El libro de los encantamientos

Ilustración: Karl Mühlmeister

Había una vez un poderoso brujo, muy hábil en materia de hechizos. Vivía en una cabaña en medio del bosque y sintiéndose viejo y cercano a la muerte, pensó en transmitir el arte de su magia a alguien.

Un día vio a dos hermanitos jugando en un prado y el mago se dijo: «¡Aquí está lo que andaba buscando! Me los llevaré, los criaré y, más adelante, les enseñaré el maravilloso arte de la magia».

Los capturó con una red tejida con pelo y se los llevó a su cabaña.

Pasó el tiempo. Los pequeños hubieran querido escapar, pero el mago los vigilaba estrechamente y casi nunca abandonaba la casa; solo, a veces, iba de pesca. Un día, cuando el mago se dirigió al río con su caña, la hermanita rogó a su hermanito:

—¡Huyamos! El mago se ha marchado a pescar; ¡vámonos antes de que regrese!

Pero el hermano, más paciente y prudente, respondió:

—Ese hombre es tan sabio que, con su magia, nos encontraría de inmediato. Ten paciencia. Ya se presentará una ocasión mejor.

Pasaron los meses y el mago cada vez se ausentaba con más frecuencia. Un día en el que tardaba más de la cuenta, los hermanos se pusieron a revisar la biblioteca. En el estante más alto, descubrieron un grueso libro en cuya tapa se leía: Magia.

—Este debe ser el libro de los encantamientos —dijo el chico—. ¡Mira!, aquí están todos los hechizos. Cada vez que nos quedemos solos, podemos aprenderemos una fórmula mágica. Cuando hayamos aprendido algunas, tal vez consigamos huir.

Después de varias semanas de estudiar el grimorio, acordaron escapar:

—¡Ha llegado el momento! Ahora sabemos algunos hechizos que pueden sernos de utilidad en caso de peligro.

Salieron de la cabaña y enfilaron por el sendero del bosque.

Entretanto, el mago, sentado en la orilla del río, no pescaba nada. Veía a los peces acercarse al cebo y comer de él con delicadeza, pero sin tragarse el anzuelo. Era ya noche cerrada cuando volvió a su casa con un humor de mil demonios. Al entrar en la cabaña y no ver a los dos hermanos se puso a buscar en todas las esquinas, miró debajo de la mesa y debajo de la cama, ¡pero habían desaparecido!

—¿Adónde habrán ido esas malditas criaturas? ¡Han huido!, y lo pagarán caro —gritó enfurecido—. ¡A mí, bastón mágico!

Inmediatamente, un grueso bastón saltó a sus manos y señaló la dirección que habían tomado los fugitivos. El mago siguió las indicaciones y cuando ya amanecía, divisó, a lo lejos, a los dos hermanos.

—¿Por qué huis de mí?

El hechicero no entendía por qué los hermanos no eran felices. Les daba de todo: ropa, golosinas, juguetes, comida, libros… El único libro que tenían prohibido era el de los encantamientos. «Ingratos, ingratos», repetía mientras se acercaba cada vez más a ellos.

Al mirar atrás, el muchacho comprendió que el mago los alcanzaría enseguida, así que pronunció su conjuro en voz alta:

Al instante, el chico se transformó en un lago azul, y su hermana en un pequeño pez de plata que buceaba plácidamente en sus aguas.

Al llegar a la orilla de aquel lago que nunca había visto antes, el mago receló e inmediatamente imaginó lo que había sucedido. «Queréis libraros de mí —gruñó—, pero os atraparé».

Y a toda prisa volvió a su casa para abastecerse de redes y pescar el pececito. ¡Luego ya se ocuparía del lago! Tan pronto como se fue, los niños recuperaron su forma humana y reanudaron su camino.

Mientras tanto, el mago había regresado al lugar donde estaba el lago, pero, para su disgusto, ya no lo encontró. Solo había un prado pantanoso donde saltaban algunas ranas. Arrojó furioso las redes y después de interrogar al bastón mágico, reanudó la persecución. Hacia la noche, los niños escucharon el ruido de sus pasos.

—¡Estamos perdidos! —dijo el chico.

Pero la niña, animosa, pronunció una de las fórmulas mágicas aprendidas:

Inmediatamente se convirtió en una pequeña capilla blanca, de las que se ven a lo largo de los caminos, y el niño se convirtió en un bello ángel pintado en la pared.

Cuando el mago llegó, comenzó a maldecir, echando espuma por la boca. ¿Cómo capturar a aquel ángel pintado que parecía que lo amenazaba con su manita alzada? Rodeó la capilla tres o cuatro veces y llegó a la conclusión de que lo único que podía hacer era quemarla. «Te reduciré a un montón de cenizas!».

Y dicho esto, comenzó a juntar hierba seca y ramas para prender fuego a la capilla; pero cuando estaba a punto de incendiarla, se dio cuenta de que no tenía cerillas. Todo lo que tenía que hacer era ir a casa a buscarlas.

Tan pronto como desapareció de la vista, los dos hermanos volvieron a su aspecto habitual y reemprendieron la marcha.

Cuando el mago, regresó con las cerillas, solo encontró una gran roca. El hechicero, furioso, consultó su bastón y reanudó su persecución hasta que, al amanecer, de nuevo les pisaba los talones.

A oír los pesados pasos, el hermano recitó:

En un segundo, se convirtió en un corral, en el que se levantaba una gran pila de trigo. La niña se convirtió en un grano de oro mezclado con los demás. Cuando el mago llegó, gritó lleno rabia. ¡Se la habían jugado de nuevo! Luego, poco a poco, se calmó y reflexionó: «Esta vez, en lugar de enojarme tanto, buscaré un remedio infalible». Finalmente, sus ojos lanzaron un destello de triunfo:

—¡Ya sé! —exclamó.

Pronunció unas palabras mágicas e inmediatamente se convirtió en un gallo negro, que avanzó deprisa, extendiendo su pico en busca de la niña, convertida en grano de trigo. Gracias a sus poderes mágicos, ya había descubierto cual era y estaba a punto de atraparlo, cuando la pequeña pronunció mentalmente la última fórmula mágica que recordaba:

—¡Gallo negro, gallo negro, no tengas prisa! ¡No sabes la que te espera!, yo seré un galgo y mi hermano un zorro.

Inmediatamente en un extremo del seto apareció un gran galgo que, con sus dientes afilados, comenzó a correr hacia el gallo. Tan pronto como lo vio, el gallo, asustado, huyó en dirección opuesta, pero al otro lado aguardaba un zorro rojo que, con los ojos ardientes y la boca abierta, se abalanzó sobre él.

El gallo no sabía por dónde escapar; revoloteó dando bandazos y perdiendo sus plumas. Ya no pensaba en el grano de trigo, y, peor aún, no recordaba ninguna de las fórmulas mágicas que podrían haberlo salvado.

El zorro saltó sobre el gallo y acabó con él de un solo mordisco.

Los dos niños recuperaron su aspecto habitual y volvieron a casa muy contentos; ya no tenían nada que temer. Los padres, que durante tanto tiempo los habían llorado al creerlos muertos, los recibieron con alegría y grandes fiestas. A partir de ese día, vivieron felices para siempre y nadie volvió a oír hablar del malvado brujo.

FIN

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Comments

    • 😀 😀 😀 😀 Pues no te extrañe que este cuento sea un mixtura extraña, como pasa con otros muchos. No tengo noticias de ellos, pero investigaré y si me entero de algo te lo diré.
      ¡Un abrazo!

  1. Me encanto, lo comparto en facebook
    Me sorprende ignorar tantos cuentos
    Me disculpo por no haberte visitado
    Estoy trabajando mucho y no pude hacerlo
    Un abrazo, hacedora

    • Edda, un placer tenerte cerquita, pero si no puedes venir por mucho trabajo… ¡¡es fantástico!! Eso quiere decir que las personas siguen amando el teatro y a los que, como tú, hacéis posible que el espectáculo siga. ¡Ojalá algún día representes una obra en Europa para poder verte en acción! 😉
      ¡Un abrazo inmenso!

  2. Un mago tonto. Si hubiera explicado a los niños que pretendía enseñarles a utilizar la magia hubiera sido más fácil. La verdad por delante. Pero claro, no tendríamos cuento….abrazos cuenteros!!!

  3. ¡Caramba con el mago!
    La paciencia es un grado. La madre de toda sabiduría. Saber aplicar los conocimientos en el momento adecuado es lo que nos puede salvar de aquellos que se creen demasiado listos. Más vale maña que fuerza. La agudeza de los niños estuvo a la altura del egoísmo y poca empatía del mago que, en realidad, solo sabía magia y no de sus propias capacidades.
    Me ha encantado la moraleja.
    Un beso enorme.

    • Ya dicen que «Lo que natura no da, Salamanca no presta» y aunque ese mago estudio y estudio mucho, parece que no aprendió a pedir las cosas y creyó que todo podía obtenerlo con un pases mágicos.
      Gracias por comentar, Mag.
      ¡Un gran abrazo!

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