El tesoro perdido

Ilustración: silverwyn

El sol poniente se hundía en los picos de las nevadas montañas, que se tornaban rojos como ascuas de fuego. En las calles de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con purpurina. Los pequeños corrían y brincaban entrelazándose, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos que sujetaban sus cometas. Un pequeño, de unos ocho años, se sentó junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color naranja que observaba la cometa del niño elevarse cada vez más alto en el cielo, sostenida por el viento. Volaba tan arriba, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar su cometa, el niño pidió:

—Tío, cuéntame un cuento.

El monje sonrió y empezó su relato:

«Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: «Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate el oro que tengo a tu casa. Es tuyo. Pero no se lo digas a nadie. El dinero no tiene amigos». El padre confiaba en que su hijo, Tathagata, tendría presente su consejo y comprendería cómo suelen funcionar las cosas en el mundo.

Pero Tathagata tenía un gran amigo, de nombre Theravāda. Habían ido juntos a la escuela de niños y al salir del colegio por la tarde, habían jugado a todos los juegos juntos. Theravāda vivía en una la aldea cercana con su mujer y sus dos hijos pequeños.

Un día, Tathagata decidió salir de peregrinaje para visitar el monasterio santo y pensó: “¿Qué haré con el oro? ¿Dónde lo guardaré? Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie”. Sin embargo, al pensar en su amigo Theravāda, no pudo admitir que estas palabras debieran aplicarse también a él. No a Theravāda. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo:

—Theravāda, amigo, por favor, guárdame este oro mientras esté fuera. Es el oro que mi padre me entregó al morir.

Theravāda dijo:

—Naturalmente, Tathagata, amigo. Guardaré tu oro con mucho cuidado. Cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Tú  y yo somos buenos amigos.

»Así —continuó el monje—, pasó un año y Tathagata volvió de su viaje. Fue a casa de Theravāda y le pidió a su amigo:

—¿Puedes devolverme mi oro, Theravāda?

—¡Oh, Tathagata, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, el oro se ha convertido en arena! —contestó Theravāda, mirando a su amigo con cara de estar muy apenado.

Pero Tathagata, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido. Después de unos minutos de silencio, repuso:

—Está bien, Theravāda, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro. Eres un buen amigo.

Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo.

Al cabo de un año, Theravāda le dijo a su amigo Tathagata:

—Amigo, quisiera ir de peregrinaje al monasterio santo, ¿podrías cuidar de mis hijos durante mi ausencia?

Tathagata aceptó de buen grado:

—Claro que sí, Theravāda, me gustará cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Les daré buena comida y buena ropa. Serán muy felices en mi casa.

—¡Gracias, Tathagata! —dijo Theravāda, que pensó—: “Aunque ha perdido todo su oro por mi culpa, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona y un gran amigo”.

Tathagata se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien, pero compró dos monitos a los cuales les puso los nombres de los niños. Durante el año que siguió, adiestró a los monos para que cuando él llamase “¡Dharma, ven aquí!”, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase “¡Karma, ven aquí!”, el mono más joven acudiera a su llamada. Los monos entendieron muy bien lo que se esperaba de ellos y aprendieron muy rápido.

Cuando Theravāda regresó, fue a ver a sus hijos. Tathagata mostró un triste semblante a su amigo:

—¡Oh, Theravāda, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, tus hijos se han convertido en monos!

Theravāda no sabía qué pensar y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Theravāda y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Theravāda quedó muy apenado y preguntó a su amigo:

—¡Ay!, Tathagata, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´

Tathagata pensó durante unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—No creo que sea difícil, pero, para conseguir eso, necesitaremos oro.

—¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Theravāda.

—Yo creo que, por lo menos, dos bolsas de pepitas de oro.

—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Theravāda, que salió corriendo hacia su casa.

Al cabo de un rato, volvió con las bolsas de Tathagata y se las entregó a su verdadero dueño. Tathagata las tomó y le dijo a Theravāda que esperase mientras él subía al piso de arriba. Pasados unos minutos, volvió a bajar.

—Mira, Theravāda, ¡lo hemos conseguido! El oro ha transformado los dos monos en seres humanos. Aquí tienes a tus hijos.

Theravāda estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con enfado a Tathagata. Sin embargo, el ceño fruncido se convirtió en sonrisa y, acto seguido, los dos amigos rompieron a reír”.

Cuando terminó de contar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras él escuchaba con atención el relato. Ambos contemplaron la cometa flotar sobre el valle de Lhasa, alejándose hacia los dorados tejados del Potala, el monasterio santo.

FIN

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Comments

  1. Ojo por ojo y diente por diente, que listillo el personaje. Pero es triste pensar que no te puedes fiar de un amigo.
    Yo tengo mucha suerte con los míos. Feliz semana!!!

    • Más que una venganza, creo que se debe entender como un abrirle los ojos a un amigo. La risa final demuestra que auqnue podamos equivocarnos, los buenos amigos están ahí para hacernos dar cuenta de nuestros errores.
      Una feliz semana lectora, amiga.

  2. Creo que lo más profundo del cuento es cuando los dos amigos vuelven a reír juntos. Cuántas veces perdemos a seres valiosos porque no tendemos la mano para recuperar su corazón o enderezar su pensamiento.

    Gracias por tan importante mensaje.

  3. Fantástico cuento para entretener mientras se escucha de fondo el sonido de la lluvia…
    Gracias y buen martes para todos 🙂

  4. Con este día lluvioso es agradable leer un buen cuento , muy ingenioso Tathagata , le dio a probar su medicina.
    Gracias Martes por un cuento mas en confinamiento.
    Feliz semana.

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