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Archives for marzo 2017

El joven cangrejo

Ilustración: kaozercomics

Un joven cangrejo pensó: «¿Por qué en mi familia todos caminan hacia atrás?, quiero aprender a caminar hacia adelante, como las ranas, y que se me caigan las muelas si no lo consigo».

Comenzó a ejercitarse a escondidas, entre las piedras del arroyo natal, y durante los primeros días se fatigaba mucho. Chocaba por todas partes, se magullaba la coraza y se le trababan las patas. Pero, transcurrido un tiempo, las cosas marcharon mejor, porque todo se puede aprender si se quiere.

Cuando estuvo seguro de poder hacerlo bien, se presentó ante su familia y dijo:

—Venid a ver.

E hizo una magnífica carrera hacia adelante.

—Hijo mío —estalló en llanto la madre—, ¿te ha dado vuelta la cabeza? Vuelve en ti, camina como tu padre y tu madre te han enseñado, camina como tus hermanos que tanto te quieren.

Pero sus hermanos no hacían más que reírse a carcajadas.

El padre lo miró severamente durante un rato y después le dijo:

—Basta ya. Si quieres quedarte con nosotros, camina como los otros cangrejos. Si quieres ser un cabeciduro, el arroyo es grande. Vete y no vuelvas más.

El valiente cangrejito quería mucho a los suyos, pero estaba demasiado seguro de estar en lo cierto para dudar; abrazó a su madre, se despidió del padre y de sus hermanos y se marchó por el mundo.

Su paseo despertó de pronto la sorpresa de un corrillo de ranas que, como buenas comadres, se habían reunido a charlar en torno de una hoja de nenúfar.

—Qué falta de respeto —dijo una rana.

—Vaya, vaya —dijo otra.

Pero el cangrejito prosiguió derecho, como si fuera dueño de la calle. De pronto, se sintió llamado por un viejo cangrejote de expresión melancólica que estaba solo junto a una piedra.

—Buenos días —dijo el joven cangrejo.

El viejo lo observó largamente, y después dijo:

—¿Qué cosa crees que estás haciendo? Yo también, cuando era joven, pensaba enseñar a los cangrejos a caminar hacia adelante. Y fíjate qué he ganado: vivo solo y la gente se cortaría la lengua antes de dirigirme la palabra. Ahora que aún estás a tiempo, fíjate en mí; resígnate a ser como los otros y un día me agradecerás el consejo.

El joven cangrejo no sabía qué responder y se quedó en silencio, pero por dentro pensaba: «Yo tengo razón».

Saludó gentilmente al viejo y reanudó altivamente su camino.

¿Andará lejos el joven cangrejo? ¿Habrá hecho fortuna? ¿Enderezará todas las cosas torcidas de este mundo?

Nosotros no lo sabemos, pero él sigue marchando con el coraje y la decisión del primer día. Solo podemos desearle de todo corazón:

—¡Buen viaje!

FIN

La abuela tejedora

Ilustración: Moonshen

Un día llegó a una pequeña ciudad una abuela muy anciana. Solo llevaba un bastón y un par de agujas de tejer. Recorrió la ciudad y no encontró casa, entonces se sentó en el campo sobre una piedra fría y tejió unas hermosas pantuflas para reposar sus pies cansados.

Pero la abuela no quiso poner sus pantuflas sobre la tierra. Así que se tejió un tapete.

Luego se preguntó dónde lo podría extender. A su alrededor solo había espinas y rastrojo. Y de nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas.

Dos segundos más tarde, había tejido el piso, y de ese problema se olvidó.

Pero ahora, ¿dónde conseguiría una cama o un sillón? De nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas. Tejió una cama, una almohada y un colchón. Tejió una funda, una colcha y una sábana.

Pero ¿cómo podría dormir sin una cortina? Y de nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas. Tejió una pared, una ventana y un mosquitero. Tejió una columna y luego otra y sobre ellas tejió el techo.

Pero, sin té ni tetera, ¿qué haría para desayunar? Entonces se puso a tejer una tetera y un pastel. Tejió tres tazas, pues sola ahí no quería vivir. Suenan, suenan las agujas.

La abuela supo qué quería, se tejió un nieto y una nieta.

Con hilo fino les agregó unas muecas de tristeza, otras de risa y mucha picardía. Afuera tejió césped y flores. Adentro, puertas con manijas. Y los dos nietos salieron a la terraza a brincar sobre hierba de estambre verde.

La abuela seguía tejiendo juguetes, estantes, roperos, mientras afuera dos pícaros traviesos algunas flores destejieron.

Luego el pícaro atrapó a la pícara y le rompió unos hilos del tobillo. Y ella a su hermano le descosió un pedazo de espalda.

La abuela tejedora no se enojó. Remendó el tobillo y el pedazo de espalda reparó.

Con estambre negro tejió un poco de oscuridad, acostó a los niños y los arropó. Y frente a la cama se sentó a tejer dulces sueños de fina trama.

Por la mañana tejió un libro para cada uno de sus nietos y a la escuela los llevó. Pero los maestros dijeron al verlos:

—No aceptamos niños de estambre.

La abuela contestó:

—Son niños lindos y encantadores. Vean lo que saben. Son tejidos, pero no es culpa de ellos.

—¿Niños de hilo y huecos? ¡No en nuestra escuela! ¡Eso no es respetable! —dijeron los maestros.

La abuela era obstinada Así que suenan, suenan las agujas.

Tejió un coche y en él viajaron a exigir una disculpa. El alcalde y sus consejeros escucharon a la abuela y decidieron que en una ciudad decente no podían aceptar niños llenos de agujeros.

—¿Qué clase de alcaldía es ésta? —preguntó la abuela y, de nuevo, se puso a trabajar.

Suenan, suenan las agujas. Tejió un avión, y en él volaron a la capital. Discutieron con el presidente y sus ministros

—¿Niños de hilo y huecos?

Fruncieron la nariz y declararon:

—El alcalde y los maestros no se equivocan, aquí no hay lugar para niños de estambre.

Ya para entonces la pequeña ciudad era famosa. De todas partes venían turistas a conocer la extraña casa y su jardín.

El alcalde y sus consejeros decidieron levantar una cerca para proteger la casa, pues en ninguna otra parte había una así, toda tejida. Pero la cerca no sirvió, pues la abuela tejedora, muy enojada, destejió en secreto por la noche la casa entera: las puertas, las paredes, la cerca, las flores, la tetera.

Ya no suenan las agujas.

Cuando desapareció todo, la abuela destejió a sus nietos también. Tomó su bastón y abandonó el lugar para siempre.

Pero la abuela encontrará otro lugar y tejerá todo nuevamente. Lo primero serán sus nietos, para que vuelvan a reír y a correr. Y si en aquel lugar encontrara gente agradable, que con gusto acepte a sus nietos, la abuela tejedora, sin preocuparse, se sentará a tejer y tejerá, tejerá, tejerá…

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan ¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El pastelero triste

Ilustración: AuToFluXx

Si Ambrosio fuera un pastelero como los demás, elaboraría sus pasteles con azúcar, con almíbar o con sirope de arce. Pero, ¿qué puede hacer alguien que cuando llora endulza pañuelos y mangas de camisa? Pues aprovechar toda su tristeza para endulzar un poco la vida de los demás.

Precisamente por eso, fue que Ambrosio decidió dedicarse al noble arte de la pastelería; porque tenía un don muy especial: sus lágrimas eran dulces.

Ambrosio descubrió que de sus ojos brotaban lágrimas de caramelo el día que murió su abuela Federica, cuando su madre, para tratar de consolarlo porque no dejaba de llorar, decidió hornear sus famosas magdalenas de arándanos y le pidió que la ayudara.

Mientras tamizaba la harina, al pobre, le vino a la cabeza el suave pelo blanco de su abuela Federica y, sin poder contener la pena, derramó sus lágrimas en el centro del volcán de harina.

—Deja de llorar, Ambrosio, o nos saldrán las magdalenas saladas —trató de bromear su madre.

Haciendo un gran esfuerzo, Ambrosio dejó de llorar y se concentró en la receta, pero al cascar los huevos, las brillantes yemas le recordaron los ojos color miel de su querida abuela y volvió a llorar amargamente mientras su madre mezclaba todos los ingredientes, lágrimas incluidas.

—Pero bueno, ¿es que ya has añadido el azúcar? —preguntó a su hijo al probar la mezcla con el dedo.

—No —contestó Ambrosio señalando el recipiente con la medida de azúcar intacta y tratando de contener el llanto entre suspiros.

—Pues no lo entiendo…—observó la madre.

Y atrayéndolo hacia ella para consolarlo, le dio un sonoro beso en la mejilla todavía húmeda. Fue entonces cuando descubrieron lo especiales que eran aquellas lágrimas.

Con el tiempo, Ambrosio, dedicado ya en cuerpo y alma a la profesión de pastelero, se percató de que cuanto más triste estaba, más empalagosas eran sus lágrimas, así que cada vez que cocinaba unos bollos, un bizcocho o unas galletas trataba de entristecerse tanto como podía. Lo tenía todo bien organizado.

Antes de empezar la jornada, en su tienda de dulces del centro de la ciudad, releía las novelas más tristes de su biblioteca particular: huérfanos, desamores y despedidas poblaban los amaneceres de Ambrosio que, con los ojos inundados por la emoción, amasaba panecillos dulces, brioches y cruasanes.

A lo largo de la mañana, mientras decoraba bizcochos y magdalenas, escuchaba en su viejo tocadiscos fados y boleros, las melodías más melancólicas que existen.

A mediodía, miraba una película de las que hacen llorar mucho al tiempo que removía el chocolate caliente, que borboteaba junto a las lágrimas que caían sobre los fogones.

Para los encargos especiales, buscaba una pena más honda; contemplaba las fotografías de la abuela Federica y cocinaba con nostalgia pasteles de cumpleaños, tartas nupciales o repostería para bautizos y comuniones.

Todo funcionaba como un reloj y aunque Ambrosio siempre mantenía su aspecto alicaído, su establecimiento era el más animado de toda la ciudad. Especialmente los domingos, cuando la cola cruzaba de punta a punta la Plaza Mayor. «No hay pasteles como los tuyos Ambrosio», le decían los clientes. «Tienen alma, se nota que los haces con el corazón» añadían.

Eran tantos los parroquianos que se acercaban a comprar los dulces de la pastelería de Ambrosio, que Sofía, una alegre trotamundos que acababa de llegar a la ciudad, creyó que sería el lugar ideal para conseguir unas monedas amenizando con sus trucos malabares la espera de los clientes.

Su espectáculo era digno de ver. Para empezar, lanzaba al aire sus pelotas multicolor… tres, cuatro, cinco, seis… ¡hasta siete pelotas hacía danzar a la vez para regocijo de grandes y pequeños! Y cuando parecía que aquello era todo, con el pie derecho, se calzaba tres aros de brillante acero y los hacía rodar al tiempo que bailaban las pelotas.

Pero la apoteosis llegaba con el número final, cuando encendía tres pequeñas antorchas que intercambiaba de mano con una pericia pasmosa. Los clientes se olvidaban de avanzar y hasta Ambrosio se quedaba totalmente hipnotizado viendo el ardiente espectáculo.

Al terminar, se paseaba con un sombrero de lana multicolor en la mano y raro era el día que no lo llenaba de monedas. De las que ganaba, gastaba algunas en la pastelería de Ambrosio, para comprar una magdalena de arándanos, la especialidad de la casa.

Ambrosio se fue acostumbrando a las visitas de Sofía. Domingo tras domingo, admiraba el espectáculo de fuego y color y, domingo tras domingo, reservaba la más oronda y jugosa de las magdalenas de arándanos, la envolvía con papel de cera y la ataba con un lazo azul. Después, observaba cómo Sofía se la comía, sentada en un banco de la plaza y a él lo invadía una alegría tan incontrolable, que no lograba volver a entristecerse. Ni canciones, ni historias, ni películas surtían ya efecto. Ni siquiera las viejas fotografías de la abuela Federica conseguían hacerlo llorar y llegó el día en el que Ambrosio tuvo que tomar una dura decisión: utilizar azúcar para endulzar sus pasteles.

Desde entonces, las aglomeraciones de los domingos empezaron a disminuir. Algo había cambiado. Incluso sus clientes más fieles empezaron a faltar a la cita del domingo. La plaza se fue quedando vacía y ya eran tan pocos los que acudían a la pastelería, que Sofía, una mañana, no logró reunir suficientes monedas para comprar su magdalena de arándanos. Miró por última vez el escaparate con pena y empacó sus cosas dispuesta a marcharse.

Ambrosio, angustiado, envolvió la magdalena de arándanos y corrió tras Sofía:

—Olvidas tu magdalena…

—No tengo suficiente dinero —contestó ella sin dejar de caminar—. Además, ya no saben igual…

—Ésta sí… —rebatió Ambrosio desenvolviendo el paquete mientras lloraba sobre el esponjoso bizcocho.

Sofía mordió la magdalena y esbozó una sonrisa de satisfacción, pero al ver las lágrimas de caramelo de Ambrosio y comprender lo que ocurría, su alegre semblante se transformó y empezó de nuevo a andar:

—No te vayas —le suplicó el pastelero armándose de valor—. O déjame ir contigo.

—Da igual si me quedo o si vienes conmigo. Si estamos juntos, tus pasteles nunca volverán a saber igual…

Incapaces de resolver el dilema, Ambrosio y Sofía se sentaron en un banco y juntos mordisquearon la magdalena de arándanos, tal vez la última.

En silencio, echaron algunas migas a los pájaros que revoloteaban por la plaza. Una pareja de palomas se peleó por conseguir un bocado. La vencedora alzó el vuelo y dejó caer la miga sobre el nido de polluelos, que con la primavera habían roto ya el cascarón. Al poco, la otra paloma con la que hacia solo unos instantes se había picoteado, llegó con otra miga, que también lanzó sobre el nido.

—Juegan, se pelean… –dijo una viejecita que se había sentado junto a Ambrosio y Sofía sin que ellos se percataran –. A veces están alegres; a veces tristes. A veces son felices y otras tremendamente desgraciados. Comparten las cosas buenas y las malas. Así es la vida. Pero lo importante es que vuelan juntos, tal vez porque se aman… En fin, ya me marcho… Siempre hablo demasiado.

Al levantarse los miró y les dedicó un simpático guiño. Ambrosio se quedó paralizado; aquella mujer tenía unos ojos del color miel que le resultaban terriblemente familiares…

Sofía, mientras veía a la anciana alejarse, supo cómo resolver el dilema:

—Me quedo contigo o ven conmigo. Es lo mismo. Pero juntos.

Y al escuchar sus palabras, Ambrosio, por primera vez, lloró de alegría y sus lágrimas fueron dulces; más dulces que nunca.

FIN

La vasija agrietada

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Ilustración: Enrique Carlos

Al norte de la India, a los pies del Himalaya, la morada de la nieve, vivió en un santuario budista un monje, cuya misión era la de proveer de agua a todo el templo y a los que en él habitaban.

Para ello, transportaba el líquido elemento desde un río cercano hasta el monasterio con la ayuda de dos grandes vasijas de barro, que colgaba de los extremos de un largo palo, el cual cargaba sobre sus hombros.

Recorría sin prisa el camino que separaba el templo del arroyo un par de veces al día, en ocasiones hasta tres, para que nunca le faltara a nadie agua para beber, para lavar o para lavarse.

De las dos vasijas, una era perfecta y transportaba el agua sin derramar ni una sola gota. Siempre se jactaba de lo bien que hacía su trabajo.

La otra, en cambio, tenía una grieta en su cuerpo y cumplía su labor solo a medias. Durante todo el recorrido, desde el río hasta el templo, iba perdiendo agua y llegaba a su destino solo con la mitad de la carga.

Durante dos largos años nada cambió. Todo siguió exactamente igual: el mismo trabajo, la misma vereda, el mismo monje y las mismas vasijas; una perfecta, la otra imperfecta.

La vasija perfecta se sabía perfecta, consideraba que su trabajo era perfecto y estaba muy orgullosa de su perfección.

La vasija agrietada, en cambio, cada vez estaba más y más avergonzada de sus limitaciones. Se sabía imperfecta y sufría mucho, porque estaba convencida de que su imperfección le impedía hacer bien el trabajo para el que había sido creada, el cual solo podía cumplir a medias.

Una tarde, junto al río, mientras el monje estaba llenando los dos recipientes, la tinaja que perdía agua habló:

—Perdóname. Por culpa de mis defectos, tú tienes que trabajar más. Me siento muy avergonzada y quisiera disculparme contigo. Hago mal mi trabajo porque solo llega al templo la mitad de mi carga y por eso debes hacer más viajes. Lo entenderé si quieres cambiarme por una vasija tan perfecta como mi compañera.

El aguador, un hombre bueno y sabio, la miró compasivamente, con una sonrisa en los labios, y le dijo:

—Volvamos ahora al templo. Durante el camino de regreso, olvídate de tu grieta y fíjate solo en las flores que crecen a lo largo del sendero.

La tinaja así lo hizo y vio muchas flores preciosas que crecían en el margen, pero eso no borró la pena que sentía. La belleza de las flores no cambiaba que fuera imperfecta y que en su interior solo quedara la mitad del agua con la que había iniciado el recorrido. Las flores no consiguieron cambiar que ella hiciera solo la mitad de su trabajo.

Al llegar al templo, el monje habló de nuevo con la tinaja agrietada:

—¿Te has dado cuenta de que solo crecen flores en la parte por la que tú vas? Yo siempre he sabido de tu imperfección. Siempre he sabido que tienes una grieta y, por eso, quise sacar partido de ella; quise que fuera útil. Desde hace dos años he ido sembrando semillas a lo largo del camino y tú, sin sospecharlo, las has ido regando a diario y las has hecho florecer. Yo he recogido esas flores para adornar con ellas las estancias del templo. Si tú no fueras tal y como eres, no hubiera sido posible crear y disfrutar de tanta belleza.

FIN