Cabeza hueca

Ilustración: Gennady D. Pavlishin

A orillas del río Amur vivía un muchacho llamado Chungú. Aparentemente, era un chico como todos los demás, con dos orejas, dos ojos, una nariz, dos piernas, dos brazos y una cabeza. Pero cuentan de él que tenía la cabeza totalmente hueca.

Chungú no trabajaba demasiado, aunque zampaba mucho. También pensaba poco y todo se lo creía. Así iba viviendo. Comía, dormía, se sentaba, se rascaba la cabeza y no iba a ninguna parte.

Su padre intentó enseñarlo a cazar en la taiga.

Le compraron todo el equipo necesario: chaqueta de alce con adornos de seda; una cinta, también de seda, que le ceñía la cabeza y que asomaba por debajo del gorro de ciervo almizclero, del que pendía una cola de ardilla; rodilleras bordadas; pantalones del mejor cuero, una chaqueta blanca de piel de reno; un cinturón adornado con cabezas de pato que llevaba dos cuchillos sujetos a él: uno de hoja recta y otro de hoja curva. En las manos le pusieron una jabalina con el mango tallado y del hombro, le colgaron un arco con sus correspondientes flechas. Lo cierto es que daba gusto verlo ataviado de cazador.

También a él le encantó aquel atuendo. No hacía más que acariciar su chaqueta y no paraba de reír de contento.

Su padre le dijo:

—Ya basta, Chungú. ¡En marcha!

Pero Chungú negó con la cabeza. No quería moverse para no estropear su indumentaria.

El padre habló de nuevo:

—Recuerda, hijo, que lo que vale en una persona no es su atuendo, sino lo que hay debajo de él. ¡Vamos!

Pero Chungú, como si tal cosa. Se contemplaba embelesado.

Luego se puso a bailar. Daba palmadas y se acariciaba los pantalones y la chaqueta, sin parar de girar moviendo los brazos.

Con tanta vuelta, las flechas se le cayeron y como agitaba la jabalina en todas direcciones, corría el riesgo de sacarle un ojo al que estuviera más cerca.

Finalmente, el padre, enfadado, le dio un coscorrón en medio de la cabeza y la cabeza de Chungú hizo el mismo ruido que un caldero de cobre. ¡Qué susto se llevó el padre!

—Uy, uy, uy —se lamentó—-. Parece que este hijo mío tiene la cabeza hueca… ¡Mala cosa! ¿Qué haré con él? —Y decidió no llevarlo de caza—.  ¿Qué va a cazar teniendo la cabeza hueca?

Chungú se sentó en la orilla del río y descubrió un entretenimiento que le encantó: contemplarse en el río para admirar su atuendo al mismo tiempo que se daba golpes para oír cómo sonaba su cabeza. El ruido que hizo se escuchó en toda la aldea.

Acudió gente de todas partes pensando que a alguien se le había ocurrido tocar música sobre troncos huecos, aunque no fuera día de fiesta. Pero cuando vieron que era Chungú el que golpeaba su cabeza, que también estaba hueca, se rieron un rato y se marcharon.

El tiempo fue pasando. Mientras el padre de Chungú cazaba en la taiga o pescaba en el río Amur, la madre salaba pescado o curtía pieles, y Chungú no servía para nada. Se quedaba en la orilla del río, rascándose la cabeza hueca.

Llegó el día en el que los padres envejecieron y empezaron a perder fuerzas.

La madre dijo un día a su marido:

—Ya no podemos con todo el trabajo, ¿qué haremos?…

Se sentaron los dos a cavilar y, por fin, el padre habló:

—No hay más remedio que casar a Chungú. Así habrá alguien que nos ayude.

—¿Cómo vamos a casar a Chungú, si tiene la cabeza hueca? —preguntó la madre—. ¿Quién va a querer casarse con alguien así?

—Alguien habrá si ofrecemos una buena dote  —contestó el padre.

Así que el matrimonio decidió preparar un gran ajuar.

Después de rebuscar, amontonaron todas las cosas que tenían valor: un gran perol de cobre; un sable de allende los mares; tres abrigos de lana y tres de piel; un espejo con marco de plata; doce pares de pendientes; una jabalina con el mango incrustado de zafiros; tres rollos de tela de seda; un cofre de bambú con cierres de latón que unos parientes les habían traído de unas islas lejanas; una cuerda de arco a medida; un arco con incrustaciones de hueso…

A pesar del valioso ajuar, ninguna muchacha de aquella aldea consintió en casarse con Chungú.

Sin embargo, en la aldea vecina vivía una anciana con su hija Angá. Vivían tan pobremente, que ni siquiera tenían mantas en la casa, así que los padres de Chungú pensaron que no rechazarían la oferta y fueron a pedir a Angá que se casara con Chungú.

Angá lloró mucho, pero no tuvo más remedio que aceptar pensando que su pobre madre viviría un poco mejor.

Se celebró la boda y Chungú y Angá se fueron a vivir a su nueva casa.

Chungú se sentó en una butaca después de darse un atracón de carne y le dijo a su flamante esposa:

—Tú no sabes con quién te has casado. En ninguna parte hay otro como yo. ¿Sabes la cabeza que tengo? iNadie tiene otra igual!

Chungú se atizó un golpe en la cabeza, que resonó como el tronco de un roble seco en día de vendaval.

Angá se llevó un gran disgusto. «¡Pero si mi marido tiene la cabeza hueca! ¿Cómo saldremos adelante?». Y rompió a llorar.

Chungú, que no comprendía por qué lloraba su mujer, se quedó mirándola un rato en silencio y luego se durmió.

Angá lo miraba. Tenía una cara agradable, como todo el mundo, con dos ojos, dos orejas, una nariz… Y le dio rabia pensar que aquel hombre de cabeza hueca tuviera la cara como todas las personas.

Tan enfadada estaba que se dijo:

—No puede seguir con esa cara, engañando a la gente. Tomó un poco de arcilla roja y luego un poco de hollín de la chimenea y fabricó pintura. Con la pintura negra y roja le pintó a Chungú toda la cara de tal manera, que ella misma se asustó cuando vio terminada su obra.

Cuando Chungú se despertó al cabo de muchas horas, tenía sed. Tomó un gran tazón, lo llenó de agua, se la llevó a los labios y, como era su costumbre, contempló su reflejo en el agua, pero al ver su cara pintada no se reconoció y preguntó alarmado:

—iEh! ¿Tú quién eres? ¿Qué haces en mi tazón?

Miró a su alrededor y lo reconoció todo: era su casa, su mujer estaba cerca, su silla, su tazón… ¡Pero esa cara no era suya!

Llamó a su mujer:

—iAngá, ven! Alguien se ha metido en mi tazón. Hay una cara rara dentro de él…

—¿Quién me llama? —preguntó Angá.

—Soy yo, Chungú, tu marido.

Angá sacudió la cabeza:

—¡De eso nada! Tú no eres Chungú, él es muy guapo. Tiene una cara agradable y no espantosa como la tuya.

—Pues tienes razón —dijo Chungú—, yo tengo la cara agradable. Soy un muchacho muy guapo. Me he visto muchas veces…

Después de pensarlo un buen rato Chungú habló de nuevo:

—¡Esto no me gusta nada! Está claro que he perdido mi cara en alguna parte, así que iré a buscarla.

Se levantó Chungú de su sillón y salió de casa. Iba por el camino mirando el suelo, por si veía su cara. Mientras andaba, tropezó y se dio un gran golpe en la cabeza, que sonó a hueco, como siempre, por lo que Chungú se llevó una gran alegría.

—¡Suena a hueco! ¡Soy yo! —Pero su alegría duró muy poco cuando se dirigió al río para mirarse y vio el reflejo de una cara extraña—. No, no soy yo.

Siguió caminando Chungú muy disgustado y a todo el mundo le preguntaba:

—¿Habéis visto a Chungú?

La gente se burlaba de él.

—No, no lo hemos visto —contestaba.

Chungú se rascaba la cabeza.

—Es extraño… Parece que aquí no está Chungú. Iré a buscarlo a otro lugar.

Y allá que se fue Chungú, a buscarse a sí mismo. Partió de su aldea y no volvió, y dicen que aún hoy no se ha encontrado.

La verdad es que nadie sintió su marcha. ¿Qué puede ofrecer a sus semejantes un holgazán que, además, es tonto?

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Cabeza hueca» con la voz de Angie Bello Albelda

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Comments

    • 😀 😀 😀 Siempre, siempre, siempre descubres a alguien que lo hace mejor… ¡o que lo hace peor! Más guapo, más, feo, más alto, más bajo… Por eso nunca debemos ser categóricos al afirmar las cosas… ¡Es tan grande el mundo que siempre hay sorpresas! Pero seguro que tú no eres torpe, Óscar, solo que, en ocasiones, no debes acertar del todo.
      ¡Un gran abrazo!

  1. ¡Qué bonita la descripción del atavío de Chungú!
    Bueno, Chungú sí servía para algo, para hacer música de percusión con su cabezota 😉
    Un beso, Nona.

  2. Tenemos tantos cabezas huecas tomado decisiones importantes!!!! Deberían hacer como en el cuento e irse a buscarse 😀
    Gracias por el primer cuento de la primavera 🙂

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