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La elección del rey

Ilustración: John Bauer

El rey Helamund debía partir lejos e hizo jurar a sus seis ministros que, durante su ausencia, gobernarían el reino lo mejor posible. Les advirtió, además, de que, en caso de fallecer durante su viaje, protegerían a su pequeña hija, todavía un bebé, y que le guardarían el trono para cuando se hiciera mayor.

Pero el rey todavía no tenía decidido a cuál de ellos nombraría primer ministro. Uno le parecía demasiado viejo, el otro demasiado joven, el tercero demasiado impaciente, el cuarto demasiado lento, el quinto demasiado atrevido y el sexto demasiado cobarde.

Una noche, acostado en la cama, pensaba a quién debía elegir cuando vio asomarse, entre los pliegues de las cortinas de la alcoba, una figura:

—¿Quién eres? —preguntó sorprendido.

—Soy la ninfa del castillo. He vivido aquí durante muchos reinados y siempre he intentado ayudar a la persona que reinaba en los momentos difíciles. Ahora lo haré contigo. Apoya la cabeza en la almohada.

A continuación, la ninfa sopló en el rostro del monarca y él se quedó dormido y empezó a soñar.

Soñaba que ya había partido y que estaba lejos, muy lejos de casa. Pero, a pesar de eso, podía ver lo que ocurría en su reino. Podía ver a sus ministros discutiendo. Solamente uno permanecía tranquilo e intentaba calmar la disputa.

Después, el rey los vio bajar a la cámara del tesoro y llenar sus bolsillos con oro. Solamente uno no rozó siquiera los baúles, sino que por el contrario intentaba impedir que los demás robaran.

A continuación, vio cómo uno de los ministros, al frente de una multitud de guerreros, comunicaba la muerte del rey Helamund, se proclamaba a sí mismo monarca, metía en la cárcel al ministro fiel y encerraba a la pequeña princesa en la torre.

Mientras Helamund soñaba esto, se le llenaba la frente de sudor. Anhelaba abalanzarse sobre aquel traidor. En ese momento, despertó agitando salvajemente los brazos a su alrededor, pero se dio cuenta de que la ninfa estaba todavía a su lado y se calmó, porque comprendió que nada de aquello había sucedido en realidad. Pero al mismo tiempo se asustó. Quizás el sueño era un aviso de lo que podía suceder.

La ninfa afirmó con la cabeza, como si hubiera leído sus pensamientos, y dijo:

—Ya ves el poco valor que tienen a veces promesas y juramentos.

—Si por lo menos supiera quién era el ministro fiel. Pero no pude distinguir su cara. —Se lamentó el rey.

—Tampoco yo lo sé —dijo la ninfa del palacio—. Pero si quieres conocer mejor a tus consejeros, te puedo ayudar. Invítalos mañana a pasear en tu barca por el río, pero tú no vayas. Tú y yo nos encontraremos en el embarcadero que hay en el bosque.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al día siguiente. el rey siguió el consejo de la ninfa e invitó a sus consejeros a pasear en su barca por el río y él cabalgó solo hasta el embarcadero, donde ya lo esperaba la ninfa del palacio.

La ninfa contempló a Helamund con sus ojos profundos y recitó:

Rey como tú no hubo jamás,

pero con mi magia mendigo serás.

El rey sintió entonces que se transformaba. Su cuerpo perdió esbeltez; sus ricos ropajes quedaron convertidos en harapos, su pelo y su barba se enmarañaron y su mano, en lugar de la espada, empuñó un hacha.

—¿Qué me has hecho? —exclamó Helamund asustado.

—No te asustes —dijo la ninfa—, pronto recuperarás tu aspecto normal.

Y recitó de nuevo:

Casucha pobre y pequeña

emerge de la tierra.

Y del suelo salió una cabaña de madera con el tejado cubierto de musgo.

—Ahora escucha —dijo la ninfa—: tú eres un pobre leñador y esta es tu casa. Dentro de un rato, salvarás a tus consejeros y, a cambio, tendrás ocasión de pedirles algo. Pídeles que te honren con su presencia en la fiesta que darás dentro de tres días a la puesta del sol.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al poco, Helamund oyó gritos. Un remolino de viento agitaba tan fuerte la embarcación real, que parecía que el río se la iba a tragar junto a todos los pasajeros.

Sin pensarlo, el rey se lanzó al agua, nadó hasta la barca, que ya estaba medio hundida, se encaramó a ella y, remando, la llevó, hasta la orilla.

Con el miedo reflejándose aún en sus caras, los consejeros dieron las gracias a su salvador e insistieron en recompensarlo por su valentía.

—Dinos qué quieres. Sea lo que sea cumpliremos tu deseo.

Helamund recordó las palabras de la ninfa del castillo.

—Aunque soy un hombre pobre e insignificante, dentro de tres días, a la puesta del sol, celebraré una fiesta para algunos amigos y vecinos aquí, en mi humilde casa, y desearía contar con vuestra presencia.

Los consejeros se rieron.

—¿Puedes pedir lo que sea y solo deseas que asistamos a tu fiesta? —preguntaron.

—Sí, eso es todo —contestó Helamund.

Los consejeros seguían riendo, pero cada uno de ellos le dio la mano y prometió cumplir el compromiso.

Los seis se alejaron. El rey recuperó su aspecto y regresó a palacio.

Durante los dos días siguientes nada pasó, pero a la noche del segundo día, la ninfa de palacio volvió a visitar al rey:

—Rey Helamund, mañana darás una gran fiesta a la que invitarás a la corte entera, incluidos tus seis consejeros.

—Pero ellos se han comprometido con el leñador —-dijo el rey.

—Precisamente por eso —respondió la ninfa antes de volver a desaparecer.

Helamund se quedó pensativo, pero, poco a poco, comprendió qué debía hacer.

A la mañana siguiente, envió las invitaciones para la fiesta, que empezaría a la puesta del sol.

Puntualmente, a esa hora, la sala del palacio estaba abarrotada.

El rey entró y miró a su alrededor buscando a sus consejeros. Y, efectivamente, allí estaban todos saludándolo sumisamente. No habían hecho caso a la invitación del leñador. Pero al contarlos, se dio cuenta de que faltaba uno.

—No veo a Ismaril.

—Majestad, Ismaril ha mandado un mensaje diciendo que no podrá asistir a la fiesta porque se había comprometido anteriormente con otra persona —contestó el gran chambelán.

El rey se estiró y frunció las cejas, como si se hubiera puesto furioso.

—¿Alguien puede decirme quién es esa persona tan sumamente importante para que él prefiera honrarla con su presencia en vez de estar con su rey? —preguntó.

Los cinco consejeros se miraron entre sí, dudando de cómo debían contestar. Sin embargo, como en secreto tenían celos de Ismaril, no podían desaprovechar la ocasión de echar leña al fuego. Se acercaron al rey, hicieron una reverencia todos a la vez, y le contaron lo que les había sucedido y la estúpida promesa que habían hecho al leñador.

Entonces el rey llamó a un par de soldados y les ordenó:

—iBuscad al consejero Ismaril y traedlo aquí inmediatamente!

Los soldados se marcharon y la fiesta comenzó.

No hacía ni una hora de su marcha, cuando regresaron con el consejero, al que habían encontrado errando por el bosque buscando en vano la casita.

Ismaril, con la cabeza alta y sin demostrar temor, cruzó la sala hasta la presencia del rey, que permanecía sentado con la barbilla apoyada en la mano mirándolo detenidamente.

— iAsí que —dijo el rey— desprecias mi fiesta por ir a la de un leñador!

Ismaril lo miró fijamente a los ojos.

—Lo había prometido —dijo.

El rey se quedó callado un instante.

—¿Das más mérito a la invitación de un simple leñador que a una convocatoria mía? —continuó.

—Lo había prometido —insistió el consejero.

El rey levantó la cabeza.

—Quieres decir con esto que una promesa contraída con el más humilde de mis súbditos es más importante para ti que tener mi favor y gracia.

Ismaril también levantó la cabeza.

—Sí, señor —dijo.

Entonces, el rey se puso de pie y preguntó en voz alta a los invitados:

—¿Qué castigo opináis que merece?

Pero los cortesanos solamente murmuraron, susurraron y bajaron la vista.

—¿No contestáis? Entonces yo le daré el castigo que en mi opinión se merece —dijo el rey.

Helamund bajó del trono, se acercó a Ismaril y le dio un gran abrazo. A continuación, puso a la princesa en brazos de su consejero.

—Ismaril, en este acto te nombro primer ministro, porque en ti he hallado a alguien que prefiere cumplir una promesa dada antes que obtener gracia y honores. Sé que puedo confiar en ti. Dejo en tus manos mi reino, mi vida y a mi hija, lo más preciado que poseo.

FIN

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Comments

  1. Es un cuento que da pie a diferentes lecturas, me he fijado en una de ellas, el cumplir lo prometido, en la palabra dada, en ese compromiso de Ismaril, fiel a su palabra. Me ha encantado. Y es ese comportamiento del que tanto tenemos que aprender todos y todavía más los políticos. Te felicito una vez más por tan delicioso cuento. Recibe mi abrazo y mi cariño. Te dejo una décima.

    El ser fiel a una promesa
    es cumplir con lo debido,
    que lo que se ha prometido
    con la palabra se expresa.
    Y si cumplir te interesa
    y eres fiel al compromiso
    no necesitas permiso
    de nadie, porque eres libre
    y tu verbo es el calibre
    que da rango a lo preciso.

    Julie Sopetrán

    • Tienes razón, Julie. Creo que antes la palabra comprometía y, de hecho, era una de las cosas más importantes que tenía una persona.
      Aún ahora la palabra condena, salva, casa, divorcia, mata… pero la del hombre de a pie, la que se usa día a día es ya moneda sin valor.
      Gracias por tus siempre tan esperados versos, amiga.
      ¡Feliz jueves!

    • 😀 Bueno, no sé yo si, en su caso, los «reyes» que tiene cerca lo querían a él. Me parece a mí que preferían a otra de las consejeras que, por cierto, se tomó fatal la derrota 😉

  2. Hola,

    Me he tropezado con tu Blog, y me ha encantado el cuento!. Soy partidaria que la magia nunca debemos perderla, tengamos la edad que tengamos, y además con moraleja educativa, Bravo! 😉

    Saludos y Feliz Semana!

    • Pues me alegro mucho de tu «tropiezo», Natali. Bienvenida a la Isla Imaginada, un lugar en el que el tiempo corre de otro modo y en el que todo es posible.
      Espero verte por aquí los martes 😉
      Un abrazo y feliz semana.

  3. Sí, es difícil ser valiente y coherente.
    El cuento me ha gustado mucho salvo por un detalle, el de entregar a la hija. Pobres hijas que siempre las estaban entregando. Ya sé que es un cuento, no me regañes.
    Besos

    • 😀 😀 😀 😀 Me río porque ese fue uno de los detalles que modifiqué. En el cuento original era un hijo y pensé: «¡Qué narices!, para variar, que herede el trono una hija» 😀 😀 😀
      Si es que todo depende del lector y hay miles de lecturas y nunca llueve a gusto de todos. Ya lo refleja bien el cuento de «El padre, el hijo y el burro».
      Feliz día, querida Eva. Un beso inmenso 😉

      • Ah, vaya. Pues entonces me callo. Es que más que heredar el trono parece que la están regalando. Igual he tergiversado la lectura, suele pasar.
        Otro beso

        • Pobrecita, es que es un bebé. La idea es que la cuide, la eduque y la defienda, tal y como lo haría su padre verdadero ausente, hasta que ella pueda gobernar y ser autónoma.
          En toda lectura ponemos mucho de nosotros e interpretamos según nuestras ideas y experiencias. Es por eso que, según mi punto de vista, toda interpretación, si es argumentada con lógica, es muy respetable y ninguna crítica o reseña nos dirá lo que sabremos al leer el libro nosotros mismos 😉
          ¡Gracias por darme tu punto de vista! Me servirá para afinar más la próxima vez y mejorar la redacción.
          ¡Un abrazo!

    • Cierto, Qamar. Aunque ser capaz de ser consecuente con lo que piensas, contra viento y marea, es muy difícil. Más cuando tienes que luchar solo por defender lo que crees. Hay pocas personas dispuestas a ello.
      Un abrazo 🙂

  4. Decididamente, yo quiero una ninfa!!!!!!!!!!! 🙂 Me ha encantado! Muchas gracias una vez más por alegrarme el martes 🙂

    • 🙂 Sí, los cuentos (la literatura en general) deberían ser, además de goce y entretenimiento, la base para construir un pensamiento crítico.
      No recordaba esa versión del cuento que hizo el gran Borges. ¡Gracias por el link! Hoy he tenido cuento doble 😀 😀 😀
      ¡Un gran abrazo!

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