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El viejo marinero

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Ilustración: pesare

Más cerca de allá que de acá, en un pequeño pueblo a orillas de un inmenso mar azul, vivieron hace tiempo dos hermanos a los que les gustaba mucho navegar y pescar. Un día, decidieron visitar al pescador más experimentado de toda la aldea para pedirle que les enseñara el oficio.

Al llegar a la playa, se acercaron hasta el marinero que, sentado en una silla de mimbre frente a su casita, contemplaba en silencio el vaivén de las olas mientras hacía nudos en una gruesa cuerda que sostenía entre sus callosas manos.

—Muy buenos días, señor —saludaron al unísono los dos hermanos.

—Muy buenos días ¿Qué tal estáis? ¿Qué os trae por aquí? —les preguntó sonriente el anciano.

—Estamos muy bien, gracias —respondieron ambos.

—Hemos venido a verlo—continuó el hermano mayor— porque dicen en el pueblo que usted es un gran capitán, el más experimentado de toda la comarca y que su embarcación es la mejor. Como a mi hermano y a mí nos gusta mucho el mar y queremos dedicarnos a la pesca, habíamos pensado que quizá usted pudiera enseñarnos el oficio. Quisiéramos navegar a su lado para aprender a echar las redes y a gobernar la embarcación. ¡Es lo que más deseamos en el mundo! ¡Subir a su barca y surcar las aguas!

—Me parece muy bien, pero poco a poco. Cada cosa a su tiempo —respondió el viejo—. En este momento estoy muy atareado, quizás, en cuanto termine de preparar todas las cosas, pueda llevarme a uno de vosotros conmigo. Pero solo me llevaré a uno: el que yo crea que tiene más deseos de navegar. Entretanto, podéis ayudarme. Aquí tenéis estas cuerdas, mientras esperáis a que yo apareje la barca, terminad vosotros de anudarlas. Las necesitaremos cuando embarquemos.

El marinero enseñó a los dos hermanos cómo debían hacer los nudos y se alejó para disponer la embarcación.

Cuando el anciano ya solo era un puntito sobre la arena, el mayor de los pequeños dejó la cuerda, se levantó de la arena, corrió hacia la orilla y miró hacia el azul horizonte.

—¡Es precioso el mar! —dijo emocionado—. Las olas llegan hasta la playa y mojan la punta de mis dedos. Es como si estuvieran vivas, llenas de espuma blanca. Parece que quieran jugar conmigo, se levantan como para darme un susto, pero luego me acarician con mucha suavidad. ¡Acércate y lo verás!

—Ahora no puedo — contestó el hermano menor —Este nudo está casi listo.

—¿No oyes? ¡Es como si el agua te llamará! ¡Ven a escucharla!

—¡No puedo! Este nudo no me sale.

—Mmmmm, y este olor a sal que te hace cosquillas en la nariz. ¡Te estás perdiendo toda esta belleza! ¡Deja de hacer nudos y acércate!

—Ahora no, ya casi lo tengo…

—¡Ohhhhh! —gritó de nuevo el hermano mayor—, ¡desde aquí veo la barca! Flota sobre el agua. Se mece como si fuera una bailarina. Sube y baja y su perfil se recorta sobre el cielo celeste. En mi vida he visto algo tan precioso. ¡Ven a verlo!

—¡No puedo! —respondió el hermano—. Estoy terminando otro nudo.

—Tengo muchas ganas de navegar. Será maravilloso estar en la barca —afirmó entusiasmado el primer niño—. Yo soy el mayor y estoy seguro de que el marinero me llevará a mí con él ¡Me gusta tanto el mar! ¡Tengo tantas ganas de navegar y pescar! No quiero perder el tiempo aprendiendo a hacer nudos ¡ya sé hacerlos! Tú, en cambio, ni siquiera te has movido de la arena. Ni siquiera has levantado la vista para mirar el agua.

Al poco, regresó el pescador.

—Hola, muchachos —saludó—. La barca ya está preparada. ¿Qué habéis hecho mientras esperabais?

—Yo he contemplado el mar —dijo el mayor de los niños—. ¡Es precioso! Me he mojado los pies con el vaivén de las olas. Después, he admirado cómo la barca se mecía sobre el agua. ¡Tengo tantas ganas de subirme en ella y surcar las aguas! ¿Tardaremos mucho? ¡Ya estoy preparado!

—Yo solo he hecho nudos… —susurró el segundo hermano, bajando los ojos un poco avergonzado.

El marinero los observó a los dos un buen rato en silencio y, al fin, habló.

—Tú vendrás conmigo —dijo el hombre tendiendo su bronceada mano al más pequeño —. Embarcarás junto a mí. Te enseñaré a gobernar la barca y a pescar. Surcaremos las olas y te contaré todos los secretos de este oficio. Desplegaremos las velas y descubriremos nuevos puertos…

—¡Pero eso no es justo! ¡Yo soy el mayor! —gritó el otro—. ¡Yo sé mucho más que él! ¡Tengo más fuerza! ¡Tengo muchas ganas! ¡A mí me gusta más el mar!

—Es posible —respondió el viejo marinero—, pero antes de poder navegar, hay que aprender a hacer bien los nudos.

FIN

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Comments

  1. Sabia sabiduría que me permito traer desde ese lugar que se encuentra cerca de allá, a los lares que están cerca de acá, esperando que entiendan la metafórica metáfora. Un abrazo

  2. Un cuento muy cortito según mis hijos. El del tío conejo tía ballena y tío elefante era más largo. Y el de Mallorca (matrioska) también. Eso es que les ha gustado y sabido a poco. Besitos

      • Y tanto. Hoy les he leído el manzano y la niña, y cuando he dicho que los árboles eran universos me pregunta el niño “papá, este cuento es como el del tío conejo?”, y le he dicho que no, que aquí lo iban a entender todo. Y me ha contestado que no entendía que los árboles eran universo. Quitando eso, todo ha ido bien, ja ja ja ja ja

  3. Nada en tierra firme te prepara para la mar. Ni mil nudos en la mente te harán ser marino.

    Sin embargo, el haber caido embrujado mirando hacia el horizonte quizás no te haga marino, pero te hace hombre -o mujer- de mar.

    ¿Y si el pescador escogió, simplemente, a quien le obedeció?

    Salud y buena proa, Martes de cuento.

  4. Hermoso cuento que nos enseña esas dos partes importantes del ser humano. Los sueños y el trabajo. Y por qué el viejo marinero no se llevó a los dos hermanos al mar…? Por qué tenía que ser uno de los dos? Esa es una clave importante de lo que sucede en nuestra sociedad, en la educación, en el mundo. Claro que si, a él le importaba el que supiera hacer los nudos. Está claro que la poesía se quedó en tierra de nadie. Mi abrazo y felicitación por compartir un Anónimo tan bueno. Te dejo una octavilla, la que me inspiró el cuento…

    Me gustaría saber
    por qué el viejo marinero
    sin completar parecer
    le puso al hermano un pero
    y escogió al otro primero,
    pues nunca ha de ser desgracia
    el vivir en democracia
    y apartar al compañero.

    Julie Sopetrán

    • Creo que el hermano pequeño, en realidad, reunía en él todas las características. Amaba profundamente el mar y su poesía, pero también era consciente que el que algo quiere, algo le cuesta 😉 Esa es al menos mi lectura.
      Gracias, Julie, por darnos tu poesía. Un abrazo de sábado.

  5. Esta claro que de poesía e ilusiones no se vive, como no se vive del aire si no se pisa suelo firme y se aprenden a hacer nudos. Que bonito sería que en uno solo de los hermanos convivieran las dos personalidades.
    Muy bonito cuento.
    Feliz semana y un fuerte abrazo.

    • Si en una misma persona conviven la pasión y el esfuerzo, el resultado lo disfrutamos el resto. Los grandes talentos son capaces de hacer de su afición una profesión y, entonces, nacen los genios 😉
      Feliz semana, querida Isabel.

    • 🙂 Pasión y esfuerzo sumados nos elevan a lo más alto.
      Pero parece que, en la actualidad, prima más la inmediatez: aprenda idiomas sin esfuerzo en quince días, cuerpo sano con gimnasia pasiva, dinero fácil en un concurso…
      Feliz semana y gracias por comentar.

  6. Voy a llevar un poco la contraria. Ya sé que el esfuerzo y el trabajo es muy importante pero es que sin pasión y sin amor… El niño que no hacía nudos le ponía mucho entusiasmo y eso también tiene valor.
    Preciosa la ilustración.

    • Cierto, pero recuerda que al principio del cuento se dice que «dos hermanos a los que les gustaba mucho navegar y pescar», así que podemos suponer que el menor también sentía esa pasión y ese amor pero, además, a eso le sumaba el esfuerzo.
      Sin duda, sin pasión nada vale mucho la pena, pero mucha pasión sin esfuerzo es igual de inútil.
      ¡Un abrazo inmenso, Eva!

  7. Real como la vida misma! Un cuento que refleja la sociedad actual.
    Gracias una vez más por no faltar a nuestra cita de los martes 🙂

    • 😀 😀 😀 😀 Pues sí, querida marguimargui, que ya dicen aquello de que 10% de inspiración y 90% de transpiración. Y los tíos en Alcalá, son como comprar desodorante y esperar a que el triunfo caiga del cielo 😉
      ¡Feliz día!

        • ¡Garantizado! Por desgracia. Seguro que suena apocalíptico y viejuno, pero creo que hemos perdido la «excelencia» y que nos hemos acostumbrado al «todo vale». Compramos sin exigir calidad, estudiamos para aprobar, aceptamos cualquier tropelía humana y con un icono de cara enfada creemos que hacemos algo por remediarlo, estamos más preocupados por tener cobertura.en nuestros móviles que por votar con cabeza… Hay tantas cosas con las que deberíamos practicar los «nudos marineros» que la lista sería interminable ;(

    • 🙂 Muchísimas gracias a ti, Clarisa, por comentar. Estos «abrazos» virtuales nos sirven para saber que no estamos solos, que detrás de la pantalla hay personas como tú que aprecian nuestro trabajo y eso siempre nos anima a seguir adelante.
      ¡Feliz martes de cuento!

  8. Me recuerda un poco a El viejo y el mar. Me costó leer ese libro, pero mereció la pena. El cuento de hoy es mucho más ameno y me encanta el final. El trabajo debe ser recompensado. Un abrazo, Nona.

    • Es verdad lo que dices, Elena. Hay libros que cuesta leer, pero el esfuerzo merece la pena, porque luego los recuerdas durante toda la vida.
      Yo también he tenido huesos duros de roer y también, entre ellos, estuvo El viejo y el mar, que me lei de muy mayor. Pero como siempre defiendo, la lectura carece de espacio y tiempo y llegas a los buenos libros cuando debes hacerlo, cuando sabes disfrutarlos. Si lo coges y es que no, déjalo para otro rato 😉

  9. Todos los aprendizajes son duros, pero necesarios para llegar a aprender. Y así también es la vida, un aprendizaje constante.
    Un cuento muy aleccionador.
    Besazos, Nona.

    • Cada día, cada acontecimiento, cada persona que transita por nuestra vida es una potencial lección y debemos andar siempre con los sentidos alerta para crecer en todos los sentidos. Cada enseñanza nos hace ser un poco mejores, más grandes y completos.
      ¡Un abrazo, querida María!

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