Un tren para Clara

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Ilustración: Barbara Sobczynska

Clara no se ilusiona con la Navidad. En su casa nunca hay árbol de luces, ni regalos con moños satinados, ni nieve de poliestireno, ni cenas hechas al horno. Nadie en la familia se emociona en estas fechas, tampoco se habla de Santa Claus. El papá de Clara dice que ese viejo no existe, que lo inventaron los gringos para vender más Coca-Cola y que dónde se ha visto un trineo volar. La mamá de Clara cree en el niño Dios, pero el dinero no alcanza para hacer fiesta por alguien que nació hace tanto tiempo.

A Clara le gustan estos días de invierno suave, porque no hay que ir a la escuela y puede jugar todo el día en la calle con sus hermanos y los chicos del barrio, ella es la única niña de la pandilla, aunque eso todavía no le importa a nadie. Es una campeona en bailar el trompo y tiene una enorme colección de canicas que ha ganado en competencia. Lo que más le gusta a Clara es jugar al béisbol y a su mano zurda no se le escapa ni una bola.

Cada año, las monjas de la capital vienen al barrio a repartir juguetes usados. Llegan en una furgoneta que parece sufrir de lo cargada que anda y se estacionan frente a la tienda de Doña Lupe. Con la ayuda de las vecinas, arman unas mesas de plástico y acomodan todos los juguetes que lograron reunir de donaciones de gente compadecida o que, simplemente, necesitaba deshacerse de los trastos que hacían bulto es sus armarios.

Clara y sus amigos detienen el partido de beis y se acercan a ver la exhibición de cientos de juguetes protagonistas de navidades pasadas. Son objetos bien conservados o que con una pequeña reparación vuelven a funcionar. Ella sabe que es mejor no llevar a casa nada que necesite baterías porque tal vez nunca se las compren. También está pendiente de que sus hermanos no acepten pistolas de juguete, ni nada que haga demasiado ruido, de lo contrario Papá lo tirará a la basura.

Mientras las monjas acomodan las cosas, la pandilla de Clara y otros niños y niñas que llegan de las calles aledañas, empiezan a formar una fila larguísima organizada por las vecinas que intentan mantener el orden y calmar el alboroto. Desde su lugar, Clara se pone de puntillas y hace un esfuerzo por encontrar algo interesante en la mesa. Entre tantas cosas revueltas, se fija en un pequeño tren despintado, con un vagón de carga, y ruega para que nadie más quiera llevárselo.

—¡Me pido el muñeco ninja rojo! —anuncia su hermano Toño.

—¡Yo quiero el camión de bomberos! —dice el amigo Luis.

—¡Y yo el cohete blanco! —pide su hermano Mario.

A Clara siempre le cuesta mucho decidirse. Además, las monjas parecen no estar de acuerdo con lo que ella quiere y terminan dándole cosas que no le gustan. No entiende para qué le dicen que elija. Lo que la consuela es que, le toque lo que le toque, siempre podrá jugar con las cosas de sus amigos y hermanos. Solo hay que esperar a que se aburran de sus juguetes, porque los primeros días no los sueltan ni para dormir.

—¿Qué regalo elijes? —pregunta una de las monjas cuando llega el turno de Clara.

—Por favor, quiero esa locomotora negra —responde Clara, apuntando al viejo y polvoriento tren, escondido entre los animales de peluche.

—Pero, eso es más para chicos, ¿no crees? —dice la religiosa, buscando otra cosa de la mesa, sin esperar una respuesta de la niña.

Clara se detiene a pensar un momento. No es la primera vez que le vienen con el cuento de que las niñas no deben jugar con cosas que tengan ruedas, a menos que se trate de cochecitos de bebé. Pero, de verdad, el tren le ha gustado mucho y se imagina que viajaría en él por tierras lejanas, construiría largas rutas y puentes para transportar mercancías y gente, a través de lugares misteriosos. Encontraría personajes extraños con los que aprendería a negociar en lenguas desconocidas. Esa locomotora y su vagón serían su transporte hacia un universo nuevo.

—Verá hermana, yo tengo una sola muñeca, que ustedes me dieron el año pasado, se llama Gertrudis, pero no juego con ella porque la pobre es un poco aburrida y no le gusta salir de casa, tal vez sea porque lleva pegados unos tacones altísimos que no la dejan caminar y mucho menos correr. Además, su ropa parece bastante incomoda. Si usted me regala el tren, yo la subiría al vagón para llevarla de paseo y así Gertrudis conocería el mundo fuera de la caja de zapatos donde vive.

La religiosa sonríe resignada y aunque sigue pensando que el juguete que la niña ha elegido no es muy apropiado, decide dárselo, tal vez por solidaridad con Gertrudis, para que al fin salga de su encierro, o porque piensa que el tren mantendrá a Clara lejos de la calle. Por la pinta desaliñada de la niña, es fácil adivinar que pasa muchas horas fuera corriendo y participando en juegos poco tranquilos, poco femeninos, digamos.

Esa Navidad, mientras el planeta brindaba y comía hasta el amanecer, Clara descubrió que su mente no tiene límites y que gracias a su tren podía ir a donde le diera la gana. Que si bien, le gustaba mucho jugar con sus amigos a la pelota, a las carreras y a trepar a los árboles, también era capaz de pasar muchas horas sola, construyendo historias a bordo de su tren, acompañada por Gertrudis que, aunque siguió usando tacones altos, por lo menos ya no sufrió con sus callos y pudo, al fin, abandonar la caja de cartón.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Un tren para Clara» con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

  1. Qué chulo!!! Yo creo que la imaginación puede “salvar” vidas e incluso salvar, sin comillas.
    Lo malo es que a veces se ridiculiza a las personas con imaginación, eso me da penita.
    Besos! Gracias por compartirlo!

  2. 🙂 La imaginación nos sirve, no solo para jugar, sino también para pensar y hablar. Clara, después de reflexionar, puede convencer a alguien de que lo que de verdad necesita es esa locomotora. Feliz sábado, Carmen.

  3. Es un cuento precioso, muy crudo por la realidad de muchos niños que no tienen juguetes pero que saben disfrutar con lo poco que tienen y con una imaginación maravillosa, me encanta lo lista que es Clara, nos daría mil vueltas a muchos jejeje bess 🙂

  4. Lo más hermoso del ser humano es su creatividad, su imaginación, y este cuento es una joya, me siento tan identificada con Clara… y no dudo que Gertrudis sería feliz con la adquisición… Precioso cuento para soñar, para crear, para ser más feliz con unas cuantas ruedas y un poco de humo… :))) le dejo al cuento mi décima para el viaje. Y mi felicitación a su autora. También el dibujo le va de maravilla a esta historia. Mi abrazo fuerte y mi cariño.

    Clara sueña con viajar
    aunque sea en un tren viejo;
    sin príncipe y sin cortejo
    sólo para disfrutar,
    todo la enseñó a soñar,
    Gertrudis lo sabe bien
    que sin salir del andén
    viajan y viajan las dos…
    se van, y al decirme adiós
    me voy con ellas también.

    Julie Sopetrán

  5. Ciertamente la imaginación es la manera más barata que hay de viajar, y estoy con esa niña, mucho mejor el tren que la muñeca. Yo siempre envidié los balones, los camiones y los monopatines, pero con lo que mejor me lo pasaba, era inventando historias a partir de cualquier muñecajo que regalaban con los yogures. Feliz Año Martes.

    • 🙂 😀 😀 😀 Pues a ver si compartes alguna de esas historias que inventabas. ¿No desmontabas aparatos? Con lo manitas que eres y con lo que te gusta a ti el bricolaje, te imagino de niña investigando en cualquier máquina a tu alcance 😀

    • Ojalá ningún niño ni ninguna niña tengan juguetes que no quieren. Me gustaría que los juguetes fueran eso: juguetes con los que disfrutar, jugar y hace volar la imaginación, sin sexo definido. Niñas con locomotoras y niños con muñecas si es eso lo que de verdad quieren 😉 Dejar elegir libremente los juegos es lo mejor que podemos ofrecer a nuestro pequeños. Un abrazo, amiga.

  6. Lo verdaderamente triste es que todavía hoy hay gente que piensa como la monja… menos mal que al final le da la locomotora…
    Espero que a Clara y Gertrudis (vaya nombre!!…) les vaya bien juntas, con esperanza e ilusión se llega a muchas partes 🙂

    • Cierto, Sara, en el mundo hay muchas personas que tienen las ideas ancladas en el siglo XIX, auqnue, en ocasiones, tendemos a olvidarnos de ello. Cuando leí el cuento por primera vez pensé: “esto ya no pasa”, pero enseguida me acordé de lo que ocurre por el mundo y de la difícil situación de muchas mujeres y decidí que sí que pasa y, por desgracia, mucho a más a menudo de lo que me gustaría admitir 🙁
      En cuanto al nombre de la muñeca 😀 😀 😀 😀 Pensé, como tú: “¡vaya nombre!”. Realmente, más que un nombre podría tratarse de una venganza. ¡Un abrazo! 😉

    • Creo que es un cuento muy especial. Quizá en una primera lectura no es espectacular y te deja con la boca abierta, pero a medida que lo lees de nuevo pasa lo que tú dices: con cada nueva lectura encuentras un nuevo matiz y más significados. Un gran abrazo, Óscar 😉

  7. Una historia preciosa con tantos matices y moralejas que uno cree no haberlos cogido todos en la primera lectura. Sin duda Clara sabe lo que quiere y con esa determinación, a pesar de todo, puede que le vaya bien en la vida.

    • Te doy la razón, es un cuento complejo y no basta con leerlo una sola vez 🙂 Yo necesité varias lecturas hasta decidir que sería un buen cuento del martes y ahora, cada vez que lo releo, me gusta más y encuentro más significados en él 😉

  8. Es una triste pero esperanzadora historia, en años pasados he podido ir a llevar libros, cantos y cuentos a niños hospitalizados, a veces los papás son los más felices con las historias, será que cuando somos niños no hay ningún sueño imposible, serán los años los que hacen que olvidemos que todo inicia en nuestra imaginación. Abrazos y mis mejores deseos por un año lleno de Bellas historias. Cariños.

    • No podría estar más de acuerdo contigo, Shira, yo también creo que son los años los que hacen que cometamos el error de despreciar la imaginación, la cualidad más especial, única y valiosa que poseemos los humanos. Todo, absolutamente todo, de lo más grande a lo más pequeño, de lo más sencillo a lo más complicado, antes de ser real ha sido imaginado por alguien. Matemáticas, inventos, literatura… todo es producto de la imaginación aunque no se quiera reconocer.
      Ojalá tus deseos se conviertan en realidad y las hermosas historias nos llenen los días venideros. ¡Un gran abrazo también para ti!

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