer contigo tu poesía!! Tus comentarios son siempre especiales ¡Estamos ya malacostumbrados y los esperamos! 😀 😀

  10. La ralladura de bondad tendrá azúcar, canela…pero principalmente la bondad y el cariño de quien cocina.
    Exijo (y yo pocas veces exijo) un avión que lance ralladura de bondad por todos los rincones del mundo.
    Qué cuento tan bonito….mmmmmmmmmmmm….mi abuelo se llamaba Cándido, con todo lo que ese nombre implica.

    • Gracias por tu comentario. Estamos segurísimos de que Juani, la autora, estará tan contenta de leerlo como nosotros 😉
      Sin duda alguna, tal y como tú dices, el amor que se pone al hacer las cosas cambia por completo el resultado 😉
      ¡Un abrazo grande!

    • Seguramente también llevaba, porque uno de los componentes de la bondad es el amor 😉 La bondad solo habita en los corazones de aquellos que saben amar sin esperar compensación alguna.
      Aunque eso de la cocina, Tejas… porque mira que más cariño que le ponemos nosotros a la tortilla de patata y a las croquetas y no hay manera de que nos salgan con ese gustito especial que tenían las de nuestras madres 😉 ¡Seguiremos probando!

    • En los edificios, en las escuelas, en las empresas, en los gobiernos… ¡Ay, Eva!, si hubiera más bondad en el mundo todo sería un poco más fácil.
      Lástima que se nos enseñe a competir con uñas y dientes y a darnos codazos desde que somos pequeños en lugar de darnos clases de cocina de bizcochos.
      ¡Gracias por venir! 😉

  11. Un cuento muy bonito. Si los martes eran especiales, ahora lo son aún más. Y es increíble la capacidad que tienes de hacer sentir hasta con la reseña, martes. Cada día me gusta más venir por aquí. Besitos

  12. ¿Por qué tuvo que ser en martes? Ahora los Martes nos acordaremos de nana Cándida. En cuanto a la ralladura de bondad, se puede conseguir los martes tocando el corazón de muchas personas que visitan esta página y de las que la habitan. Abrazos fuertes a todas. (¿ se me pegará así un poco de ralladura de bondad?)

    • 🙂 No te hace falta que se te pegue nada, Amalaidea, las personas sensibles como tú nacen con la bondad de serie 😉
      Y fue martes porque nana Cándida ya tenía previsto llegar a Isla Imaginada justo ese día, para no perderse el cuento. Ahora vive allí para siempre y ha abierto una pastelería que es mágica y que… ¡pero ese es otro cuento! 😀 😀 😀
      ¡Un abrazo!

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