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Jacobo bobo

juan_el_bobo_by_jonathannotario

Ilustración: jonathannotario

En una vieja granja en medio del campo, vivía un anciano granjero que tenía dos hijos tan listos, que con la mitad habría sido suficiente. Los dos querían pedir la mano de la princesa, y osaban pretender tal cosa, porque ella había dicho a todo el mundo que tomaría por esposo a aquel que mejor conversara.

Los dos se prepararon durante ocho días, pues ese era el tiempo del que disponían. Aunque con eso bastaba y sobraba, pues ambos tenían una buena base, algo que siempre ayuda. Uno se sabía de memoria toda la Enciclopedia latina y, además, el periódico local de los últimos tres años, tanto del derecho como del revés. El otro se había familiarizado con las leyes gremiales, que recitaba de pe a pa, y amén de poder tratar cualquier asunto de Estado, también sabía bordar tirantes con arabescos, puesto que tenía tanta agilidad en la mente como en los dedos.

—¡La princesa será mi esposa! —dijeron ambos.

Convencido de ello, el padre entregó a cada uno de ellos un estupendo caballo. Al que se sabía la enciclopedia y los diarios, uno negro como el azabache, y al que era ducho en asunto gremiales y bordaba, uno blanco como la leche. Antes de partir, se untaron las comisuras de los labios con aceite de hígado de bacalao para hacerlas más flexibles. Estaban en esto, cuando apareció el tercer hermano, pues eran tres, aunque nadie contaba con el tercero, porque carecía de la erudición de los otros dos y lo llamaban, simplemente, Jacobo bobo.

—¿Adónde vais con el traje de los domingos? —preguntó.

—¡A palacio, a conquistar a la princesa con nuestra conversación! ¿Acaso no has oído lo que se dice? —y se lo contaron.

—¡Cáspita! ¡Yo también voy! —dijo Jacobo bobo mientras sus hermanos se reían en su cara y salían al galope.

—¡Padre, dame un caballo! —gritó Jacobo bobo—. Me están entrando ganas de casarme. Si la princesa me acepta, me habrá aceptado, y si no me acepta, la aceptaré yo. ¡Al fin y al cabo, viene a ser lo mismo!

—¡Qué sandeces dices! —exclamó el padre—. No te doy ningún caballo. ¡Pero si ni siquiera sabes hablar! Tus hermanos… ¡ellos sí pueden presentarse en palacio!

—Si no me das un caballo —dijo Jacobo bobo—, montaré el macho cabrío. ¡Es mío y puede conmigo!

Y tras decir esto, se sentó a horcajadas sobre el animal, le clavó los talones en los ijares y salió a todo correr camino adelante. ¡Y cómo corría!

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! —dijo Jacobo bobo, y se puso a cantar a voz en grito.

En cambio, los hermanos marchaban en silencio, concentrados; tenían que idear lindezas estupendas, ¡debía estar todo muy estudiado!

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! —gritó Jacobo bobo-. ¡Mirad lo que he encontrado!

Y les mostró una corneja muerta que había recogido.

—¡Lerdo! —dijeron ellos—. ¿Qué harás con eso?

-¡Voy a regalársela a la princesa!

—¡Eso, hazlo! —se burlaron y siguieron cabalgando.

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! Mirad lo que he encontrado ahora, ¡cosas así no se encuentran todos los días!

Los hermanos se volvieron de nuevo para ver lo que era.

—¡Gaznápiro! —exclamaron—. ¡Pero si es un zueco viejo! ¿También se lo regalarás a la princesa?

—¡Pues claro! —dijo Jacobo bobo.

Los hermanos, después de desternillarse de la risa, siguieron cabalgando y se adelantaron un buen trecho.

—¡Voy que voy! ¡Allá voy!  —gritó Jacobo bobo—. ¡Esto va cada vez mejor!

—¿Qué has encontrado ahora, zoquete? —preguntaron los hermanos.

—¡Oh! —dijo Jacobo bobo—. ¡Es demasiado bueno para decirlo! ¡Cómo se alegrará la princesa!

—¡Pero qué asco! —exclamaron los hermanos—. ¡Es barro de la cuneta!

—¡Exactamente!  Y de tan buena calidad, ¡que se me escurre entre los dedos! —Y diciendo esto, se llenó los bolsillos.

Los hermanos pusieron sus caballos a galope y se adelantaron más de una hora. Se detuvieron ante las puertas de la ciudad, donde a los pretendientes se les iba asignando un número a medida que llegaban y se los colocaba en filas de a seis, pegados unos a otros de tal forma, que no podían mover ni los brazos. ¡Suerte!, pues si no se habrían enzarzado en una pelea solo porque unos estaban antes que los otros.

El resto de habitantes se agolpaba alrededor del palacio y se encaramaba a las ventanas para ver cómo la princesa recibía a los pretendientes.

Cada vez que uno entraba en la sala, parecía que se le hacía un nudo en la garganta y perdía el don de la elocuencia.

—¡No sirve! —decía la princesa—. ¡Fuera!

Le llegó el turno al hermano que se sabía la enciclopedia, más a fuerza de hacer cola se le había olvidado por completo; el suelo crujía y el techo era todo de espejo, así que se veía a sí mismo cabeza abajo. Además, junto a cada ventana había tres escribanos y un corregidor tomando nota de todo lo que se decía para publicarlo enseguida en el periódico, que se vendía a dos céntimos en todas las esquinas. Aquello era terrible y, para colmo, ¡ardía tal fuego, que la estufa estaba al rojo vivo!

—¡Qué calor hace aquí! —dijo el pretendiente.

—Es porque mi padre ha mandado asar unos pollos —contestó la princesa.

—¡Ah!

Y eso fue todo. No fue capaz de decir ni una palabra más, por más que le hubiera gustado decir algo ingenioso.

—¡No sirve! —dijo la princesa—. ¡Fuera!

Y se marchó. Llegó el turno del otro hermano.

—¡Aquí hace un calor terrible! —dijo.

—Sí, estamos asando unos pollos —contestó la princesa.

—¿Cómo di… ? ¿Qué di…? —preguntó. Y los escribanos anotaron: «¿Cómo di… ? ¿Qué di…? ».

—¡No sirve! —dijo la princesa—. ¡Fuera!

Y le tocó a Jacobo bobo, que se plantó en mitad de la sala a lomos de su macho cabrío.

—¡Esto es un horno! —exclamó.

—Porque estamos asando unos pollos —contestó la princesa.

—¡Pues fantástico! —dijo Jacobo bobo—, ¿pueden, de paso, asar mi corneja?

—¡Con mucho gusto! —dijo la princesa—. Pero ¿traes algo para asarla? ¡Yo no tengo sartén!

—¡Yo sí! —respondió Jacobo bobo—. ¡Aquí traigo un recipiente! —y diciendo esto, sacó el zueco roto y puso encima la corneja.

—¡Vaya banquete! —dijo la princesa—. ¡Lástima de salsa!

—¡Yo llevo en el bolsillo! —dijo Jacobo bobo—. ¡Tengo para dar y tomar!

Y sacó del bolsillo un puñado de barro.

—¡Me gusta! —dijo la princesa—. ¡Tienes respuestas para todo! ¡Sabes hablar y te quiero por esposo! Pero ya sabes que cada palabra que decimos y hemos dicho se anota y saldrá en el periódico. ¡Mira!, junto a cada ventana hay tres escribas y un corregidor, y ese es el peor, ¡porque no entiende nada!

Aquello lo dijo solo para atemorizar al pretendiente. Los escribas se rieron y dejaron caer tinta sobre el suelo.

—Son aquellos señores de allí, ¿verdad? —preguntó Jacobo bobo—. ¡Pues el corregidor se llevará la mejor parte!

Y vaciándose los bolsillos, les tiró el barro a la cara.

—¡Bien hecho! —dijo la princesa—. ¡Yo no me hubiera atrevido! ¡Pero aprenderé!

Así fue como Jacobo bobo se casó con una auténtica princesa, fue coronado y llegó a rey.

Y toda esta historia acabamos de leerla en el periódico del corregidor, ¡así que no sabemos si es muy fiable!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Jacobo bobo” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

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Comments

  1. No por mucho más hablar se dicen cosas interesantes.
    A veces con pocas palabras hay suficiente. Hablar es un arte.
    Otro bonito cuento el que aquí nos dejas, Martes.
    Besetes

    • 😉 Hablar es un arte que va estrechamente relacionado con la capacidad de escuchar. Los hermanos mayores se quedaron sin palabras porque no supieron escuchar a la princesa. en cambio, Jacobo, que no era tan bobo, supo contestar porque supo escuchar 😉 ¡Un abrazo, María!

  2. Qué maravilla de cuento, y qué verdadero, y cuánta gente nos tapona los oídos con palabras vacías o con arrogancias que nada nos enseñan. Me ha gustado mucho, porque hay gente que sin saber tanto nos enseñan mucho más…
    Precioso cuento. Mi abrazo y mi pequeña reflexión versificada…
    Besos,

    Prefiero a la gente llana
    que a la arrogante y creída,
    ¡Ay! cuántos van por la vida
    redoblando sus campanas…
    Exhiben sus porcelanas
    que aseguran exquisitas,
    hablan para que repitas
    lo que dicen, y no escuchan
    a cada instante te duchan
    usando su verborrea
    y es humo de chimenea
    la leña que desembuchan.

    j.s.

    • Para maravilla tus poesía, Julie. Soy consciente de que me repito mucho, pero es que alucino con la capacidad de invención que tienes. Esta te ha quedado de lujo. Has hecho un retrato perfecto de esas personas tan cargantes que solo abren la boca para deslumbrar y, en lugar de eso, lo que producen es dolor de cabeza con el “redoble de sus campanas”.
      ¡Qué suerte tengo de que leas los cuentos y aún más suerte de que los comentes como lo haces! Gracias, querida amiga 🙂

    • Sí, Edda, siempre hay un roto para un descosido. Lo que no se puede negar, es que sus conversaciones serán de lo más atípico. Quizá en ese Reino se viva con muchas risas 😀 Un abrazo grande. 🙂

  3. Siempre hay un roto para un descosido. La princesa y Jacobo son tal para cual. Me alegro de que los hermanísimos se fueran con el rabo entre las patas, no me cae bien la gente tan pagadas de si mismos. Feliz semana!!!

    • :D, justo lo que acabo de decirle a Edda. ¡Los grandes talentos coinciden! 😀 😀
      La verdad es que estas personas tan eruditas, con las que no puedes hablar sin que cada tres palabras te den una lección magistral o te corrijan, son bastante cargantes. Como alguien muy sabio dijo una vez, «Todos somos ignorantes, pero no todos ignoramos lo mismo».

  4. Jajajaja, me ha encantado el cuento. La verdad es que los dos hermanos mayores eran unos plastas, casi mejor que se quedaran atascados y no hablaran aunque lo de bordar tirantes con arabescos…es tan friki que me encanta.
    Jacobo Bobo estaba loco pero se ve que la princesa también.
    El detalle del aceite en los labios para darles flexibilidad me gusta.

    • Lo de bordar tirantes me pareció tan friki, que estoy pensando en hacer un curso por Internet, ¡seguro que hay! 😀 😀 😀 Y Jacobo, sin duda, encontró la horma de su zapato con la princesa. Ya sabes, siempre hay un roto para un descosido 😀 😀 😀 😀

  5. El amor es ciego…. y sabio! Me ha encantado el cuento, ojalá en la vida real se diesen más a menudo estos casos.
    Gracias por estas pequeñas emociones que llenan nuestros corazones de aire fresco..

    • Como tú dices, el amor es ciego, pero en ello radica parte de su encanto. Ya sabes, «hay razones del corazón que la razón no entiende» 😉
      Gracias por tus siempre cariñosas palabras que me ayudan a seguir adelante cuando, en ocasiones, me fallan las fuerzas. ¡Un abrazo, amigo Toni!

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