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La Quarantamaula

Ilustración: Maaot

Cuentan que empezaba y no empezaba la primavera y que ocurrió en aquel lugar, o en cualquier otro; que venía por arriba o por abajo; pero siempre, siempre, lo hacía al caer la noche. Aparecía por los alrededores del pueblo y alguien afirmó que su nombre era Quarantamaula.

Nadie sabía cómo era; nadie la había visto, pero todos hablaron de aquel misterioso ser.

Unos afirmaban que parecía un gato negro y que su sola vista helaba la sangre; otros decían que tenía forma de caracol; otros, que era como un demonio peludo; y había quien aseguraba que era un ser mitad humano, mitad gallina.

Un día, una chica llegó al pueblo corriendo; afirmaba que había oído a la Quarantamaula. La gente, asustada, se escondió en su casa.

La chica, sin embargo, como era muy valiente y no temía nada, se propuso descubrir, de una vez por todas, cómo era aquella fiera de la que todo el mundo hablaba. Así que otro día que andaba por los cañaverales del pantano cercano al pueblo, al oír un extraño ruido, pensó que era la Quarantamaula y se escondió para poder sorprenderla… ¡Pero no vio nada! Regresó al pueblo y advirtió a los vecinos de que debían ir con mucho cuidado si se aceraban al pantano.

Pocos días después, se acercó hasta allí una mujer, que llevaba a pastar a sus ovejas, y mientras estaba sentada cerca de la orilla, oyó un terrible grito. Pensó que era la Quarantamaula, huyó despavorida, sin ni siquiera recoger su ganado, y se encerró en su casa.

No pasó mucho tiempo cuando un hombre, que paseaba por el camino que bordeaba el pantano, oyó un extraño crujido y pensó que la fiera era la causante. Como era un hombre muy anciano y no podía correr para huir de allí, pensó: «Me esconderé tras ese árbol. Quizá pueda ver qué aspecto tiene la Quarantamaula.

Pero no vio nada. Solo una sombra, que corría de un lado a otro haciendo mucho ruido. El terror invadió al anciano y, en cuanto pudo, regresó al pueblo. Del susto, no podía casi ni hablar; con mucha dificultad pudo contar a los del pueblo lo que le había ocurrido durante su paseo. Todos estaban convencidos de que aquella extraña sombra y aquellos misteriosos ruidos los había provocado la Quarantamaula.

Fueron pasando los días; llegó y pasó el caluroso verano; llegó y pasó el otoño, desnudando los árboles de sus hojas; y al llegar el invierno, la gente encendió las chimeneas para calentarse.

Una de aquellas frías y oscuras noches, cuando no se oye nada, cuando perros, gatos y gente buscan el refugio de las casas, la chica valiente decidió salir de su hogar para ir en busca de la fiera y verla con sus propios ojos. Estaba todo oscuro. En la calle no había ni un alma. Las estrellas y la Luna brillaban en el cielo y alumbraban su camino…

De repente, aquella profunda y helada paz se rompió y una voz terrible y profunda gritó en la oscuridad:

—Soy la Quarantamaula, ¡soy la Quarantamaula!

—¡Pies, ¿para qué os quiero? —gritó la muchacha.

Y corriendo y gritando, puso sobre aviso a la gente del pueblo, que cerraron las puertas a cal y canto, muertos de miedo.

A la mañana siguiente, poquito a poco, los vecinos empezaron a asomar la nariz con precaución. Hablaban unos con otros. Decían que la habían oído. Unos afirmaban que parecía un gato negro y que su sola vista helaba la sangre; otros decían que tenía forma de caracol; otros, que era como un demonio peludo; y había quien aseguraba que era un ser mitad humano, mitad gallina.

Y aunque la verdad era que nadie había podido verla, todos estaban aterrorizados.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Quarantamaula» con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

  1. El miedo es libre, así que cada cual toma el que le parece oportuno. Lo malo es que somos capaz de crearnos nuestro propio miedo de algunas cosas que no lo producen, pero así somos los seres humano… desconcertantes.
    Un besazo enorme.

    • A veces, más que elegir el miedo, el te elige a ti, se te mete en el cuerpo y no hay quien lo expulse 😉 Hay miedos tontos que no sabes de dónde vienen, pero que te acompañan durante algún tiempo o durante toda la vida. Todos tenemos uno o varios.
      ¡Un abrazo, María!

    • Cierto, algo que no se conoce es sensible de ser magnificado, porque la mente no tiene límites en eso de añadir cosas, para bien y para mal. El hombre del saco, Baba Yaga, Sacamantecas, Kappa, Marimanta… a lo largo y ancho de este mundo hay seres malvados que, entre otras fechorías, se llevan a los niños malos. La pedagogía del miedo es una de las más efectivas. ¡Si hasta con los mayores funciona!
      Un gran abrazo, Óscar.

  2. Todos hemos sufrido de esos miedos infundados y cada cual le daba el nombre que mejor le parecía (o que más lo asustaba; porque para eso, ni pintados; elegimos un nombre que en sí mismo ya nos de miedo, como para acrecentar el malestar). Después, algunos se quitan esos miedos, otros no.

    Un abrazo.

    • Cierto, hay nombres que su sola mención ya pone los pelos de punta y a mí, eso, me sigue sucediendo. Hay personajes públicos a los que temo más que a todas las criaturas horrendas y malvadas de las leyendas. Como bien dices, hay miedos que son difíciles de eliminar. ¡Un gran abrazo!

  3. El miedo sin razón, tener miedo del miedo es incontrolable. Lo llevamos en nuestra naturaleza y al que diga que no lo tiene le va a crecer la nariz. Feliz semana!!!

    • Estoy de acuerdo contigo. El miedo es, en el fondo, un mecanismo de defensa, pero cuando ese miedo sobrepasa ciertos límites y se convierte en irracional, es más perjudicial que ventajoso.
      ¡Feliz día, amiga!

  4. Miedos que se extienden gracias al boca a boca…, y entonces por lo visto, no existían las redes sociales ni los móviles para hacer más grande el bulo…

    Gracias por un nuevo cuento.

  5. Abundo en lo que dicen Isabel y Jerby, y también me aproximo a tu respuesta: el miedo forma parte de nuestra naturaleza: es tan difícil racionalizar todo lo que nos pasa…

    • 🙂 Además de que es difícil racionalizar, el miedo nos es necesario. Sin ese punto de miedo —de miedo bueno, me refiero— los niños se caerían por las escaleras, cruzarían las calles, se irían con el primero que los saludara… Hay un miedo cercano al instinto de conservación que es imprescindible e ciertas circunstancia de la vida. El otro, el miedo absurdo… ¡eso ya es otro cantar!
      ¡Un saludo, Alfonso!

  6. Martes, sigue siendo triste que todavía no haya desaparecido la cultura de miedo. Cuando somos mayores, nos asustan con la economía… pero está claro que todo es un montaje.

    • Ciertamente hay miedos irracionales que se usan perversamente para manipular a las personas. Además de la economía que citas, hay otros como, por ejemplo, la invención de enemigos, que suele ser frecuente y funciona bien. Hubo un tiempo en que el enemigo se escondía tras un telón de acero; hoy se esconde tras una barba. El resultado, no obstante, es similar: el odio y el rechazo a lo diferente. Si el ser humano superara los miedos perversos, superaría muchas cosas.

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