El zorro y el lobo

Ilustración: vodoc

Un frío día de invierno, cierto pescador regresaba a su casa muy contento por la buena pesca cuando al borde del camino vio un zorro tirado a un lado de la carretera. Se acercó con cautela y descubrió que no se movía, así que supuso que estaba muerto.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó, al tiempo que recogía al animal y lo arrojaba en la parte trasera de su carro, donde también estaban los peces que había capturado—. Con su piel me haré un buen abrigo para protegerme del frío.

Mientras el hombre continuaba satisfecho su viaje, el astuto zorro, que no estaba en absoluto muerto, tiró los peces del carro y luego saltó él.

Al llegar a su casa, el hombre se dio cuenta de que los peces y el zorro habían desaparecido.

—¿Dónde están? —se lamentó el pescador—. Había muchos peces y un zorro en mi carro.

Al darse cuenta de lo que había sucedido, el buen hombre se puso a llorar y a lamentarse, pero ya no había nada que hacer.

Mientras tanto, el zorro estaba dándose un gran festín con todo el pescado que había robado del carro. En eso estaba cuando llegó un lobo:

—Buenos días, primo —saludó con cortesía el recién llegado.

—Buenos días, amigo —respondió el zorro.

—Estoy muerto de hambre y como veo que tienes muchos peces ahí, ¿serías tan amable de darme unos cuantos? —preguntó el lobo.

—Lo siento, pero este pescado es mío. Mi esfuerzo me ha costado conseguirlo. Lo que deberías hacer es ir y pescar tú mismo —respondió el zorro.

—Yo no sé pescar.

—Es fácil, solo tienes que bajar al río, romper el hielo con una piedra, colocar tu cola dentro del agujero y esperar a que los peces piquen —le dijo el zorro al lobo.

Así que el ingenuo lobo bajó al río, hizo un agujero en el hielo e introdujo su cola en la grieta, pero como era invierno, pronto la cola se congeló en el agua, de modo que no importó lo fuerte que tiró para intentar sacarla; no pudo. No tuvo más remedio que sentarse sobre el hielo y pasar allí toda la noche.

A la mañana siguiente, muy de mañana, una mujer fue a buscar agua al río y al ver al lobo empezó a gritar:

—¡Socorro! ¡Un lobo, un lobo! ¡Que alguien me ayude!

Al oírla, los aldeanos acudieron a toda prisa y comenzaron a golpear al lobo con palos, piedras y todo lo que encontraron cerca.

No supo cómo lo consiguió, pero el pobre lobo finalmente pudo soltar su cola helada y escapar de la gente. Mientras huía pensaba: «Maldito zorro, ¡me vengaré de ti! ¡Me las pagarás!

A poca distancia, el zorro, que había sido testigo de todo lo ocurrido, se deslizó con cautela dentro de la choza donde la mujer que había gritado estaba preparando un pastel de frambuesas y se embadurnó el cuerpo con la mermelada de los frutos rojos.

Cuando el enojado lobo dio con el zorro, le dijo que se lo iba a comer y le contó cómo la gente lo había golpeado hasta casi matarlo. El zorro le respondió:

—Lo siento mucho, pero a mí me golpearon también y mucho más fuerte que a ti. Fíjate, yo estoy sangrando y tú no.

—Eso es verdad —asintió el lobo mientras miraba las supuestas heridas del zorro—. Te llevaré a mi casa y te curaré —Se ofreció solícito.

El lobo llevó al zorro a su casa y allí lo estuvo cuidando y alimentando hasta que llegó la primavera. Con los primeros rayos de sol, el zorro recuperó milagrosamente la salud y el lobo, al darse cuenta de ese nuevo engaño, gruñó enfadado:

—¡Me has traicionado otra vez! Esta vez no te vas a librar, ¡voy a comerte!

—¡Espera, espera! al menos dame la oportunidad de poner en orden mis asuntos antes de comerme. Vayamos a mi casa, podrás quedarte con todas mis pertenencias.

El lobo aceptó y el zorro lo condujo hasta lo más hondo del bosque, a un lugar en el que sabía que había una profunda cueva de la cual era imposible salir.

—Antes de empezar a comerme, entra para ver todo lo que tengo.

El incauto lobo así lo hizo y el zorro aprovechó para deslizar una pesada piedra que selló la entrada.

—¡Déjame salir! —suplicaba—. ¡Te prometo que no te comeré! ¡Te lo prometo!

—Te creo, te creo. Tú siéntate y espera, que ahora mismo te ayudo —contestó el zorro mientras se alejaba de allí.

FIN

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Comments

  1. Hola, Martes:

    Hacía mucho tiempo que tus entradas ya no me aparecían en el Reader, y pensaba que habías dejado tu blog. Supongo que sería por el cambio de dominio… ¿cómo puedo seguirte ahora? No me aparece la opción de seguir :S

    Respecto al cuento, te diré que me siento bastante identificado con el lobo, ya que recientemente he sido engañado por un zorro humano. Bueno, más bien por una zorra, puesto que es hembra, y de esta comunidad además, pero supongo que no hay un límite de hábitat para estos seres traicioneros y manipuladores. Lo importante es saber darse cuenta a tiempo y evitar males mayores para que no nos suceda como al lobo.

    • ¡Me alegra verte por aquí! 😉
      En adelante, te llegarán las entradas a tu correo cada martes de forma automática.
      Me sabe mal que te identifiques con el lobo, pero es cierto que en la vida topamos con muchos zorr@s de los que es mejor huir. ¡Adelante y ánimo! Que la buena gente es más numerosa.
      ¡Un gran abrazo!

    • Un día te quejaste de que los lobos siempre eran malos en los cuentos, pero no sé si es peor ser tan tonto y crédulo como este 😀 😀 😀 Lo que parece que no cambia nunca es la astucia de los zorros 😉

    • ME alegra mucho de que te haya gustado el cuento, Angélica.
      Algún día debo intentar averiguar el porqué de ese concepto que tenemos de los zorros y de su astucia. En cuanto lo averigüe, lo compartiré con todos vosotros 😉
      ¡Un abrazo!

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