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El rey burlón

Ilustración: Gwen Burns

No sabemos cuándo ni dónde, vivió un rey cuya mayor diversión consistía en burlarse de la gente. Sobre todo, le gustaba martirizar con sus estúpidas bromas a los que no podían defenderse, a los más débiles, a los más pobres o a los más simples.

Cierto día en el que se paseaba con su séquito por las calles de la ciudad, vio en medio de la plaza mayor un enorme gentío congregado y se acercó. A medida que la gente lo reconocía, le abría paso, de manera que pronto estuvo en primera fila.

Desde su privilegiada posición, vio a una mujer más anciana que el reloj de sol que presidía la plaza, que no paraba de besar a su burrito, caído cuan largo era en medio de un gran charco de barro.

Oír los lastimoso rebuznos del pobre animalito rompía el corazón de cualquiera:

—¡I-aah!, ¡i-aah!, ¡i-aah!

La viejecita, con los ojos llenos de lágrimas, le hablaba con dulzura:

—Pobre burrito mío, ¿qué te ocurre? Estás muy enfermo. ¡Ay!, ¡qué te ahogas! Por favor, burrito de mi alma, no te mueras. ¿Qué haría yo sin ti? Cúrate, que tienes que ayudarme a llevar la carga y a trabajar. Eres lo único que tengo en este mundo. Si tú te mueres, yo me moriré también. ¡Levántate, precioso mío!

En cuanto el rey burlón vio a aquella viejecita abrazada al burro y hablándole de tal modo, rompió a reír estrepitosamente y le dijo:

—¿Qué haces, vieja loca? ¿Por qué besuqueas a esa bestia? Ese burro, con el culo enfangado no lo merece. Es a mí a quién deberías besar. ¡Yo soy tu rey! Ja, ja, ja.

Por encima de los gemidos del burro y de las carcajadas de la gente, que siempre aplaudía las impertinencias del rey, la anciana respondió al monarca con dulzura:

—Pero no eres tú, señor rey, sino mi burrito, el que cada día me ayuda a llevar la carga. ¡Pobre de mí! Tengo que curarlo, pero no sé cómo hacerlo. Es como si le faltara el aire. ¡No puede respirar!

—No se curará con tus arrumacos, vieja —Siguió burlándose el rey burlón—. Yo sé qué le ocurre a tu bestia y conozco el remedio.

—¡Ay, señor!, si fueras tan amable de darme una solución, te estaría eternamente agradecida.

—El único modo de sanarlo es haciendo todo lo que yo te diga. Si lo haces, se curará al instante. Da cincuenta vueltas a la pata coja alrededor del burro mientras pronuncias el siguiente conjuro mágico:

Hay un burro rebuznando,

una vieja suplicando,

y cien tontos observando.

Rey de los asnos, no sigas bramando.

¡Cúrate ahora mismo!, que yo te lo mando.

La viejecita escuchó con mucha atención al rey y convencida de que aquel tratamiento surtiría efecto, hizo todo lo que el rey le había indicado.

La gente, al ver a la anciana corriendo a la pata coja y recitando aquellas absurdas palabras, no podía parar de reírse. Todos se desternillaban de la risa, sujetándose la barriga y a algunos hasta le caían lagrimones.

Pero lo más extraño de todo fue que hasta el burro, al ver a su dueña en tal actitud, pareció reírse. Soltó tal rebuzno que, efectivamente, se hubiera dicho que se estaba carcajeando. Al emitir aquel extraño grito con tanta fuerza, escupió una astilla de madera que se había tragado y que se le había quedado atravesada en la garganta, impidiéndole respirar.

Liberado al fin de aquel estorbo, se levantó de golpe, más sano y más contento que nunca.

Todos los que allí estaban congregados, aplaudieron riendo. ¡Aquel remedio tan absurdo había surtido efecto!

Al rey, sin embargo, la risa se le cortó de golpe y terriblemente enfadado, se marchó de allí con el rabo entre las piernas. ¡Él era el rey burlón, no el rey curandero!

Al alejarse, le llegó la voz de la vieja:

—¡Mil gracias, señor rey, por tu remedio! Te estaré eternamente agradecida.

Pasó el tiempo y, un día, el rey burlón cayó enfermo. Tan enfermo estaba, que era seguro que pronto moriría.

El caso es, que le había salido un enorme absceso en la garganta que le impedía tragar comida y que le dolía muchísimo. Sus quejas y alaridos se oían en palacio noche y día.

Los mejores médicos de la corte discutían y discutían, sin ponerse de acuerdo en si se moriría de dolor o por no comer. En lo único en lo que se ponían de acuerdo es en que no duraría mucho.

Ante tan funesta perspectiva, el rey burlón convocó a todos los nobles para hacer testamento, y en esto estaban cuando apareció la viejecita del burro corriendo a todo correr y gritando:

—¡Yo salvaré al rey! ¡Yo conozco el remedio!

Sin que nadie pudiera impedirlo, se plantó en la cámara en la que el monarca yacía.

Al verla, el rey, con la voz medio ahogada por culpa de su terrible grano, preguntó:

—¿Quién es esta vieja?, ¿una curandera? ¡Dejad que pruebe su cura!

Entonces, la mujer, ante la atónita mirada de los nobles, se puso a dar vueltas alrededor de la cama real a la pata coja mientras recitaba a pleno pulmón:

Hay un burro rebuznando,

una vieja suplicando,

y cien tontos observando.

Rey de los asnos, no sigas bramando.

¡Cúrate ahora mismo!, que yo te lo mando.

La corte no sabía si reír o llorar ante aquel irreverente espectáculo, pero el enfermo enseguida lo comprendió todo. De golpe, reconoció a la vieja de la que se había burlado meses antes. Ahora le aplicaba el mismo remedio que él aconsejó aplicar al burro.

El rey empezó a reír como nunca antes se había reído en toda su vida. Y de tanto reír, el grano de su garganta reventó y sanó de golpe:

—¡Me has salvado la vida! ¡Pídeme lo que quieras!

Pero la ancianita le respondió con su dulce voz:

—Nada quiero, señor rey. Viéndoos curado ya me doy por pagada. Las riquezas repártelas entre esta gente tan elegante. Viendo sus infelices caras, diría que son muy pobres. En cambio, yo tengo mi burrito.

Ciertamente, la anciana curó aquel día al rey burlón, que desde entonces nunca volvió a burlarse de nadie.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El rey burlón» con la voz de Angie Bello Albelda

 

Reader Interactions

Comments

  1. Bueno, al fin me he registrado y creo que no tendré problemas en recibir tus entradas.
    Este cuento de hoy tiene un trasfondo cruel, reírse de la desgracia o debilidad de las personas o animales es un hecho muy popular, populista e incluso personal, no nos salvamos nadie de la quema… te das un guarrazo y si no te ocurre nada grave siempre suscita risas, nerviosas o de cualquier origen, pero risas. Pero como es un cuento, versión “Martes de cuento” todo termina bien para felicidad de todos.
    Un abrazo muy fuerte, Nona.

    • 🙂 Los cuentos suelen esconder mucha verdad y nos enseñan, si es que estamos abiertos a querer aprender de ellos. Reírse de los demás es, por desgracias, algo demasiado frecuente. A más de uno de los que hace eso le iría bien probar su propia medicina. ¡Un abrazo, Isabel!

  2. La anciana era un alma buena, el cuento acaba bien, aunque no sé si el mejor final hubiera sido con el rey muerto. No soporto a la gente que se burla o menosprecia a otros considerándolos inferiores por cualquier razón de raza, cultura, creencias, edad etc. Y si, hay gente que les baila el agua, los que se apuntan a un bombardeo ¡Lo peor! ¡Saludos cuenteros!

    • Mira la parte positiva, al no morirse, pudo aprender la lección y enseñar a otros que no es buena la burla. Lo malo de la gente que les baila el agua a otros es que son incapaces de razonar por sí mismos. Los borregos suelen ser los animales que reflejan el comportamiento gregario y, sin embargo, la raza humana sería un ejemplo mejor. ¡Un abrazo, Juani!

  3. “No sabemos cuándo ni dónde, vivió un rey cuya mayor diversión consistía en burlarse de la gente”. Pues… creo que conozco a varios…
    Por cierto, los dos personas centrales son clásicos, pero los que no tolero son los secundarios. Esos tontos de la masa queriendo quedar bien con Dios y con el diablo me parecen lo peor de la humanidad.
    En cierto modo, entonces, el cuento funciona a varios niveles, y eso siempre es bueno.

    Un fuerte abrazo.

    • 😀 😀 😀 Todos los reyes (por extensión ostentadores de poder), hacen eso y toda la masa, al convertirse en ente informe, también. La capacidad de raciocinio parece que queda anulada, al menos puntual y momentáneamente, cuando se deja de tener conciencia de la propia individualidad para adherirse a un todo. Y dese mi punto de vista, esta afirmación vale para cualquier actividad humana «integradora», desde el deporte al arte, pasando, claro está, por la política o las creencias de cualquier tipo.
      Si un cuento hace reflexionar, abre nuevas perspectivas y promueve el pensamiento crítico y el diálogo, ha cumplido su objetivo 😉
      ¡Un abrazo!

      • Es curioso, pero tu respuesta no me llegó por los medios habituales. De todos modos he venido aquí a ver si encontraba una dirección de mail adonde pudiera escribirte unas líneas, ya que quisiera consultarte sobre un par de puntos. Seguramente el correo debe estar por ahí, pero , debido a mi habitual torpeza en cuestiones virtuales, no he dado con él. ¿Podrías pasármelo si no es mucha molestia?
        ¡Gracias!

        Un abrazo.

  4. Tuvo suerte el rey después de todo.
    Y eso que mucho no se la merecía.
    (Ya decía yo que no me aparecía Martes de Cuento en el lector, he tenido que buscarte directamente)
    Besos, Nona

    • 🙂 ¡Gracias por buscarme, Paloma! Aún tengo ciertos problemillas con la nueva imagen que espero poder solucionar en breve.
      Cualquier error que detectes, comentario o crítica será muy bienvenido en estos inicios para mejorar este espacio 😉
      En cuanto al cuento, el rey no lo merecía, es cierto, pero le sirvió de lección.
      ¡Un gran abrazo!

  5. Hoy no me ha llegado el cuento por correo electrónico 🙁 Suerte que una amiga de la red me lo ha recordado y he podido leerlo ahora mismo 🙂
    Gracias por un nuevo martes hermoso 🙂

    • Gracias por venir igualmente, Toni. Poco a poco iremos normalizando todo, pero con el nuevo blog aún hay ajustes pendientes. ¡Un gran abrazo!

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