La campesina y los tres consejeros del rey

Ilustración: cosmococo

El sol se ponía y una vieja campesina terminaba sus labores agrícolas diarias. En la distancia oyó el eco de unos cantos que llegaban desde las montañas. Se giró en dirección al lugar del que provenía el sonido y vio una gran comitiva de gente a caballo que salía del bosque y se dirigía, por la carretera, hacia la ciudad. Era el rey y sus caballeros, que volvían de caza. El monarca cabalgaba el primero y lo seguían, a poca distancia, los grandes del reino y los ministros, luciendo sus mejores galas. Cerraba aquel séquito la banda real, que tocaba sus instrumentos y cantaba canciones.

El espectáculo era magnífico. En cuanto la anciana vio a los caballeros con sus relucientes ropajes y escudos, no pudo despegar los ojos de ellos. Mientras miraba embelesada, observó cómo el rey detenía la marcha de su cortejo con una señal de su mano y, campo a través, se dirigía, seguido de tres de sus consejeros, hasta donde ella estaba. La vieja campesina sacudió el polvo de su ropa lo mejor que pudo, se atusó el pelo con los dedos y esperó, humilde y expectante, la llegada del rey.

El rey se acercó a la campesina y después de saludarla amablemente le dijo:

—Buena mujer, ¿te levantaste temprano para llevar a cabo tus tareas?

La anciana respondió:

–Así es; me levanté pronto para cultivar mis campos y estos me dieron abundantes frutos.

El rey le preguntó entonces:

—Sin embargo, no veo esos frutos que mencionas… Dime, ¿cuánto tiempo hace que ese huerto en flor se secó y la cima de las montañas se cubrió de nieve?

—Veinte años hace ya, majestad —contestó la campesina con tristeza.

El rey, haciendo con su cabeza una señal de comprensión, le preguntó a continuación:

—¿Y durante todo ese tiempo han estado fluyendo caudalosos ríos desde el fondo de la montaña?

—Y siguen fluyendo, majestad. Fluyen y fluyen, desde entonces, sin parar.

—Hasta ahora, todo bien —dijo el rey—. Pero dime, ¿serás capaz de esquilar tres gansos tontos cuando lleguen del oeste?

—Seré capaz, sabio monarca, seré capaz. Lo prometo —contestó sin demora la viejecita.

El rey dio por finalizada la conversación, pero antes de marcharse, le regaló a la anciana un cinturón de oro y partió, junto a sus tres consejeros, para unirse de nuevo al séquito real, que lo aguardaba en el camino. Entre la nube de polvo que levantaban los caballos al galopar, la mujer los perdió de vista en el horizonte, camino de palacio.

Al llegar a su destino, el rey, los consejeros y el resto de la corte celebraron un gran banquete. Al terminar, el rey pidió a los consejeros que lo habían acompañado a ver a la campesina que le explicaran el significado de las preguntas que le había hecho a la anciana y qué querían decir las respuestas que esta le había dado.

Los consejeros pensaron y pensaron durante horas, tratando de desentrañar los acertijos, pero ninguna de las explicaciones fue del agrado del rey. Por último, el soberano les concedió treinta días para que encontraran las respuestas correctas y advirtió a los tres de que en caso de que fracasaran, elegiría nuevos consejeros para reemplazarlos.

Durante veintiocho noches los consejeros meditaron y discutieron, pero fueron incapaces de descifrar los enigmas. Vencidos, decidieron ir a ver a la anciana campesina para que los ayudara.

La mujer los recibió en el umbral de su cabaña, con una reverencia los invitó a pasar, pero se negó a aclarar el misterio que encerraban las preguntas formuladas por el monarca y las respuestas que ella le había dado. Por más que los consejeros rogaron, suplicaron y, finalmente, amenazaron, no consiguieron una respuesta de la campesina. Solo cuando pusieron sobre la mesa cien monedas de oro cada uno, la anciana dio su brazo a torcer. Se guardó el dinero en el bolsillo, y dijo que les revelaría el misterio que tanto los preocupaba.

—La primera pregunta del rey se refería a mi familia y mi respuesta fue que me casé joven y tuve hijos, pero que pasado el tiempo me quedé sola. Después el rey me preguntó cuánto tiempo hacía de eso y desde cuándo peinaba yo canas, a lo que yo respondí que hace ya veinte años que la soledad y la pena cubrió de nieve mi cabeza. Finalmente, el rey quiso saber si he llorado mucho y yo le dije que desde entonces no he dejado de llorar. Por último, con los tres gansos tontos del oeste el rey aludía a vosotros y vaticinó que vendríais a pagarme para que resolviera el significado de la conversación que mantuvimos él y yo. Y tal y como le prometí, ¡os he esquilado!

FIN

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Comments

  1. Jajaja….Anda qué no quedaron desplumados los gansos!! Realmente el enigma era difícil!! Sabios el Rey y la anciana!! Un abrazo veraniego!!

  2. Pues yo, aunque me parecían un poco raras las preguntas no he sido tan espabilada como la campesina. Así que el final me dejó muy sorprendida, los malos eran tan tontos ni la viejecita tan inocente. Ellos querían quedar bien con el rey -estaban a su servicio- y ella aprovechó para sacar tajada al asunto.
    Moraleja: nunca te fíes de nadie (je, je… ).
    Un abrazo muy fuerte, Nona.

  3. ¡Sí que sabía la campesina!
    Lo que sí me ha quedado claro era lo de pelar gansos 🙂 ¡¡Lastima que solo fueran tres y no media docena!
    Un beso enorme.

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