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Sal en la cola

Ilustración: John Bauer

Érase una vez un niño que siempre deseaba alguna cosa.

A veces deseaba un caballo, otras un trineo o un castillo o una navaja. Pero como su padre había muerto y su madre era una pobre barrendera, nunca podía hacer realidad sus sueños.

Una vez, recibió el consejo de un viejo sabio:

—Si quieres que tus deseos se cumplan, debes ir al bosque y echar un pellizco de sal sobre la cola de una urraca. Eso sí, tienes que darte prisa y pedir tu deseo mientras la sal permanece en la cola, ya que, de otro modo, no se cumpliría.

Desde aquel día, siempre llevaba sal en los bolsillos. Salía temprano y volvía tarde a casa; vio muchas urracas, pero no pudo acercarse a ninguna.

Una mañana, se encontró con una que era más tratable que las otras. Pudo acercarse tanto, que casi la podía tocar. Pero cuando estaba a punto de sacar la sal, voló y fue a sentarse en un árbol, desde donde se reía de él.

Lo estuvo engañando durante todo el día y al llegar la noche, Olle estaba tan cansado, que se tumbó debajo de un pino y cerró los ojos para no ver a aquel pájaro malvado que no hacía más que reírse de él.

Pero la urraca seguía allí y saltaba de una rama a otra, hasta que por fin lo llamó por su nombre:

—iOIIe! iOlle!

—iPero cómo! — exclamó—. ¿Puedes hablar?

—Sí, has de saber que soy una princesa encantada —dijo la urraca—. Y, por supuesto, conseguirás lo que quieras si me ayudas. Consígueme una bonita navaja para que pueda pulir mi pico y mis garras. Si me la traes, yo me quedaré quieta para que puedas echar sal en mi cola.

Le pareció bien al chico y a la mañana siguiente salió a recoger fruta, la vendió y consiguió suficientes monedas para comprar una navaja bien bonita.

Con ella fue al bosque y cuando vio a la urraca, desplegó la hoja de la navaja para que brillara bien. Ella se acercó saltando y miró la navaja, primero con un ojo y luego con el otro.

—iBuah! —dijo la urraca—. Esa no es navaja para una noble princesa como yo. Debería, por lo menos, tener el mango de oro.

Y voló al árbol de nuevo.

Olle se quedó tan triste, que las lágrimas afloraron a sus ojos.

—Intentaré conseguirte una con mango de oro —dijo.

—No, gracias, ya no quiero una navaja —contestó la urraca—. Quiero un bonito trineo. Me divertiría montar en trineo este invierno.

Olle tenía que conseguirle un trineo. Se puso a tallar cucharones de madera y los cortó tan bonitos con su navaja nueva, que rio de alegría. A medida que los fabricaba, los vendía en la ciudad. Sin embargo, no talló uno para él.

Ganó tanto dinero, que pudo comprar un hermoso trineo y fue al bosque a ver a la urraca.

—iAquí tienes el trineo! —gritó arrogante, porque estaba seguro de que a la urraca le iba a gustar.

La urraca bajó de su árbol, picoteó el hierro y pisoteó el cojín. Y explotó en una carcajada.

—¿Te parece que es suficientemente bueno para una criatura tan fina como yo? —Y se posó en su rama—. No, de seda y plata debería ser.

Olle luchaba contra el llanto.

—Tendré que buscar uno mejor entonces —dijo.

—No vale la pena, no vale la pena —gimoteó la urraca—. Ahora quiero un caballo y un carruaje. Pero que sean muy bonitos; sino es inútil que intentes esparcir sal en mi cola.

Olle cogió el trineo y lo alquiló a buen precio en una pendiente donde los ricos solían jugar. Todos querían montar en él, porque el trineo era el más rápido en muchas millas. Sin embargo, él no montó ni una sola vez.

Por fin había ahorrado tanto dinero que pudo comprar un caballo. Lo enseñó a hacer cabriolas y lo exhibió. Con el dinero que obtuvo, compró otro caballo y montó un espectáculos con los dos para obtener más ganancias, con las que compró un elegante carruaje con incrustaciones de plata. Cuando todo estuvo listo, volvió al bosque en busca de la urraca.

La encontró sentada en su rama.

—Eso puede ser algo —dijo al ver la plata brillando. Pero después de inspeccionar el carruaje, sacudió la cabeza—. Me gustan los carruajes abiertos. Y los caballos deberían ser blancos, no marrones.

—Ay, ay, ay —Suspiró Olle.

Tuvo que sentarse en una piedra para tranquilizarse. Criatura más caprichosa que aquella urraca era imposible encontrar. Aunque, claro, para eso era una princesa.

—Como no entiendes ni de caballos, ni de carruajes —dijo la urraca—, si quieres que te ayude, dame un castillo con cien habitaciones y un hermoso parque.

Olle suspiró profundamente. Aquello era demasiado. Pero se acordó de su carruaje. Empezó a trabajar con él en la ciudad y todos querían alquilarlo, porque, aunque no le gustó a la urraca, lo cierto es que era el más bonito de aquellos alrededores. Sin embargo, Olle nunca se paseó en él.

Pronto ganó tanto dinero, que pudo comprar otro carruaje y luego otro, y otro más. Al fin consiguió una compañía de alquiler de carruajes y ganaba más dinero que nunca.

Ahora resultaba fácil construir un castillo; lo hizo de mármol blanco brillante y marchó al bosque en busca de la urraca. Esta lo siguió al interior del castillo. A saltitos inspeccionó todos los rincones y cuando hubo revisado todo dijo:

—Pues sí, esto puede pasar. Pero necesito tres cofres de oro para mantenerlo.

—iQué desvergüenza! —gritó Olle.

—Tú mismo, sino no podrás echar sal en mi cola —Salió volando por la ventana y desapareció.

«Bueno, si he conseguido todo esto, quizá pueda conseguir un poco más», pensó Olle.

Ahora sabía cómo actuar. Trabajó duro y consiguió llenar tres enormes baúles de monedas de oro. Buscó a la urraca y volvió con ella al castillo.

—Sí —dijo—, ahora parece que todo está bien. Esparce, pues, la sal en mi cola.

¡Por fin había llegado el momento deseado!

Sonriente y satisfecho metió, Olle, la mano en el bolsillo y sacó un pellizco de sal. La urraca se quedó totalmente quieta y él esparció los pequeños granos brillantes sobre su cola.

—Bueno, ¿qué deseas? —preguntó la urraca.

¿Qué podía desear? Había estado tan ocupado trabajando para conseguir los deseos de otro, que había olvidado totalmente los suyos.

—Uno, dos… —contó la urraca.

—iEspera un poco!, iespera un poco! Déjame pensar…

Pero por nada del mundo pudo recordar qué quería.

—…¡tres! —acabó la urraca, y en un santiamén saltó y la sal cayó de su cola. Y ahí estaba, sentada en la ventana riéndose de Olle.

Pero el que se enfadó de verdad fue Olle.

—No te guasees de mí — gritó—. Ya sé lo que quiero: voy a comprarme una escopeta para matarte.

—Eso no estaría nada bien, Olle —dijo la urraca—. ¿Quieres matarme? ¿A mí?, ¿a la que te ha conseguido todos tus deseos, tantos, que ya no sabes qué desear? ¿No tienes ya una navaja y un trineo y caballos y carruajes y un castillo y dinero?

Era verdad. Tenía todo lo que había deseado. Ahora sólo tenía que sentarse y disfrutarlo.

—Y pensar que he trabajado tanto para poder esparcir sal en tu cola, para que al final no me haga ninguna falta.

—Así es, intenta explicarte eso —dijo la urraca riendo más que nunca—. Levantó el vuelo y desapareció.

Pero Olle no se molestó en buscar respuestas. Se quedó en su castillo y vivió dichoso el resto de sus días.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Sal en la cola» con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

  1. Qué razón tiene la urraca. A mi me pasa justo eso, soy capaz de hacer lo que haga falta si me lo pide alguien, no me gusta defraudar, pero sin embargo no me cuesta ningún trabajo defraudarme a mí misma. Yo siempre necesito urracas a mi alrededor. Precioso cuento, con una mensaje muy positivo.

    • Pero seguro que tú también ejerces de urraca más de una vez. Creo que a todos nos pasa un poco eso, que no siempre somos capaces de hacer las cosas si no nos manda alguien que las hagamos.
      Un abrazo, Sensi.

  2. Es verdad que en ocasiones necesitamos alguien que vaya tirando de nosotros para sacar lo bueno que tenemos. Desde padres, maestros, amigos, compañeros y hasta jefes de los buenos (que los hay).
    Seguro que en un momento de nuestras vidas hemos tenido nuestra urraca particular. Yo tengo una que ha sabido picarme para sacar una faceta de mi olvidada ¡Le doy mil gracias! ¡Abrazos cuenteros!

    • 🙂 Sí que es verdad que, en ocasiones, los demás son capaces de ver en nosotros lo que la fuerza de la costumbre de vernos la misma cara en el espejo nos oculta. En tu caso, créeme si te digo que el brillo que tienes se ve muy bien desde fuera, querida amiga. ¡Un abrazo!

    • Cierto, Jerby, pero al hacerlo para otros, también lo hacemos para nosotros al mismo tiempo y, además, aprendemos y crecemos. Tal vez podríamos dar la vuelta a aquella famosa frase que dice: «no quieras para los demás lo que no quieras para ti» y convertirla en: «haz para los demás lo que quieras conseguir para ti» 😉

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