La polilla y la bibliotecaria

Ilustración: silver-melody

Abarrotada por legados sucesivos en la familia y por ostentosas adquisiciones que a lo largo de los siglos algunos de sus miembros habían efectuado, la biblioteca ocupaba en la aristocrática mansión el lugar de un templo sagrado, por lo silenciosa, por lo respetada, y por lo inviolable que era. La bibliotecaria, costeada con un alto sueldo y a manera de gran sacerdotisa de aquel santuario privado, era la guardiana de aquel tesoro oculto de sabiduría de todos los tiempos.

Una tarde fría y silenciosa de invierno —una de aquellas tardes en la que todo invita a la lectura o a las meditaciones más hondas—, en la que el calor artificial mantenido en la silenciosa sala para estímulo de los ausentes lectores servía únicamente de aliciente para las existencias parásitas que de la espléndida biblioteca vivían, la celosa empleada sintió, de pronto, el impulso de revisar los valiosos infolios seculares, que puestos a manera de basamento de aquella enorme arquitectura de papel alcanzaban casi el techo de la espléndida estancia.

Tomó en sus manos un grueso y alto volumen, cuyas hojas de pergamino amarillento cerraban grandes presillas de cuero y al colocarlo sobre la mesa para examinarlo, notó que sus hojas estaban horadadas por una infinita red de túneles minúsculos, por donde las polillas circulaban como mineros llevando a cabo una labor centenaria, que comunicaba con los demás estantes quién sabe hasta dónde.

—¡Malditas polillas —exclamó medio aterrorizada por el descubrimiento—, esto va a acabar con la biblioteca si no se combate enseguida! Mañana mismo tengo que…

—Oye, tú —gritó un diminuto insecto asomando por una de las bocas del túnel—, ¿con qué derecho vienes a incomodarnos en nuestro trabajo y a privarnos de nuestro alimento y de nuestra tranquilidad?

—¡Con el derecho del dueño! ¡Esta biblioteca es de su propiedad! ¿Te parece poco, canalla roedora?

—¡Qué dueño, ni qué propiedad, ni qué nada! —replicó con aire doctoral la agredida polilla, moradora pacífica de aquel beatífico lugar—, hace más de treinta años que nosotras vivimos aquí en absoluta paz, labrando nuestras galerías, formando ciudades y reproduciendo nuestra raza, sin que, hasta ahora, nadie nos haya perturbado en nuestra posesión, y ahora se te ocurre a ti venir a hablar de derechos. Para que lo sepas, por ahí duerme un libro, que es ley, que dice que treinta años de posesión continua valen por título…

—¡Qué sabrá de leyes una miserable polilla!

—Sé más que el dueño de estos libros y que tú, porque ni uno ni otra habéis abierto jamás ninguno de estos libros y nosotras vivimos, por lo menos, dentro de ellos y cuando los roemos, leemos…Y finalmente, aunque no valiera nuestro derecho de posesión, que es de suyo indestructible, vale una razón más alta y es que las ideas no son patrimonio de nadie, que lo sepas, y tanto el que las almacena aquí en forma de biblioteca, como el que las deposita en su cerebro sin transmitirlas a nadie, cometen un delito contra la humanidad y se convierten en defraudadores de la ciencia y en estafadores de la felicidad de los demás, y en pena, pierden cualquier derecho. «Libro no leído es libro ajeno», Res derelictae, como dice aquel otro volumen lleno de sabiduría de ahí enfrente, y cualquiera puede apropiárselo. Si tu amo no lee ni hace leer a nadie estos libros, ¿para qué diablos le sirven, y por qué nos priva a nosotras de nuestro derecho a la vida y al trabajo en este lugar que nadie aprovecha?

Indignada y asustada a partes iguales, la reverente bibliotecaria, fue a dar a su señor, noticia de lo ocurrido; y como este, poseído de otras preocupaciones, le contestara un tanto molesto:

—¿Polilla? Y bien, ¿qué quiere decir ‘polilla’ Bueno, da igual, no me molestes más. Ya veremos…

Tentada estuvo la bibliotecaria de proferir un improperio en voz alta, —lo que no hizo por evidentes y vitales razones—, pero se fue murmurando entre dientes:

—¡Pobrecita polilla! ¡Qué injusta he sido con ella y qué profundas verdades tenemos que escuchar a veces de los seres más insignificantes!

FIN

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Comments

  1. SOY MAYOR, POR ESO USO MAYÚSCULAS, DURANTE AÑOS TUVE BIBLIOTECAS DE PARED A PARED, Y UN DÍA ME DIJE: VOLVERÉ A LEER ESTE LIBRO? Y ME DI CUENTA QUE NO, QUE NO LO HARÍA Y ENTONCES DECIDÍ REGALAR, Y ESO ES LO QUE HAGO. TOTALMENTE DE ACUERDO CON LA CULTA POLILLA
    GRACIAS QUERIDA
    COMPARTO

    • No sos mayor, sos GRANDE, MUY GRANDE, así que vos podés escribir en este espacio como gustes 🙂 Tu filosofía respecto a tus libros la deberíamos imitar muchos.
      Miles de millones de abrazos, querida Edda.

  2. Sabia la polilla!!! Es verdad que los libros son para leerlos, de lo contrario no tiene sentido acumularlos. Mejor decorar con flores o fotografías. A mi me encanta la sensación de tener un libro en la estantería esperándome con las hojas abiertas!!! Y en estos días aprovechemos para alimentar el espíritu con ellos!!!

  3. que razón tiene la polilla , no damos aprecio a las cosas ,pero muchas veces no dejamos que los demás puedan aprovecharse de lo que nosotros desechamos.
    Realmente somo la peor de las especies…feliz Martes en confinamiento.

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