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La familia feliz

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Ilustración: Yan’ Dargent

La mayor hoja verde que existe en la Tierra es, sin duda, la de la acedera. Si te la colocas en la barriga, te sirve de delantal, y en la cabeza, los días de lluvia, es casi tan práctica como un paraguas, ¡imagina lo grande que es!

Las acederas jamás crecen solas, ¡ni hablar! donde hay una, seguro que hay muchas más. Es una maravilla. Y toda esa maravilla, es pasto de los caracoles. De esos enormes caracoles blancos que las familias distinguidas de antaño se hacían cocinar en fricasé y se comían sin parar de decir: «Mmmmm, ¡délicieux!», convencidos de que tenían un sabor exquisito.

Bien, pues como decía, esos caracoles se alimentaban de acederas y, por ese motivo, se plantaban.

El caso es que había una vieja mansión donde ya no comían caracoles, porque se habían extinguido; no así las acederas, que crecían y crecían por sendas y bancales y de las que no había forma humana de deshacerse. Formaban un auténtico bosque; acá y allá asomaba un manzano o un ciruelo, pero, por lo demás, nadie habría podido suponer que aquello había sido alguna vez un jardín. Todo eran acederas; y allí, en medio de todas ellas, vivían los dos últimos y viejísimos caracoles.

Ni ellos mismos sabían la edad que tenían, aunque recordaban que habían sido muchos más, que procedían de una familia llegada de lejanas tierras, y que para ellos y los suyos habían plantado todo el bosque. Jamás habían salido de sus lindes, pero sabían que en el mundo había algo más, que llamaban «La Mansión», y que allá lo cocían a uno hasta que se ponía negro y lo servían en bandeja de plata. Lo que sucedía después, era un misterio. Por otra parte, no acertaban a imaginar qué era eso de ser cocido y servido en bandeja de plata, aunque no les cabía ni la menor duda de que sería algo fascinante y sumamente distinguido. Ni el abejorro, ni el sapo, ni la lombriz, a quienes habían interrogado, supieron darles razón, ya que a ninguno de ellos lo habían cocido ni servido en bandeja de plata.

Los viejos caracoles blancos eran los más ilustres del mundo, de eso sí estaban seguros. El bosque existía por ellos, y la mansión estaba allí para que ellos pudieran ser cocidos y servidos en bandeja de plata.

Vivían muy solos y muy felices y como no tenían hijos, habían adoptado a un caracolito ordinario, al que educaron como si fuera su propio hijo, pero no había forma de que el pequeño creciera, pues no dejaba de ser un caracol ordinario. No obstante, los ancianos…, bueno, en especial la mamá caracol, aseguraba que observaba cómo crecía y le había pedido al papá que, como no podía verlo, palpara al menos la cáscara. Así lo hizo él y afirmó que la madre tenía razón.

Un día, la lluvia cayó con fuerza.

—Escucha cómo tam-tamborilea en las acederas —dijo el padre caracol.

—¡Sí! Y las gotas caen hasta aquí —apuntó mamá caracol—. ¡Resbalan por el tallo! Ya verás cómo va a quedar todo esto. Menos mal que tenemos nuestra casa y que el pequeño también tiene la suya. No se puede dudar de que han hecho mucho más por nosotros que por cualquier otro ser vivo. ¡Salta a la vista que somos los reyes de la creación! Tenemos casa desde que nacemos y plantaron todo el bosque de acederas por nosotros. Me gustaría saber hasta dónde llega y qué hay más allá.

—¡No hay nada más allá! —dijo papá caracol—. Mejor que donde estamos no se puede estar en ningún sitio, ¡y yo no deseo nada más!

—Pues a mí —dijo la madre—, me gustaría ir a la mansión y que allí me cocieran y me sirvieran en bandeja de plata. Todos nuestros antepasados pasaron por eso, así que seguro que debe de ser algo excepcional.

—Tal vez la mansión se haya venido abajo —dijo papá caracol—. O tal vez la ha cubierto el bosque de acederas y la gente no puede salir. Por otra parte, no hay ninguna prisa, pero tú siempre vas acelerada y el niño ya está siguiendo tu ejemplo. En tres días ya se ha encaramado a lo alto de ese tallo, ¡me da vértigo solo de verlo ahí arriba!

—No lo regañes —repuso mamá caracol—. El chiquillo sube con cuidado y estoy segura de que nos dará muchas alegrías. Los viejos no tenemos más razones para vivir. ¿Has pensado alguna vez dónde podemos encontrarle esposa? ¿Crees que en este bosque de acederas vivirá alguien de nuestra especie?

—Caracoles negros creo que sí hay —dijo el anciano—. Babosas sin casa, pero son muy vulgares y, en cambio, se dan mucha importancia. Tal vez podríamos encargárselo a las hormigas, que siempre van de un lado a otro como si tuvieran muchas cosas que hacer. Es posible que sepan de alguna esposa para nuestro caracolillo.

—Conozco, en verdad, a la mejor de todas —afirmó una de las hormigas—, pero mucho me temo que no no hay nada que hacer, pues se trata de una reina.

—Eso no importa —contestaron los ancianos—. ¿Tiene casa?

—¡Tiene un palacio! —dijo la hormiga—. Un magnífico palacio hormiguero, con setecientos pasillos.

—Muchas gracias —dijo mamá caracol—, pero nuestro hijo no va a vivir en ningún hormiguero. Si eso es todo lo que podéis hacer, se lo encargaremos a los mosquitos blancos, que vuelan por todas partes, tanto si llueve como si hace sol, y se conocen el bosque de acederas de arriba abajo.

—¡Tenemos una esposa para él! —contestaron los mosquitos—. A cien pasos de hombre de aquí, sobre un agraz, hay una caracolita con casa. Está muy sola y en edad casadera. ¡Son solo cien pasos de hombre!

—¡Muy bien!, pues que venga —repusieron los ancianos—. ¡Él posee un bosque entero de acederas y ella un simple arbusto!

Y fueron a buscar a la señora caracolita. Tardó ocho días en llegar, pero eso precisamente fue lo bueno, en eso se notaba que era de su misma clase.

Y se celebró la boda. Seis luciérnagas alumbraron lo mejor que supieron, por lo demás, todo trascurrió sin alborotos, pues los viejos caracoles no soportaban las francachelas ni el bullicio. Mamá caracol, eso sí, pronunció un maravilloso discurso. Papá no fue capaz de hablar a causa de la emoción.

A los recién casados les dejaron en herencia todo el bosque de acederas, diciendo lo que siempre habían dicho: que era el mejor del mundo y que algún día, si vivían recta y honradamente y se multiplicaban, ellos y sus hijos entrarían en la mansión, donde los cocerían hasta dejarlos negros y los servirían en bandeja de plata.

Finalizado el discurso, los ancianos entraron en sus casas, de las cuales no volvieron a salir nunca más, pues se durmieron definitivamente.

La joven pareja de caracoles reinó en el bosque y tuvo una numerosa descendencia, pero jamás los cocieron y jamás los sirvieron en bandeja de plata, por lo que dedujeron que la mansión se había venido abajo y que todos los hombres del mundo se habían extinguido y, como nadie les llevó la contraria, la cosa debía de ser verdad. La lluvia tam-tamborilea para ellos sobre las hojas de acedera, para que pudieran escuchar música de tambor y el sol brillaba en su honor, para dar color al bosque de acederas. Y fueron muy felices y toda su familia fue también muy feliz. ¡Y tanto que lo fue!

FIN

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Comments

    • 🙂 Me alegra infinito que te haya gustado y te estoy muy agradecida por hacerlos volar. ¡Un inmenso abrazo!

      P.D. Pero creo que no son los cuentos los que producen ese efecto, sino tu magia 😉

  1. Pues me alegró el final feliz, claro está. Me voy a ir por las ramas un segundo, ya que el relato me hizo recordar a lo que sucede aquí cerca, en Gautemala, donde la gente va a la playa a desenterrar los huevos de las tortugas que allí desovan. Por suerte en México las protegen y nadie les hace nada (hace poco estuve en la playa y allí están cercados los lugares de desove con cintas amarillas, como las de la policía, para que nadie toque esos sitios. Cuando llega la temporada de regreso al mar, se forman grupos de voluntarios que ayudan y protegen a las pequeñas tortugas.
    Perdón, esto no tiene relación directa con el cuento, pero sí llega de un modo tangencial… es que los humanos somos tan invasivos en todo lo que tenga que ver con los animales…

    Un abrazo.

    • Perdonado. Pero ya que hablamos de tortugas, yo había oído decir que no es bueno ayudarlas a llegar al mar, ¿es cierto? Esos voluntarios, ¿cuál es su labor?, ¿vigilan para que nadie las toque? Alguna vez he visto las peripecias de las pequeñas tortuguitas en algún documental y me parece impresionante. ¡Verlo en directo debe ser increíble! 🙂

      • Sí, lo que hacen los voluntarios es no interferir de ninguna manera y, por sobre todo, impedir que nadie las moleste; es decir, dejar que la naturaleza siga su curso como ella lo dicte (¿No suena descabellado esto? ¿No es algo sumamente extraño que las personas debamos “intervenir” para que la naturaleza actúe como ella quiera hacerlo?). El año pasado estuve a punto de ser coordinador de uno de esos grupos, pero por otros compromisos no pude hacerlo. Veré si este año lo consigo; muero por se parte de esa experiencia.

  2. No en todos sitios cuecen caracoles… y en muchos menos los sirven sobre plata…

    En cambio, todo el mundo sabe que habas se cuecen en todos sitios… incluso en los bosques de acederas.

    Por cierto, no sabía que los caracoles tuvieran un ombligo tan aparente.

    Pues eso, que en todos sitios cuecen habas, y todos tenemos ombligo, incluidos los caracoles.

    Salud y cuentos, Martes.

    • Conocí a alguien muy sabio que me dijo una vez: «la mayor parte de la gente cree que tiene un rey en el cuerpo», pero de los caracoles no me advirtió nada 😀 😀 😀 Me parece que, como tú dices, las habas se cuecen en cualquier latitud 😉

  3. En realidad es un cuento que nos hace pensar en la extinción de los caracoles, yo vivo en el campo y desde luego aquí han desaparecido, no se ven. Me ha gustado mucho el cuento, porque nos hace pensar en la familia, en el amor, en la supervivencia… Es un cuento adorable. Gracias por traernos algo tan hermoso.

    Ya no quedan caracoles
    para hacerlos cocinados;
    todos se los han llevado
    al son de los descontroles.
    Sin ellos, tristes las coles,
    la tierra expresa dolor;
    con sonido de tambor
    caracolito enamora,
    la lluvia riega la flora
    y así, regresa el Amor.

    Julie Sopetrán

    • Es verdad que no hay tantos caracoles como antes, o al menos no nos fijamos tanto al salir al campo 😉 No obstante, tiene que haber muchos, porque yo voy a una tienda que los vende y siempre hay sacos llenos de ellos.
      Creo que con tu poema conseguirás que alguno se acerque hasta Isla Imaginada 😉
      ¡Gracias, Julie!

      • Sí, aquí están desapareciendo. Antes se les veía cuando llovía y salía el sol, ahora ni uno. Pero hay granjas o lugares donde los crían para luego llevarlos al mercado.
        Jajaja, claro, desde que he leído el cuento ahora me persiguen y vienen a mi porque saben que los busco no precisamente para comerlos… Aunque te diré muy bajito, que me encantan. Pero que no se enteren… :)))

  4. Es preciosa la idea de que los humildes caracoles se crean tan importantes por tener casa propia desde el nacimiento y su propio bosque de acederas. Los pobres vivían felices ignorando lo que era ser cocidos y servidos en bandeja de plata. Aunque como el cuento tiene final feliz no nos hemos de preocupar por su destino culinario. Muy bonita la historia de los parientes de nuestro Caracolito ¿Dónde andará? …..Feliz semana.

  5. Me gustan los caracoles ¡vivos!
    Me gusta escribir sobre ellos.
    Me gusta quienes hacen cuentos tan entrañables como el que hoy nos presentas, nada más y nada menos que de Hans Christian Andersen y que gracias a ti he podido conocer hoy.

    Muchas gracias, y feliz martes de invierno y cuento.

    • Los caracoles son animales muy tiernos 🙂 Creo que a casi todos los niños les gustan. ¿Quizá por eso los elegiría Andersen?
      Feliz martes de cuento frío de invierno, un poco más cálido gracias a vuestros cariñoso comentarios.
      Un abrazo, Isabel.

  6. Precioso el cuento, Martes. Sobre todo me gustan los detalles: las acederas, la relación entre los caracoles padres, que se pregunten qué hay más allá, que la madre desee ser cocinada en bandeja de plata…Muy, muy bonito.

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