El sueño

Ilustración: juliette5094

Érase una vez una mujer muy pobre, cuya única posesión era un mortero en el que, cada mañana, machacaba los granos que a su vecino, un rico terrateniente, le caían de la carreta cuando se dirigía a vender su trigo al mercado.

Con el primer canto del gallo, la mujer se ponía en pie y esperaba paciente, junto al camino, el paso del pesado carromato para recoger, antes de que los pájaros se lo comieran, el dorado manjar con el que amasaba el pan que le servía de alimento.

 Una mañana, en el mismo instante que pasaba la carreta, vio cruzar por el camino un veloz conejo y sin pensarlo dos veces, le tiró la mano de mortero a la cabeza.

Justo en el mismo instante, el rico terrateniente disparó su escopeta apuntando al conejo.

El conejo cayó muerto y el terrateniente y su vecina entablaron una disputa sobre cuál de los dos lo había matado.

—Te propongo un trato —dijo la mujer—, como ahora tienes prisa para llegar al mercado y yo debo amasar mi pan, guarda tú el conejo, pero invítame esta noche a cenar a tu casa y veremos cómo resolvemos la disputa.

El hombre aceptó y aquella noche se reunieron los dos en casa del terrateniente, que ya había preparado una cena estupenda para ambos.

Cuando acabaron de cenar, la mujer dijo:

—Escucha, a ver qué te parece mi propuesta. En este momento el conejo no es ni tuyo ni mío, puesto que yo digo que lo mató mi mano de mortero y tú afirmas que fuiste tú, con tu escopeta, el que lo hizo. Si te parece bien, me quedaré a dormir aquí en tu casa. Tú te acuestas en tu cama y mañana por la mañana, el que haya tenido el sueño más bonito se quedará con el conejo. No te preocupes por mí: si me das una manta vieja, dormiré en el suelo, aquí mismo en la cocina, cerca del fuego.

Y así lo hicieron. El cazador se fue a dormir al piso de arriba y la mujer se acurrucó en el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente, el cazador bajó y le dijo a la mujer:

—Muy bien, podemos empezar. Cuéntame tu sueño.

—No, no, por favor, primero cuéntame tú el tuyo, ya que eres el anfitrión. Además, tú eres más importante que yo.

—De acuerdo entonces. Te lo contaré. Esta noche he soñado con una escala de oro larga, muy larga. La escala colgaba junto a mi cama, traspasaba el techo de la casa y subía hasta el cielo. Al principio me dio miedo subir por ella, porque no sabía qué encontraría al final, pero me decidí y, peldaño a peldaño, ascendí un buen rato, hasta que toqué las nubes, que se iban abriendo a mi paso. Por fin, llegué a un paraíso casi imposible de describir. En él sonaba la música más bella que oído humano haya escuchado jamás; el aroma penetrante de fragantes flores inundaba mi nariz. Probé manjares exquisitos, cuyo sabor no recordaba nada de lo que hasta ahora he comido. En fin, que soy incapaz de referir con detalle todas las maravillas que allí encontré. Tan bello era lo que me rodeaba, que no quería regresar, pero el gallo cantó, me desperté, abrí los ojos y estaba en mi cama. En resumen, he tenido un sueño espléndido. Y tú, ¿qué has soñado?

—Pues, aunque no te lo creas, yo he tenido, exactamente, el mismo sueño que tú. He visto la escala de oro, he visto cómo trepabas por ella hasta el cielo y, desde aquí abajo, he oído la música maravillosa y he olido las flores; ¡y hasta me ha parecido ver esos manjares que cuentas!, y como me he figurado que no ibas a querer volver y que te quedarías allí para siempre, me he comido el conejo.

FIN

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