Lo más hermoso

Ilustración: frana

I

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía el geniecillo, saltando en las hojas de los eucaliptos.

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía colgándose de las gotas de lluvia.

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía saltando de una flor a otra, de las margaritas a las caléndulas, de las violetas a los conejitos. Por eso le llamaban Tip. Dormía en las hojas de un rosal, que el viento mecía. Y lo hacía cuando tenía sueño, porque Tip no usaba reloj. Además… ¡era tan lindo hacer escaleritas con los rayos de luna, para treparse a cazar estrellas! Y eso puede hacerse tan solo por la noche. También le gustaba subir por los hilos del sol y sentarse en las altas montañas, o dejarse llevar arrastrado por una nube hasta el país de los truenos… ¡Qué feliz era Tip!

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Saltando el geniecillo en su nido de hojas, se acomodó para dormir.

Era una mañana fresquita de otoño.

—¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

El pequeño Tip asomó su cabecita.

—¿Será ella? –se dijo.

Sí. Era Elenita, la rubia chiquilla de la casa, que salía para la escuela. Tip vio en la ventana, que estaba cerquita del rosal, el rostro sonriente de la mamá, que despedía a su nena.

De pronto Tip sintió curiosidad. Miró por el cristal de la ventana. La señora iba y venía, arreglaba una cosa larga que debía ser la ropa de dormir de Elenita, guardaba cosas, limpiaba otras, pasaba por el suelo un palo largo con pelos amarillos…

Más tarde se oyó otra vez:

—¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

Elenita volvía. Con su bonito delantal blanco y sus trenzas doradas.

Tip se colgó de la cartera y entró con ella en la casa.

—¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! –le llamó un señor gordo, que miraba con un gran ojo redondo.

Tip saltó hasta allí. Pero el señor gordo no tenía más que contarle. Solo decía:

—¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

En cambio, Elenita y su mamá ¡cómo charlaban alegres luego de saludarse con un beso! ¡Y cuánto aumentó la alegría cuando llegó papá y todos se sentaron a la mesa!

Muchas veces más, Tip entró con Elenita y gozó de los encantos de aquel hogar.

II

Cierta mañana, casi al mediodía, despertó Tip en su nido de hojas.

 —¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

Los pasos de Elenita sonaban desiguales.

—Parece que tiene fiebre –murmuró la madre al verla.

Y así era, en efecto. Poco después, Elenita se hallaba en la cama, bien abrigada. Papá se afligió mucho. Tip, sentado en la almohada, sintió que la frente de la niña quemaba como el sol en los días de verano.

Pronto vio el geniecillo cómo todo trabajo aumentaba en casa para la buena mamá. Y notándola cansada y preocupada, resolvió ayudarla de algún modo.

Mientras la nena dormía, corrió donde estaba la ropa jabonada: salto, se zambulló, resbaló en la tabla, subió gateando y fregó, fregó, hasta que la ropa quedó tan limpia como nueva. Luego se acomodó junto a los platos sucios. Mamá estaba lavando. Tip, colgado del trapo, hizo tan fuertes ejercicios que todo se acabó rápidamente. Entonces le tocó el turno a la escoba. Empujó los pelos amarillos, de modo que a mamá le parecía más liviano el trabajo. Y así siguió. De una y mil maneras trató de ser útil.

Cuando Elenita estuvo algo mejor, Tip le susurraba hermosas historias. Por eso un día, mientras mamá barría el piso, Elenita dijo:

—¿Sabes, mamá, que tengo sueños muy bonitos? Es un geniecillo que…

Mamá cesó de barrer.

—¡Mamá! ¡La escoba barre sola…!

—No puede ser.

—¡Sí, sí, sí! ¡Mira!

Tip, distraído, continuaba barriendo enérgicamente…

Mamá se frotaba los ojos por si fuera sueño. Pero la niña suspiró sonriente:

—¡Es el geniecillo!… Ya me parecía…

Tip se sobresaltó. Lo estaban mirando. Desapareció instantáneamente. La madre aún dudaba. Pero quisieron probar. Y en un plato colocaron dulce como jugo de flores. Si Tip estaba escuchando y lo comía, demostraba su existencia. Y así fue.

III

Día tras día, tomaba Tip el rico dulce del plato. Mas de pronto, se puso triste, y volvió a su nidito de hojas. Por primera vez en su vida, lloró.

El sol, la luna, las nubes querían consolarlo. Pero él no los veía. Nada veía, sino la pena de no pertenecer realmente a ese hogar donde tanto había ayudado. Y se sintió solo, solo…

No supo cómo fue. Pero en cierto momento oyó que alguien le hablaba:

—Has sido un buen geniecillo, Tip. Puedo concederte lo que más desees.

—¿Yo? ¿A mí? ¡Oh, Gran Genio! Yo deseo lo más hermoso del mundo, y tú no me lo darás.

—¿Por qué no? –preguntó seriamente el Gran Genio.

—Porque… porque no es la costumbre.

El Gran Genio, pese a toda su sabiduría, quedó extrañado.

—Puedo darte la gran perla que hicieron mil ostras en el fondo del océano. O el cofre maravilloso donde se encierran todos los conocimientos.

Nada de eso interesaba a Tip.

—Gran Genio, lo que me ofreces apenas si vale algo comparado con lo que te pido. Lo más hermoso del mundo. Viviendo en la casa de Elenita, participando de sus trabajos y alegrías, viendo el cariño del padre y la madre, me sentí casi un niño. Y desearía serlo de verdad, porque, ¡oh Gran Genio!, lo más hermoso del mundo es tener papás y un hogar.

El Gran Genio suspiró hondamente. Cubrió con su mano la hoja y desapareció.

IV

El geniecillo Tip dormía. Dormía, bajo el viento, el sol y la luna. Nada le pudo hacer despertar, hasta que un día abrió sus ojitos azules.

No entendía bien lo que pasaba a su alrededor. La hoja ya no estaba, y en su lugar, una cuna de verdad, toda blanca, guardaba su sueño.

Quiso hablar, más solo pudo llorar. Entonces alguien lo alzó, lo paseó y le cambió la ropa. Besándolo cariñosamente, lo volvió a su cuna.

—¿Qué le pasa al nene, mamá?

Era la voz de Elenita.

—Nada, querida, nada. Los bebés siempre lloran por algo. Como no saben hablar…

Tip sonrió porque había comprendido. Y trató de balbucir:

—M… a… m… á…

Su madre y su hermanita rieron y lo besaron. Entonces Tip, dichoso al fin, tornó a dormirse. Había conquistado lo más hermoso del mundo.

FIN

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Comments

  1. ¡Qué cuento tan precioso! Da gusto leerlo y acabar con una sonrisa bobalicona. Es una bonita idea esa de que antes de nacer como humanos hemos sido duendes, no te parece???
    Feliz semana!!!

  2. Por favor, qué delicia de cuento. Cuánta ternura aunque ha habido un momento que se me ha hecho un nudo en la garganta. Es precioso.
    Muchísimas gracias, Martes.
    Un beso enorme.

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