El rey y el dragón

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Ilustración: Taluns

Refieren las leyendas que, en un lejano país rodeado de altas montañas coronadas de nieve sempiterna, vivió un rey muy, muy sabio al que lo que más le gustaba en el mundo eran los dragones.

Desde muy joven, empezó a recopilar libros que, en cualquier idioma, hablaran sobre ellos; los estudiaba con ahínco, los clasificaba y, con el tiempo, consiguió reunir la más completa y docta colección de obras sobre la materia. Tan magna era, que sabios de todo el planeta hacían cola para poder consultar los innumerables tratados, prontuarios, opúsculos, epítomes, ensayos, compendios y monografías que se alineaban en las largas estanterías de la egregia biblioteca de palacio.

A fuerza de leer, estudiar e investigar, aquel rey se convirtió en el erudito de dragones más destacado que ha existido —e incluso nos atrevemos a afirmar que existirá jamás— sobre la Tierra. Conocía a la perfección la naturaleza y el carácter de esos seres. Podía recitar de carrerilla, al derecho y al revés, los alimentos que preferían y cuáles detestaban; en qué postura dormían; qué tierras habitaban; cómo se rascaban o qué los hacía reír o estornudar… En fin, cualquier hábito, rareza, costumbre o manía que tuviera que ver con los dragones, lo dominaba aquel rey, para el que la «ciencia dragonística» no guardaba secretos.

Tal era el entusiasmo que sentía por los dragones, que publicó un bando en el que ofrecía la mitad de su reino a la persona que le llevara uno vivo. Algo que, sin duda, habría solucionado la vida del afortunado en cuestión y la de todos sus descendientes si hubiera sabido cómo viajar hasta Imaginación, apresar a una de esas criaturas y volver vivo para conducirla a la presencia de aquel extravagante monarca.

Su pasión lo llevó a contratar a los mejores arquitectos para que le construyeran un gran palacio en forma de dragón y en sus paredes colgó cuadros, tapices y esmaltes de dragones firmados por los más afamados artistas del orbe.

También mandó pintar frescos en cada una de las tres mil cuatro habitaciones del castillo, con dragones de todo tipo y en todas las posturas imaginables: dragones llameantes, verdes, de río, de tierra. Dragones azules, dormidos, despiertos, voladores, sibilantes. Dragones de lustrosa piel rosa clarito durmiendo la siesta… En fin, que se mirara hacia donde se mirara, no había rincón en el que no hubiera un dragón.

El escudo real, un lebrel sobre campo de gules, también fue modificado. El can que desde hacía generaciones custodiaba fielmente el apellido familiar, fue confinado al desván de palacio y en su lugar, se colocó un dragón rampante de aspecto imponente y fiero, que arrojaba fuego amarillo por sus fauces.

El anillo del monarca fue fundido y el mejor orfebre de la comarca esculpió la silueta del mismo dragón que exhibía el escudo. Cada vez que el rey sellaba sus cartas, era como si el dragón cobrara vida y escupiera cera roja por aquella bocaza amenazante.

Se confeccionó ropa nueva para todos los nobles de la corte con telas estampadas con dragones. Los uniformes de los sirvientes lucían, asimismo, dragones bordados con hilos de colores y en las cofias y gorros se cosieron alas que asemejaban las del dragón volador de Changchun.

En los amplios jardines que rodeaban el palacio, los setos de los parterres se podaron en forma de dragón. Se instalaron fuentes de dragones esculpidos en piedra que arrojaban agua por sus fauces y se plantaron macizos de flores rojas y verdes, que recordaban los colores de la piel y del fuego de los dragones llameantes de Transnistria. En ese mismo jardín, el jardinero cortaba cada mañana flores de dragonaria, con las que llenaba los jarrones de palacio para que sirvieran de vegetal adorno.

La «Fiesta Anual», que coincidía con el cumpleaños del rey, pasó a denominarse «Gran Festival del Dragón» y en él actuaban famosos tragafuegos, con sus sables y antorchas envueltos en llamas.

Durante los festejos, mucha gente se disfrazaba de dragón y el primer chambelán repartía farolillos entre los asistentes, que formaban una alegre comitiva ardiente hasta el palacio para desearle al rey feliz cumpleaños. El monarca observaba el espectáculo desde el torreón más alto, imaginando que aquella estela de fuego pertenecía a un auténtico dragón —al parecer, este es el origen de las velas que hoy encendemos en las tartas de cumpleaños.

La vida transcurría apacible en aquel lejano reino rodeado de montañas hasta que en una fría noche de invierno el aire se llenó de un penetrante olor de azufre y un ensordecedor ruido despertó al apacible pueblo. Nadie osaba asomarse a la ventana para saber qué ocurría.

En el palacio real, el sueño del soberano se vio interrumpido cuando la cabeza de un enorme monstruo se asomó por una de las ventanas de sus aposentos. La furibunda bestia miró fijamente al adormilado monarca y lanzó sobre él una terrible llamarada. Por fortuna, el rey pudo apartarse antes de que aquel fuego devorador churruscara por completo su peluca.

Al darse cuenta de que no soñaba, el aterrorizado monarca pidió ayuda a gritos:

—¡Auxilio! ¡Socorro! ¡A mí la guardia! ¡Matad a esa bestia! ¡Libradme de este engendro del abismo! —clamaba el rey completamente histérico y fuera de control.

En singular y desigual batalla, los caballeros se batieron con el espeluznante bicho hasta que consiguieron ahuyentarlo.

Nadie sabe el motivo pero, según cuentan, al rey le dejaron de gustar los dragones después de aquella noche.

FIN

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Comments

  1. No hay nada como un disgusto para aborrecer algo. Tenía que haberse leído el libro de cómo matar un dragón el primero de todos y memorizarlo bien. Se habría ahorrado pasarlo mal… Besitos

        • Pues es verdad… Un dragón puede ser una inagotable fuente de ingresos. ¡No había pensado en eso! En nada, el rey puede recuperar todo el reino y ganar mucho más de lo que ha regalado si su campaña de marketing es buena 😀 😀

          • Algo así le expliqué a mi hijo el otro día. Que no tener mucho dinero no significa ser pobre, porque la riqueza de mide en otras cosas como la bondad. Pero creo que aún es demasiado pequeño para entenderlo bien

          • Seguramente aprenderá más con la práctica que con mil explicaciones y eso se adquiere tomando como ejemplo a las personas queridas. A tu lado, comprenderá el significado y no harán falta demasiadas charlas 😉
            No es más rico el que tiene más, sino el que necesita menos para ser feliz. Un abrazo, Óscar.

          • No es fácil, y creerás que no aprende o que no sabes transmitírselo bien, pero seguro que, cuando le haga falta, sabrá rescatarlo de su subconsciente. Ya sabes lo que dicen: «Dímelo y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo». ¡Un abrazo, Óscar!

  2. Ayer, mientras cenaba, le leí esta historia a mi peque de cuatro años. Le gustan mucho los dragones y pensé que le haría gracia. Tengo que decir que el vocubalario es tan rico que dudé si Leo lo entendería, pero creo que es bueno que le vayan sonando palabras nuevas y de paso las aprende. Le encantó el cuento y acabamos escenificando la cara del rey al ver al dragón. Fue muy divertido. Así que me hace muy feliz transmitiros el placer de la lectura que experimentamos juntos y gracias a “martes de cuento”. Una vez más, ¡enhorabuena Nona!

    • Elena, me alegra muchísimo saber que le encantó el cuento. En cuanto al vocabulario, no sufras, los pequeños son mucho más inteligentes de lo que nos quieren hacer creer. Quizá no entiendan una palabra, pero entienden el contexto y, sobre todo, entienden que en ese momento mágico del cuento mamá o papá son solo para ellos y que el resto del mundo desaparece 🙂 Yo recuerdo haber crecido con libros en los que aparecían palabras como “ruibarbo” o “jengibre” 😀 😀 😀 , y a pesar de no tener ni idea de lo que era eso, devorarlos con avidez.

  3. Lo soñado ,cuando se hace real ,nos puede traer más de una sorpresa y no siempre agradable. Sobre todo cuando se lleva el sueño tan al extremo como le pasaba a este rey.
    Un beso, Martes.

  4. Alguien que conozco diría que este Rey es un “jartible” de los dragones. Menos mal que vino la realidad a sacarle de su inopia dragonil, no es lo mismo la teoría que enfrentarse realmente a un dragón furioso. Y cuántas veces nos encontramos con eso en la vida, lo que imaginamos no es ni por asomo lo que sucede realmente. Felicidades Nona por tanta imaginación y por el acierto de la ilustración ¡Es sensacional! Abrazos muchos.

  5. Michel de Montaigne decía que en la obsesión reside el origen de la genialidad y de la locura.
    La obsesión del rey le llevó a conocer a un verdadero dragón, pero aquello casi le cuesta su buen juicio. Debemos llevar cuidado con lo que deseamos, porque puede hacerse realidad 😛
    Un abrazo.

    • Sin un poco de obsesión, es cierto que no puede haber genialidad y, sin duda, la genialidad encierra en sí una chispa de locura, porque de otro modo la obsesión no es posible. El pez que se muerde la cola 😉
      En cuanto a los deseos, es verdad, acaban por hacerse realidad si no vamos con cuidado.

  6. Madre del amor hermoso! que fijación la de este rey con los dragones!
    Me ha encantado este cuento, se lo voy a leer a un pequeño que conozco al que le fascinan estas criaturas llameantes. Un abrazo 🙂

  7. Bueno, bueno… este rey se convirtió en un coleccionista convulsivo, su entusiasmo se convirtió en patología; afortunadamente, fue su admiradísimo dragón el que el curó la enfermedad -aunque de forma un tanto arriesgada- y se ahorró psicoterapias eternas (je, je…).
    Como casi siempre, al final del cuento nos reservas la sorpresa de tu benevolencia con los protagonistas.
    Gracias, como cada martes, por este tiempo de ensueños.
    Un abrazo muy fuerte.

    • 🙂 Las colecciones siempre tienen un puntito de locura, es verdad. Se empieza con un objeto y se acaba yendo a la caza y captura de todo lo que tenga que ver con él, hasta que llega un día que o te falta sitio y te desesperas o te aburres y lo tiras todo.

  8. La especie humana, como súbdita del reino animal, se postra ante sus edictos. Uno de ellos: vivir para la apariencia.

    La mariposa, con sus ocelos alares; las sepias, con sus mensajes psicodélicos brillando en la piel, el clamidosaurio y su vistosa gorguera…

    Los reyes, con su pompa y circunstancia. Hay culturas en las que al comer el corazón del vencido se adquiere su energía; el rey quería, en el fondo, parecer un dragón para emular su poder.

    Pero cuando rugió, de su boca no salieron llamas, sino espumarajos de terror e impotencia.

    Si nadie pagó por su enajenante soberbia, final feliz: podía haber sido peor.

    Salud e imaginación, Martes

  9. A medida que leía iba pensando que el cuento era tuyo 🙂 Me ha gustado mucho, y refleja lo que nos sucede a muchos (sin pensar en dragones).

  10. Real como la vida misma, quien no ha suspirando durante tiempo con tener algo o a alguien y cuando lo logras te das cuenta que no era para tanto…. Jajaja aunque el Rey un poco pesado ya me ha parecido tanto poner dragones por todo!!

  11. Me atrapó tu cuento, Martes, me gustó mucho por tantas lecturas que tiene sobre esa figura simbólica del dragón que tanto miedo nos infundía cuando éramos niños, por lo menos a mi, que me parecía tan lejano, distante y misterioso el dragón chino… Luego vas creciendo, vas leyendo y vas asimilando tan primitivos significados. Esas leyendas de dragones, tantas lecturas fascinantes, tantos combates, la serpiente gigante, el cocodrilo, los gigantes, los ogros… Y el fuego que sale por su boca, en movimiento, como el ritmo del miedo o algo así…
    Bueno me inspiró esta décima que ahora te dejo. Gracias por hacerme recordar y pensar sobre este monstruo tan esencial. Un gran cuento, Martes. Me encantó.

    Los clásicos fabulosos
    nos fascinan desde niños;
    en su atractivo hay mil guiños
    que se tornan peligrosos.
    Nuestros instintos curiosos
    desechan nuestra razón,
    convierten en obsesión
    lo que luego son peligros
    que en “lo animal” de los libros
    se despierta tu dragón.

    ©Julie Sopetrán

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