El pastorcillo mentiroso

Ilustración: Niky-Chan

Érase una vez un joven pastorcillo que se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando de su rebaño de ovejas. Muy de mañana, las llevaba a pastar a los campos que rodeaban la pequeña aldea en la que vivía. A diario, cuando el sol empezaba a asomar, hacía lo mismo: se levantaba, metía en su zurrón un trozo de pan y un poco de queso y, seguido de sus ovejas, se dirigía hacia las praderas, donde se pasaba todo el día. Una jornada de otra solo se diferenciaba porque llovía o hacía sol, por lo demás todas trascurrían de igual modo.

A menudo, mientras miraba a los animales pastar, pensaba en las muchas cosas que podría estar haciendo en aquel momento si no fuera porque tenía que trabajar y como el tiempo pasaba muy lento y se aburría mucho, echaba a volar la imaginación para divertirse. Un día, mientras dormitaba debajo de un árbol, se le ocurrió una idea… Pensó que podría pasar un buen rato divirtiéndose a costa de sus vecinos y empezó a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

La gente, sin perder ni un segundo, tomó lo que tenía más a mano para defenderse del animal y acudió corriendo a auxiliar al pobre pastorcito, que seguía pidiendo auxilio a gritos. Al llegar allí, los vecinos descubrieron que todo había sido una pesada broma del pastor, que, al ver reunidos a su alrededor a sus vecinos con cara de susto y armados hasta los dientes, se desternillaba de la risa por el suelo. Los aldeanos, muy enfadados, le afearon su actitud y regresaron a sus quehaceres.

Una vez se hubieron ido, pensó el pastor que aquello había sido muy divertido. ¡No se había reído tanto en toda su vida!, así, que decidió repetir su juego. Cuando vio que la gente ya se había alejada lo suficiente, volvió a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

De nuevo, la gente, al oír su grito de socorro, desanduvo el camino y acudió a toda prisa, pensando que, esta vez, sí que era cierto que lo atacaba el lobo y que, realmente, el pastor necesitaba su ayuda. Pero al llegar donde estaba el chiquillo, se lo encontraron riendo sin parar. más aún que la primera vez, y no paraba de burlarse de que hubieran vuelto otra vez para auxiliarlo. Esta vez, los aldeanos se enfadaron muchísimo y se marcharon muy molestos de la nueva mala pasada del pastor.

Cayó la noche; el pastor recogió su rebaño y se fue a su casa.

A la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, el pastor se dirigió al prado para que sus ovejas comieran. Cada vez que recordaba lo ocurrido el día anterior, le entraba la risa y, en modo alguno, pensaba en la mala pasada que les había hecho a sus vecinos ni en el mal rato que les había hecho pasar. Tan divertido estaba recordando su jugarreta, que no se dio cuenta de que, sigiloso, se acercaba a sus espaldas un gran lobo gris. Al oír crujir una rama, se dio media vuelta y vio al enorme animal. El miedo le recorrió el cuerpo de arriba abajo. El lobo se acercaba más y más, despacio, con las fauces abiertas, medio muerto de hambre, gruñendo… Y cuando ya estaba a pocos pasos del pastor, este empezó a gritar desesperadamente:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo! ¡Me va a comer! ¡Socorro!

Pero, aunque gritó, lloró e imploró sin parar, sus súplicas fueron en vano. Los aldeanos oyeron sus ruegos, pero hicieron caso omiso de ellos, porque no creyeron lo que decía el pastor. Recordaron las mentiras del día anterior y, esta vez, hicieron oídos sordos. Pensaron que ahora tampoco decía era verdad.

¿Y qué es lo que pasó? Pues que el pastor se subió a un árbol para salvarse del ataque y, desde allí, vio impotente cómo la fiera se abalanzaba sobre su rebaño y lo devoraba entero mientras él no dejaba, entre dentellada y dentellada del lobo, de gritar:

—¡Esta vez prometo que es verdad! ¡No os engaño! ¡El lobo está aquí y se está comiendo las ovejas!

Tarde y mal, el pastorcillo se dio cuenta de su mal comportamiento y se arrepintió de su actitud. Desde ese día, nunca más volvió a mentir ni a burlarse de sus semejantes y comprendió que, para divertirse, siempre es mucho mejor reírse con las personas que de las personas.

FIN

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Comments

  1. Pedro y el lobo!!! Muchas veces hemos oido o dicho: te va a pasar como al del lobo. Un cuento que traspasa la fantasía y se hace realidad. Es que no aprendemos. Saludos cuenteros!!

  2. Este cuento me lo contaba mi abuela cuando era pequeña.
    Gracias por recordármelo Martes.
    Espero que todo vaya muy bien.
    Un abrazo
    Marisa Alonso Santamaría

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