Las tres princesitas delicadas

Ilustración: Arbetta

En vete a saber tú dónde y en tiempos de no sé quién, vivieron, una vez, una reina y un rey que tenía tres hijas. Las tres eran inteligentes, hermosas, simpáticas, listas… En fin, que tenían todos aquellos dones que la naturaleza suele conceder a las princesas de un cuento. Pero ¡ay!, las tres tenían el mismo problema: eran en extremo delicadas.

La mayor se llamaba Dina y era delicada como una azucena. La segunda llevaba por nombre Nina y era delicada como un clavel. Y la más pequeña, llamada Tina, era tan delicada como una rosa.

Vivían todos felices en su castillo hasta que una mañana de otoño decidieron salir a pasear por los jardines que rodeaban el palacio.

Mientras deambulaban entre los parterres, de un árbol se desprendió una hoja y quiso la mala suerte que aterrizara justo en medio de la cocorota de la princesa Dina, la mayor, la cual, al sentir el golpe, exclamó:

—¡Ay, mi cabecita!

No pudo decir más. Dina cayó al suelo desmayada.

Fue atendida enseguida por los más eminentes médicos de la corte, que le aplicaron hielo y le pusieron una tirita en el enorme chichón que le había salido por culpa de aquella hoja, pero desde entonces, la pobre Dina ya siempre tuvo fuertes jaquecas.

Pasó el tiempo, y hete aquí que, una mañana, Nina, la segunda princesita, se despertó llorando desconsoladamente:

—¡Ay, mi espaldita!

Se quejaba Nina mientras sollozaba e hipaba sin parar.

Al examinar su espalda, las criadas descubrieron en ella un enorme cardenal. Intentaron darle friegas con alcanfor para calmar el dolor, pero cada vez que acercaban la mano, los desgarradores gritos de la princesa retumbaban por todo el palacio.

Acudieron los médicos sin perder ni un segundo y después de estudiar la situación, concluyeron que la culpable del mal que aquejaba a la princesa era una arruga que había en sus sábanas de seda.

Con sumo cuidado, le pusieron emplastos y le vendaron el morado, pero a la pobre Nina, desde aquel día, su espalda no dejó de darle problemas.

Los reyes, abatidos, se lamentaban:

—¡Qué pena más grande! De nuestras tres hijas, dos están muy delicadas, ¿qué podemos hacer para que no le ocurra nada a la tercera?

Después de dar vueltas al problema y después de mucho pensar, los reyes decidieron poner a salvo a la más pequeña de sus hijas, la única que hasta ese día no había sufrido percance alguno.

Resolvieron que lo mejor, para no correr riesgos, sería encerrarla en una urna de cristal. Creyeron que si la mantenían aislada la princesita Tina estaría segura. Así que ordenaron a los mejores arquitectos del reino que construyeran para ella una habitación del vidrio más puro y transparente.

Pasó el tiempo y la princesita vivía al amparo de su refugio transparente alejada de cualquier peligro. Pero un día, al abrir la puerta para darle la comida, se coló dentro una mosca, la cual, al verse encerrada, se puso nerviosa y empezó a volar sin parar alrededor de la princesa, que con la corriente de aire que producían las alas del insecto, se constipó:

—¡Achís, achís, achís!

Los reyes no se han repuesto jamás del disgusto.

Todavía hoy, en aquel reino, se discute sobre cuál de las princesas es la más delicada de las tres, pero siguen sin ponerse de acuerdo.

FIN

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Comments

  1. Martes, aquí en Madrid, tenemos cierta princesa que no se da por aludida cuando lleva ya varios días sin encontrar cierto trabajo que se supone que ha publicado.

    Besos

  2. Me encantan los cuentos de princesas!! Estas pobres deben ser primas de la del guisante. Prefiero ser plebeya y andar por la vida sin preocuparme de hojas, arrugas o moscas. Preciosa la ilustración. Un abrazo!!!

    • 😀 😀 😀 😀 Justo eso le he dicho a Paloma, que son primas.
      En Isla Imaginada las princesas son de lo más variopinto, ya sabes. Estas son delicadas, pero algunas matan dragones y otras hacen descubrimientos 😉
      ¡Un gran abrazo, amiga!

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