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El califa, el pastor y la felicidad

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Ilustración: Bahloul

Un frío día de invierno, el califa de Córdoba salió de caza con su séquito. Quiso la mala fortuna, que un golpe huracanado de viento asustara su caballo, que desbocado echó a correr sin control. Tan veloz huía el despavorido animal, que no tardaron en perderlos de vista aquellos que los seguían.

De repente, el califa vio que ante ellos se abría un profundo barranco y comprendió que su montura se despeñaría sin remedio con él encima. Ya rezaba las últimas oraciones, cuando un humilde cabrero que había llevado a pastar sus cabras junto al precipicio, les salió al paso y consiguió dominar al brioso corcel justo al borde de la sima.

El califa, más que agradecido al ver que el pastor había arriesgado su vida por salvar la suya, quiso recompensarlo y le ofreció la felicidad como galardón por su buena acción. Juró a su salvador, por su barba, que le daría todo cuanto le pidiese y lo emplazó a acudir a su palacio al día siguiente.

No faltó el cabrero a su cita y, muy de mañana, se dirigió a la corte del califa, que había dado órdenes de que lo condujeran a su presencia en cuanto llegara.

Ben Adab, que así se llamaba aquel pastor dueño de cincuenta cabras, fue conducido sin demora hasta el monarca, que ya lo esperaba.

—Buen hombre —dijo el soberano—, dime qué necesitas para ser feliz. Cumpliré la promesa que te hice por mi barba y tu deseo será satisfecho al instante.

—Sería feliz si tuviera un rebaño de cien cabras. Ahora tengo cincuenta, pero si me das cincuenta más, mi dicha será completa.

—Veo que precisas bien poco para ser feliz —respondió sonriendo el califa—, así que te concedo las cincuenta cabras que me pides y, además, te regalo una pequeña casa y prados propios en los que paste tu ganado.

Loco de felicidad, y agradecido porque el califa le había dado mucho más de lo que él le había pedido, se marchó y se instaló en su nuevo hogar y, poco a poco, fue relacionándose con sus nuevos vecinos.

Un día, lo visitó un propietario muy rico, que le contó que tenía una mansión, doscientas cabras y unos prados muy grandes, donde los animales se alimentaban.

Aquella noche, el pastor no pudo dormir. No hacía más que pensar en las doscientas cabras y se decía a sí mismo: «¡Qué tonto fui! Debí pedirle al califa doscientas cabras y ahora sería tan importante como mi vecino». Así estuvo, piensa que te piensa, hasta quedarse dormido de puro agotamiento.

A la mañana siguiente, el pastor decidió ir a la corte y pidió audiencia. El califa lo recibió enseguida.

Contó cabizbajo y avergonzado sus pensamientos de la noche al soberano. Este, después de escucharlo con atención, no pudo más que reír ante lo que le solicitaba. Le recordó que le había prometido, por su barba, darle cuanto le pidiese y que, por tanto, le entregaría otras cien cabras y así tendría doscientas, las mismas que su vecino.

El feliz pastor puso rumbo a su casa, pero a medida que se acercaba a ella, pensaba: «O sea, que si en lugar de doscientas cabras le hubiera pedido trescientas, o quinientas, o tal vez mil, también me las habría concedido. ¡Pero mira que soy tarugo! Podría tener más cabras que mi vecino y me he conformado solo con doscientas».

Estuvo unos cuantos días rumiando y dando vueltas a la cuestión y, por fin, se animó a regresar al palacio para contarle al califa que tampoco ahora era feliz y que quería más cabras y unos prados más extensos para alimentarlas.

El monarca, que había jurado por su barba que le concedería todo lo que pidiera, hizo realidad sus deseos y el hombre volvió a casa pletórico:

—¡Esto sí que es la felicidad!

Pero no le duró mucho su contento, porque todo lo que poseía pronto le pareció poco al pastor y empezó a pensar y a pensar cómo conseguir la felicidad y decidió que sería feliz si dejaba de vivir en el campo y se instalaba en la corte.

Con la ayuda del califa, se mudó a un nuevo hogar en la capital, pero con el correr de los días y a fuerza de pedir, lo que empezó siendo una casa, acabó convirtiéndose en un palacete; las mulas de su establo se trocaron en briosos caballos andaluces de pura raza; y las charlas con sus vecinos se transformaron en festejos y galas en los que nunca se terminaba ni la comida ni la bebida.

Al califa cada vez le hacían menos gracia los constantes caprichos del pastor, pero como le había jurado por su barba que le daría lo que fuera con tal de conseguir su felicidad, siguió otorgándole al insaciable cabrero todo cuanto pedía.

Sin embargo, el ambicioso Ben Adab nunca tenía bastante y llegó un día, en el que se dirigió al palacio a pedir un nuevo deseo al califa.

—Mi Señor —le dijo—, tú juraste por tu barba darme todo cuanto te pidiese para hacerme feliz.

—Cierto es —respondió el califa—, y si hasta ahora no has logrado ser feliz, no puedes decir que haya sido por mi culpa.

—Es verdad, todo me lo has concedido  —dijo Ben Adab—. Por eso, ahora, te pido ser califa y ocupar tu lugar. Solo así seré feliz.

Al oír aquello, el califa ordenó llamar al barbero real y allí mismo se hizo afeitar la barba. Después, dirigiéndose al pastor le dijo:

—Como ya no tengo barba, ya no tengo que cumplir nada de lo que juré por ella, así que tú tampoco tienes por qué dejar de ser lo que eras.

Dicho esto, mandó a sus sirvientes que despojaran al ambicioso pastor de todos los bienes que le había concedido y que lo devolvieran al lugar donde lo había encontrado por primera vez. Y allí sigue, con sus cincuenta cabras al borde del barranco, tal y como estaba aquel día que el califa juró por su barba.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El califa, el pastor y la felicidad».

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Comments

    • Ya dices bien, Jerby, deberíamos saberlo, porque parece que no hay forma de que entendamos que las posesiones nos ofrecen comodidad, rapidez, estatus y sí, cierto, felicidad, pero momentánea y efímera. La verdadera felicidad es un estado, no una posesión.

  1. A veces es mejor ignorar lo que tiene tu vecino para no caer en el pecado de la envidia. Ya se sabe, ojos que no ven, corazón que no desea lo ajeno. La búsqueda de la felicidad del pastor fue una experiencia nada feliz. A sí que vamos a disfrutar de lo que tenemos hoy que es un martes de cuento más. Un abrazo!!!

  2. Aunque conocido el cuento
    resulta siempre novedoso
    pues nadie se cree envidioso
    aunque le devore la tiña.
    Gracias querida Nona
    por recordarnos a todos
    que la envidia es cosa mala
    y más, si se junta con la presunción
    la ambición y la tontería.

    Mi abrazo de verano
    en vuelo de gaviota,
    atravesará mares
    y llegará, siempre,
    bien lo sabes,
    a tu querida Isla Imaginada.

    ¡Feliz verano!

    • 😀 😀 😀 ¡Me encanta tu comentario! Y no es solo por estar escrito en verso, sino porque denota una lectura atenta del cuento y porque con él va mezclado un cariño que percibo y llega hasta mí entre las letras.
      Gracias, Isabel, por animarme a seguir adelante.
      Un abrazo grande como ese mar que contemplas desde tu retiro estival.

  3. Está claro que la avarícia y la envidia, no són buenas. Cuanto más tenemos más queremos, al califa solo le costó la barba.

    • Nunca nos contentamos con nada de lo que poseemos.
      Si tuviéramos tantas ansias de poseer sabiduría como de poseer cosas materiales, el mundo estaría gobernado por sabios.
      ¡Un abrazo, querida Magda! Me encanta leerte por aquí.

  4. Ejemplar cuento de lo que significa ser feliz, y de lo que la envidia y la ambición son capaces de destruir. Me ha encantado el cuento, Nona. Es una buena adaptación y ha sido un placer degustarlo. Te dejo mi pequeña reflexión en esta décima. Un fuerte abrazo y mi cariño siempre.

    El afán de poseer
    la riqueza del vecino,
    es un mal tan viperino
    que no nos deja crecer.
    En el vil retroceder
    de la envidia permitida
    se nos queda suspendida
    la idea de ser feliz…
    La ambición, es el desliz
    que nos destroza la vida.

    Julie Sopetrán

    • ¡Qué bien lo has expresado! Esa envidia que aplasta e impide crecer e incluso nos empequeñece con su terrible peso.
      Sin mirar tanto alrededor para comparar, tendríamos más tiempo para mejorar nosotros.
      El mismo pastor del cuento hubiera podido aumentar por su propio esfuerzo el rebaño y, seguramente, hubiera apreciado mucho más lo que tenía. A lo que nos dan hecho no solemos darle importancia, al contrario, siempre nos parece poco. ¡Humanos!
      Un abrazo, querida Julie.

  5. La ambición desmesurada, que no conduce a nada bueno. Y el pensar que por tener más y más vamos a ser felices. Como si la felicidad se dejara atrapar así como a así, pues no es esquiva ni nada…
    Un beso, Nona.
    (Me parece que media blogosfera está de vacaciones, si te vas pronto, que disfrutes mucho!)

    • Más de media, diría yo, Paloma. Creo que quedamos tres y medio, pero mientras haya martes, habrá cuento, sea el mes que sea 😀 😀 😀
      Este año yo me quedo sin vacaciones. Estoy poniendo en marcha algunas cosas y tengo mucho trabajo. Novedades que verán la luz en septiembre relacionadas con las letras y que espero que salgan adelante. Ya os informaré de todo 😉
      Un beso.

      • Por un lado me alegro, si es para que emprendas, como la Esme pero con éxito, nuevos e interesantes proyectos. Yo tampoco tengo vacaciones propiamente dichas, solo cambio de escenario en breve pero voy a seguir haciendo lo mismo. Escribiré pero menos, da un poco de pena cuando no te lee apenas nadie.
        Ya hablaremos de emprendimientos varios y de más cosas.
        Un beso. Espero seguir leyéndote todos los Martes. Y comentando.

        • ¡¡Te leo yo!! 😀 😀 😀 😀 Pero haré un esfuerzo y te daré unos días de vacaciones blogueras si eso ha de servir para que des un empujón a tu novela.
          En una de mis actividades futuras, hay una editorial naciente por medio y algún día sería un honor para mí presentarte a la persona que decide las publicaciones 😉

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