La extraña vecina

Ilustración: llamadorada

Una mañana, muy temprano, el Duende Melodía se paseaba inquieto frente a su casa. Tirándose de la barba, murmuraba con preocupación:

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…?

Acompañaban al Duende en su paseo, la Torcaza y la Ranita.

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…? —repetían.

La causa de tanta intranquilidad era el nuevo hongo que había aparecido junto al que le servía de casa al Duende. Es sabido que en las callampas habitan seres mágicos. Nadie podía adivinar si en la que venía saliendo habitaba una bruja, un hada o algún otro duende.

La Torcaza decidió consultar al señor Tordo, profesor del bosque. En el nido, el Tordo tenía una vieja enciclopedia. Tratando de parecer culta, la Torcaza preguntó en verso:

—Señor Tordo negro,
me alegro de verlo.
¿Podría decirnos
si el nuevo vecino
será alguna bruja
o algún duende fino?

El Tordo abrió la enciclopedia y, después de dar vuelta muchas páginas, contestó:

—Crecerá la callampa,
crecerá, crecerá…
y este nuevo vecino
¿quién será, quién será?

La Torcaza se sintió muy informada y voló a contarle a su amiga lo que había averiguado. Después de escuchar con atención el anuncio del Tordo, la Ranita comentó haciendo girar sus ojos:

—Eso que ha dicho el Tordo, si no estuviera en verso, sería una gran tontería.

Las dos, una volando y la otra saltando, se acercaron a mirar la nueva callampa.

—¿Qué será, qué será? —se preguntaban en secreto.

El Duende Melodía hablaba y suspiraba de puros nervios:

—Si me toca de vecino un duende peleador, tendré que mudarme. Si en el hongo nuevo viene una bruja, tendré que arrancar ligero, sin llevarme ni siquiera una muda de ropa. Ay, ¿dónde encontraré otro hongo tan lindo como este, con techo rojo y con chimenea chueca? Ay, ay…

En esto, se oyó un fuerte crujido y en la nueva callampa se abrió una puerta como un resorte. Todos lanzaron un grito, pero luego se quedaron mudos al ver salir un par de zapatos viejos, unas chancletas que huían saltando entre las hierbas. De atrás apareció una viejecita que chillaba:

—¡Atajen mis zapatos, ay, no puedo correr a pie desnudo!

El Duende alcanzó los zapatos antes de que se perdieran de vista y se los pasó a la extraña vecina, que se los puso dando suspiros de alivio.

—¡Qué felicidad! Ahora puedo caminar, bailar, brincar.

Y todo esto iba haciendo la viejecita con una agilidad increíble. El Duende la miró un rato y se presentó delicadamente:

—Respetable señora, yo soy el Duende Melodía y vivo en la callampa del lado.

—Y yo soy la bruja Picarona y vivo en la callampa de ningún lado, ji ji.

El Duende, la Ranita y la Torcaza dieron un salto atrás.

—¡Picarona y bruja! ¡Qué horror! —gimió el Duende.

—¡Qué horror! —repitieron las otras dos.

—Yo no soy bruja, soy una brujita y hay una gran diferencia —corrigió Picarona.

Diciendo esto, se metió en su casa y cerró la puerta. Antes de que nadie alcanzara a respirar, la nueva callampa empezó a dar vueltas y como tornillo se hundió en la tierra limpiamente. Todos lanzaron otro grito, pero tuvieron que tragárselo, porque la callampa apareció un poco más allá, junto a unas flores. La brujita salió con una regadera y se puso a echar agua a las plantas murmurando:

—Corrí la casa más acá porque me gustan mucho las flores.

—Si le gustan las flores, es buena —exclamó el Duende con alivio—. Pero si le gusta la música, es perfecta.

Sacó de su bolsillo la flauta con que solía encantar sus tardes. A los primeros compases, la brujita dejó la regadera, se metió en. la casa y con callampa y todo se trasladó con suma ligereza, esta vez por encima de la tierra, hacia el lugar donde sonaba la música.

Se