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La liebre exagerada

Ilustración: shmeeden

Érase una vez una liebre que vivía en la taiga. Aparentemente era igual que todas las liebres: con dos orejas largas, dos patas delanteras cortas para sostener la comida y dos patas traseras largas para huir velozmente de sus enemigos. Pero esta era, además, una liebre exagerada. Tan exagerada era, que nunca se había oído hablar y, probablemente jamás se oirá hablar, de una igual de exagerada que ella entre el pueblo leporino.

Una vez, se comió una raicita de musgo y le faltó tiempo para ir a contar su historia a las demás liebres:

—Iba yo corriendo por el bosque, en busca de algo de comer, cuando, de pronto, tropecé con algo. Faltó bien poco para que me rompiera la cabeza. ¡Fijaos! ¿Lo veis? ¡A resultas del golpe, ahora tengo el labio partido!

—¡Es verdad!, tienes el labio partido. —Rieron las demás liebres—. Pero es que todas las liebres lo tenemos partido.

Y nuestra liebre:

—Cierto. Todas las liebres lo tenemos así, pero el mío está más partido que el vuestro… Y si os queréis enterar de lo que me pasó, será mejor que no me interrumpáis … Decía que tropecé y al mirar con qué había topado, me encontré con que era musgo. Pero un musgo como nadie ha visto hasta ahora. El tallo era más alto que un alerce y cada hoja gigantesca. La raíz era del tamaño de un oso. Me puse a escarbar la tierra y, como ya sabéis que yo soy una liebre especial y tengo los dientes afilados y las patas fuertes, escarbé y escarbé hasta que conseguí amontonar una montaña de tierra a cada lado y logré desenterrar la raíz. Una raíz que ya llevo comiendo diez días seguidos y de la que no he conseguido comerme ni la mitad. Pero aún y así, ¿habéis visto cómo me he engordado?

Las liebres la miraron.

—Estás como todas las liebres —dijeron—. No estás mucho más gorda que nosotras.

—Eso es que me he adelgazado de tanto como he corrido para llegar hasta aquí. Como soy tan generosa y tengo tan buen corazón, os quiero llevar hasta la raíz que queda, así podréis comer también. Ya que yo ya me he dado un hartazgo para toda la vida, he pensado que podríais terminar vosotras lo que queda de esa raíz, tan rica que no habéis probado jamás algo igual.

¿Qué liebre que conozcáis le haría ascos a una rica raíz? Aquéllas no. Con la boca hecha agua, preguntaron:

—¿Y cómo se llega a ese sitio?

—Yo os llevaré encantada.

Echaron a correr las liebres detrás de la exagerada hasta que esta se detuvo en un sitio y dijo:

—Aquí encontré el musgo del tamaño de un alerce. Y aquí escarbé con las patas hasta formar las dos montañas de tierra.

—¿Dónde están esas montañas? —preguntaron las otras.

—Se las ha llevado el río.

—¿Dónde está el río?

—Se ha ido al mar.

—¿Dónde está el musgo grande como un alerce?

—Se ha marchitado. Como yo me comí la raíz…

— ¿Y el tallo de musgo?

—Se lo comió un tejón.

—¿Dónde está el tejón?

—Se marchó a la taiga.

— ¿Dónde está la taiga?

—La quemó un incendio.

—Y la ceniza, ¿dónde está?

—Se la llevó el viento.

— Y los tocones, ¿dónde están?

—Los ha tapado la hierba.

Allí estaban las liebres, aleladas, sin llegar a entender si era cierto lo que les contaba la otra.

Y ella seguía con la suya:

—¡Pero si es muy fácil encontrar un musgo así! ¡Lo más fácil del mundo! No hay más que ir corriendo y mirando hacia todos los lados. Si a un lado no la ves, seguro que la ves al otro …

¡Había que ver la carrera que emprendieron las liebres! Tanto se afanaban en mirar hacia los lados, que veían su propio rabo, pero no veían lo que tenían delante. ¡Y venga a mirar a los lados para que no les pasara desapercibida el rico musgo del tamaño de un alerce!

Así estuvieron corriendo hasta que se desplomaron sin fuerzas. Y entonces, del hambre, la simple hierba les pareció más rica que el musgo fresco.

Desde entonces, los ojos de las liebres se mueven como locos y no han vuelto jamas a su sitio…

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La liebre exagerada» con la voz de Angie Bello Albelda

Reader Interactions

Comments

  1. Me ha encantado este cuento… La liebre que se lo imagina todo y les hace caer en la trampa a los demás… Qué bueno este cuento, Nona si lo comparamos con la actualidad, “un tonto hace a cien” como dice el refrán…
    Lo he disfrutado. Gracias por traer estas joyas. Aquí te dejo mis ripios…

    Más bien ligera de cascos
    practicaba la inventiva;
    lunática y muy activa
    a nada le hacía ascos.
    Tales andanzas veía
    que hacía correr a otros
    igual que si fueran potros
    siguiendo su fantasía.
    Y esta liebre aleatoria
    arrastró a sus seguidores
    al campo de sus errores
    y allí… acabaron su historia.
    JS

    • 😀 😀 😀 ¡Eso es verdad! La tontería se contagia mucho. ¡Magnífica tu composición, Julie! Me parece que los Reyes MAgos te han traído, si cabe más arte y más inventiva para componer versos. ¡Gracias enormes por enriquecer este rincón con tus palabras!
      ¡Un gran abrazo!

  2. Ella una exagerada y las otras, unas tontas… Iban de listas pero a veces es el mejor camino para quedar como un tonto.
    Muy buen cuento, Martes 🙂
    Un beso y una sonrisa.

    • ¡Exacto, Qamar! Hay un refrán que dice «No es culpa del chancho, sino del que le rasca la espalda». Si en lugar de dar crédito a mentiras tan evidentes (mira si han visto lo del labio y los del peso), se dedicaran a otras cosas, otro gallo les hubiera cantado. ¡Quién sabe! Hoy quizá tendría los ojos normales 😀 😀 😀 😀

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