La Pequeña Hada y Lala

Ilustración: SteeveeJ

En aquellos días, los vecinos de Isla Imaginada andaban un poco aburridos. Entre ellos comentaban que hacía mucho tiempo que no sucedía nada extraordinario, importante o diferente de la rutina habitual.

También nuestra amiga, la Pequeña Hada, se aburría, así que empleaba sus días en favorecer a sus paisanos con pequeños encantamientos: encontrar un anillo perdido, apaciguar los insistentes rebuznos de un burro con un jarabe milagroso, fabricar polvos mágicos para que los zapatos del cartero fueran más deprisa… En fin, cosas sin importancia.

Hasta que una noche, terribles ráfagas de viento, que azotaban calles y ventanas, tuvieron a todos en vela. ¡Aquello era un torbellino impresionante!

Al día siguiente, muy tempranito, el canguro Horacio salió a desayunar como cada día. En dos saltos, se colocó junto al estanque y ¡¡¡ohhhhhhhhhhhh!!!, tal fue su descubrimiento, que salió pitando, mejor dicho, saltando, a compartirlo con todo el pueblo:

—¡Vecinos! ¡Vecinos!  ¡Todos al estanque! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Es increíble! ¡Es enorme!

Adormilados, se asomaban a puertas y ventanas:

—Pero, Horacio, ¿qué sucede?

—¿Qué horas son estas?

—¡Con la noche que hemos pasado por culpa del viento!

Horacio seguía con su cantinela y los fue guiando hacia el estanque. La mayoría aún iba en pijama, nadie había querido entretenerse porque la curiosidad era muy grande.

A medida que se acercaban, los vecinos vieron en medio del estanque, allí donde el agua era más profunda, una gran, gran, bola moviéndose arriba y abajo, arriba y abajo, haciendo un ruido como un soplido.

El canguro Horacio miró a sus amigos y les dijo:

—¿Qué me decís? ¿No es extraordinario?

Se miraban unos a otros, cada cual daba su opinión

—Es una piedra gigante.

—Un meteorito ¡Sin duda!

—Un gran bombón.

Tita, la tortuga, que la pobre había sido la última en llegar, dio también su opinión

—¡Nada de eso! ¿No veis que respira? ¡Es un animal! ¡Seguro!

Fue entonces, ante tanto ruido, que la gran bola del estanque se despertó y todos pudieron ver cómo del agua surgía una cabezota, con una gran boca, llena de dientes, grandes colmillos y una lengua enorme, que de un gran rugido, acompañado de un soplido, tumbó a todo el mundo por los suelos. La pobre Tita se quedó panza arriba y necesitó la ayuda de dos asnos para volver a ponerse en pie.

Asombrados quedaron todos al ver, en medio del estanque, a la hipopótama más grande que nunca hubieran imaginado.

La verdad era que la más sorprendida y espantada era ella, que los miraba con cara de susto:

—¿Dónde estoy?

En cuanto habló, volvió a salir de su bocaza un huracán que tiró por los suelos a la mayoría de los presentes. Menos mal que Tita estaba bien cobijada entre las patas de los asnos y, esta vez, se salvó del revolcón.

El canguro Horacio, el descubridor, fue el portavoz de los vecinos:

—Señora hipopótama, estás en Isla Imaginada, el país donde habitan todos los personajes de los cuentos que existen o han de existir. ¿Cómo has llegado hasta aquí y cuál es tu nombre? Pero, por favor, contesta bajito para que no salgamos volando.

La pobre hipopótama, haciendo un esfuerzo para no levantar mucha ventolera, les explicó:

—Soy Lala, me he escapado de un cuento que no me gustaba. Tenía que perseguir a los niños para asustarlos y eso a mí no me gusta nada ¡A mí me gustan los niños! Así que esperé al primer huracán que pasó, pude subirme a él y llegué hasta aquí. Por favor ¡dejad que me quede con vosotros! Prometo que no hago daño a nadie —Y entonces, sin ya poderse aguantar más, empezó a llorar con unos sollozos que emocionaron a los que allí estaban. Suerte que, en previsión de otra avalancha de aire, se habían agarrado a los árboles, echado piedras en los bolsillos y cogido unos a otros para no caer— ¡Ayyyyyyyyyy! ¡Ayyyyyyyy! ¡Buaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaa!

Las hojas de los árboles empezaron a temblar y caían como si ya hubiera llegado el otoño; en el estanque se creaban remolinos que sacaron a la superficie a los peces que nadaban en el fondo; y las ranas, molestas, empezaron a croar sin parar.

La escandalera era tal, que ya, en toda la isla, no quedaba un alma dormida, y menos aún nuestra amiga la Pequeña Hada, que llegó tarde a la reunión porque se había entretenido, tan presumida era, en peinarse unas bonitas trenzas que en cuanto pisó la calle se le deshicieron debido al huracán creado por el llanto de Lala.

Como la Pequeña Hada era muy querida y respetada, en cuanto llegó empezaron a pedirle opinión y a ponerla al día de la aventura de la pobre hipopótama.

—¿Tú qué opinas Pequeña Hada?

—¿Se puede Lala quedar con nosotros?

—¿Pero cómo haremos para no vivir en un continuo torbellino en cuanto abra la boca?

La Pequeña Hada se aproximó a la orilla del estanque y habló así:

—Querida Lala, fuiste muy valiente al huir de un cuento que no te hacía feliz. Has venido al sitio adecuado. Aquí nadie te va a obligar a hacer algo que no quieras. Así que puedes estar tranquila. Puedes vivir en este estanque y ya pensaremos en algo para que no nos hagas volar a todos

En ese momento, Lala se sintió tan agradecida y contenta que dejó escapar una gran risotada:

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Gracias, amigos!

¡Y ya estamos! De nuevo un huracán barrió todo el parque. Algunas gallinas huyeron despavoridas, prometiéndose no volver nunca más al estanque porque la fuerza del aire las había dejado sin plumas.

Con tantas emociones, a Lala le entró hambre y salió del agua para tomar un rico desayuno de las frescas hierbas que crecían alrededor.

Los vecinos de Isla Imaginada aprovecharon ese intermedio de paz para parlamentar:

—Hemos de encontrar una solución.

—Tiene que haber una manera para hacer que cesen los torbellinos que salen por su boca.

—¿Y en verano qué? ¡Nuestros niños y cachorros vienen a bañarse aquí! Lala ocupa casi todo el estanque y además los puede asustar, es que ¡es tan grande!

—¡Es muy grande! ¡Ese es el problema!

—La Pequeña Hada nos tiene que ayudar, siempre lo hace.

Así que la Pequeña Hada, que escuchaba pensativa, les dijo:

—Está bien, buscaré una solución. De momento, dejemos a Lala en paz. No nos acerquemos demasiado y os pido un favor: que nadie le haga cosquillas ni le cuente un chiste.

Ahora fueron los vecinos los que rieron de buena gana. Volvieron todos a sus hogares, cerraron bien puertas y ventanas en previsión de nuevas ráfagas de viento y procuraron no salir a la calle para no salir volando y acabar en la Luna.

La Pequeña Hada iba por el camino repasando las palabras del señor Oso: «Es muy grande. Ese es el problema».

Desde luego, su problema era el tamaño, nadie había visto nunca, ni siquiera en los libros, una hipopótama tan enorme. «Si fuera más pequeña, su potencia huracanada se reduciría y podría vivir sin problemas entre nosotros», se dijo la Pequeña Hada.

Todos esos pensamientos dieron doscientas vueltas en su cabecita, donde ya se vislumbraba una solución para el problema de Lala.

Decidida, la Pequeña Hada dio media vuelta y volvió al estanque, con los bolsillos cargados de piedras, ¡por si acaso!, y llamó a la hipopótama:

—¡Lala! ¡Lala!, creo que puedo ayudarte, pero tienes que decirme si te parece bien la solución que se me ocurre. Escúchame y después me contestas ¡pero bajito!

La hipopótama movió la cabeza de arriba abajo para indicarle que estaba de acuerdo y la Pequeña Hada le explicó:

—Estarás de acuerdo en que tu problema, ¡y el nuestro!, es que eres demasiado grande para vivir en este estanque y que tu voz, tan potente, desencadena algunos inconvenientes para nosotros. He pensado que si tu tamaño fuera más pequeño no habría ningún problema y estaríamos contentos de que fueras una nueva vecina. En el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas tiene que haber uno que nos sirva. Lo investigaré ¿Estás de acuerdo?

Los ojos de Lala se llenaron de lágrimas y con toda la suavidad que pudo respondió

—¡Oh!, eso sería maravilloso ¿De verdad podrías hacerlo?

—¡Pues claro Lala! ¡No hay nada imposible para la Pequeña Hada!

—Pues confío en ti. ¡Adelante!

Caminando deprisa, llegó a la Gran Biblioteca Hadística y fue directa a la mesa donde se consultaba el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas. Era un libro muy gordo y había que tener paciencia para encontrar el encantamiento adecuado. Las horas pasaron volando para la hadita consultando hojas y hojas, capítulos y más capítulos hasta que encontró uno que llamó su atención: «Conjuros para engrandecer y empequeñecer animales».

—¡Ya está! ¡Tiene que ser aquí! ¡Aquí estará la solución para Lala!

Estudió todo el capítulo con mucha atención, porque no podía equivocarse. Si en lugar de empequeñecer a la hipopótama la engrandecía, ¡sería un lío gordísimo!

Trabajó hasta estar segura de tener el conjuro perfecto y se dirigió al estanque donde Lala la esperaba impaciente.

—¡Lala! ¡No digas nada! escucha atentamente. He hallado el encantamiento para hacerte más pequeña, si quieres que siga adelante con él di que sí con la cabeza.

Y eso fue, exactamente, lo que la hipopótama hizo.

Entonces, La Pequeña Hada sacó su varita y haciendo con ella grandes círculos en el aire pronunció las palabras mágicas:

Varita brillante,

varita bonita,

que esta hipopótama

se haga pequeñita,

que su risa sea brisa

y su aliento un suspiro.

¡Mágica varita, yo te lo pido!

Inmediatamente, una cascada de puntitos brillantes escapó de la varita mágica y envolvió a Lala, que con los ojos abiertos como platos esperaba temerosa lo que pudiera pasar. Notó que le empezaban a subir cosquillitas desde las patas hasta las orejas mientras iba viendo cómo, a su alrededor, los árboles, las flores y hasta la Pequeña Hada se iban haciendo más y más grandes.

Pero lo que pasó, en realidad, es que ella se fue haciendo más pequeñita y tuvo que nadar hasta un lugar menos profundo de la laguna, porque ya no tocaba con sus patas el fondo.

La Pequeña Hada estaba entusiasmada, ¡el encantamiento había funcionado! Ahora, la hipopótama Lala era del tamaño de cualquier oveja de las que por allí pastaban.

—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Funcionó! ¡Lala di algo! ¡Quiero oír tu voz!

Y Lala, complaciendo a su amiga, lanzó un grito lo más fuerte que pudo y que apenas si movió el flequillo de la Pequeña Hada y algunas hojas de un árbol cercano.

Nuestra Hadita había sacado del apuro a la ahora pequeña hipopótama y a todos los habitantes de Isla Imaginada. En adelante, podrían vivir tranquilos sin necesidad de andar con la preocupación de si iban a salir volando, y en verano podrían ir a refrescarse al estanque, como cada año. ¡Mejor aún!, porque ahora tenían una nueva amiga con quién compartir juegos.

FIN

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