El clavo

Ilustración: shanyar

Un mercader había realizado buenos negocios en la feria. Había vendido todas sus mercancías y regresaba con la bolsa bien repleta de oro y plata. Como quería estar en casa antes de que anocheciera, metió el dinero en su valija, la ató en la parte de atrás de su silla de montar y se puso en camino, cabalgando sobre su caballo.

A mediodía se detuvo a descansar en una ciudad y dejó el caballo en el establo. Ya se disponía a continuar su ruta, cuando el mozo de la posada, al devolverle el caballo, le dijo:

—Señor, en el casco izquierdo de detrás falta un clavo en la herradura. Descansad diez minutos más, que yo llevaré el caballo al herrero para que ponga un clavo nuevo.

—No importa —respondió el comerciante—. La herradura aguantará bien sin ese clavo las seis horas que me quedan de viaje. Tengo prisa. Quiero llegar a casa antes de que anochezca.

Por la tarde, el comerciante paró en otra posada; tras otro descanso y tras pedirle al posadero que le diera pienso al animal, este le dijo:

—Señor, vuestro caballo ha perdido la herradura del casco izquierdo de atrás. ¿Queréis que lo lleve al herrero? Le pondrá una nueva herradura en media hora.

—No, déjalo —respondió el mercader—. El animal aguantará sin herradura el par de horas que quedan hasta casa. Llevo mucha prisa. Se hace tarde y quiero llegar a casa antes de que se ponga el sol.

Y continuó su camino.

Mas, al poco rato, el caballo empezó a cojear, luego a tropezar continuamente y, por fin, se cayó y se rompió una pata. El comerciante no tuvo más remedio que abandonarlo en medio del camino, cargar con la valija y recorrer a pie el resto del trayecto. Llegó a su casa cansado, sin caballo y de muy mal humor.

—Quería llegar a casa antes de que anocheciera y ya es noche cerrada… ¡Y de esto ha tenido la culpa un maldito clavo!

Si quieres llegar pronto a tu destino, apresúrate, pero con calma.

FIN

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Comments

  1. Es un cuento corto pero contundente. La moraleja todos nos la sabemos y la cesamos de incumplirla ¡somos imperfectos!, una cualidad que nos caracteriza, si no seríamos robots y no humanos. Pero si por las prisas dejamos víctimas en la cuneta -el caballo en el cuento- el error es imperdonable. Y la soberbia del comerciante que echa la culpa al clavo.
    Muchas gracias Nona; un abrazo muy fuerte.

  2. “Vísteme despacio que estoy apurado”, se dije que le dijo Napoleón a su lacayo. Por ahí andaba el asunto, aunque, para ser estrictos, todo el asunto no fue por un clavo, sino por la estupidez del comerciante.

    Abrazo.

    • Así es, Juani. El mundo no suele ser justo con los débiles, por desgracia. Pero los cuentos nos ayudan a reflexionar sobre esa realidad y, en ocasiones, invierten los términos para que ganen los más diminutos 😉
      ¡Un gran abrazo!

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