Mario, el Pequeño Marinero, busca amigo

Ilustración: Hermes

El Pequeño Marinero Mario llevaba ya dos años viviendo en Isla Imaginada. En ese tiempo, había surcado con su barquito los mares que rodean la isla muchas veces, pero como le gusta madrugar ninguno de sus amigos, que son perezosillos, había querido acompañarlo.

Eso no le había importado mucho, porque disfrutaba de la brisa marina, se entretenía con los saltos de delfines y ballenas que salían a saludarlo a la superficie y después se echaba una siestecita en cubierta acunado con el movimiento de las olas. Pero ahora tenía en mente ampliar horizontes y realizar un gran viaje…

Había convencido a Simbad el Marino, de que le prestara su barco, que era más grande y seguro, ya que quería llegar más allá del horizonte donde le habían dicho que existían tierras de ensueño. Pero no quería ir solo, así que inició la tarea de buscar un amigo de aventuras. Tenía que gustarle el mar y ser un buen compañero de viaje, de amena conversación y de carácter agradable.

Pensó que era buena idea hacer una prueba a aquellos que quisieran presentarse como voluntarios.

Pidió a su amiga, La Pequeña Hada, que escribiera unas palabras para pegar en el tablón de anuncios, ya que tenía muy buena letra y esta, encantada de ayudar, así lo hizo.

—No te preocupes, amigo Mario, en un pispás lo cuelgo en la plaza para que todo el mundo lo vea —le comentó solícita.

Y así quedó el anuncio:

En apenas dos días, se presentaron varios candidatos, entusiasmados con la idea de realizar un gran viaje.

La primera que se presentó fue la señora Hormiga, Mario pensó que como ocupaba poco espacio sería buena compañera, pero durante el viaje de prueba la perdía constantemente ¡Era tan pequeñita que le daba miedo pisarla en cualquier momento! «La Señora Hormiga no me sirve, seguiré buscando», pensó.

Al día siguiente, salió temprano a navegar con Blancanieves que, muy ilusionada, quería conocer mundo. Pero, ¡ay!, al regresar a puerto, la cara y brazos de la pobre niña eran del color de las gambas que bailan en el fondo del mar. El sol había quemado su piel blanca y delicada. Así que Mario la descartó porque un marinero tiene que llevarse bien con el mar, pero también con el sol.

—Pues habrá que probar otra vez —se dijo.

El siguiente en la lista era el señor Ratón. Se veía muy dispuesto a navegar. «Demasiado nervioso», pensó Mario cuando lo vio llegar agitando su cola y sus orejas sin cesar.

En efecto, era tan nervioso que en todo el día no paró de dar vueltas por el barco, de acá para allá y en varias ocasiones lo pilló royendo las cuerdas que sujetaban las velas.

—Nada, que el ratoncillo no me vale ¡Si me descuido se come hasta las velas! —Mario estaba ya un poquito nervioso— —¡A ver si no voy a encontrar a nadie que pueda venir a navegar conmigo!

Aún le faltaban por probar algunos candidatos.

La gallina Fina fue la siguiente. Muy contenta, subió a la embarcación. Se la veía muy trabajadora, pero también muy parlanchina, se pasó el día entero ¡clo, clo! por aquí ¡clo, clo! por allá, sin parar de cloquear en ningún momento. Desde luego, con ella Mario no se aburriría, pero se lo pensó bien y como al desembarcar tenía un dolor de cabeza de campeonato la tachó también de la lista.

—¡No tengo que desesperar! Aún me quedan voluntarios en la lista.

Así que le llegó el turno al Sastrecillo Valiente

—¡Este seguro que me vale! Siendo tan valiente, no habrá dificultad que se nos resista —pensó el marinero.

Pero, ¡ay!, el valiente sastrecillo no había montado nunca en barco y al ratito de empezar a navegar su cabeza y su tripa se pusieron a dar vueltas cual tiovivo y su cara se fue tornando de color verdoso ¡Se había mareado!

—Pues será imposible hacer el viaje con él —se lamentó Mario.

Al siguiente día, el turno fue para el Señor Pato.

—El señor Pato seguro que no se marea ni come cuerdas ni cloquea todo el día —se dijo Mario esperanzado.

El día empezó muy bien. Al ratito de partir, el pato se echó al agua pues le gustaba mucho nadar y eso fue lo que hizo en todo el día: del agua al barco y del barco al agua.

Nuestro pequeño marinero estaba desconcertado. Si esto era lo que le esperaba en el viaje, de poca ayuda le iba a servir el señor Pato y, para rematar, al final del día el aspecto que presentaba era lamentable. Las plumas se le habían quedado hechas un asco por la sal del agua y los ojos le picaban.

Así que fue él mismo quién le dijo a Mario que no estaba preparado para el  viaje.

—¡Madre mía! ¿Y ahora qué voy a hacer? —se lamentaba—. Solo me queda un candidato y aunque no creo que me vaya a ser de utilidad no tengo más remedio que hacerle la prueba.

La candidata de la que hablaba el marinerito no era otra que la señora Vaca. «Pero ¿cómo se va a manejar una vaca en un barco? ¿Y si pesa demasiado y nos hundimos?». Estas cavilaciones mantenían nervioso a Mario y procuraba buscar también las ventajas de tener una vaca a bordo. «No habría problema con las cuerdas, ya que solo come forraje, su piel es gruesa y no se quemará, habla poco y no se tirará al agua cada dos por tres y esperemos que no se maree».

La señora Vaca llegó puntual el día de la prueba y, muy entusiasmada, subió al barco, que se tambaleó un poco, pero aguantó. Y es que el barco de Simbad el marino era sólido y resistente.

Desde el medio, dónde se instaló, llegaba a proa y a popa sin esfuerzo y aunque un poco torpe, era muy voluntariosa y obedecía las órdenes de Mario, que ya se veía cual capitán de barco con gorra y todo, mandando a la tripulación.

Fue el mejor día de todos. La señora Vaca era muy alegre, sabía muchas canciones, pero también le gustaba contemplar el mar y juntos pasaron ratos en silencio que Mario agradeció acordándose de la señora Gallina y su ¡clo, clo! incesante.

Al lado de la señora Vaca nuestro marinero se sentía seguro y en las noches frías en el mar le procuraría un calorcillo agradable. Ya se veía recostado en ella observando las estrellas en las noches claras.

—¡Creo que por fin he encontrado mi compañera ideal!

Mario estaba muy contento. Presentía que el viaje sería una maravillosa experiencia y que la señora Vaca se convertiría en una gran marinera y en una gran amiga.

Algunos vecinos de Isla Imaginada que los vieron llegar a puerto se reían y comentaban:

—¿Dónde se ha visto una vaca marinera?

—Este Mario ha perdido la chaveta ¡Vaya pareja más rara!

Pero a Mario no le importó lo que decían y en pocos días preparó lo necesario para el viaje.

Sabía que la voluntad, las ganas de aprender, la alegría y el compañerismo de la señora Vaca eran mucho más importantes que la habilidad, la belleza, la forma física y el tamaño.

Pasados tres meses, los que estaban en el puerto vieron aparecer en el horizonte el barco de Simbad y esperaron impacientes su llegada al muelle.

La señora Vaca y Mario bajaron a tierra bronceados y contentos. Contaban, a quién quisiera escucharlos, sus aventuras a través de los mares: ballenas enormes como islas, tormentas y huracanes, simpáticos delfines que los acompañaron durante largas jornadas y ¡hasta sirenas vieron! También habían avistado barcos pirata y habían rescatado náufragos, que devolvieron a sus tierras de origen.

Además de todo eso, portaban con ellos esquejes y brotes de plantas desconocidas en la isla que en poco tiempo llenaron los jardines de frutos exóticos y flores exuberantes.

Aquellos que se rieron de la rara pareja de marineros que formaban la señora Vaca y Mario tuvieron que reconocer que se habían equivocado y que no hay que juzgar nunca por las apariencias.

Nuestro Pequeño Marinero cumplió su sueño de realizar un gran viaje, pero lo que no soñó es que encontraría una amiga tan especial ¡Aunque tenía que tener cuidado de que no lo aplastara sin querer!

FIN

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Comments

    • Es que Juani es una gran escritora y sus viajes por Isla Imaginada nos traen estas sorpresas 😉 ¡Aunque tú y tu niños no os quedáis atrás! Es una suerte tener amigos colaboradores como vosotros. ¡Un gran abrazo!

  1. El viaje puede ser largo o corto, en función del compañero de viaje. Sabemos o no elegir pero en eso consiste la vida. y a veces, se acierta con quien menos se espera.
    No conocía este cuento, como muchos de los que subes por no decir casi ninguno. Así que gracias una vez más.
    Un beso muy grande.

    • Este cuento se puede decir que acaba de salir del horno y se lo debemos a Juani, una gran escritora de literatura infantil que ya nos ha regalado otros cuentos preciosos.
      Gracias por leernos, Mag.
      Feliz semana.

  2. NO SIEMPRE LA MEJOR SOLUCIÓN, NI EL MEJOR COMPAÑERO ES EL QUE ESTA AL ALCANCE DE LA MANO
    COMO EN EL VIAJE DE LA VIDA , HAY QUE SABER ESPERAR.
    GRACIAS MARTES! COMPARTO EN MI FACE

    • Gracias a ti por leernos, Olga.
      Los cuentos de Juani tienen ese efecto balsámico y es que los escritores dejan parte de sí mismos en lo que escriben y Juani es así: optimista y positiva.
      Un abrazo.

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