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El oni rojo que lloró

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Ilustración: marmoto

Siglos ha, vivió en la falda de una altísima montaña un oni rojo llamado Aka-oni, cuyo feroz aspecto conseguía poner los pelos de punta al más valiente.

Tenía unos dientes largos y afilados que parecían prestos a morder y una piel rojiza que hacía pensar al que lo miraba que estaba a punto de proferir un aterrador alarido, de esos que hielan la sangre y hacen temblar de la cabeza a los pies.

A pesar de su semblante atroz, tenía un corazón bondadoso y tierno y su único deseo era vivir en paz y armonía con los habitantes del pueblo cercano. Pero estos, cada vez que lo veían, aunque fuera de lejos, huían despavoridos gritando:

—¡Socorro! El oni rojo nos quiere comer. ¡Sálvese el que pueda!

Desesperado por esta situación y después de pensar mucho, el oni decidió dibujar unos preciosos carteles, que enganchó por todas partes: en los árboles del camino que conducía al pueblo; en las piedras cercanas al río; en la verja de su casa; y hasta se atrevió a bajar de noche al pueblo para engancharlos en las puertas de las casas y en la del ayuntamiento:

oni-rojo

Pero los habitantes del pueblo no lo creyeron y los arrancaron todos.

Con gran desánimo, al comprobar que sus esfuerzos habían sido completamente inútiles, el oni rompió los carteles que le quedaban.

Así estaba, bajo una higuera, turbado y cariacontecido rasgando los papeles, cuando apareció su amigo Ao-oni, un oni azul que vivía en la cima de la montaña y que, como él, tenía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho, aunque, igualmente, con un aspecto tan fiero y aterrador como el del oni rojo.

—Hola, Aka-oni, ¿qué rompes?

—¡Ay!, Ao-oni, había escrito estos carteles para que los aldeanos los leyeran y supieran que no soy un oni malvado. Quería que se llevaran bien conmigo y que no huyeran cada vez que me ven, pero ellos no me creen. Los han arrancado todos.

—Mmmmm. ¡Déjame que piense! Veamos… Mmmmmm  ¡Ya lo tengo! ¡Vamos al pueblo!

—¿Al pueblo?, ¿para qué? Todo es inútil. No podemos hacer nada. Los aldeanos están ciegos. Están convencidos de que todos los oni somos malos y no hay forma de que entren en razón. En cuanto te vean, huirán y no te dejarán ni hablar.

—Precisamente. Eso es lo que quiero. Quiero que huyan, que se asusten muchísimo. Quiero demostrarles que tú eres bueno, que no deben temerte, que el único malo soy yo.

—No comprendo qué…

—El plan es el siguiente: iré al pueblo y fingiré que soy el oni más terrible de la Tierra. Aterrorizaré a todo el mundo y cuando esté a punto de comerme a alguien, apareces tú y nos peleamos. Salvas a los vecinos de mi ataque y me obligas a huir. Solo tienes que pegarme y echarme del pueblo.

—Ao-oni, yo no puedo pegarte, ¡tú eres mi amigo!

—Pues claro que somos amigos, pero debes representar tu papel y darme una gran paliza delante de todos. Cuando vean que los defiendes, tus vecinos te querrán.

Y así lo hicieron. El oni azul, gruñendo y con ademanes fieros, se dirigió al pueblo y fingió que atacaba a los aldeanos. Cuando ya estaba a punto de atrapar a uno, apareció el oni rojo y se enfrentó a él:

—¡Deja en paz a ese hombre! —¡Plaf!, ¡pam!— Fuera de aquí, oni malvado. —¡Pumba!, ¡pumba!— ¡No molestes a mis vecinos! —¡Plof!, ¡patapam!— ¡Vete y no vuelvas jamás! —gritaba el oni rojo mientras arreaba de lo lindo al oni azul y lo perseguía por todo el pueblo.

—¡Ay, ay, ay!, ya me marcho, pero no me pegues más, por favor —gemía el oni azul—. ¡Ay, ay, ay!, prometo no regresar nunca a este pueblo mientras tú lo protejas.

Y el oni rojo ahuyentó fuera del pueblo al oni azul ante la mirada agradecida de todos los vecinos del pueblo que, desde aquel día, perdieron el miedo a Aka-oni y empezaron a visitarlo con frecuencia.

Hombres, mujeres y niños iban a su casa para charlar con él y él los recibía con una taza de té y galletas caseras, que se comían mientras contaban cuentos y reían. El oni era completamente feliz, se llevaba bien con todos sus vecinos y estos lo querían muchísimo.

Pasó el tiempo y, una mañana, el oni rojo miró hacía la cima de la montaña y, de pronto, se acordó de su amigo el oni azul. «¿Qué habrá sido de mi amigo Ao-oni?, hace mucho tiempo que no lo veo por aquí. Ya no viene a visitarme. Gracias a él, ahora soy muy feliz, pero nunca le di las gracias por el favor que me hizo. Debo ir a verlo ahora mismo». Y Aka-oni, el oni rojo, se puso en camino.

Trepa, que trepa, que trepa, escaló la alta montaña y se encaminó a casa del oni azul, pero cuando llegó allí, descubrió que aquel lugar estaba completamente desierto. Una espesa maleza cubría el jardín otrora lleno de preciosas flores. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto.

Se acercó a la puerta principal y allí, clavado sobre la puerta principal, descubrió un sobre en el que, con pulcra caligrafía, estaba escrito: «Para mi amigo Aka-oni».

El oni rojo rasgó el sobre y leyó la carta:

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A medida que leía la carta, los ojos del oni rojo se iban llenando de lágrimas y, sin poder evitarlo, rompió a llorar desconsoladamente al recordar la desinteresada amistad del oni azul.

FIN

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Comments

  1. 🙂 En los cuentos también son necesarios los finales un poco tristes porque, en realidad, nunca son finales. Siempre podemos escribir un cuento que sea la continuación. Imagina la historia que se puede escribir si hacemos que el oni rojo coja sus maletas y vaya en busca del oni azul. Lo encuentra, lo convence para que regrese y, al llegar les cuentan a los vecinos del pueblo su pequeño engaño. Estos comprenden que se portaron mal y todos se convierten en amigos 😉
    Un abrazo, Sensi.

  2. Tiramos por la borda lo que no nos cuesta trabajo, a quien desinteresadamente se acerca….
    Un minuto de fama nos cuesta mucho….
    Casi me quedo con un amigo que cientos conocidos

  3. Es un cuento que me ha cautivado, incluso sorprendido con la tremenda ilustración, bellísima y distinta. Muy hermoso cuento, lo disfrutas en cada línea. Te felicito una vez más, amiga. El tema abarca diferentes lecturas, me quedo con la de la Amistad y ese sacrificio que implica a veces ser amigo. Te dejo mi décima con mucho cariño.

    Las apariencias engañan
    Oni Rojo era muy feo
    pero yo lo vitoreo
    porque sus obras no dañan
    Sus bondades acompañan
    mi creencia en La Amistad
    Convierte en realidad
    lo que implica ser amigo
    y con su ejemplo, me obligo
    a imitar su lealtad.

    Julie Sopetrán

    • Preciosa décima, Julie 🙂
      Como tú, yo también opté por quedarme con el mensaje de la amistad, a pesar de que hay más significados. Quizá porque en este entorno, los amigos y sus comentarios son, precisamente, muy importantes.
      Gracias por arroparme cada martes con tus letras. ¡Un abrazo inmenso!

    • Aunque es un poco triste, nos da una gran lección en más de un aspecto. Los jóvenes lectores pueden sacar muchas conclusiones.
      Me alegra muchísimo que lo hayas disfrutado.
      Un gran abrazo, querida Isabel.

  4. Desde luego entiendo a los pobres vecinos del oni ¡Si nada más ver la ilustración me he asustado yo! ¡Es buenísima!
    Leyendo el principio me he acordado de nuestra amiga la ballena Elena, que también asustaba a sus vecinos por su tamaño. Así es en realidad, juzgamos lo que la vista nos ofrece, cuando lo mejor y lo peor de la gente es invisible.
    Si tenemos buenos amigos somos muy afortunados ¡Un gran abrazo amiga mía!

  5. Como siempre bien bonita la historia y con un gran mensaje de amistad. ¡¡¡ Qué importante es tener personas capaces de algo parecido en nuestra vida!!!. Bss

  6. Amistad en estado puro y duro, honesta, sincera y con corazón. A veces debemos derramar alguna lágrima por los amig@s a los que quizás, en algún momento les hemos fallado. Precioso cuento, gracias! 🙂

    • Seguro que sí existe, hay amigos por los que se daría la vida 🙂 No obstante, es como los cometas o como los eclipses de sol: solo ocurren cada cierto tiempo y es afortunada la persona que puede ser testigo 😉
      Un abrazo, María. 🙂

    • Es verdad, solemos ser injustos al apreciar o rechazar a una persona por su apariencia. Quizá por eso, en Internet, nos atrevemos a ser más nosotros, sin temor a ser juzgados por nuestro exterior 😉

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