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El ratón de campo y el ratón de ciudad

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Ilustración: Audrey Benjaminsen

En un pequeño pueblecito en medio de las montañas, vivieron hace muchísimo tiempo dos amigos que, por cuestiones que ahora no vienen a cuento, tuvieron que separarse, de modo que uno de ellos acabó quedándose a vivir en el campo y el otro se fue a vivir a la capital.

Pasaron muchos años sin verse, hasta que, un día, el ratón de ciudad decidió regresar a su antiguo hogar y hacerle una visita a su viejo amigo del pueblo para demostrarle lo mucho que había triunfado en la vida. Eligió con cuidado las mejores galas de su ropero y se puso en marcha.

Llegó a su antiguo pueblo ataviado con un elegante frac, sombrero de copa y pajarita de seda. Completaba su atuendo un monóculo, que a él le parecía que le daba aspecto de persona importante, a través del cual lo observaba todo con aires de grandeza.

El campesino lo recibió con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias.

—Amigo mío —saludó el elegante ratón con altanería— veo que sigues viviendo tan pobremente como cuando me marche de aquí. Lo digo por tu pantalón ajado y por tu casa tan rústica; en ella no hay comodidades. ¡A mí me sería imposible vivir así! Me gustaría que fueras a visitarme uno de estos días. Será un placer para mí enseñarte mi confortable hogar y hacerte gustar los refinados manjares de mi despensa. ¡A buen seguro que no podrás creer lo que ven tus ojos! ¡Ni te imaginas lo que significa ser rico!

El campesino, mortificado por aquel tono despectivo y petulante, le prometió que al cabo de una semana viajaría a la capital para devolverle la visita.

En efecto, cuando al cabo de siete días llegó a la urbe, se quedó anonadado con todo el bullicio que allí había y cuando vio el palacio en el que habitaba su amigo, no daba crédito a sus ojos: altas almenas que se perdían entre las nubes, más altas que las montañas de su pueblo; jardines interminables, más amplios que los campos de trigo que rodeaban su vivienda; y un continuo ir y venir de gente, que le recordó a sus vecinas, las atareadas hormigas.

El anfitrión lo introdujo por una puerta ricamente decorada y lo guió por salones lujosamente amueblados, interminables pasillos, estancias llenas de espejos, dormitorios decorados con impresionantes camas con dosel y cortinajes de terciopelo…

Al final de su recorrido, llegaron a la gran cocina. El anfitrión abrió la despensa y con tono condescendiente y fatuo dijo:

—¡Sírvete! Come todo lo que gustes: jamón del mejor, quesos de todas clases, frutas exóticas, encurtidos, salazones… —Y, mientras hablaba, iba señalando con orgullo las delicias ordenadas sobre las estanterías.

Pero interrumpió bruscamente su discurso porque la puerta de la despensa se abrió de súbito y apareció la cocinera.

—¡Rápido! ¡Escóndete! —advirtió el dueño de la casa— ¡Detrás de la nevera!

Al marcharse la cocinera y quedarse de nuevo solos, empezaron a cenar. ¡Y vaya cena!, porque se debe reconocer que en aquella despensa todo era de la mejor calidad, fresco y exquisito. ¡Hasta de aquel trozo de queso que había en un rincón de la despensa se desprendía un olor delicioso!

El ratón de campo acercó su hocico para olisquear aquel manjar y, de pronto, se escuchó un chasquido, ¡clac!, y varios pelos de su bigote quedaron atrapados en una especie de pinza metálica.

—¿Qué es esto? —gritó asustado.

—¡Nada, nada! Tranquilo, no tiene importancia. No te asustes. Es una vieja y anticuada trampa. Solo hace falta ir con cuidado y hacer saltar el resorte. Si tienes un poco de maña, después puedes comerte el queso tranquilamente.

—¡Uy, no! Prefiero mantenerme a distancia. En eso rincón veo un jugoso trozo de tocino que parece muy fresco y sabr…

—¡Nooooooooooooo! ¡Ni te acerques, insensato! Es ley universal que cualquier alimento colocado en una esquina está envenenado. Los humanos están obsesionados con eliminar ratones a toda costa. La cocinera de esta casa también pretende acabar conmigo, pero no tiene nada que hacer. Soy inmune a trampas, venenos ¡incluso al gato…!

—¡¿Pero cómo?! ¡¿Qué también hay un gato?!

—Sí, pero está muy bien alimentado y se pasa el día durmiendo. Sería un milagro que se le ocurriera venir aquí de noche. No te preocupes y sigue cenando. ¿Te apetece un poco de este salmón?

Justo en aquel momento, proveniente de la zona más oscura de la cocina, llegó hasta sus oídos un misterioso ruido que puso los pelos de punta al ratón de campo. Eran pasos muelles, cautelosos como si llegara…

—¡El gatooooooooooo! ¡Ha entrado por la ventana! ¡La habrá dejado abierta la cocinera por descuido! ¡Huyamos! ¡Sígueme! ¡Por aquí, por aquí! —se apresuró el dueño de la casa.

El asustado visitante, precedido del anfitrión, atravesó a toda velocidad salas, corredores y habitaciones hasta que ambos fugitivos se precipitaron, hechos un ovillo, en un hueco que había bajo una escalinata y allí, casi sin resuello, se quedaron escondidos, sin mover ni una pestaña, muy cerca de la puerta principal por la que horas antes había entrado el ratón de campo al palacio.

Permanecieron allí hasta que la cocinera, muy de mañana, abrió las puertas que daban al jardín, entonces se escabulleron y se encaminaron juntos hacia el límite de la ciudad. Al despedirse, el ratón elegante le pidió al ratón campesino que repitiera la visita la semana siguiente, puesto que los acontecimientos les habían impedido celebrar una cena tranquila.

—¡Ni hablar! ¡De eso nada, amigo mío! Cuando quieras que cenemos juntos, ven a mi casa si te apetece. Estás siempre invitado. Comeremos maíz, roeremos pan duro y, con suerte, un poco de tocino o queso pasado, pero al menos haremos la digestión tranquilos y sin sobresaltos. En mi casa no hay ni trampas, ni venenos, ni gatos, ni cocineras.

Aunque esta respuesta molestó un poco al altivo ratón de ciudad, en su fuero interno no tuvo más remedio que reconocer que el sencillo ratón campesino tenía toda la razón del mundo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El ratón de campo y el ratón de ciudad” con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

  1. Y es que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Además, ser feliz no es tener lo más caro, es vivir tranquilo aunque tengas lo más barato. Besitos

  2. No más necesito que me quieras para tenerlo todo, no más quiero que te quedes que riquezas no quiero, solo con ver tu sonrisa, por los rincones y muero
    Besos mi martes pasado jjjj

  3. De poco sirve tener mucho si no se puede disfrutar de ello y menos aún ir presumiendo. ¡Qué estrés por favor,jajajaja. Me encanta el cuento,la ilustración y los comentarios. Por aquí nunca nos aburrimos.
    Un besazo Martes.
    Feliz día para todos.

  4. ¡Oh! Llevaba unas semanas sin poder pasarme para leer estas maravillas por falta de tiempo y veo que he vuelto por todo lo alto, porque es una fábula que me encantaba de pequeña 🙂

    • 🙂 Ya sabes que el tiempo no pasa para los cuentos y que ellos siempre esperan. ¡Nos alegramos un montón de que tu regreso coincida con una de tus historias preferidas! Un abrazo 😉

  5. Definitivamente no vale la pena ir arriesgando la vida por conseguir unas viandas lujosas!!! Más vale una tortilla tranquilita en mi cocina que un manjar exquisito a salto de mata por elegantes salones y con el alma en vilo. Ahhh y la ilustración preciosa.

  6. Es muy grato recordar de nuevo este cuento con las pinceladas que trazas, martes de cuento. La libertad es el mejor alimento, lo mejor de la vida… hasta para un ratoncito de campo.
    Gracias, como siempre, un placer la lectura.
    Un gran abrazo.

    • Lo cierto es que las fábulas de Esopo son preciosas, pero tan cortitas, que he tenido que buscar inspiración en un cuento un poco más largo basado en ella y darle unos toquecitos para dejarlo a mi gusto. ¡Me alegra que te guste el resultado! ¡Un abrazo, querida Isabel!

  7. Mucha gente sacrifica su tranquilidad y hasta su salud por tener más y más dinero, algunos cultivan la vanidad y piensan que son mejor que otras personas que no tienen tanto capital. Al final de la vida uno no se lleva nada, lo único que te llevas es lo que das, los buenos momentos con tus seres queridos y las sonrisas en el corazón

  8. Este es uno de mis cuentos favoritos. Lo leí por primera vez en El libro del Buen Amor, de Juan Ruíz, Arcipreste de Hita. Y precisamente nací en Monferrando, hoy Mohernando donde vivía el ratón o mur de campo. Y todavía hoy visito los martes el mercado en Guadalajara. Es un cuento delicioso.Pienso que el Arcipreste ya se inspiró en los anteriores. Pero de todas formas es un cuento que te llega al alma y te hace pensar en el campo y en la ciudad… Gracias por traerlo hoy. Mi abrazo y agradecimiento.

    Me da miedo la ciudad
    porque soy ratón de campo;
    en los rincones me atrampo
    no me sirve la oquedad,
    porque amo la libertad
    con agujeros holgados,
    así entro por cualquier lado
    sin ningún estrechamiento,
    con respirar, me alimento
    sin ser por nadie alterado.

    JS

    • 🙂 Es un cuento, como tú dices, delicioso y, además, sin tiempo y sin lugar, porque mucho antes que el Arcipreste otros ya lo contaron y hoy lo seguimos explicando y sigue tan vigente como siempre.
      Gracias por incluir en tus comentarios esos deliciosos poemas que siempre mejoran el cuento 🙂 ¡Qué suerte tengo de tenerte como amiga! 🙂 Un abrazo inmenso 😉

      P.D. Parece que los martes tienes muchas cosas que hacer, ¿eh? 😀 😀 😀

  9. Las ventajas de una vida sencilla y sin complicaciones. Con el trabajo que tienen que dar todos esos doseles, espejos y cortinajes de terciopelo. El detalle del monóculo me ha encantado.

    • 😀 😀 😀 😀 Tanto ropaje, con la de ácaros que acumula eso. El monóculo, fue un añadido muy personal a la vista del dibujo que encontré, que me gustó mucho 😉
      ¡Un abrazo!

  10. Este cuento lo conocía, puesto que cuando era peque me obligaron a leerlo en inglés, aunque en aquella historia los ratones eran primos. Es lo que tiene la gente de habla inglesa, que son muy cariñosos entre ellos. No hay más que ver el amor que se profesan en las series de televisión… 😀
    Por otro lado, yo soy urbanita puro, por lo que entiendo un poco más al ratón de ciudad. No obstante, vivir con el aliento de la muerte en el cogote no debe ser muy agradable.
    Un abrazo.

    • ¿Obligar a leer? ¡Ahhhh! ¡Qué horror! Como decía Borges, «El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo».
      Como tú, soy urbanita, pero cada vez me seduce más la tranquilidad campestre 😉

    • 😀 😀 😀 Israel, hay muchos ratones de ciudad que se creen que son mejores que el resto del mundo por tener una cuenta corriente saneada, pero no se dan cuenta de lo pesado y costoso que es mantener ese estatus.

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