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El hombre necio que vendió su barba

Ilustración: sharandula

Había una vez dos mercaderes que eran amigos. Uno de ellos era listo y el otro era tonto. El mercader listo era tan listo que no tenía ni un pelo de tonto, tanto era así, que era completamente barbilampiño. El otro mercader, en cambio, tenía una larga y poblada barba. Podéis estar bien seguros de que la suya era una barba tan hermosa como pocas veréis.

Un día, estaban los dos sentados charlando y el mercader que no tenía barba le dijo al barbudo:

—Oye, amigo, ¿te gustaría venderme tu barba?

El mercader de la barba pensó que aquel era un negocio inmejorable y contestó:

—Sí, ¿por qué no? Si me la pagas bien, tuya es.

—Te daré lo que me pidas por esa hermosa barba que luce tan bien en tu cara.

—Fija tú el precio. Hace años que te conozco y estoy seguro de que serás justo y no me estafarás —dijo el barbudo.

—De acuerdo. Te daré un buen montón de monedas de oro, pero con una condición: quiero que la barba siga creciendo en tu cara, aunque seré yo quien la cuide. También decidiré cómo debe crecer, cómo se habrá de peinar, qué perfume poner en ella y cuándo cortarla. Todo se hará según mis deseos y tú no tendrás derecho a decir nada. La barba será totalmente mía. Si alguien te dice «¡qué barba tan bonita tienes! », tú deberás responder sin perder ni un segundo, «lo siento, pero esta barba no es mía, es de mi vecino el mercader barbilampiño y tal y cual». Y contarás todo lo que yo hago por ella. Eso es lo que tendrás que decir.

Al barbudo le pareció bien, así que no puso ninguna objeción.

—Perfecto —dijo—. Puedes encargarte de cuidar mi barba… quiero decir, ¡tu barba! Sin duda, a partir de ahora me saldrá mucho más barata.

Como estaban de acuerdo, redactaron un contrato y el mercader barbilampiño le pagó una buena suma al otro.

A partir de ese día, el barbilampiño fue muy exigente con el cuidado de la barba que había comprado en la cara de su vecino y no dejaba de enseñársela a todo el mundo cada vez que le apetecía —lo cual ocurría muchas veces a lo largo del día—. Iba continuamente a retocar la barba que su amigo tenía en la barbilla y no le importaba que el otro tuviera compañía o que estuviese durmiendo. Y, en ocasiones, tampoco era excesivamente delicado con la propia barba y tiraba de ella sin miramientos. Unas veces la cortaba en ángulo recto, otras en zigzag. Un día vertía sobre ella un aceite dulcemente perfumado y al día siguiente la untaba con vete a saber tú qué.

Las quejas del sufrido vecino eran palabras al viento. Sus súplicas y lamentos se estrellaban contra un muro.

—¡Escucha, amigo mío! ¡Escúchame, por favor! ¿Has perdido el juicio? Te estás comportando como un loco. Deja ya de una vez la barba en paz.

— ¡Pues vaya! —gritaba enfadado el mercader que había comprado la barba—. ¡No haces más que quejarte y protestar! ¿Acaso quieres romper el contrato? Si lo haces, tendrás problemas. La ley está de mí parte. Recuerda que has firmado, así que cálmate. Esta barba me pertenece y tengo derecho a hacer con ella lo que me plazca. ¡Está escrito!

Y se ponía a tironear de ella sin compasión. Tiraba y tiraba hasta que el pobre barbudo ponía el grito en el cielo.

Pasaron los días. El mercader que había comprado la barba seguía atormentando y haciendo llorar al mercader que tenía la barba en su barbilla y llegó un día en el que este ya no pudo soportarlo más.

—Amigo mío, quiero que me devuelvas mi barba. Te lo suplico, deja que vuelva a ser mía. Mi vida se está convirtiendo en una auténtica pesadilla; preferiría vivir con el mismísimo diablo antes que seguir sufriéndote a ti.

—No digas tonterías. Yo estoy encantado con mi barba en tu barbilla. Es una barba estupenda, muy poblada y lustrosa. Mira lo fuertes que son las raíces —Y empezó a tirar de ella con fuerza—. Quiero conservarla. Más adelante quizá podamos hablar de lo que se puede hacer.

Así que siguió cuidando de la barba a su gusto y manera, cada vez con más insistencia y asiduidad, y el mercader barbudo ya no sabía qué hacer.

—¡Basta! ¡Quiero comprarte mi barba! —imploró un día desesperado— . Quiero recuperar mi barba, porque me estás volviendo loco. Devuélvemela y te pagaré lo que me pidas.

—¿Cuánto me ofreces?

—Te daré el doble de lo que me pagaste.

—¿Solo el doble por esta estupenda barba tan poblada y lustrosa? Tócala, tócala —decía mientras la palpaba con sus manos—. Lo siento, pero tienes que darme más, hermano.

—¡De acuerdo! ¡Dime cuánto quieres! Te daré lo que me pidas.

—¡Así se habla! Quiero que me des cuatro veces lo que yo pagué por ella. Ese es el precio justo de tu barba… sumado al de tu necedad.

El mercader barbudo pagó lo acordado y acto seguido, sin perder ni un solo instante, se fue al barbero y se afeitó la barba.

FIN

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Comments

  1. Yo llevé barba durante muuuchos años…. después me la afeité…, ¿será que me he vuelto más listo? 😉 Feliz martes amigos 🙂

    • 😀 😀 Seguro que ya lo eras, Toni. Debes saber que solo las personas listas disfrutan con la lectura de los cuentos y tú eres de los lectores más fieles que hay en este rincón.
      Un millón de abrazos.

  2. Me parece que el mercader lampiño era terrible envidioso, y que ideó todo ese plan para lograr que el barbudo se afeitara. Por suerte la barba vuelve a crecer, sólo espero que no la vuelva a vender! Bien tonto es aquel que tropieza con la misma piedra. =P

    • 😀 😀 😀 Desde luego que era un poco envidioso el barbilampiño, pero al barbudo, después de esa experiencia, dudo mucho que le quedaran ganas de volver a dejarse barba, al menos durante un tiempo 😉
      ¡Feliz día!

    • Nuestra amiga común, Chelo, la misma que te ha hecho llegar esos recuerdos, me dijo que andabas por tus sures amados. Espero que hayas descansado mucho y que vengas con nuevas fuerzas e ideas para compartir.
      Un abrazo de los grandes, María 😉

    • 😀 😀 😀 😀 ¿En serio? ¿Tienes una barba blanca larga? Seguro que en Navidad estás pluriempleado entonces. O de Rey Melchor o de San Nicolás puedes encontrar un hueco 😉
      ¡Un abrazo kilométrico!

      • En realidad la tengo de tres colores, por lo menos. Hay mucho de blanco, claro que sí, pero no todo. Me refería, más que nada, al largo; siempre la tuve más bien corta y bien cortada, pero ahora estoy probando el look “no me importa nada” y por ahora seguirá por aquí. 😀

        • El look «no me importa nada», junto al «paso de todo» o el también fantástico «al que no le guste, que no mire», son las tendencias que sigo desde hace tiempo. Me sientan de maravilla, son cómodas y me siento de los más feliz al usarlas 😀 😀 😀 😀

  3. Me ha encantado la historia de los gitanos que hay detrás de este cuento.

    Y sobre el cuento, bien podrían incluirlo en los cursos de marketing… 😀

    • Me alegra que te haya gustado la historia tras el cuento. Disfruté mucho recopilando información y ordenándola. Quedó mucho en el tintero, pero corría el riesgo de convertirse en un ensayo más que en una entrada 😀 😀 😀
      En cuanto a los cuentos, ya sabes que es un honor que te sean útiles y que cuentes con ellos para otra proyectos.
      ¡Un abrazo, ratón!

  4. Me ha gustado mucho este cuento, del que podemos aprender un montón de cosas. Una excelente historia para aprender hasta donde podemos llegar los seres humanos con la compra, la venta, la envidia, la idiotez, la astucia, la estupidez… etc. etc. Muy bien estructurado y una vez más un deleite leer en este espacio. Felicidades. Aquí te dejo mi décima escrita un poco a la ligera pero con mucho cariño.

    En el mundo hay mucho listo
    y también de lo más tonto;
    se los conoce muy pronto
    responden a lo imprevisto,
    a uno y otro me resisto
    con o sin barba me alejo
    no necesito consejo
    del sagaz ni del cobarde
    que ni uno ni otro me aguarden
    los dos, me causan complejo.

    Julie

    • Pues la verdad, Julie, por haberlo escrito «a la ligera» te ha quedado de lujo 😉
      Creo que si intento yo escribir a la ligera. el resultado puede ser para que me tiréis tomates 😀 😀 😀
      En cuanto al cuento, como tú, yo creo que nos cuenta mucho de cómo somos las personas y de hasta dónde podemos llegar en un y otro sentido. Hay veces que somos tontos de remate y otras nos pasamos de listos.
      Un abrazo grande, querida amiga.

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