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La familia Ciem

Para Martes de Cuento

Ilustración: Marcos Ortega

Érase una vez la familia Ciem formada por papá Calixto Ciem, mamá Carolina Ciem, el hijo Carlitos Ciem y la benjamina de la familia, Cloe Ciem. Los cuatro vivían felices en el claro del Bosque Verde, que limita con las Colinas de los Gigantes, así llamadas por tener el perfil de dos hombres enormes.

Habían llegado no hacía mucho a aquellos parajes procedentes de un lejano valle. Se vieron obligados a abandonar su casa porque las musarañas y los castores se enzarzaron en una guerra terrible y se peleaban continuamente por controlar el agua del único río que discurría por aquellas tierras. Por eso, un día de primavera, los miembros de la familia Ciem, ya cansados de tantos gritos y de ver pasar por encima de sus cabezas troncos, piedras y alguna que otra piña, decidieron emigrar. Estaban seguros de que, tarde o temprano, acabarían teniendo que lamentar algún terrible accidente, por lo que una mañana, antes de que el sol se desperezara, se pusieron sus calcetines, prepararon un hatillo con sus posesiones y, pasito a pasito, echaron a andar.

El caso es que nuestra familia, como ya habréis adivinado por su peculiar apellido, pertenecía a la clase de los quilópodos, a los que se conoce, vulgarmente, como ciempiés y, claro está, esto suponía un elevado número de pies que poner en marcha, pues entre los cuatro sumaban, nada menos, que ¡cuatrocientos!, una auténtica barbaridad de pies.

Anduvieron y anduvieron con sus cuatrocientas patitas a la vez y, a fuerza de tanto andar, sus calcetines se fueron desgastando y cuando llegaron al Bosque Verde ya no quedaba ni rastro de ellos; habían quedado deshilachados a causa de la larga caminata.

Durante la primavera y el verano eso no fue un inconveniente, puesto que hacía mucho calor y andar descalzos era muy agradable; el problema era que se acercaba el invierno y tenían que empezar a pensar en comprar calcetines nuevos para todos y, claro, cuatrocientos calcetines son muy caros y aunque tanto mamá Ciem como papá Ciem no dejaban de trabajar y trabajar, no estaban seguros de poder afrontar aquel gasto y eso los preocupaba mucho. Si no lograban comprar los calcetines antes de que llegaran los primeros fríos, no tendrían más remedio que cargar de nuevo su hatillo y buscar otro hogar, ya que sin calcetines no resistirían el crudo invierno. Pero ellos no querían marcharse, ¡se vivía tan bien allí y tenían tantos amigos!

Y es que desde que se habían establecido en el Bosque Verde, su relación con el resto de animales había sido fantástica —excepto con un armadillo muy antipático llamado Armando Broncas, que no era amigo de nadie porque todo le parecía mal—, los Ciem se habían ganado el cariño y el respeto de todos por su carácter alegre y porque siempre habían ayudado a quien los había necesitado.

Mamá Carolina había enseñado una receta nueva a base de miel y hojas de castaño a Ursula Osa, la chef del restaurante del bosque, que había ganado con ella un premio de cocina muy prestigioso.

Papá Calixto ayudó a Pipo, el pájaro carpintero, a reconstruir su casa de madera después de que una terrible plaga de termitas la dejara muy maltrecha.

Carlitos, el hijo mayor, cuidaba de los más pequeños y los entretenía haciendo juegos malabares con sus cien patas a la vez o contándoles cuentos cuando sus papás salían a trabajar.

Y Cloe, aunque aún era muy pequeña, había ayudado a Tiburcio, el topo, a aprobar los exámenes. El pobre veía muy mal la letra pequeña de los libros y para que pudiera estudiar, ella le leía en voz alta las lecciones.

Cuando se corrió la voz de que los Ciem tenían dificultades, los habitantes del Bosque Verde, sin perder ni un instante, se movilizaron y convocaron una asamblea urgente y sin que la familia lo supiera, acordaron colaborar con los gastos. Además, la oruga Lisa, la dueña de la mercería, hizo un precio especial.

De este modo, gracias a la contribución de todos, la familia Ciem al completo consiguió los calcetines que necesitaba: los de papá Calixto eran marrones, los de mamá Carolina de color lila, Carlitos los eligió de mil colores, como el arcoíris, y la pequeña Cloe decidió que el mejor color sería el amarillo ya que —dijo— sería como llevar rayos de sol en los pies.

Así fue como todos ellos, al llegar el invierno, tuvieron sus calcetines, los pies calentitos y no hubo necesidad de que se marcharan a otro lugar.

Y colorín colorado… ¡este cuento se ha terminado! porque, por lo que nos han contado, aún siguen viviendo juntos y muy felices en el Bosque Verde.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La familia Ciem” con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

    • 😉 La ilustración se la debemos esta semana a Marcos y el cuento a Amparo. Ambos amigos muy queridos de este rincón, que gracias a todos crece día a día. Gracias por estar cerca, María 😉 ¡Un abrazo!

  1. Convivir. Siempre se recibe lo que se ofrece… O, al menos, así debiera ser. Nadie puede vivir sobre las llamas, encerrado en una burbuja. Solo la solidaridad puede convertir esas llamas en un suave manto de hierba. ¡Preciosa fábula! Fantástico dibujo y excelente audio. Saludos!

    • Así debería ser, David, pero aunque no lo sea la mayor parte de las veces, no deberíamos dejar de intentar hacer crecer esa hierba solidaria bajo nuestros pies 😉
      ¡Gracias por tu comentario y gracias por tus palabras, que nos dan un empujón para seguir adelante!

  2. Es un cuento precioso por lo que nos enseña de la Amistad, de la convivencia de unos con otros y de lo que nos queda por hacer en este mundo, y aprender referente al dar y el recibir. Cuando damos desinteresadamente algo a alguien, a la larga y cuando menos lo esperas, alguien te va a recompensar… Me gustó mucho.

    Un ciempiés me suplicó
    que le hiciera un calcetín
    y le hice hasta un collarín
    que ni lana me faltó…
    Tanto, tanto le gustó
    que hasta cambió sus andares
    y le hice otros cuatro pares
    y no sintió más el frío
    se quedó en mi caserío
    y acompaña mis pesares.

    Julie S.

    • Tienes toda la razón, Julie, todavía tenemos mucho que hacer en el mundo. La solidaridad y la ayuda no deberían ser una anécdota de cuento, sino lo habitual entre las personas. Como tú dices, si me piden un calcetín y me sobra lana, ¿por qué no hacer hasta una bufanda? Siempre das en el clavo con tu poema. ¡Es un lujo tenerte como amiga! Miles de abrazos 😉

    • 🙂 Creo, como tú, que el modo de actuar de las personas crea como una especie de corriente contagiosa y, en general, si tratas con amabilidad y cariño a alguien, ese alguien tiende a actuar de forma parecida. Lo mismo pasa con la violencia. De nosotros depende elegir. ¡Un abrazo, Óscar!

  3. Un poquito de aquí y un poquito de allá, así tipo trueque, yo contribuyo y tú también, un poquito de mi tiempo y otro tanto del tuyo… Y, al final, todos contentos.
    Solidaridad.
    Un beso enorme.

  4. Precioso cuento, todo un ejemplo de solidaridad. Ojalá el mundo real se pareciese a este hermoso Bosque Verde en el que los generosos son más abundantes que los que “arman broncas”. Feliz veranito para todos! 🙂

    • Aunque el mundo real parece feo a simple vista, hay muchas personas solidarias que ponen su granito de arena para ‘comprar calcetines’, eso es lo que nos salva de los armandos 🙂 Feliz verano para ti también, Marieta. ¡Un abrazo!

  5. Cuanta solidaridad! Que bonito sería que todos nos comportaramos igual (sin contar con Armando Broncas), la vida sería mucho más fácil.

  6. Ojalá todos fuéramos tan simpáticos y solidarios con los que tienen que dejar sus casas como en tu cuento. Claro que los Ciem eran ejemplares, lo ponían fácil pero aún así.

    • Ojalá, pero la realidad que nos encontramos es otra y los Ciem suelen quedarse viendo como las piñas vuelan sobre sus cabezas y, en el mejor de los casos, se quedan en tierra de nadie, sin calcetines, sin comida y sin un amigo que les tienda la mano ;(

  7. Me alegra muchísimo coincidir que hoy martes pueda tener acceso a internet y a tu blog, y para colmo encontrarme con un cuento de “quilópodos” en el que la imaginación, como los pies, se cuenta por centenares. Una delicia su lectura.
    Me alegra saber que sigues con tus “martes de cuento” repartiendo ilusión y sonrisas.
    Te deseo un excelente mes de agosto -ya apuntito de comenzar- y mucha felicidad.
    Un gran abrazo, amiga.

    • ¡¡¡Isabel!!! 🙂 ¡Ya te añoraba! Las vacaciones son muy ladronas y extraño a algunas personas, como a ti, pero me alegra si estáis disfrutando del sol, la playa y un merecido descanso. ¿Has visto?, un cuento que podrías firmar tú, ¡la reina de la naturaleza! Disfruta el mes de agosto y espero que no olvides volver en septiembre con más historias de naturaleza y más poemas. ¡Coge fuerzas, amiga!

    • 😀 😀 ¡Qué bueno eso que dices, Jerby! Es cierto que cada palabra contiene miles de historias, tantas como personas. ¡Si los calcetines hablaran! Imagina la de cosas que explicarían a los dedos 😉

    • ¡Ni te lo digo! Además, imagina tener que atarlos todos por la mañana ¡se va el día en eso! Creo que por eso optaron por los calcetines. Habrá que preguntarle a Amparo, la autora del cuento 😉

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