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Dulce & Cabaña

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Ilustración: Luciano Lozano

A Dulce no le iba aquello de pasearse en cueros por los prados. Y eso no hubiera supuesto un problema si Dulce no hubiera sido la heredera de una larga estirpe de vacas lecheras. De las de más arraigo y tradición de la comarca. Leche con denominación de origen de «Ganaderías Cabaña».

 A Carlos Cabaña tampoco le iba lo de ordeñar y limpiar establos. Pero era lo que hacía su padre, como había hecho antes el padre de su padre, y todavía antes, el padre del padre de su padre, durante generaciones. Vivir rodeados de vacas, cuidarlas, ordeñarlas y vender su cremosa leche.

Siendo todavía una ternera, al poco de ser destetada, fue cuando a Dulce se le despertó aquel extraño pudor a abandonar el establo sin más vestido que su propia piel. Su madre, doña Anabella, la empujaba exasperada con el hocico para obligarla a pastar por los prados.

 —Es hora de rumiar, holgazana —la regañaba enfadada.

—¿No puedo quedarme aquí? Comeré paja —suplicaba Dulce pegada a las paredes del cercado.

—¡No! —Era siempre la última palabra de su madre.

Don Mariano, el padre de Carlos, también acostumbraba a valerse de aquel «¡No!» innegociable. Especialmente cuando, antes de su viaje semanal a la ciudad, su hijo le pedía colores y cuadernos de dibujo. De inmediato, señalaba intransigente los bebederos e «invitaba» a Carlos a dejarlos bien limpios.

—Hay cosas más importantes que hacer en la granja que andar garabateando papeluchos —zanjaba don Mariano.

Por fortuna, Silvana, la madre de Carlos, que adoraba los esbozos de su pequeño artista, se encargaba de abastecerlo a escondidas de acuarelas, plumillas, láminas y ceras. Y por la noche, cuando don Mariano roncaba en el sofá con el mando a distancia del televisor a punto de caerse de su callosa mano, madre e hijo disfrutaban de las ilustraciones de Carlos, que demostraba un don natural para el dibujo.

Por supuesto, a falta de otros modelos, Carlos se dedicaba a pintar vacas. Y Dulce, sin lugar a duda, era su favorita. Sus grandes ojos negros de mirada apocada lo tenían cautivado. Pero todavía lo impresionaban más las maniobras de la ternera para cubrirse el cuerpo con flores y briznas de hierba fresca. Una curiosa destreza que la mayoría tomaba por las excentricidades de una vaca con la manía de revolcarse por el prado. Pero a Carlos, que se dedicaba a perseguirla con su cuaderno de esbozos siempre que podía, no le había pasado inadvertido que las estratégicas ubicaciones de flores, hojas y hierbajos sobre las orondas carnes de Dulce no eran fruto de la casualidad.

Con cada retrato, Carlos se iba haciendo más consciente de la necesidad de Dulce de adornar su cuerpo, captando en sus dibujos los originales diseños que la joven vaca improvisaba a base de fibras naturales. Girasoles a modo de pamela, collares a base de jazmines y azaleas, hojas de parra ingeniosamente enlazadas sobre su lomo…

Pero lo que empezó como una necesidad de dar cobijo a su instintiva vergüenza a la desnudez, se convirtió en un desafío cada vez mayor al sentirse observada por Carlos. Y así, los vestidos de Dulce se fueron perfeccionando. La vaca arrancaba a escondidas hojas de higuera o de nogal, según combinaran con las flores de temporada. Y ya no se conformaba con trenzar la sucia paja que esparcían por el suelo del establo, buscaba en las balas secadas al sol las briznas más elegantes para lograr tejidos de cálidos degradados.

Carlos no solo testimoniaba con sus dibujos los diseños de la vaca, a la que empezaba a considerar su musa, sino que se convirtió en su cómplice y colaborador. Cada noche, escondía en el corral de Dulce pedazos de tela viejos que había encontrado en un antiguo cofre del desván de la granja. Rasgaba los vestidos que habían pertenecido, probablemente, a su abuela e incluso a su bisabuela y se los cedía a su amiga bovina esperando nuevos y sorprendentes diseños que dibujar. Sedas, miriñaques y canesúes que olían a rancio y que Dulce lograba confundir entre flores y vegetales con tanta gracia, que parecían cosidos por expertos modistos.

Carlos retrataba con fruición cada una de las creaciones de Dulce y se obsesionó en la búsqueda de más telas que combinar. Cuando se acabaron los vestidos viejos, buscó mantelerías y cortinas, que también se acumulaban en el desván. Y juntos, fueron diseñando una auténtica colección de vestidos talla XXXXL.

Para no levantar sospechas, los pases de la modista y modelo se hacían de madrugada, cuando el resto de la granja dormía, pues ya a nadie le hubiera pasado por alto que la vaca tejía y que alguien le suministraba material para sus vestidos.

Por no decir que doña Anabella se hubiera negado taxativamente a que su hija se paseara por el prado vestida con ropas propias de humanos. De modo, que la única testigo de la colección de alta costura para vacas que habían ido creando mano a mano los dos amigos, era Silvana, la madre de Carlos, aunque ella atribuía los modelos a la inagotable imaginación de su hijo.

—¿De dónde sacas tanto arte, hijo mío? Si aquí vivimos entre heno… ¡Mira este diseño! Me lo compraría al instante. Tu padre no puede seguir ignorando tu potencial… Tu vida no está en la granja. Mañana mismo le digo que debes acudir a una escuela de diseño o a la universidad de Bellas Artes. ¡Qué se yo!

Carlos, asustado, no supo qué decir. Le encantaba la idea de abandonar la granja. Acudir a una escuela de arte y diseño había sido siempre su sueño. Pero por bellos que fueran sus dibujos, sabía que todo el mérito era de Dulce. Aunque, ¿quién lo iba a creer? Aquella noche, Carlos le contó a su amiga lo ocurrido con la esperanza de encontrar juntos una solución.

—Si mi madre se entera, la mato del disgusto  —aseguró Dulce angustiada—.  Para ella, a lo máximo que puede aspirar una vaca es a producir leche para nata o mantequilla.

—¡Pero eres una gran artista, Dulce! El mundo lo tiene que saber —suplicaba Carlos—. Has creado una colección digna de pasarela.

—No lo hubiera logrado sin ti, Carlos, ya lo sabes

Los dos amigos se quedaron toda la noche discutiendo y descartando opciones. Los pillaron el amanecer y don Mariano dormidos sobre las decenas de lienzos en el corral de Dulce.

—¿Qué significa esto? —gritó don Mariano arrugando entre sus manos dos o tres dibujos de Dulce vestida con sus mejores galas—.  Además de holgazán, ¿te has vuelto loco? ¿Una vaca vestida? ¡¿A quién se le ocurre?! Y tu madre quiere enviarte a una escuela en la ciudad. ¡Jamás!, serías el hazmerreír de esta familia. Y eso es algo que no voy a consentir.

—No lo regañe, don Mariano, todo fue idea mía, yo tejí esos vestidos —Quiso disculparlo Dulce, pensando que así don Mariano permitiría a Carlos asistir a la Universidad que tanto deseaba.

Mas el remedio fue peor que la enfermedad, pues el ganadero se giró embravecido hacia la ternera y profiriendo improperios, la ató por el cuello y se la llevó a rastras, directa al matadero, para sacrificarla a mediodía. ¡Nada había peor para un Cabaña que criar en sus establos a una vaca loca!

Carlos, desesperado, acudió a su madre y se lo contó todo. Le contó cómo, noche tras noche, él y Dulce habían ido tejiendo no solo toda una colección de moda, sino una sincera amistad y le suplicó que intercediera por la vaca.

Silvana quedó maravillada de que una ternera hubiera creado tantos y tan bellos vestidos, pero también sabía que su marido no pondría en peligro la credibilidad de «Ganaderías Cabaña» por algo tan atípico y tan poco sujeto a las normas como una vaca diseñadora. Así que solo halló una solución. Echando mano de toda su sutileza, pues don Mariano estaba muy, pero que muy enfadado, trató de ganar algo de tiempo para Dulce. Fingió estar enferma y le pidió a su marido que la acompañara con urgencia a la ciudad para que la visitara un médico. Antes de irse, entregó a Carlos las llaves de uno de los camiones de transporte de la granja y abrazándolo estrechamente le susurró al oído a su hijo:

 —El camión está lleno de gasolina y en la guantera encontrarás todos mis ahorros. Vete con Dulce tan lejos como puedas. Milán y París os esperan. Incluso Nueva York, si sois capaces de volar.

 Al cabo de unos meses, Silvana, hojeando una revista de moda en la peluquería, no daba crédito a lo que veían sus ojos. El especial de moda de otoño lo ilustraba una foto a doble página de Dulce luciendo una elegante gabardina amarilla. El titular rezaba: «Los diseños de Dulce & Cabaña: el muuuuuuust have de este noviembre».

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Ilustración: Luciano Lozano

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Dulce & Cabaña» con la voz de Angie Bello Albelda

Reader Interactions

Comments

  1. Me encanta!!! Precioso cuento y bellísimas ilustraciones.
    Muchas gracias por compartir con nosotros estos hallazgos. Besos, Martes de cuento!!!

  2. ¡Genial! Una vaca diseñadora de moda es genial. Y a mi que me gusta dar vida “humanizada” a los animalitos he disfrutado mucho con este cuento. Aunque he de decir que el final no fue una sorpresa. Desde el principio el nombre de Dulce y Cabaña me dio la pista. Saludos cuenteros!!!!

    • 🙂 Es un cuento precioso que cuando leímos nos enamoró. Leer o no leer, en ocasiones, depende de la calidad de lo leído, por eso intentamos siempre compartir con vosotros buenas letras.
      Gracias por comentar 😉

  3. De los muchos cuentos que he leído en este sitio, éste es mi preferido. Encantador, divertido, tierno y, como corresponde a todo buen cuento infantil, con una moraleja o enseñanza implícita. Estupendo trabajo.

    Un abrazo.

    • 😉 Nos gusta leer tu opinión, porque esta historia nos encanta.
      Además, al describir el cuento, has descrito, a la vez, a su autora: Noemí, de la que nos confesamos fervientes admiradores.
      Con este cuento, Noemí reemprende su labor como escritora, que nunca ha abandonado pero que dejó un poco de lado por sus actividades docentes. Le deseamos que en esta nueva etapa tenga muchos éxitos que, sin duda, compartiremos con todos vosotros.
      ¡Un abrazo!

  4. Gracias a todos por vuestros comentarios.. ahora que empieza para mi una nueva etapa que espero sea muy productiva en cuentos e historias me anima ver que mis textos os gustan. Y Gracias Martes de Cuento por darme la oportunidad de compartirlos. Besos a todos!

  5. Un cuento delicioso, mi aplauso para Noemí que me ha cautivado con Dulce.
    Me encanta. Aquí te dejo mi pequeña décima.

    Todo artista tiene musa
    y toda musa su artista,
    el secreto está en la vista
    donde surge ciencia infusa…
    Dulce, su belleza acusa
    y Carlos, gran dibujante,
    hacen diseño al instante
    ni modo, en moda destaca
    y aunque Dulce sea vaca
    no quita el ser elegante.

    Julie Sopetrán

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