El caracol generoso (o ¿por qué hay caracoles y babosas?)

Ilustración: DavidLazzuri

¿Os habéis preguntado cómo es que hay caracoles sin concha? De hecho, los caracoles sin caparazón se llaman babosas y la historia de las babosas es bastante curiosa. Todo comenzó hace muchos años…

Cuando los sueños eran reales y lo imposible no existía, había un pequeño caracol que vivía feliz y contento en su prado. Este caracol tenía todo lo que necesitaba en el interior de su concha, dentro de su casa. Allí guardaba todo lo que iba encontrando por el campo. Cualquier objeto que algún animal olvidaba, cualquier cosa que alguna persona desechaba los recogía el caracol y los guardaba en su casa.

El caracol era feliz; su vida transcurría tranquila junto a sus vecinos, pero un día decidió que necesitaba más. El mundo era enorme y seguro que estaba lleno de objetos perdidos o abandonados que él podría recoger y guardar en su casa. Así que cargó todas sus cosas y partió de viaje.

Anda que andarás, se encontró con una anciana sentada junto a un pozo. La pobre viejecita lloraba desconsoladamente.

El caracol se acercó:

—¿Qué le pasa buena mujer? —le preguntó.

—Necesito sacar agua del pozo para cocinar y beber, pero el cubo es más viejo que yo y está agujereado, ya no me sirve, y yo soy demasiado pobre para poder comprar uno nuevo.

—Yo tengo un cubo en mi casa…, pero es mío. Me lo encontré un día paseando por mi prado.

—¿Y no podrías dármelo? Tú no lo necesitas y, como puedes ver, yo sin cubo no sobreviviré muchos días.

El caracol entró en su caparazón y salió con un cubo nuevo y dándoselo a la viejecita le dijo:

—Tome, buena mujer, a usted le será de más utilidad. Seguro que durante mi viaje encontraré otro aún más bonito.

El caracol continuó su viaje y pasados unos días se encontró con un búho que a pesar de ser de día estaba bien despierto. El caracol lo miró y le preguntó:

—¿Qué haces despierto a estas horas, sabio búho? ¿No deberías estar durmiendo?

—¡¿Cómo quieres que duerma?! El mundo es muy grande y está lleno de sabiduría que yo ignoro. ¡No puedo dormir sin poseer todo ese conocimiento o no seré el más sabio del bosque!

El caracol entró en su casa y sacó un libro, y luego otro, y otro y otro más hasta un total de veintitrés.

—Esto es una enciclopedia. Aquí hay recogido todo el conocimiento del mundo. Con esto no te hará falta estar despierto toda la noche. Yo ya hace tiempo que me la leí, así que ya no la necesito. Además, seguramente está anticuada y durante mi viaje encontraré una de más moderna.

Después de que el búho le agradeciera aquel regalo, el caracol prosiguió su viaje.

A medida que caminaba iba encontrando más personas y animales que necesitaban cosas. Una vez se encontró con unos niños que querían una pelota para jugar al fútbol y él les regaló la suya. En otra ocasión, se topó con un lobo que estaba enamorado de la luna y el caracol le regaló su telescopio para que pudiera contemplarla mejor.

Así, el caracol, poco a poco, se fue quedando sin nada, únicamente le quedaba su viejo caparazón. Pero por muchas posesiones que hubiera regalado, el caracol no era infeliz, todo lo contrario, era más feliz que nunca. En el corazón sentía una cálida sensación, como nunca antes la había sentido y cuanto menos tenía, más disfrutaba de las cosas que lo rodeaban: el olor de la lluvia, los verdes colores de la hierba, la frescura de la noche o el calor del sol.

Un día, el caracol llegó a una playa desierta y allí se encontró con un cangrejo. El cangrejo iba removiendo toda la arena, buscando algo que había perdido. El caracol se acercó para ofrecerle su ayuda:

—¡Buenos días!, parece que buscas algo, ¿te puedo ayudar? —preguntó el caracol.

—Buenos días —contestó el cangrejo—, estoy buscando una casa. Resulta que he crecido y la casa que tenía se me ha quedado pequeña y ahora tengo que encontrar otra.

El caracol se quedó pensativo un buen rato mientras observaba al cangrejo. Entonces, una idea le vino a la cabeza. Despacio se fue estirando, estirando hasta que su cuerpo salió por completo de dentro de su caparazón. Cuando estuvo fuera por completo, llamó al cangrejo:

—Si quieres, puedes quedarte con mi casa. Es lo único que me queda, pero la verdad es que me molesta porque como quiero seguir viajando, me moveré más ligero sin ella.

El cangrejo examinó la casa, entró en ella y se sintió la mar de cómodo.

—¡Esta casa es perfecta! —exclamó—.  ¡Muchísimas gracias!

Y dicho esto, el cangrejo, con su nueva casa a cuestas, se encaminó hacia el agua y se alejó muy contento. Mientras, el caracol, que ya no tenía ni casa ni nada, prosiguió feliz su viaje.

La historia del caracol que había regalado todas sus pertenencias, incluida su casa, se fue extendiendo por el mundo. Otros caracoles quisieron seguir su ejemplo y también empezaron a regalar las cosas que poseían, casa incluida.

Desde aquel día, gracias al caracol generoso, en los bosques y ciudades podemos encontrar caracoles y babosas, que no son otra cosa que caracoles que han regalado su casa siguiendo el ejemplo del caracol generoso.

FIN

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Comments

  1. Además de la generosidad, el otro mensaje que nos deja es el de viajar ligeros de equipaje, para disfrutar plenamente las gotas de lluvia, los rayos del sol, el olor de la naturaleza… Nos hemos llenado de tantas cosas que hemos olvidado sentir la vida.

    ¡Gracias por recordárnoslo!!!

  2. ¡Vivan las babosas! para qué digan. Me ha encantado este cuento, tan altruista, tan solidario. Digno de saberlo.
    Un placer, Martes.

  3. Buen cuento en estos días de confinamiento, en los que nos damos cuenta de la gran solidaridad de muchos sectores de la sociedad, quizás necesitábamos una colleja de la naturaleza, para ver lo insignificantes que somos,regalemos más amor,amistad y buen rollo a los demás ….gracias Martes, por no faltar a la cita.

    • Esas cosas que nombras se pueden regalar sin perderlas, es más, cuanto más regalas, más tienes.
      La solidaridad y el reencuentro con la naturaleza son las únicas cosas que nos pueden salvar.
      ¡Un gran abrazo, Amparo!

  4. ¿Cuántos caracoles solidarios necesitaríamos para un mundo justo? Nos iría bien un ejército de generosidad.
    Desde luego suele ser más satisfactorio dar que recibir ¡Seamos un poquito caracoles sin casa!
    Besos miles

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