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Epaminondas

Imagen 2

Ilustración: Inez Hogan

En un pueblecito de Alabama, al sur de los Estados Unidos de América, vivía una mujer muy buena, que tenía un solo hijo al que puso de nombre Epaminondas, en recuerdo del gran general griego:

—Te llamaré Epaminondas y serás tan grande como él.

Cuando el niño se hizo mayorcito, solía visitar a menudo a su tía, una mujer que lo quería muchísimo y que, como vivía alejada del pueblo, esperaba ansiosa la llegada del pequeño, al que siempre obsequiaba con algún regalito al despedirse de él.

Un día, le regaló un trozo de bizcocho recién horneado, muy tierno y doradito, que desprendía un apetitoso aroma de vainilla y azúcar.

—¡Mucho cuidado!, que no se te caiga de las manos, Epaminondas —le dijo la tía.

—No se me caerá, iré con mucho cuidado —respondió él.

Y para asegurarse de no perderlo, apretó firmemente entre sus manitas el trozo de bizcocho. Pero tanto y tanto apretó, que llegó a casa deshecho.

—¿Qué te ha regalado la tía, Epaminondas?

—Un trozo de bizcocho, mamá—respondió el pequeño mostrando las manos.

—¡Un bizcocho! ¡Válgame Dios! —exclamó la madre al ver las migajas—. Pero, ¿qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Así no se llevan los bizcochos! Los bizcochos se llevan como te voy a explicar: primero lo envuelves en un papel fino; luego te quitas el sombrero y te colocas el paquetito en la cabeza y, finalmente, vuelves a ponerte el sombrero. De este modo el paquetito queda bien sujeto entre tu cabeza y el gorro y ya puedes volver tranquilamente a casa. ¿Has comprendido?

—Sí, mamá.

Días después, Epaminondas volvió a visitar a su tía y al marcharse, ella le regaló medio kilo de mantequilla acabada de hacer.

Epaminondas, se dijo a sí mismo, «¿Qué fue lo que dijo mami?… ¡Ah, sí!, ya sé, me dijo: “envuélvelo en papel, ponlo en tu sombrero, ponte el sombrero sobre la cabeza y vuelve a casa”. Voy a hacer lo que me dijo», y envolvió la mantequilla en un papel fino y limpio, se puso el paquetito sobre la cabeza, se encasquetó el sombrero y emprendió el camino de regreso.

Era un día muy caluroso y, muy pronto, la mantequilla empezó a fundirse. Goteó, goteó, goteó, y se metió en sus oídos. Goteó, goteó, goteó, y le entró en los ojos. Goteó, goteó, goteó, y le resbaló por la espalda. Cuando Epaminondas llegó a su casa, parecía una gran tostada, con toda la mantequilla extendida sobre él.

Su madre, al verlo de esa guisa, puso los ojos en blanco, levantó los brazos al cielo y exclamó:

—¡Alma de cántaro!, ¿qué es eso que te chorrea por el cuerpo, Epaminondas?

—Es mantequilla, mamá, me la ha dado la tía. —dijo el niño mientras se relamía.

—¿Mantequilla? ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Esa no es manera de llevar la mantequilla! La mantequilla la debes llevar bien apretadita, envuelta en hojas de col y durante el camino de regreso debes pararte en todas las fuentes o en el río para ir mojándola, así se conserva fría y sin deshacerse hasta llegar a casa. ¿Lo entiendes?

—Sí, mamá.

Cuando al día siguiente Epaminondas fue a ver a su tía, esta le regaló un perrito precioso. Epaminondas recordó lo que su madre le había dicho y enseguida cortó hojas de col, lo envolvió bien apretadito y lo fue remojando en el río y en todas las fuentes que encontró a su paso, una vez y otra y otra más, hasta que llegó a su casa.

Al verlo llegar su madre le preguntó:

—¿Qué llevas chorreando en esas hojas de col, Epaminondas?

—Un perrito, mamá.

—¡Un perrito! ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Qué cabeza la tuya, Epaminondas! ¿Acaso no sabes que los perritos no se llevan así? La mejor forma de llevar un perrito es atarle una cuerda en el cuello y tirar del otro extremo, él irá tras de ti durante todo el camino de regreso a casa. Mira cómo lo hago yo, ¿lo ves? Así debes hacerlo. ¿Lo has comprendido, Epaminondas?

—Sí, mamá.

Cuando volvió a visitar a su tía, la mujer le regaló un pan recién sacado del horno, crujiente y dorado. Epaminondas ató una cuerda alrededor del pan, lo puso sobre el suelo y tirando de la cuerda lo llevó hasta su casa, tal y como su madre le había advertido que hiciera.

Al llegar, la buena mujer se quedó mirando aquello que estaba atado al final de la cuerda sin saber qué era y preguntó:

—¿Qué es eso que traes ahí, Epaminondas?

—Un pan recién horneado, crujiente y dorado, que me regaló la tía, mamá.

—¿Un pan? ¡Ay, Epaminondas! ¡Epaminondas! ¡No tienes sentido común! ¡Nunca lo has tenido y nunca lo tendrás! No volverás a ir a casa de la tía. Iré yo.

A la mañana siguiente, la madre se dispuso a ir a casa de la tía, y le dijo a Epaminondas:

—Voy a explicarte una cosa, hijo mío: has visto que acabo de sacar del horno seis pasteles de carne y que los he puesto sobre una tabla delante de la puerta para que se enfríen. Ten mucho cuidado de que no se los coman ni el perro ni el gato. Y tú, si tienes que salir, pasa por encima de ellos con mucho cuidado. ¿Has comprendido?

—Sí, mamá.

La madre se puso su sombrero, se colgó el bolso del hombro y se fue a casa de la tía.

Los seis pasteles, puestos en hilera, se estaban enfriando ante la puerta, y cuando Epaminondas trató de salir, tuvo mucho cuidado de pasar por encima de ellos.

—Uno, dos, tres, cuatro cinco… y ¡seis! —contó al mismo tiempo que pisaba los pasteles— Dijo mamá que pasara por encima de ellos con mucho cuidado.

Y Epaminondas asi lo hizo. Fue poniendo los pies exactamente en el centro de cada uno de los pasteles, hasta que quedaron aplastados por completo.

¿Y sabéis qué ocurrió cuando regresó su mamá?…

Pues que ni ella ni Epaminondas pudieron comerse los pasteles de carne y Epaminondas, al día siguiente, no se pudo sentar… ¡Pobre Epaminondas!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Epaminondas” con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

  1. Perdona, aquí la ignorante es la tia, que no tiene ni puñetera idea de darle al pobre un triste tupper donde llevar la comida y lo deja cometer esos errores. Vaya bicho!! Y la madre..otra que tal baila por no ser más clara jajaja.

  2. Nada es lo que parece. Siempre lo he dicho yo A veces nos pasan cosas por no esperar a acabar las frases o por no leer entre líneas.
    El nombre del personaje tiene lo suyo 🙂
    Un beso.

    • No escuchar es frecuente, luego pasa lo que pasa, pero Epaminondas parece que escuchaba atentamente, lo que no sabía interpretar lo que le decían.
      El nombre es como para retirarle la custodia a la madre 😀 😀

  3. Excelente cuento cómo siempre!! Y fíjate que la enseñanza que yo leo enter líneas, es precisamente que hay que aprender a leer entre líneas y no literalmente. La madre tendría que haber partido de ese punto, enseñando a su hijo a interpretar y extraer lo esencial de una orden, un consejo, una lección. En la actualidad es nuestro gran talón de Aquiles en lo tocante a la Educación. Es fundamental enseñar a los niños no sólo a leer, sino a saber lo que están leyendo o en este caso, oyendo.
    Saludos

    • Exacto, María, es necesario enseñar a los niños a ser pensadores autónomos y no simples seres obedientes sin capacidad de discernir lo adecuado. Por eso, bajo mi punto de vista, es tan importante la lectura de cuentos de todo tipo, para que tengas modelos múltiples y puedan elegir lo mejor para ellos. Personalmente, no me gusta ofrecerles solo cuentos edulcorados porque, al hacerlo, les ofrecemos una realidad plana que en nada se parece a lo que tendrán que vivir. Es una tema complicado pero, sin duda, apasionante 😉

  4. ¡Ahhhhh! Ya conocía este cuento y me sigue gustando mucho. Pobre chaval, él que quería obedecer al punto a su madre a la que por cierto, habría que mandar al rincón de pensar por dar por sentadas tantas cosas. Por eso y por poner semejante nombre a la criatura.

    ¡Saludos!

    • 😀 😀 😀 Lo que no se le puede negar al pequeño, es que pone mucha voluntad y es obediente 😉 Todos hemos sido en alguna ocasión un poco Epaminondas y hemos metido la pata estrepitosamente. ¡Un abrazo, lurda55!

  5. Jajajaja! Cómo me he reído! 😀
    A veces yo también soy un poco cómo él… por querer hacer las cosas como te las piden a veces te olvidas del sentido común…

  6. Epaminondas seguía al pie de la letra las instrucciones, no se puede decir que no fuera un chiquillo obediente, tal vez le faltaba algo de pensamiento crítico, cosas de la edad, quién no ha hecho alguna “epaminonnada”.

  7. Pobre chiquillo!!! No da una!! La madre le presupone un sentido común que la poca experiencia no le ha dado. Eso si, obediente si es. Paciencia..papás y abuelos. Feliz semana!!!

    • 😀 😀 😀 Las madres, padres, abuelos y abuelas a menudo queremos que nuestros pequeños sean grandes genios y, por suerte o por desgracia, los genios no abundan, y luego nos pasa lo que a la mamá de Epaminondas 😀 😀 😀 ¡Un abrazo, Juani!

  8. No sé cuánto sentido común le puso su madre, ella sabrá, pero paciencia…¡de eso va servido, el chaval! La verdad es que lo he pasado mal leyendo la historia.

    Salud y un abrazo, Martes de Cuento

    • Paciencia la tiene a raudales también la buena mujer, ¡debe ser cosa de familia! 😀 😀 Y no sufras por Epaminondas, sé de buena tinta que creció y que puso más atención en las cosas, tanta, que llegó a ser uno de los microcirujanos más afamados de Alabama y, en sus ratos libres, se dedicaba a reparar relojes, lo que también requiere paciencia y cuidado. ¡Feliz día! 😉

  9. Es muy frustrante cuando pones todo de tu parte para que algo salga bien, pero te acaba saliendo justo al revés. Nos ha pasado a todos yo creo. Aunque a algunos más que a otros… A mí, por ejemplo 😛
    Un abrazo.

    • Yo creo que todos hemos sido Epaminondas alguna vez y, como tu dices, es terrible ver que pones todo tu cariño y esfuerzo en hacer algo y parece que el mundo se aliara en tu contra para que el resultado sea un desastre. no obstante, lo importante es no rendirse y seguir adelante, porque seguro que encontraremos algo que de verdad podamos hacer bien 😉 ¡Un abrazo!

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